Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Bogotá y los años

Por: | 16 de octubre de 2010

Estuve en Bogotá por primera vez en 1988, cuando yo tenía 40 años; me trajo Colcultura, una entidad que se dedicaba, bajo la dirección de José Manuel Ospina, a relacionar la cultura colombiana con la visión de gente de otros países, y entonces yo llevaba la cultura en EL PAÍS. Entonces, como ahora, la vida nocturna de Bogotá era intensa, pletórica; esta es una ciudad intensa y pletórica que jamás duerme, y entonces casi no dormimos, conducidos desde el atardecer por esas calles que entonces parecían, porque estaba cerca esa lectura, las calles de La Habana que describió Guillermo Cabrera Infante en sus Tres tristes tigres. Había un amigo, Guillo González, que sigue estando, ahora lleva la revista Número, que se conocía todos los recovecos, y de noche y de día estaba dispuesto a la felicidad y a la rumba. Volví a Bogotá muchas veces, después como editor; conocí aquí, o estuve con, grandes narradores colombianos, a los que luego he seguido viendo, y en algunos casos editando, cuando fui editor de Alfaguara. Todos estos años he visto evolucionar para mejor la ciudad, su vida nocturna sigue siendo intensa y variada, sus restaurantes son buenos, y los que no son buenos son honestos; sus bibliotecas son un orgullo nacional, y con razón, y hay librerías sensacionales. Es una sociedad que ha avanzado hacia la confianza en el futuro desde la tremenda desconfianza que puso en sus venas sociales, urbanas, políticas, culturales el maldito terrorismo. Su economía es mejor que muchas de las economías que nos son cercanas, aunque el desempleo arroja un balance desolador. La gente está confiada, ahora, en que el nuevo presidente, José Manuel Santos, se distancie de la mente torturada y levantisca del anterior presidente, que veía un enemigo en cada piedra, y se alió con fuerzas que Colombia no merece para mejorar Colombia. Ahora hay mejor clima, se dice, y no se refieren a este clima de nubarrones densos y de sol intenso que se suceden en un instante para desconcierto de los pulmones de los que respiramos mal. En fin. Pues esa Bogotá intensa me tuvo anoche, la última de mi estancia, por los barrios alegres y confiados de la medianoche, y ahí es donde me di cuenta de que ya ha pasado demasiado tiempo desde aquellas bellas madrugadas con Guillo y sus amigos: mi amigo Fernando Lastra me llevó a Andrés Carne de Res, que es una institución de la modernidad de Colombia; música intensa, ensordecedora; gente encantadora sirviendo comidas estupendas, pero tanto sonido... Me dijo Fernando: "Es la edad. Ya no puedes comer y oír al mismo tiempo". Porque te piden opinión sobre el local, le dejé una nota a Andrés, el audaz creador de este restaurante que es un espectáculo: "Un poco de Albinoni de vez en cuando mejora mucho el sabor de la carne". Definitivamente, han pasado veintidós años y Bogotá me ha dado el diapasón de la edad.

María Elvira Samper

Por: | 15 de octubre de 2010

Estoy en Bogotá; acá he estado con los periodistas galardonados con los premios Bolívar, que desde hace 35 años honran la trayectoria o los trabajos de periodistas colombianos de los distintos medios, desde la prensa escrita al Internet pasando por la radio y la televisión. Es un acontecimiento profesional y social de gran magnitud en el que he tenido oportunidad de conocer a destacados profesionales, que son maestros en su país y referencia indudable sobre todo en América Latina. Entre estos periodistas me ha sido dado conocer y escuchar a María Elvira Samper, que ganó este año el premio a una vida dedicada al oficio. Ha desarrollado éste en los más diversos medios, y ahora escribe los domingos en El Espectador. Su último trabajo a tiempo completo fue en la revista Cambio, que fue cerrada abruptamente y que ha dejado, según todos los que comentan su desaparición, un hueco grande en el buen periodismo colombiano. Ella es una periodista de gran coraje; proviene de una familia de periodistas; ha hecho radio, con gran éxito, ha mantenido siempre una actitud combativa que la ha llevado, como se dijo aquí, a revelar "la cartografía del poder", en constante conflicto con los que mandan en su país, y no sólo en la política sino también en la prensa. Es, dijeron para presentármela, constante, conflictiva y trabajadora. En presencia es una mujer canosa, de mirada muy viva, debe ser bastante más joven que yo, y tiene una experiencia que nace de la experiencia de su familia de periodistas. Allí, en la recogida del premio, estaba su madre, que fue una importante periodista colombiana. Ella recordó a su abuelo, que transitó por sus mismas ambiciones públicas, y recordó la vieja máquina de escribir en la que su madre le fue enseñando el oficio. Su discurso fue una discusión muy vivaz acerca de la presente diatriba sobre los soportes del futuro, si el periodismo será digital o de papel; en efecto, se dijo aquí, la discusión no debe ser sobre el soporte sino sobre los contenidos. Y ella batalla por contenidos que nutran de veras al lector, al radioyente o al televidente de datos que le permitan organizar su pensamiento sobre elementos fiables. Los elementos del periodismo de los que hablaba el profesor Kovach. Subrayé sobre todo una frase que, sobre el destino y la actualidad de su país, pronunció María Elvira Samper. Según ella, en la historia política del último medio siglo Colombia pasó del entusiasmo por la paz para alcanzar la paz al entusiasmo de la guerra por alcanzar la paz. En esa frase encerró la metáfora de lo que piensa del desarrollo político de lo que más ha preocupado y preocupa a los habitantes de este territorio hermoso tantas veces acribillado, hasta este preciso instante, por un terrorismo que ha mutado siempre a mucho peor. El discurso de María Elvira era el de una periodista audaz que sabe manejar los datos para conseguir el efecto del conocimiento en sus lectores, o de sus oyentes, y también el de una ciudadana cuya madurez la convierte en un referente del oficio. Una buena periodista de la que aprenden como se aprende de los maestros.

Alberto Oliveras

Por: | 14 de octubre de 2010

Alberto Oliveras ha muerto; me tuvo pegado a la radio en mi infancia y en mi adolescencia; me hizo vivir un sentido de la solidaridad que entonces parecía o cursi o limitado por aquel lenguaje que la radio imponía en esos ambientes de oscuridad y pobreza en el que se desarrolló nuestra larga posguerra. Era un extraordinario profesional, inolvidable su voz, la música que nos traía, los asuntos que trató. No querría dejar pasar el momento sin recordar su figura, su entusiasmo radiofónico y humano. Otra muerte hubo recientemente que dejé pasar sin comentario en el blog, y reparo ahora aquel hueco: Joaquín Soler Serrano, que nos abrió tantas puertas, en la radio, en la televisión, para la vida, para la literatura. Dos inolvidables profesionales; escribo de ellos desde una de las patrias de la radio, Colombia, y escribo de ellos con una inmensa gratitud, que es la gratitud que siento por el medio con el que convivo a diario desde mi niñez. Gracias a la radio soy periodista, así que le debo la respiración, el aire y la vida.

Un país de 33 habitantes

Por: | 14 de octubre de 2010

Así lo llamaba ayer Leila Guerriero, la gran periodista argentina: te escribo desde Chile, "un país de 33 habitantes". Y con ese título he escrito hace un minuto un largo texto en este blog; se lo ha comido el ciberespacio. Por si no surge otra vez, y lo lamento, resumo en algunos puntos:

1. Es una historia humana conmovedora.

2. Cualquier periodista hubiera sido inmensamente feliz cubriéndola, como dice hoy José María Izquierdo en su blog.

3. Le he escrito felicitándole a Francisco Peregil, nuestro compañero, que con tan buen criterio como profundidad ha ido cubriendo este hecho para EL PAÍS.

4. Entiendo que Piñera parezca cursi (a mi me lo parece), y no me gusta que se mezcle a Dios con todo lo que sale bien (o mal). Pero es el presidente de Chile, le tocaba estar ahí, y lo ha hecho como le sale, y él es así. Lo que importaba es que el operativo saliera bien.

5. El drama era de 33 hombres que durante tres meses han estado debajo de una piedra de 700 metros. Ese era el drama. Todo lo demás es accesorio.

6. Hablando de accesorios: no era el escenario de los encuentros en la tercera fase; era más bien el escenario de una vieja película del viejo oeste. Y funcionó todo. Millones de almas sintieron un enorme alivio. En primer lugar, esos mineros, sus familias; y en muy último lugar los que padecemos de grave claustrofobia, y no sólo de la claustrofobia propia sino también de la claustrofobia ajena. Y yo estoy en este último caso.

7. Muchos sentimos un gran alivio, gratitud hacia los rescatistas. Los que sintieron otra cosa pueden decir lo que quieran.

y 8. Voy a ingresar este post sin leerlo de nuevo por si la maldad del aire se traga otra vez lo escrito.

El rescate de los mineros

Por: | 13 de octubre de 2010

Vi a través de los canales colombianos los primeros momentos del rescate en la mina chilena. Desde que ese suceso desencadenó un increíble despliegue mediático en el desierto de Atacama, la noticia sobrecoge a todo el mundo; me sorprendieron en algún momento comentarios chilenos sobre la capacidad que esos mineros tenían de soportar ese largo encierro, que se presumía aún mayor. Tenían razón esos chilenos que conocían la fortaleza de sus compatriotas atrapados en la mina. Pero desde la perspectiva del que jamás ha estado en esas circunstancias, y no sólo, es natural el sobrecogimiento, que anoche se convertía, cuando bajaron las primeras cápsulas de rescate, en un suspense total, en el deseo de que cada final de los 33 finales que tiene esta historia libere a estos hombres de un enclaustramiento que pudo haber sido fatal si la solidaridad internacional no hubiera puesto su talento (como ha dicho mi compañero Francisco Peregil, que tan buen trabajo está haciendo) al servicio de un rescate que ahora da un inmenso alivio chileno y mundial. Muchos hemos vivido estupefactos todo este tiempo, algunos desde la ignorancia de lo que sucede en el alma y en el físico de los mineros, y muchos, también, por la claustrofobia que anida en seres humanos que no soportarían ni esa lejanía ni ese horrible silencio obligatorio de la tierra. Ojalá salgan los 33 bien, y que todos tengan, ahora o después, el humor de ese minero que se ha convertido en el showman de la mina. Tiene derecho a reír, y a reír siempre.

Bogotá

Por: | 12 de octubre de 2010

Vengo desde hace muchos años a Bogotá. Esta vez estoy para hablar de periodismo, que es mi oficio. Voy a glosar, en la entrega de unos premios muy prestigiosos, los Premios Bolívar, que se entregan acá desde hace 35 años y constituyen una especie de Pulitzer colombianos, una frase que me pareció muy interesante en una entrevista que le hizo recientemente Joseba Elola a David Remnick, director del New Yorker, en EL PAÍS. Ante la diatriba sobre los soportes, el papel o el soporte digital, en el que van a leerse los libros o los periódicos, Remnick le dijo a mi compañero Joseba: "Qué más da en qué cacharro leemos Anna Karenina. Lo importante es que hablemos de Anna Karenina". Hablaré de eso y hablaré de las amenazas que desde hace siglos se ciernen sobre el oficio. Entre esas amenazas, me parece que las hordas de anónimos que caen sobre la red son una muy seria; asimismo, la falta de rigor y de verificación que permite ahora aberraciones como esa falsa felicitación de Gabriel García Márquez a Mario Vargas Llosa, y tantas otras de esa calaña. El lugar común de burla y de indecencia que ahora se arroja sobre las personas, las instituciones y los colectivos utilizando uno de los mejores inventos de la humanidad, la información global, nos hacen estar alertas para acentuar una ética que no permita que se apoderen del oficio los desalmados y los cínicos. 

Ángeles Espinosa

Por: | 11 de octubre de 2010

Hace algunos años el extraordinario Graciano García, alma de la Fundación Príncipe de Asturias, invitó a un grupo de mujeres periodistas a tener un diálogo con Claudio Magris y con Gunter Grass en el Teatro Campoamor de Oviedo, un viernes por la noche. Fue un extraordinario momento del periodismo y la literatura preocupados por lo que sucede en el mundo. Vino Ángeles Espinosa, desde Irán, y allá arriba estaba, en el escenario, charlando de la situación internacional, y sobre todo expresando sus inquietudes hacia el desarrollo político de Irán, país tan próximo al estallido. Antes y después, Ángeles siguió informando de esa deriva que combina tortura con sinrazón, hasta que el régimen iraní se ha retratado a sí mismo expulsándola para que esa voz, la de la corresponsal de EL PAÍS en Teherán, no se oiga más, o al menos no se escuche desde ese territorio. Ángeles Espinosa tiene la virtud más envidiable en un periodista: está donde debe estar, se inmiscuye en lo que ocurre mucho más de lo que le está permitido, pues para eso es periodista, y cumple el oficio de molestar al poder con la sustancia de sus informaciones, que logra arriesgándose. Por todo ello, y por la consecuencia de todo ello, que es una información solvente que sirve de referencia en todo el mundo, le han cortado el suministro de la realidad, que es su materia prima; la han puesto en la frontera. Su expulsión es tan solo un epifenómeno, por debajo late la verdad de lo que ocurre en estas dictaduras, que reaccionan ante la información como reaccionan ante las libertades civiles: cortando de raíz la manifestación que les irrita, poniendo la soga al cuello al que disiente, o apedreando al que no comulga con sus interpretaciones radicales de las leyes religiosas que profesan. La noticia de lo que ha ocurrido con Ángeles Espinosa es una línea más, y muy grave, en ese proceso de ensimismamiento ruin de la dictadura iraní. 

La muerte de Adán Martín

Por: | 10 de octubre de 2010

Ha muerto en Barcelona Adán Martín, tinerfeño que fue presidente de Canarias en la penúltima legislatura. La noticia me llegó anoche en dos mensajes, mientras cenaba en Nueva York. Uno era de Dulce Xerach, su cuñada, que fue colaboradora suya en tareas de Gobierno, y otro de Juan Manuel Pardellas, mi compañero, corresponsal de EL PAÍS en Tenerife y desde hoy director del Diario de Avisos de nuestras islas. Esta mañana he recibido más mensajes, que he leído con profunda pena, como la que siento desde que supe que Adán ha muerto. Mucha gente de mi generación tinerfeña (que es la suya, la de Adán) le conocimos antes de que estuviera tan directamente dedicado a la política, en los tiempos en que, por otra parte, era imposible hacerla a las claras. Entonces y después fue una persona caballerosa e inteligente, que defendió con sentimiento de tolerancia sus propias posiciones (que se fueron decantando hacia un nacionalismo al que dio coherencia y pensamiento) y que gobernó en las islas con una ambición muy clara: la modernización de sus estructuras, de sus transportes, la modernización de la mentalidad con la que el archipiélago debía afrontar el futuro. Tuvo a su disposición, para batallar por ese futuro que él vislumbraba difícil pero asequible y feliz, una energía extraordinaria, y un sentido de la política extremadamente integrador. Esa energía con la que resistió, dentro y fuera de su partido, y dentro y fuera de sus obligaciones como político, le sirvió luego para arrostrar una enfermedad feroz que fue la que ahora finalmente ha vencido su resistencia. Varias veces sufrió las andanadas que ahora han acabado con su existencia, y siempre creímos que Adán saldría renacido de esos embates. Pero al final, como decía Dulce Xerach en su mensaje, se fue apagando, y a todos nos ha dejado con la melancolía que se produce cuando se produce un vacío así, el de un servidor público, el de un amigo, el de una persona que juntó todos sus valores para luchar por su tierra y por los otros.

El premio Nobel a Vargas Llosa

Por: | 08 de octubre de 2010

Creo que los dos libros en los que debemos entrar para entender la doble condición de Mario Vargas Llosa de escritor y de lector son El pez en el agua y La verdad de las mentiras. Viajo frecuentemente con esos libros; ahora mismo viajo con ellos, me estoy yendo de Madrid; conmigo viajan esos libros y la gran alegría que sentimos muchísimos por el premio Nobel de Literatura que ha merecido el gran escritor peruano. Alegría y melancolía: lo ha ganado el año en que ha muerto José Saramago, el Nobel portugués; estuvieron juntos, con Patricia Llosa y con Pilar del Río, en la casa de Lanzarote en la que tan feliz fue el autor de El Evangelio según Jesucristo. Fue una noche muy hermosa, una celebración de la amistad, de la palabra y de la esperanza; José ya estaba muy debilitado, pero sacó fuerzas para mantener con quien ahora comparte su honor literario una conversación en la que alternaron la literatura con la vida. Como en la obra de ambos. Alegría y melancolía. Ese es el espejo de vivir.

Viva América

Por: | 07 de octubre de 2010

Estuve anoche en la Casa de América, donde artistas iberoamericanos, entre ellos escritores de aquellas orillas, celebran el festival VivaAmérica que organiza, con tanta fortuna, la citada institución cultural de la Cibeles. Estuve con Jorge Volpi, con Martín Caparrós, con Juan Font, con Luisgé Martín, con Héctor Abad Faciolince y con Ignacio Padilla, entre otros. Todos con libros recientes, todos en plena efervescencia de las ideas y las publicaciones, todos enlazados por esta actividad que ahora les proponen, y todos obligados por el viento de la vida a ir de un lado a otro sembrando una idea común ahora en todos ellos: la literatura no tiene una frontera, y sobre todo la literatura no tiene ninguna frontera. Durante años era muy difícil juntar, y menos en España, a los escritores hispanoamericanos, o latinoamericanos, o iberoamericanos, y concitar público en torno a ellos; los países y las culturas literarias (que eran una, al fin y al cabo) vivían insistentemente de espaldas. Ahora los distintos festivales, las ferias, las actividades de las editoriales, las iniciativas de las instituciones culturales (como ésta de Casa de América) ha convertido el viaje y el contacto en un acontecimiento cotidiano, del que saldrán beneficiados la creación literaria, el conocimiento público de los autores, y las relaciones de éstos entre sí, egos revueltos aparte. De modo que este VivaAmérica me parece un estimulante y provechoso instante de la actividad cultural en España, y uno puede sentirse allí en un ambiente que ojalá sea un ambiente que crezca y se haga aún más fructífero en el futuro.

El País

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