Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El vuelo con don Domingo

Por: | 16 de noviembre de 2010

Ahora estoy, otra vez, en Barajas; esta vez voy a París, y luego iré a Nueva York. Ambos saltos son, como es natural, provocados por el trabajo. Ayer estuve en Tenerife. Volar me gusta; me gusta estar en los aviones, esas cápsulas en las que el tiempo se convierte en un recipiente infinito al que accedes como si fueras un autómata al que despojan de voluntad mientras el vuelo se realiza. En esta ocasión son pocas horas, el tiempo para cien páginas, más o menos; el viaje más largo, el que me llevará a Nueva York desde París, da para libros mayores, como de cuatrocientas páginas, si uno lee todo seguido. Para el viaje a Nueva York me llevo la edición de La novela extranjera en España, de mi maestro Domingo Pérez Minik, que ha reeditado Cajacanarias dentro de la colección de obras del extraordinario tinerfeño que fue autodidacta y sabio. La colección la lleva Rafael Fernández y las portadas son de Carlos A. Schwartz. Merece la pena hacerse con ella. Este fue, me parece, su penúltimo libro, antes de la Facción surrealista de Tenerife, que le publicó Tusquets. Su colección de crítica a libros extranjeros, que hacía con una puntualidad británica en la revista Ínsula, fue publicada por primera vez en la editorial Taller de Ediciones Jb, de Josefina Betancor y de Manuel Padorno. Esta edición, prologada por Juan Manuel García-Ramos, rescata aquel volumen en el que don Domingo expresa con el estilo que se parecía a él --fresco, libre, riguroso, imaginativo-- su sorpresa y su emoción cada vez que descubría un buen libro. Y por ahí pasan desde Beckett (con el que tuvo correspondencia) a Günter Grass, uno a uno, los muchos descubrimientos que le hicieron imprescindible para sancionar e iluminar todo lo que le venía de fuera. Daba gusto viajar con don Domingo, y en este caso viajo con el libro que mejor representa a este cosmopolita republicano que hice de la isla en que vivía el punto de un vigía inquieto y feliz, expectante y generoso. Alguien inolvidable de otro mundo.

La Iglesia

Por: | 14 de noviembre de 2010

Alguna vez lo he dicho aquí: las primeras historias que me contó mi madre tenían que ver con Ferrer i Guardia, el educador catalán asesinado a principios del siglo XX por sus posturas radicales a favor de la educación laica. No tengo miedo a la muerte, vivan los niños, vivan las escuelas laicas. Mi madre me contaba esas frases que Ferrer esculpió gritando ante el pelotón poco antes de que le mataran, y lo hacía como quien recuerda una vieja lección inolvidable. Me crié con esas palabras. Seguramente mi madre no sabía que estaba sembrando en un alma que sería laica, rabiosamente laica. Ni siquiera anticlerical: laica. Desde esa óptica, me parece insoportable la agresión del Papa contra la voluntad civil de los españoles de irse desprendiendo de la costra beata que cayó del cielo burocrático y episcopal que cubrió el franquismo de boato y adulación perversa; el manto sigue, poco a poco la sociedad se lo va sacando de encima, como ha demostrado ahora el desdén nacional hacia la visita de Ratzinger. Ni soy anticristiano ni soy anticatólico, ni me importan ni me molestan las religiones, ninguna religión, pero soy laico; el laicismo es una voluntad que exige esfuerzo y pasión, pues tiene que ver con la responsabilidad civil de creer en valores humanos, en derechos civiles, entre los cuales está el derecho a que otro profese cualquier fe o cualquier religión. No diré que me alegra que el Papa haya pinchado (como dice Manuel Rivas) en Galicia y luego en Barcelona, pero sí deseo fervientemente que este tropiezo les haga pensar que con la libertad civil no se juega, y esa alusión al laicismo agresivo de los españoles fue una falta de respeto (una más) a la sociedad laica que aquí se construye en medio de enormes dificultades y de periódicos retrocesos. 

Berlanga

Por: | 13 de noviembre de 2010

Luis García Berlanga acaba de fallecer en Madrid a los 89 años. Una muerte que clausura una época brillante del cine español. Le entrevisté poco antes de que empezara a sufrir la enfermedad que finalmente le postró. Entonces, hace cuatro años, don Luis seguía manteniendo una enorme vitalidad, la que le hizo legendario, y la que de alguna manera se manifestaba en todas sus películas, llenas siempre de acción, de descubrimientos y de gracia. En aquella ocasión, como sabía que muchos de nosotros (Harguindey, los Trueba, algunos más) frecuentábamos mucho a Rafael Azcona, su guionista y su amigo, con el que hizo algunos de sus filmes más geniales, me dijo: "Ustedes ven mucho a Azcona". Había en ello un deje de celo, pero también creí adivinar ahí cierta melancolía de una amistad y de una camaradería profesional de la que surgieron proyectos sensacionales sobre los que hoy cae un telón simbólico. Era un hombre que unía a su actividad incesante un genio inmenso para la broma y para la discusión; una conversación con él corría siempre el riesgo de convertirse en un monólogo frenético. Cuando tú le preguntabas, él seguía respondiendo sobre sus propias respuestas, incesantemente, como si no hubiera puntos y apartes en su vida; y así eran las entrevistas con él: largos monólogos pespunteados por alguna curiosidad que él satisfacía con gusto. En cierto modo, ese hallazgo suyo del plano secuencia era consecuencia de su manera de ser; quería estar al tiempo en todos los lugares y en todas las conversaciones; esa tendencia a la totalidad la llevó al cine pero también a la vida: abrazó el cine y la amistad, pero también abrazó la literatura y el erotismo, tuvo una curiosidad incesante por todo; esos intereses le acompañaron hasta el final, hasta que la vida le dijo basta; él se resistió, cómo no, hasta el final estuvo entre proyectos, ahora necesariamente ajenos; José Luis García Sánchez hizo un documental que presagiaba su despedida, y ahora mismo, este fin de semana, he visto anuncios en los que él se presta a ayudar a otros a vencer dolores que él ha sufrido hasta hoy mismo. Y he visto que una revista, el XL de Vocento, anuncia una entrevista con él para mañana. Aquella vez, cuando le entrevisté, no había razón ninguna, no había hecho ningún filme, no había hecho nada que exigiera entonces que le requiriéramos para una entrevista de urgencia. Era una entrevista porque sí, y tardó mucho en salir. Cuando salió, me temo, ya Luis podía mostrar poco interés por leer sobre sí mismo; en realidad, en aquella ocasión y todas las veces que le vi antes Berlanga estaba siempre más interesado en hablar, en contar, que en saber de él. Ahora recupero aquella experiencia de hablar con él como un homenaje a una voz que ahora me viene a la memoria como un susurro incesante de órdenes y de risas, en medio de su oficina llena de afiches y de recuerdos sobre los que él paseaba como un torbellino. Murió Berlanga, un nombre propio muy grande del cine español.

Días de Ory

Por: | 12 de noviembre de 2010

Ayer por la madrugada murió Carlos Edmundo de Ory, el poeta que colgaba sueños de los árboles. Le conocí hace años, en Tenerife, un fin de semana que recuerdo luminoso, agitado y alegre; lo convertía todo en una fiesta; él era la fiesta de la poesía; escribía en cuadernos tachados, y de ellos extraía una extraña materia, una sorpresa que él mismo recibía con el estupor de los niños. Carecía de ego, o al menos no tenía el ego a flor de piel, y reía y hacía reír como si hubiera abrazado una materia especial de la vida, y regalaba esa vitalidad como un muchacho que viniera a la tierra a encontrar el mundo que había soñado. Su muerte es como un paréntesis que él mismo abre para seguir viviendo en sus libros; los libros estaban ahí, y él no fue desdeñoso con ellos, pero la vida era mejor verso, y él se concentró en la vida. Ahora vendrán los versos, que la gente descubrirá al tiempo que descubre qué se escondía detrás de aquella figura menuda que él adornaba de enormes bufandas y de risas inolvidables.

Mientras tanto, la otra vida. En Marruecos siguen tratando a los periodistas como enemigos, como adversarios de la patria. La patria, palabra horrible, como semáforo o ascensor. En nombre de la patria se apropiaron del Sahara, y en nombre de la patria ahora impiden que unos periodistas de la Ser, Ángels Barceló, Nicolás Castellanos, Ángel Cabrera, informen de lo que pasa en el Aaiún. Así que los encarcelan y los ahuyentan. Un atentado, uno más, contra la información en un país cercado por la intención medieval de hacer callar al que no es de su opinión o de su patriotismo.

Buenos Aires. y 6. Los que no cuentan todo lo que saben

Por: | 10 de noviembre de 2010

Me dijo ayer algo Hermenegildo Sábat acerca de Fernando Estéves, mi compañero de tantos años en Alfaguara y paisano suyo uruguayo. Sábat es el legendario dibujante de Clarín, un hombre de vasta cultura literaria, pictórica y filosófica; sus dibujos caen como piedras de realidad, y de pesadilla, sobre una metáfora que ha sido de piedra, y a veces de sueño y muchas veces de pesadilla, en su país y en Argentina, donde vive y trabaja desde hace muchos años. Jamás este Sábat que parece un hombre que deglute silencios está verdaderamente callado; siempre anda rumiando, y eso se ve en su mirada, cercana y penetrante, una mirada a la espera, algún pensamiento nuevo, algún viejo recuerdo. En esta ocasión, cuando me vio, antes de que entregaran los premios Clarín de novela (el ganador este año ha sido Gustavo Nielsen, por La otra playa), me pidió que me sentara con él en un lugar silencioso, como si me quisiera trasladar una inquietud que llevara años tratando de resolver. Allí me senté. Lo conocí hace cinco años ahora, en la sala grande de reuniones del periódico El País, en un almuerzo que habían organizado Joaquín Estefanía y la Escuela de Periodismo. Me dijo Sábat en esta ocasión, después de rememorar aquel encuentro: "Mirá vos, ¿qué tiene que ver El País con Walter Benjamin?" Ah, él se acordaba de que a la entrada de aquella sala de reuniones hay un cuadro expresionista muy bueno que reproduce el rostro de Benjamin. Recuerdo ese mismo rostro sobre la cabeza de Gunter Grass, en el mismo sitio, hace muchos años; y recuerdo el rostro, cómo no. Pero sólo le pude aventurar a Sábat una hipótesis sobre la razón de que el cuadro estuviera ahí. Durante años, le dije, fue asesor de El País Jesús Aguirre, que luego sería duque de Alba; fue editor y traductor de Benjamin; El País nació con una mirada muy decidida en la búsqueda de las claves del exilio republicano, y Benjamin fue un emblema de ese mismo exilio. Así que si juntamos la pasión de Aguirre y aquella postura de integración de los de afuera con los de adentro que mantuvo El País desde sus inicios podríamos encontrar una razón para que estuviera ahí ese retrato. "Ah, mirá vos", dijo Sábat. Y luego pasamos a otras cosas; hablamos, por ejemplo, de su paisano Esteves, y después de detenerse en los elogios que se escuchan siempre, y con razón, acerca de este compañero nuestro, Sábat dijo: "Y tiene un mérito más: no cuenta todo lo que sabe". Pocas veces he escuchado mejor definición de la inteligencia y la modestia cuando éstas van juntas. Alguien dijo: "Sí, es una persona emocionante". Como Sábat, por cierto. Y ahora no sé por qué alguien habló de los tópicos que se ciernen sobre los que piensan distinto, como si no fuera adecuado discrepar conservando la modestia de creer que el otro también tiene parte de razón. Y entonces dijo el dibujante: "Es que si te fijás resulta muy difícil ser librepensador, aquello que sí era posible en el siglo XIX". Luego nos dispersamos, como ocurre entre todas las multitudes; antes me firmó el dibujo que él hizo y que sirve de marco para los menús del restaurante Lola, de La Recoleta, donde yo había almorzado al mediodía con mis compañeros David Delgado, Augusto di Marco y Soledad Gallego Díaz, con quienes, por cierto, habíamos hablado de Fernando Estéves, a quien aquí tanto echan de menos y a quien tendremos desde enero en España, buscando dulce de batata hasta en los restaurantes japoneses. En Lola, por cierto, comió siempre Bioy Casares, muchas veces solo. Sábat me dijo: "Era elegante, simpático. Y también sabía más de lo que contaba". Ahora me voy a La Biela, a despedirme de Buenos Aires y mi amigo Raúl Escari, el autor de aquella famosa frase: "Sed realistas, pedid lo imposible", de la que ayer escribía Enrique Vila-Matas en El País.

Buenos Aires. 5. Tomás Eloy Martínez

Por: | 09 de noviembre de 2010

Mañana dejo Buenos Aires, casi una semana después. Estos años he sido invitado acá por Clarín, cuyo premio literario se entrega esta noche, y esta vez se hacen sólidas dos ausencias casi seguidas, la de Tomás Eloy Martínez y la de José Saramago, queridos amigos (también entre ellos) que murieron al principio y a la mitad de este año difícil de 2010. Esta noche José Saramago, que fue jurado del premio, recibirá un homenaje; el año pasado tendría que haberlo recibido en persona Tomás Eloy Martínez, por toda su trayectoria periodística. Hasta última hora se pensó que podría acudir, pero su salud muy quebrantada lo dejó en casa, y ese premio periodístico que tanta justicia hace a su obra fue recogido por su hijo Ezequiel, periodista como él. Pocos meses después,a finales del mes de enero, falleció Tomás Eloy, y luego se nos fue Saramago. Así que por muchísimas razones esta ocasión, en este día ahora soleado de Buenos Aires (¡salud, porteños!), abre sendos huecos en la memoria. El domingo fui a almorzar a La Brigada, lugar que tanto frecuentó Tomás Eloy Martínez en San Telmo. Encima del piano, sus amigos del restaurante han colocado diversas ediciones de El cantor de tangos, que publicó Planeta. Lo recuerdo aún con ese libro en las manos, en el sótano de un hotel de la calle Abascal de Madrid, hace como tres años; buscaba entonces, en los intersticios de la vida, que ya le había dado más de una cornada, y aún le daría varias, asuntos para sus novelas, para sus artículos, para sus reportajes. Era un hombre grande, como dicen en Cuba, ya mayor, pero mantenía la singular energía de un reportero, que no sólo contó la realidad sino que buscó metáforas para explicarla. Sus libros sobre Perón y su entorno son hoy prueba irrefutable de existencias reales a las que él les dio el toque mágico del periodismo y la narrativa como combinación en la que él fue magistral. De modo que muchas cosas novelescas o noveladas parecen hoy, incluso para los que creen saberlo todo de Perón y los suyos, como reales, tangibles y documentadas. Era un novelista, sin duda, pero también un cronista de primera magnitud, un maestro de cronistas; en la prensa mundial de habla española, pero sobre todo en América Latina, hay multitud de escritores jóvenes y de periodistas también jóvenes que nacieron a sus respectivos oficios teniendo como maestro el ritmo de Tomás Eloy. Todos estos años he ido a su casa, he salido con él a restaurantes (a La Brigada, sobre todo), y he hecho esas peregrinaciones como cuando me hacía el encontradizo con mis maestros en los tiempos en que yo era aún un muchacho que buscaba en las historias y en las anécdotas de los mayores las líneas de puntos por las que seguir en la trayectoria vital del oficio. Así hacía en Buenos Aires esas peregrinaciones hasta la casa de Tomás Eloy, y cuando iba él a Madrid le buscaba para llevarle a restaurantes sosegados (recuerdo una fabada inolvidable, un encuentro muy feliz, en el Madrid viejo, sobre todo) para escuchar hilar muy fino sus historias que a veces eran iguales pero que siempre adquirían en él tonalidades nuevas. Era un maestro de periodistas, sin duda ninguna; y cuando un periodista es ya un maestro carece de edad, y sus discípulos, si puedo llamarme así también, tampoco tenemos edad; ellos son grandes, o mayores, y nosotros somos jóvenes aprendiendo. Hay en esa relación tan nutritiva una sensación de regalo, y cuando no está el regalo (aunque estén sus libros), cuando no está el maestro hablando, uno siente que las calles y la vida tienen un hueco. Y con esa sensación de hueco he andado estos días por la ciudad de Buenos Aires, donde no está Tomás Eloy, adonde nunca más vendrá Saramago. Las ciudades son pisadas sucesivas, de ida y vuelta, y en un momento dado esas pisadas se interrumpen, y entonces uno ya sólo busca huellas. Y éstas son inolvidables.   

Buenos Aires. 4. Conversando

Por: | 08 de noviembre de 2010

Hay ciudades para la conversación. Madrid, por ejemplo, fue una ciudad para la conversación, como Granada o como Santiago de Compostela, por poner algunos casos. En un tiempo, mi ciudad, el Puerto de la Cruz, era también una ciudad que conversaba en una plaza, la plaza del Charco. Y Buenos Aires es una ciudad para la conversación. En realidad, me parece que es la capital mundial de la conversación. El año próximo se celebra acá el Año Mundial del Libro; pues tendría que ser el Año Mundial de la Conversación, también. Bueno, en realidad el libro es la máxima conversación; decía Gabriel Zaid, el gran ensayista mexicano, autor de Los demasiados libros, que había que poner el libro en la conversación de la gente. Eso lo han conseguido los bonaerenses; las librerías son magníficas, las bibliotecas también, y la gente habla de libros y de autores como si estuvieron pegados a la piel del alma. Se conversa, se conversa todo el rato, la gente va por la calle conversando, una interrupción del paso (porque quieres una dirección, por ejemplo) se convierte en seguida en un motivo de conversación. Y Buenos Aires no ha perdido, en ninguna de sus zonas, esa costumbre que también aparece como elemento de los libros de sus grandes autores. Borges es conversación, como Cortázar. Los premios, como Rayuela, es una novela conversada, y ambos son libros que reflejan la quietud inteligente de la conversación en Buenos Aires. Ayer tarde fui a un espacio magnífico por lo insólito, Locos por el Fútbol, a ver con mi amigo David Delgado, editor, el partido Real Madrid-Atlético de Madrid. Los hinchas de uno y de otro (yo iba por el Atlético, claro, quiero que el Barça gane la liga) aprovechaban la ocasión para conversar; de vez en cuando se producían jugadas capitales, y entonces gritaban de rabia o de júbilo, pero mientras tanto se la pasaban conversando. Un blog, por cierto, es una conversación, o es la oportunidad de una conversación, como los libros; y para conversar se hicieron las cartas y ahora los correos electrónicos. Pero nada es mejor que conversar en directo, mirando a los ojos, esperando que el tiempo sea un engaño y uno pueda conversar eternamente. Ayer tarde estuve leyendo ese libro de conversación entre Borges y Sábato; qué delicia, y qué oportunidad histórica: escuchar la conversación de dos escritores que antes no querían conversar y que luego tampoco quisieron volver a conversar, pero que encontraron una isla de sosiego para conversar en Buenos Aires. Cuando acabó la conversación que iba a ser libro, Borges se lamentó de haberla acabado, y Sábato también, aunque éste indicó: "Es que si no acabamos este podría ser un libro eterno". Buenos Aires es una conversación eterna, como la que se tendría con los libros ideales. Y me voy, que tengo que conversar con dos periodistas, Susana Reinoso y Leila Guerriero, y después con otros periodistas bonaerenses. Con estos últimos conversaré junto al río; el río, por cierto, es la conversación acuosa de Buenos Aires. En ella estamos, recordando, por cierto, al gran Lázaro Carreter, que se fue del mundo sin cumplir el deseo mayor de su vida: vivir en Buenos Aires. Para conversar con la ciudad.

Buenos Aires. 3. En La Recoleta, en Clásica y Moderna

Por: | 07 de noviembre de 2010

Hermoso día ayer en los alrededores de La Recoleta, este lugar que es como el diapasón de la armonía de la ciudad de Buenos Aires. Me pidió mi amigo Ricardo Kirschbaum, director de Clarín, un texto sobre Horacio Coppola, el extraordinario fotógrafo ahora más que centenario (tiene 104 años), del que ayer hablaba Antonio Muñoz Molina en Babelia. Por la mañana habíamos estado mirando la luz de la ciudad, la proyección luminosa de sus edificios junto al cementerio de La Recoleta, mezclado con esta geografía que para mi se aglutina en el café La Biela, donde Fangio exhibe eternamente sus coches de juguete. Pasé junto a los enormes árboles de la plaza, me senté a pensar y a leer en esta atmósfera que siempre es igual y siempre es diferente. Así que tenía en la retina esas imágenes que captó Coppola en los años 30, al volver de esa Europa que, como indica Muñoz Molina, estaba a punto de convertirse en escombros; un Buenos Aires nítido, entre primaveral y veraniego, abriéndose paso en las fotos del artista como una ciudad que preservaba su memoria al tiempo que Coppola disparaba su objetivo. Ahora este espacio de Borges y de Bioy, esos edificios y también sus calles solitarias, o habitadas por una sola persona que viene de no se sabe qué melancolía, parece sacado de un audaz contrapunto de Horacio Coppola. Me fui luego de ese lugar a la zona de Callao donde Natu Poblet sigue manteniendo en alto la apuesta cultural de su librería, Clásica y Moderna. Junto a un grupo de amigos (Claudia Piñeiro, Josefina Delgado, Ezequiel Martínez, Soledad Gallego-Díaz, Sergio Ramírez...) para hablar de libros y de lo que tocara, en torno a unas milanesas que regamos con limón, agua y vino. Compré muchos libros; compré libros, le dije a Sol, como si fuera inmortal; cuándo habrá tiempo ya para leer todos los libros que desearíamos leer. Mientras estábamos allí vino el deslumbramiento de las fotos de Coppola, y luego me vine al hotel con el catálogo, como si viajara con Buenos Aires bajo el brazo. Al anochecer cruzamos el bosque de Palermo, hacia la casa del gran artista Hemenegildo Sábat, cuyo dibujo de Kirchner, tras la muerte del ex presidente, glosé aquí el otro día. Allí estuve mirando las paredes de una vocación que dura ya todos los años, y que Sábat mantiene con la fortaleza de un muchacho que va cada día al periódico como si fuera la primera vez que le encargan un trabajo. Durante el día de hoy he estado en el barrio de San Telmo; aire y luz en la ciudad de Coppola. Coppola sigue vivo, y lúcido, a los 104 años; un poco como Buenos Aires, la ciudad inolvidable de las fotografías, las postales y los escritores. De Clásica y Moderna me llevé un diálogo entre Borges y Sábato. Cuando caiga la tarde voy a leerlo; es como regresar al Buenos Aires que Coppola vio en los atardeceres. Al irme de la librería apareció un escritor jovencísimo, Luis Mey, que trabaja en la librería del Ateneo. Josefina Delgado me regaló un libro de cuentos de autores boanerenses; allí estaba Mey. Leí su cuento Los abandonados. La atmósfera de otro Buenos Aires, el de la noche cerrada que se abre paso entre los árboles del bosque de Palermo. Anoche vi esa atmósfera, y luego oí esa música. Allá adentro imagina Mey, el joven escritor que apareció por esta vieja librería cuando ya nos íbamos. Casi al tiempo apareció también Sergio Ramírez, que estos días habla aquí de periodismo, y que esta mañana se estaba volviendo a Nicaragua. Le recomendé a Mey El señor de los tristes, el conjunto de ensayos de Sergio. Lo encontrará, claro, es un librero.  

Buenos Aires. 2. En Miguel Cané, Borges y Tomás Eloy

Por: | 06 de noviembre de 2010

Jorge Luis Borges trabajó en los años 30 del siglo pasado en la Biblioteca Miguel Cané, en el barrio de Boedo, Buenos Aires, uno de los lugares más apacibles de la ciudad desde la que el autor de El Aleph inventó el mundo. En uno de los paneles chiquitos que recuerdan a ese Borges que asoció su imaginación y su vida a estas calles y a este sitio hay un texto hermoso de Jorge Edwards que recuerda esa letra menuda y urbana desde la que se produjo finalmente el prodigio de ser Borges. Su sitio de trabajo, donde escribía, hacía fichas de libros y leía, cuando aún tenía vista y venía hasta acá leyendo la Divina Comedia en el tranvía 27, es un rectángulo muy pequeño que ahora se visita como si fuera el santuario laico en el que uno esperaría hallar la atmósfera del mito más extraordinario de la literatura en español del siglo XX. En esta ocasión, la segunda vez que visito este espacio en pocos años, nos llevó a Sergio Ramírez, el escritor nicaragüense, y a otros amigos, el periodista Ezequiel Martínez, hijo de Tomás Eloy Martínez, el gran escritor que tanto conversó con Borges y tanto supo de él. El azar de la vida ha querido que, tras la muerte de Tomás Eloy, ocurrida en enero de este año, la municipalidad de Buenos Aires (cuya viceministra de Cultura, Josefina Delgado, nos enseñó ayer los lugares míticos de la biblioteca en la que vivió Borges) ha ofrecido a la Fundación Tomás Eloy Martínez que tenga aquí su sede. Es una coincidencia magnífica, que hubiera conmovido a Tomás Eloy y que obviamente emociona a sus hijos, entre los cuales es Ezequiel el que de manera más activa se está ocupando ahora de ese legado. Allí estaban, cerca del rectángulo que recuerda a Borges, las cajas aún cerradas de la biblioteca personal de Tomás Eloy Martínez, que revolucionó con su calidad el periodismo en español, que reconstruyó para la ficción lo que de ficción tuvieron las vidas de Eva y de Juan Domingo Perón, y que utilizó la realidad, como Borges, para explicar la densidad de las nubes de los sueños. Observé a Sergio Ramírez, el excelente autor de El señor de los tristes, deglutiendo esta experiencia; me fijé en sus ojos tan profundos, y a veces tan exhaustivamente melancólicos, imaginando las consecuencias que para el azar tiene esta emocionante coincidencia de estos dos escritores grandes en esta biblioteca chica pero honda, histórica, e imaginé que algún día leeremos en sus propios textos evocaciones tan hermosas como las que constituyen ese Señor de los tristes, uno de los mejores libros de ensayos literarios que he leído en los últimos tiempos. Nos fuimos a Margot, luego, un restaurante que ya estaba ahí, cerca de la biblioteca, cuando Borges desembarcaba de su tranvía; fue como la peregrinación a un pasado desde el que sopló la literatura en Buenos Aires.

En Buenos Aires. 1. Música de la época

Por: | 05 de noviembre de 2010

Llegué ayer de madrugada a Buenos Aires, un otoño más que aquí es primavera. Hermosa ciudad que parece una casa. Jet lag salvaje; en el avión no pude dormir, pero había que trabajar el día entero, hasta la noche. Acabé rendido ante la evidencia de que los años te pasan al final una factura maldita, que has de pagar con sueño; y el sueño llegó, hasta que el maldito jet lag enseñó otra vez su patita de insomnio y en la madrugada de acá me desperté como si fuera la mañana de allá. Luego agarré el sueño otra vez, así que la vida se ve de otra manera. Durante el día estuve haciendo cosas muy diversas, propias de mi oficio, pero también del oficio de vivir, pues compré rosas rojas para un cumpleaños en una floristería que nació en 1916 y me cortaron el pelo en una barbería unisex del barrio de La Recoleta, un sitio muy chico que me pareció abigarrado pero profesional. En la floristería, que se llama Armando, le hablé a la muchacha que atendía sobre la edad del negocio, y ella me dijo que entonces, en 1916, ella no estaba allí. "Hubiera sido Dorian Grey". Y se me ocurrió que en pocos sitios como en Buenos Aires alguien te haría esa referencia literaria de mañana en una floristería. Luego estuve con periodistas, que es lo que me toca por mi oficio: hablar con periodistas cuando llego a esta ciudad de tan buenos periodistas. Hablando con ellos llegué a la conclusión de que lo que acaba de suceder en Argentina, todo lo que ha sucedido a raíz de la muerte de Néstor Kirchner y las consecuencias sociológicas, políticas, culturales e incluso económicas que está teniendo ese fallecimiento del marido de la presidenta, está en la raíz genética del carácter que la historia le ha ido formando a los argentinos. ¿Una fatalidad? No, una condición. ¿Cómo resultará el porvenir a partir de estos hechos? La música que define mejor el ánimo de este país es el tango, sin duda; entre los tangos, mi preferido, y eso no significa que me parezca el mejor, es mi preferido, por lo que dice, es el inmenso Sus ojos se cerraron, que me gusta escuchar en la voz de Eliades Ochoa, el cubano. Siempre hay razones en este país para escuchar ese tango, y ayer lo tuve en mi cabeza todo el día, como si la música me fuera explicando también el ánimo que sentía por las calles, y como si ese tango fuera un contrapunto a ese fantástico dibujo que hizo Hermenegildo Sábat en Clarín tras la muerte del ex presidente: Néstor despide a Néstor, con una rosa roja que arroja sobre el féretro abierto. Impresionante dibujo, intensa reflexión que también va al alma del país, como el tango. Las calles están llenas de frases que parecen trozos de tango: "Kirchner con Perón. Cristina con el pueblo". Al atardecer conocí el lugar donde está la Fundación Sábato, con Elvira González Fraga, que la cuida con amor y convencimiento, y luego estuve otra vez con periodistas. Conocí a Leila Guerriero, una joven periodista a la que admiro muchísimo; allí estaba también nuestra Soledad Gallego-Díaz, Jorge Fernández Díaz, Ezequiel Martínez... Estuvimos hablando en una librería que antes se llamaba La Boutique del Libro y que ahora se llama Los Libros del Pasaje, mucho más adecuado título. Cuando me fui supe, porque las ciudades tienen música, que aún no se había acabado la música del día en Buenos Aires, pero mi cuerpo enfermo no resistió más. Ah, apareció por allí un viejo amigo, Raúl Escari, pero esta ya es otra historia. Hoy estará ahí Buenos Aires, ahora con el cielo azul que heredó de la madrugada.

El País

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