Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Judith Torrea, una vocación

Por: | 05 de mayo de 2010

Judith Torrea tiene 37 años, es periodista, vive en el infierno, a cuya gente adora. Su casa está en Ciudad Juárez, allí escribe un blog en el que cuenta el incendio diario que produce la maldad humana para perturbar el porvenir y la vida de los inocentes. Ella es de la Navarra apacible, y se asusta cuando anda entre los coches vociferantes de Madrid, en medio de las colas en las que la gente exagera sus dolencias o sus cabreos. Viene, ya digo, del infierno, donde los narcos han hecho su ley, complicados con los que debieran estar obligados a cumplir las otras leyes. Y en esa atmósfera en la que todo está bajo sospecha halla más humildad, más sosiego, más gente capaz de entender o de escuchar al otro que en este territorio en el que casi todas las cosas parecen urgentes y en seguida innecesarias. El retrato de aquella atmósfera en la que ella vive es su pasión profesional, y humana, y por hacerlo ha ganado el premio de periodismo que instituye este periódico desde hace veintisiete años. Anoche se lo entregaron. Allí estaba su madre feliz, su hermana, muchos amigos suyos, y ella estaba, subida a sus tres centímetros de tacón que le hacen parece una gigante de más de 1,90, paseando su ingenuidad de hierro, su vocación imparable, atrayendo sobre sí los ojos extrañados de quienes piensan que ya este es un oficio de burócratas. Ella lo desmiente con el resplandor de una vocación que va en sus ojos, y en sus lágrimas, como un torrente de afecto por la vida. Que haya más como ella sería una bendición para este trabajo en el que a veces la sombra es la luz y viceversa.

4 de mayo

Por: | 04 de mayo de 2010

A veces algunos amigos me preguntan cómo llegué a EL PAÍS, qué me impulsó a hacer este viaje que ahora ya dura más de la mitad de mi vida. Pasó por Tenerife Ramón Chao, que viajaba en ese momento, a primeros de 1976, también a Lanzarote, y me habló de que iba a salir un nuevo periódico en Madrid. Acababa de morir Franco, se estaban situando los medios en los sitiales nuevos, y yo me encontraba desconcertado en mi periódico; yo era un muchacho ilusionado pero desconcertado. Chao me dijo que por qué no probaba a pedir trabajo en EL PAÍS, y aproveché los fines de semana de febrero (que eran largos, los carnvales tinerfeños han sido siempre de fines de semana largos, y hasta larguísimos) para viajar a Madrid y pedir trabajo en el nuevo diario. En algún sitio he contado que me ayudaron a acceder a las autoridades que tenían la llave algunos amigos, Javier Muguerza, que era profesor en La Laguna, y Jerónimo Saavedra, que también era profesor allí. Javier Pradera consiguió, finalmente, que me recibiera Juan Luis Cebrián, el primer director de EL PAÍS. Pero no había trabajo, todos los puestos estaban distribuidos. Mi insistencia consiguió al final que se abriera un hueco en Londres, adonde Cebrián me envió como stringer, una manera que había entonces para advertir que uno no era realmente un corresponsal sino alguien que hacía esas tareas. Pues allí me fui, y nos fuimos, mi mujer, mi hija que aun no hablaba, y yo mismo, a vivir una aventura que, con el periódico en la calle, se inició tal día como hoy en 1976. Mi compañero Julián Martínez (entonces corresponsal de Informaciones, luego en EL PAÍS) me trajo a Londres, el 5 de mayo, el primer ejemplar. Yo estaba acostumbrado a los periódicos ingleses, de gran formato. Cuando tuve en mis manos aquel tabloide sentí una emoción parecida, otra vez, a la incertidumbre. Ahora que recuerdo aquel primer instante, hace tantos años, mezclo mi recuerdo con una intensa melancolía, con una gratitud grande por los que me empujaron, cuando chico, a elegir este oficio que perturba y enoja pero que jamás ha dejado de entusiasmarme. Ni cuando he sentido la dentellada del desánimo. Así que brindo por aquel momento y por todos los 4 de mayo que ha habido desde entonces hasta este momento en que acabo de entrar, otra vez, por la puerta de Miguel Yuste, a habitar en el mundo en el que se han hecho casi todas mis ilusiones de periodista. 

Que no sea el olvido

Por: | 03 de mayo de 2010

He viajado estos días con un libro de José Luis Pernas, el poeta canario al que siempre cito con esos versos suyos que parecen un emblema para el viaje, es decir, para la vida. "Comprendo entonces que es necesario buscarse una esperanza para seguir viviendo". Ahora publica Pernas este libro breve, Que no sea el olvido (La llama sin brasa, Anroart Ediciones), que toca muy fuertemente las fibras del alma. Lo he abierto al fin esta mañana, a la hora en que quería escribir sobre un compañero que murió el sábado a las ocho de la tarde, Lorenzo Romero, que contribuyó a fundar EL PAÍS hace más de treinta años, y a quien conocí y traté desde entonces. Era un hombre reservado, disfrazaba de tranquilidad sosegada un espíritu íntimamente inquieto; en muchos momentos de la vida del periódico, que ya es una vida muy adulta, le vi resolver situaciones complicadas con la mano izquierda de un veterano, y siempre pensé que era mayor que yo, en todo caso más maduro, más hecho a las dificultades a veces abrasivas de una Redacción habitada por todas las sensibilidades y los humores posibles. Recuerdo muy nítidamente una anécdota que le tuvo a él de generoso intermediario y a mi de culpable. La sección de Cultura, que entonces dirgía yo, había publicado dos días seguidos el mismo artículo de una serie sobre el Museo del Prado. Él, que era responsable de la Redacción, recibió de Juan Luis Cebrián, el director de entonces, la orden de poner en marcha un mecanismo para que ese tipo de errores garrafales no volvieran a ocurrir; el modo como Lorenzo solventó el desastre que yo había causado fue suave, convincente, tranquilo y amigable; acostumbrado a los ruidos en que se convierten en las redacciones todos los errores, hecho, a estas alturas de la vida, a la evidencia de que el error, involuntario casi siempre, debido a la impericia a veces, hijo en todo caso de la buena voluntad, es fuente de los mayores alborotos, aquella suave recriminación con la que se resolvió el conflicto figuró siempre en mi mente y por tanto en mi memoria como un elemento que me llevaba a la gratitud. Este oficio tiene esos detalles, y tiene otros detalles mezquinos, hijos del olvido, de la persistencia del olvido. Esta coincidencia sentimental entre el libro de Pernas, Que no sea el olvido, y el recuerdo del amigo que acaba de fallecer llena esta mañana otoñal de la primavera madrileña de un regusto íntimo, melancólico, que es, por otra parte, el sabor que ya tiene este tiempo de tantas despedidas. Al final de su poemario, Pernas escribe: "No descartemos nunca ese veneno./ Quizá la llave/ que abra por fin/ la puerta deseada". Sobre el libro se cierne un alma que despide a las almas que se quedan, pero nunca el olvido, pero nunca el olvido. Escribimos contra el olvido. Y, como escribió en su libró lúcido Héctor Abad, algún día seremos ese olvido contra el que vamos fabricando muros de escritura.

El País

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