Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Por el Museo de la Ruina y por el arte de enumerar

Por: | 15 de febrero de 2012

Ahora que el arte está otra vez desintegrándose y ya no se sabe, nunca se supo, quizá, dónde está su frontera, convendría escuchar a Isidoro Valcárcel Medina, que propone un Museo de la Ruina. Es decir, un museo tan frágil, tan inconsistente, que ni siquiera aceptara visitantes, a no ser que a éstos no les importara perecer bajo el aliento de esa podredumbre.

Se lo escuché decir anoche a este artista murciano de 1937 que se ha distinguido siempre, antes y después de que lo señalaran con el Premio Nacional de Artes Plásticas de 2007, por destruir verbalmente y también artísticamente las convenciones más habituales de las artes avejentadas.

Valcárcel, que combina entre sus pasiones al antiguo filósofo Zenón y a Jean-Luc Godard, expuso esa teoría (línea y media, no dijo más) sobre el Museo de la Ruina en diálogo con Hans Ulrich Obrist, en la sala de Ivorypress, en Madrid, porque es esta editorial que construye y dirige Elena Ochoa Foster la que se ha atrevido a publicar, después de tres años de trabajo, el libro más insólito de la reciente historia de la bibliografía, Ilimit, del que es autor Isidoro.

Autor, pensador, diagramador, esteta de la repetición y también de lo insólito, ha hecho en este libro un manifiesto ilimitado de los riesgos y valores de la continuidad; continuidad de los parques, que diría Cortázar, continuidad de la mirada, que diría Borges, destrucción de lo habitual, que diría el propio artista.

El libro consta de nueve volúmenes, pues es un libro y es a la vez varios libros continuados e ilimutados. Enjuto, vestido con ropas oscuras, rodeada su cara pálida de ojos muy atentos y muy grandes, Isidoro explicó su tesis (la que está detrás de esta insólita publica) con pocas palabras, pero con mucho sentido del humor: es un libro normal, pero no es habitual. Es un libro inhabitual, e ilimitado. Se limita, en su contenido ilimitado, a la enumeración sencilla de las páginas de que consta, quinientas cada uno de los nueve volúmenes, en cada uno de los idiomas que él eligió aleatoriamente: español, latín, chino, japonés, y así hasta 58 lenguas. La enumeración, naturalmente, es correlativa, de la página 1 a la página 6000.

Los detalles técnicos de la producción del libro lo convierten en un acontecimiento artístico y bibliográfico de primera magnitud, que en estos tiempos en que se augura el final del libro como objeto adquiere el carácter de metáfora o símbolo del tiempo de la prisa. Como resume la editorial que durante tres años ha acompañado al artista en su trayecto, "los libros han sido cosidos y encuadernados a mano en tela Saxon color gris neutro, con una madera de diez milímetros que abraza y protege el interior de cada volumen. El papel utilizado para la impresión del libro es Gmund 2/200 Creative System, nº 780, color 45, de 200 g/m2, producido por Büttenpapierfabrik Gmund. Cromotex ha realizado la composición de los textos. Los libros han sido impresos y encuadernados por Testimonio compañía editorial".

Isidoro Valcárcel habló de ese gesto, aunque muchas veces dijo que prefería el silencio, o la risa, y a ello nos invitaba a los que estábamos en el público, con Hans Ulrich Obrist, suizo de Zurich (1968) que es codirector de la Serpentine Gallery de Londres, uno de los iconos del arte en el mundo. Con un idioma en el que (como en los nueve volúmenes) se mezclaban las lenguas (el inglés, el italiano, el español), Orbist logró sacar a Valcárcel del mutismo conceptual que adorna su vocabulario y su filosofía, así que en algún momento de la conversación pude sentir que entre el libro y el hombre se producía una síntesis que a la vez inquietaba y daba paz, como si uno estuviera entrando en un terreno en el que lo que estaban viendo, u oyendo, era mucho más que lo que materialmente se veía o se escuchaba.Era una reflexión audaz sobre lo que Lewis Carroll dejó escrito: de qué color es la luz de una vela cuando está apagada.

Luego estuve viendo el libro (los nueve volúmenes); adentrándose en esa geografía de la repetición uno puede imaginar, es cierto, qué es lo que se siente, y es tan fascinante, cuando cuenta las olas del mar o cuando mira el fuego y el fulgor de su repetición te calma. Esto también da paz. Como un museo, aunque esté en ruinas.

Para presentar un libro hace falta, es obvio, un buen presentador. Y conozco pocos mejores que Fernando Savater; es más, lo conozco desde 1972, y desde entonces nunca falla. Es directo, se ha leído el libro, es capaz de resumirlo en un segundo y muestra afecto por el autor. En segundo lugar, y no siempre en primer término, el libro ha de ser bueno, el editor tiene que confiar en él. Es más, el editor debe acompañarlo, estar ahí con el libro y con el autor; eso es imposible de eludir: si el editor no está la audiencia se inquieta. Si él no vino, ¿a qué venimos nosotros?

El libro es bueno, en este caso, muy bueno; lo dijo Savater. Es más, lo dijo al principio y al final. "Me ha gustado mucho". Se notó. Claro, el autor es Fernando Aramburu, el libro de éste es Años lentos, premio Tusquets de novela, y lo presentaban, con la audiencia colmada, en la nueva Fnac, en Castellana, 79, Madrid, un sitio que me gustó mucho: sillones sin respaldo, de colores variados y muy vivos, lo que le daba el aire de sala de estar de un colegio mayor suizo o sueco. Y estaban los editores, claro, la directora de Tusquets, Beatriz de Moura, que da serenidad a los sitios (y a los autores), Juan Cerezo, editor, Natalia Gil, responsable de comunicación...

Todos esos elementos, es decir, esas personalidades, son fundamentales en el conjunto de una presentación. Al autor le da confianza, al auditorio le da certeza de que está asistiendo a una apuesta, y en general se consigue un ritmo que no es posible si alguno de esos elementos está ausente.

¿Y el libro? Ah, eso es lo fundamental. El escritor mexicano Gabriel Zaid acuñó una expresión ("hay que poner el libro en la conversación de la gente") que muchos copiamos: un libro ha de poner a la gente a conversar, tiene que ser materia de recuerdo y de discusión. Y este Años lentos marca ese ritmo: da para conversar. Savater fue muy veloz: la portada del libro, un paisaje nublado y lluvioso de San Sebastián es el marco en el que él (esa misma mañana de la presentación, por cierto) había hecho su caminata diaria... Y los años, el 68 de Donosti, tiempo en que se desarrolla la novela, le desata a él tantos recuerdos como al autor. Y Aramburu tomó aquel tiempo como su tiempo propio pero también como el tiempo de la ficción: habían matado al primer guardia civil que asesinó ETA y comenzaba en Euskadi un tiempo de niebla espesa, de plomo en las alas de un país que ya no se ha levantado feliz una mañana... O sí, pero olvidando.

Pero no es una novela sobre Eta, ni mucho menos, Aramburu reiteró varias veces esa convicción, alivió a la gente que estaba presente de la posible sensación de que otra vez el terrorismo agarrara el centro de un libro para monopolizarlo con su viscoso recuerdo. No, no es sobre ETA, es sobre las personas que vivieron aquel tiempo, cómo aquella vida fue afectando a cada una de esas personas, cómo era la Donosti que fue viendo el muchacho Aramburu, que en 1968 tenía ocho años.

La conversación fue en algún momento hacia el terreno de las técnicas literarias, pues el libro está sembrado de ingeniosas revueltas sobre el estilo y el recuerdo como materiales del escritor: es, por así decirlo, un libro que a veces se desnuda y deja ver la maquinaria en ejercicios que revelan el humor donostiarra (y alemán, desde hace veinte años Aramaburu vive en Alemania, le gusta la manera de razonar de los alemanes, su mujer es alemana) del escritor, de apariencia silenciosa como los donostiarras de adentro pero, en cuanto se le da materia, locuaz y sencillo, un buen interlocutor para el torrencial Savater, que en un momento determinado se puso a escuchar. A veces apuntaba cosas. Dijo: "Voltaire decía que contarlo todo es el primer paso para ser aburrido".

Aramburu estuvo de acuerdo. Además, indicó Savater, no es suficiente con contarlo todo. Aramburu dijo algo que nadie confiesa en las presentaciones: que cuando acaba de escribir se lo pasa a otros; "desconfío de mi mismo, así que les pido a los amigos que me digan en qué me he equivocado". A esas alturas el autor hacía rato que se había ganado al público, de calle, de modo que pudieron haber seguido horas a pesar de que los asientos no tenían respaldo... Pero le hicieron caso a Voltaire, y a su embajador en la tierra, Fernando Savater, y no lo contaron todo. Pues todo está en el libro.

Ah, y al acto fueron autores y periodistas. Estaban Nuria Azancot y Blanca Berasategui, de El Cultural. Y había al menos un autor, Rafael Reig, que ganó el premio Tusquets del año pasado. Y vi a varios editores. Y estas presencias (periodistas, autores, editores) sí que es excepcional en la presentación de un libro. Que lo sepa Aramburu, que vive en Alemania. 

Los blogs en tiempo real y los blogs en tiempo lento

Por: | 13 de febrero de 2012

Escribir es rasgar un papel, un cuerpo, una emoción, una herida. Requiere tiempo, reflexión, compasión en el sentido que decía Kapuscinki; escribir no es lanzar lo primero que sabes o intuyes, es guardar, bajo mil cerrojos, la convicción propia hasta que no la hayas contrastado con elementos fiables de la realidad.

Las distintas incitaciones que provienen de la multiplicidad de medios que nos asisten, nos rodean y nos conducen, todo por su orden, nos han convocado a la prisa como lugar común. Es mejor rápido que lento, es mejor insustancial pero veloz que sustancioso. Aquella aspiración de mediados de los noventa (la comida debía ser lenta, las ciudades podían ser lentas, había que buscar pueblos lentos e incluso gente lenta para conversar y mirar con ellos) de que la lentitud era el futuro fue deglutida por el futuro, y ahora estamos en el más veloz de los tiempos.

El twitter, al que ahora me acojo como si estuviera viviendo dentro de un experimento cuyo porvenir ignoro si será muy fructífero, es uno de esos medios cuya velocidad alucina, y de la que es muestra, cada día, esa velocidad de pajarera múltiple que tiene el i Phone cuando uno se acerca a la multiplicidad de mensajes, como suspiros, que la gente (yo mismo, entre todos) siente la necesidad imperiosa de dar a conocer.

Y, junto con otros sistemas de comunicación personal o público, los mensajes, el facebook, etcétera, están los blogs, que comenzaron siendo un espacio de vaciado de experiencias laterales a la información y que ahora son el núcleo de la información, elementos que ya constituyen parte integrante de la vida periodística de la red.

He pensado mucho sobre este fenómeno, tan nutritivo y tan arriesgado, que ahora los periódicos sitúan en las más diversas zonas de su estructura, desde Internacional a Deportes, y no sé si aún no lo veremos en los Obituarios. Y he vuelto a pensar en ello (en su estructura, en la novedad que entrañan, en lo que dicen) leyendo el excelente perfil que John Carlin publicó ayer en EL PAÍS Semanal sobre Jill Abramson, la directora del ´New York Times`, la cúspide del periodismo mundial, como dice el propio Carlin.

En un momento determinado del reportaje, Carlin hace una reflexión sobre los blogs en la prensa digital diaria, qué suponen hoy en relación con el periodismo que conocimos. Dice: en el torrente de información que manejamos "(...) también está la obligación de competir con el babel de ruido que nos rodea, y eso provoca otro tipo de urgencia: volcar la información que se tiene a la página web con más rapidez que nunca. Ahí es donde el tercer ´valor fundamental`del mantra de Abramson, ´edición inteligente`también se tambalea. Cada vez más reporteros de The New York Times tienen blogs en los que vuelcan su material al instante, prácticamente sin editar. Los blos en tiempo real están muy lejos de los viejos métodos para publicar historias en el periódico, que dependía, hasta un punto que a los periodistas europeos les parecería insufriblemente legalista, de unos redactores jefes de una irritante pedantería".

Y por eso le pregunta Carlin a la directora de la cúspide del periodismo: "¿No significaba este cambio al blog en directo una pérdida inevitable de control de calidad?" La respuesta: "Bueno, usted puede pensar eso, pero creo que, en la mayoría de los casos, los periodistas toman tan en serio las normas del Times que no van a desmadrarse, a repetir algo que no esté confirmado ni escribir en tono sarcástico".

¿Seguro? Probablemente. Lo que es cierto es que la velocidad, siempre, y no sólo en la carretera, lleva dentro de sí un riesgo, y ese riesgo nos afecta a los periodistas igual que a otros profesionales. Acaso el regreso, aunque sea de puntillas, a cierta lentitud, le vendría bien a lo que decimos. Pero, sobre todo, a lo que pensamos.

Extremadamente agresiva

Por: | 10 de febrero de 2012

Las palabras son microcosmos que van por el aire asociándose libremente a lo que ocurre; así actúan la imaginación y la memoria, y de ello viene la literatura. Muchas veces lo que ocurre en distintos campos de la vida procura esa interacción, que puede ser rica y brillante y otras veces es tan opaca que conduce al miedo o a la melancolía.

Ayer sucedió eso.

En un lugar del mundo, Bruselas, un hombre bien trajeado, dotado con una bufanda poderosa, fue despojándose poco a poco de sus aditamentos invernales, descubrió en una sala bien iluminada la espalda de un hombre al que buscaba, y antes de que éste acabara una conversación con otra persona que tenía al lado, se lanzó a su oído y le hizo en inglés una profecía sobre la que tenía todos los datos.

Lo que sobresale de esa conversación ya lo sabe todo el mundo de dios en este país y en cualquier parte, pues lo reprodujeron las radios, los periódicos y las televisiones: "extremadamente agresiva", la reforma laboral española "será extremadamente agresiva" y "ya verás que te gusta".

El comentario, la cadencia que impuso aquel hombre de oscuro, el ministro Luis de Guindos, la sustancia de lo que emitía, la procedencia de la frase incluso, es decir, este país sonámbulo que vive ahora en el pozo del boxeador sonado, coincidió casi en el tiempo con otro suceso que ahora se airea con regocijo por parte de algunos y con extrema preocupación por parte de otros: la "extremadamente agresiva" condena al juez Garzón.

Dos golpes, uno sobre un juez, otro sobre las relaciones laborales que le esperan a este país, que pueden recibir los mismos golpes de agresividad que el ministro resumió con tanta inoportunidad como tino. Al terminar el día busqué los versos de César Vallejo que me inspira la condena de Garzón, la tan ignominiosa condena al juez: "Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,/ la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma... ¡Yo no sé!"

Joaquín Jordá tituló en 1967 una de sus películas Dante no es únicamente severo, una metáfora que usa mucho el maestro Juan Cueto. También me vino ese título a la cabeza, como los versos de Vallejo; yo recordaba así el título: Dios no es únicamente severo.

Y sí, ni Dios ni Dante hubieran sido tan severos porque quizá no anidaba en ellos, en su depósito de severidad, tanta inquina como la que se advierte en el alma de los que han juntado a Garzón delante de tres juicios sucesivos, el primero de los cuales ya se ha visto con cuánta extrema agresividad se ha resuelto. Sólo la frase de Guindos, dicha para otra cosa, define en su justo término la impresión que produce el ámbito que cubre la sentencia de aquellos jueces severos como Dios mirando a Garzón como si lo estuvieran esperando al borde del purgatorio. En el lado de allá del purgatorio.

Burla de la guerra y vida de la escritura

Por: | 09 de febrero de 2012

Mientras escuchaba anoche a Juan Eduardo Zúñiga hablar de literatura con Manuel Longares en las tertulias de la Librería Alberti me vino como un celaje a la memoria lo que significa en este país el juicio contra el juez Garzón por investigar el franquismo. Describía Zúñiga, a partir de sus novelas y relatos nacidos de la experiencia y la memoria de la guerra, las atrocidades que se vivieron en Madrid en medio de lo peor de la guerra, los bombardeos, los saqueos, el sufrimiento humano que convirtió a esta ciudad de la gloria en capital del dolor, estremecedora geografía inolvidable.

Entonces sentí el fogonazo de la rabia: ¿cómo es posible que no se pueda recordar con sosiego, en calma, haciendo justicia y procurándola, ese periodo de la historia? ¿Cómo es posible que al juez que puso en marcha la maquinaria de investigar el daño se le siente en el banquillo?

Entonces agarré el cuaderno que siempre llevo conmigo y subrayé lo que iban diciendo Zúñiga y Longares que, como es natural, hablaron de muchas más cosas. Vaya esa por delante: la memoria infinita y terrible de la guerra, que es la sustancia literaria de la excelente bibliografía del veterano escritor.

Como Longares, el autor de Romanticismo, es también novelista, y qué novelista, hubo un momento en que ambos hablaron de la mecánica de la escritura, con qué escribes, cómo escribes... Zúñiga escribe desde 1951, desde que tiene esa máquina, en una Olivetti "que me sigue funcionando de maravilla". Y antes escribe en borradores que son hojas ya utilizadas de facturas de tiendas o supermercados... Escribe "con mucha calma y mucho sosiego", pues la calma y el sosiego son fundamentales, dijo, para que fluyan el lenguaje, la imaginación y la memoria, que constituyen el trío sagrado de la creación literaria... No ha guardado esos borradores, "y creo que esos papeles los quieren universidades norteamericanas que además te darían dinero por ellos, pero no, no los tengo, los tiro..."

Así que Zúñiga escribe con lápiz, pluma o bolígrafo, y con ello ha ido construyendo una singular obra literaria de la que ahora está sabiendo más, pues durante años, muchos años, esa literatura se produjo en el ambiente oscurecido de su verdadera humildad, pues Zúñiga no es un humilde pretencioso sino una persona verdaderamente humilde, que no ha ido incordiando por ahí con el sufrimiento de los egos heridos por las odiosas comparaciones con otros.

Su obra tiene como protagonista Madrid, rosa herida, capital de la gloria, dolorido individuo (Madrid), pues "la ciudad es un ser doliente, sufre lo que sufre cualquiera de sus habitantes".

Nació aquí, vive ante el Retiro, desde ahí se ve el ramaje de los árboles que lo acompañan en todas las estaciones, "estoy impregnado de la vida madrileña, me siento vinculado a Madrid, a sus calles, a sus sitios, a sus edificios, soy, por tanto, una realidad más de Madrid".

¿Escribirás más sobre la guerra? No, "ya di por concluido ese ciclo; ahora la guerra es materia para historiadores más jóvenes, que disponen de archivos extraordinarios en donde hay materiales que les permitirán dilucidar hasta el último extremo de lo que pasó". Pero la literatura procura una memoria muy especial, a la que no tienen acceso los historiadores... "Sí, es muy probable, pero por mi parte ese ciclo novelístico ya conoció su fin. Mis libros han sido, posiblemente, complemento de la historia, han sido espejos de corrientes de pensamiento o de ideas", pero la literatura, le dijo Longares, "es el latido de la época", y no sólo eso, concedió Zúñiga, "es la explicación psicológica de tragedias íntimas", que él ha narrado con una prosa que arrostró el barroco, se hizo delgada y eficaz como su figura y ahora es un testimonio cuya lectura te lleva a luchar contra la burla social a la que aquí se somete a aquellos que procuran en el ejemplo de lo que pasó en la guerra la materia del asombro y de la rabia por saber para que nunca más pase otra vez.  

Betibú, la última novela de Claudia Piñeiro, escritora argentina que ahora va de Madrid a Barcelona a intervenir en una fiesta literaria, trata del viejo periodismo y del nuevo periodismo; es decir, del periodismo.

Es a la vez una sátira y una descripción de la manera que tienen de abordar las noticias (las noticias graves) los que llevan décadas en el oficio y cómo lo ven los que acaban de llegar; entre los que acaban de llegar, evidentemente, hay muchos que tienen una idea del periodismo que se parece a la idea de los veteranos, y viceversa.

Pero como las novelas responden a caracteres y a arquetipos, Claudia ha elegido para Betibú al joven y al viejo y los ha puesto en esos términos: el que se asombra ante el acontecimiento y el que ya se lo espera.

Aparte de arquetipos ante el suceso (pues en la novela se trata de cómo abordar, desde el periodismo, un suceso), Betibú es también una reflexión sobre la narrativa, cómo se alcanza una buena narrativa en literatura y en periodismo. Manuel Vicent suele decir que el periodismo es la literatura del siglo XX; y en el siglo XX, que no acabamos de cruzar, hay muchos ejemplos, en España, en América, de lo cerca que andan ambos géneros.

No se puede hacer buen periodismo sin tener en la memoria, y en la práctica, la buena literatura; en Argentina, de donde viene la literatura de Claudia Piñeiro, hay ejemplos excelsos de esa mezcla que ha dado de sí obras como las del maestro Tomás Eloy Martínez; más arriba en ese mismo territorio, en Colombia, está quizá el patrono de ese consorcio periodismo-literatura, Gabriel García Márquez. Y en todo el continente hay muestras envidiables de lo que la buena literatura le hace al buen periodismo.

En este caso, en el caso de Betibú, que recomiendo muy vivamente a jóvenes periodistas y a periodistas en general, y por supuesto a escritores de cualquier edad o cualquier tiempo, es literatura hablando de periodismo; puede uno sentirse reconocido en ese Brena descreído y cínico al que el veneno del oficio jamás abandona, y pueden reconocerse muchos en ese muchacho (ese pibe) que le sirve de contrapunto a Brena y que le ha sucedido en el trabajo más arriesgado entre todos los que se cumplen en un diario: la sección de policiales, los sucesos que decimos aquí. En un momento determinado, Brena le dice al pibe, que acaba de decirle que no tiene tiempo para leer ficción:

--Hacételo, el tiempo, hacételo, y leé ficción. Si querés ser un buen periodista, tenés que leer ficción, pibe, no hubo ni hay ningún gran periodista que no haya sido un buen lector, te lo aseguro.

Lo dice Brena, pero mientras lo leía me imaginé diciéndoselo al que viene Tomás Eloy Martínez, Gabriel García Márquez o a la propia Claudia Piñeiro.

Y, modestamente, hago mía la recomendación. Lee ficción y harás mejor periodismo, pibe. 

Materia de la poesía

Por: | 07 de febrero de 2012

Hay en la obra de Antoni Tàpies una reclamación de la armonía; el caos de la materia convocado por una mano poderosa a hallar en algún rincón del arte el sosiego de la mirada.

Es como un puñetazo y de pronto un susurro, un grito asombrado, como aquel cuadro de Munch.

Recogió de todas partes los despojos de un tiempo tachado, gris y difícil, y convirtió su pintura en un arma, en un emblema, en una manera de expresión en cuyo espejo se vieron tres generaciones, la del estupor, la de la esperanza, la del desencanto.

No era preciso entenderle, pues la pintura, como la poesía, no se hace ser entendida sino para entender, y creó telas que fueron concebidas desde su propia sorpresa, mientras hallaba, como hacía su amigo Pablo Picasso.

Iba rebuscando en los tesoros de la conciencia, y de la memoria, y alcanzó su propia X, su mayor interrogante, y por ese rumbo siguió librando batallas que ya fueron también del espectador. Pasa con él, con Twombly, con Hopper, con todos los pintores literarios, se sale de ellos (y se entra) sabiendo que la materia de la que tratan es la de la palabra, son poetas del lienzo, su materia no convoca a otras materias; en el caso de Tàpies, lo que el pintor busca es la palabra, y por eso tacha, mientras viene la palabra precisa.

Y no es imprescindible que la palabra diga directamente; la palabra puede puede ser un circunloquio, el núcleo de un silencio. Esa combinación de palabra, silencio, tachadura hace el milagro de la armonía, el mundo que Tàpies edificó como si estuviera creando un nuevo mundo que ahora ya alcanza, en el tiempo, la palabra fin, pero que perdurará en los que vean en su obra la expresión de una época que se entiende mejor mirando su estupor, su esperanza y su desencanto. Un retrato que jamás dejaba la realidad ilesa.

¿Dónde están los escritores (y los artistas) de ahora?

Por: | 06 de febrero de 2012

Es evidente que los escritores y los artistas estarán, en España y en cualquier parte, ocupados escribiendo, esculpiendo, filmando, pintando, componiendo, etcétera. Y la mayoría estará, sobre todo, sobreviviendo, o sobreactuando, que de eso también abunda.

Pero, en lo público, en lo que suele preocupar en esa esfera intelectual de la ciudadanía, ¿dónde están? ¿Qué les preocupa últimamente, a dónde van, de qué se ocupan cuando no esculpen, pintan, filman, escriben, etcétera?

Me he preguntado eso últimamente, desde las últimas elecciones, que parecían tan decisivas al menos para los intelectuales que viven de sus derechos de autor. ¿Qué dijeron, en la calle, en sus foros habituales, escritos o hablados, de lo que iba a pasar con ese aspecto tan importante de su relación con el trabajo? ¿Y de lo que les esperaba como ciudadanos, aparte de lo que los ocupa como artistas? ¿Qué dijeron, qué están diciendo?

En los últimos años se puede constatar una desafección general del ciudadano hacia la política, por culpa de la política, sin duda, pero también por culpa del ciudadano, pues sin el compromiso de éste aquella se resiente. La política es un ejercicio de civil de responsabilidad compartida. Nada es ajeno a la política y por tanto nadie está fuera de la esfera de lo público, sea de izquierdas, de derechas, o de centro. Esa desafección es ahora habitual entre los artistas. ¿Por qué? ¿Hasta cuándo?

Es curioso. El PSOE tuvo que suspender, en campaña electoral, la campaña electoral más peligrosa y abismal de su historia, un encuentro con artistas e intelectuales, porque sólo un artista confirmó su presencia en el acontecimiento que pretendía juntar a ese sector junto al candidato Rubalcaba. El Partido Popular no suele proponer esos acontecimientos, seguramente porque los artistas o intelectuales que apoyan a esa formación no son personas que vayan a mítines o a conciliábulos partidistas y ejerzan sus posiciones desde otros lugares de la sociedad... En UPyD hay ahora una presencia contundente y habitual, la de Álvaro Pombo; pero ni Fernando Savater ni otros artistas o comunicadores que antes eran fijos en los encuentros de Rosa Díez asoman ahora con tanta frecuencia al menos en los actos públicos. En Izquierda Unida hay, de siempre, mayor compromiso de los intelectuales (de algunos intelectuales) que apoyan a la formación de izquierdas, pero en los últimos años he encontrado ahí también un mayor desvalimiento.

¿Qué ha pasado? ¿Fatiga de materiales? ¿Falta de atractivo por parte de los políticos? Desgana, y se acabó?

No sucede tan solo en el ámbito de las convocatorias políticas. Estuve en la toma de posesión de Víctor García de la Concha como director del Instituto Cervantes. Tampoco vi allí a muchos creadores literarios; de hecho, no recuerdo haber visto ninguno; como dice un amigo mío, y ninguno es ninguno. ¿Por qué? Los escritores, que acuden habitualmente a las citas internacionales del Cervantes, deben tener la idea de que esta institución es un organismo burocrático que les resuelve ese aspecto de agencia de viajes de su función, y no se sienten concernidos cuando los convocan para celebrar que un director nuevo (y qué director nuevo) viene a dirigir los destinos de la difusión de la creación literaria en español...

Me pregunté: ¿dónde estarán? Me lo llevo preguntando, qué hacen en el tiempo libre, por qué han dejado de preocuparse de lo que pasará y están tan despreocupados, en general, de lo que pasa... Y lo que pasa (lo estás viendo) es más grave que nunca, o por lo menos eso dicen, cuando hablan, ellos mismos... 

Arturo Pérez-Reverte cumplió en noviembre sesenta años y ayer dijo en la Fundación Juan March que está escribiendo una novela de amor. Está, pues, en la madurez; es académico, ha estado en mil batallas, es un autor de mucho éxito, y ahora, en el remanso de la vida, cuando ya es, como los suyos, un héroe cansado, se ha zambullido en un amor contado desde la experiencia de tres edades: los veinte, los cuarenta, los sesenta, en distintas geografías y en distintas épocas del siglo XX. No tiene título, o por lo menos él nunca da el título. Pero el nombre, una mujer, en torno a la que gira la trama que elabora en casa o viajando, recopilando información incluso comiendo, sí se conoce, lo dijo allí, ante el nutrido auditorio: se llama Mecha. Dará que hablar.

En todo caso, tuvieron mucho de que hablar, ante aquel auditorio, el autor de El pintor de batallas, y Sergio Vila-Sanjuan, periodista, autor de un libro capital en el universo del análisis de los best sellers. Porque se trataba, pese a la reticencia del novelista, de hablar de él como autor de libros muy vendidos. En 1998, cuando a José Saramago lo estaban premiando en Estocolmo, su amigo Pérez-Reverte estaba hablando precisamente de eso, de los best sellers, con Ken Follett, en la Feria de Francfort. Hubo un momento de silencio, circuló la noticia, él expresó su alegría, y siguieron hablando. De lo que se trataba entonces, cuando ya Reverte había publicado El club Dumas y La piel del tambor y había iniciado su triunfal serie Alatriste, era de discutir con su colega inglés, el autor de Los pilares de la tierra, acerca del fenómeno del best seller en la cultura europea, tan distinto al best seller de sello norteamericano.

Y Vila-Sanjuan le sacó a Pérez-Reverte, en la conversación que tuvieron en la March, ese recuerdo, y por ahí entró, por el best seller literario de estilo europeo, el novelista a contar el momento en que se acabó su timidez como escritor de los libros que quieren ser reflejo de su gusto y de sus lecturas. Eso ocurrió cuando leyó El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Eso era precisamente lo que estaba queriendo hacer el lector de Dumas: contar historias, expresar por escrito lo que había visto y vivido en su aventurera vida de reportero en guerras cruentas y en otras batallas civiles; y, sobre todo, lo que quería era demostrarse a sí mismo que la pasión por escribir no debía tener otro límite que la decisión de no aburrir.

Entonces él tenía 30 años. Escribió después, bajo la influencia de esa decisión de no dejarse tentar por el aburrimiento del sacrificio del escritor, La tabla de Flandes, que fue un éxito que nació en secreto: ni dios le dio pábulo en la crítica o en la información literaria de entonces, pero el libro se abrió paso mientras él andaba por los territorios terribles de las guerras del mundo. Cuando escribió y publicó El club Dumas ya estaba mejor equipado el mundo editorial para recibirle y para lanzarle, y ese fue, dijo él, un lanzamiento espectacular que preparó al auditorio de la época para los éxitos masivos que constituyeron las ya citadas La piel del tambor y El capitán Alatriste  y la secuela ya tan conocida.

Así se fue haciendo Pérez-Reverte best seller, pero él no tuvo la culpa. Quiso decir que detrás de lo que escribía había puramente el deseo de escribir, que mantiene intacto; él no sufre escribiendo, no siente que sea un sacrificio ver delante la página en blanco, que eso no le hace llorar, y si así fuera seguramente no dispararía un chícharo. Tampoco se propone, ni siente, que esté escribiendo un libro que "va a venderse como rosquillas"; siente, tan solo, la intuición "de que esto va a funcionar, pero porque me funciona a mi, escucho lo que voy escribiendo y noto que la respuesta interior se parece, probablemente, a la que va a tener el lector".

Sergio Vila-Sanjuan le preguntó a Pérez-Reverte si él le aconsejaría a un joven cómo tendría que hacerlo. El escritor había ido con corbata (venía de la Academia); aunque va rapado, esa vestimenta le daba la señal de un académico presto a decirle a los jóvenes cómo tendrían que hacerlo, pero se paró un rato, "no estoy seguro de que deba dar un consejo". Pero al final (Sergio es muy persuasivo) se dio por vencido y desgranó algunas pautas: "lee sin prisa, déjate llevar por el instinto, manten la sangre fría, no te dejes llevar por los juicios admirativos de tus amigos (suelen ser mentira), trabaja..." Trabaja: toma notas, haz esquemas, lee todo lo que puedas sobre el asunto acerca del que quieras novelar... "Yo no soy un artista, soy un artesano, por eso trabajo tanto hasta que logro un producto que refleje lo que tengo en la cabeza". 

Hablaron, cómo no, de héroes y heroínas. Para el creador de Alatriste, "el héroe de verdad es un solitario, un soldado en territorio enemigo, alguien que si flaquea sabe que será devorado... Mi héroe es individual: yo no creo en la humanidad, y mis héroes tampoco".

Y también hablaron de mujeres, de arquetipos... Fue al final cuando se lanzó Sergio a hacerle hablar de lo que ahora escribe. Es raro en Pérez-Reverte, pero fue más allá de lo que suele. La novela discurre en función de varias intrigas; Mecha es ahí la persona importante. Y esas tramas transcurren en Argentina, en la Costa Azul, en Sorrento (Italia)..., y por esos lugares (por sus mesones y por sus calles) ha discurrido últimamente la vida de Reverte, como si fuera un enviado especial que ahora sólo disfruta imaginando y no poniendo la mirada sobre realidades que le llenaron los ojos de sangre...

 

"¡Templa!", grita Gómez

Por: | 02 de febrero de 2012

Tiene algo de monje este tibetano del teatro, nacido para decir solo lo que bulle en su cabeza; es decir, este José Luis Gómez, director de teatro, sobrio como un misionero medieval, es, como actor, otra cosa, una personalidad distinta; se transforma, es Azaña si le da la gana, y es el misterio de Kafka o una basura (entiéndase) de Samuel Beckett.

Como director puede suscitar el ánimo de las masas a su cargo, es un hombre colectivo, un  director racial que dice en seguida lo que teme el actor: su verdad, lo que él cree que debe hacer el otro en el escenario. Y te puede dejar temblando.

No sé cómo es como actor dirigido, pues nunca estuve en un ensayo de ninguna de sus interpretaciones. Pero el otro día me invitó a un ensayo que él dirigía, y cuya consecuencia pueden ustedes ver ya en La Abadía, Grooming, la obra de Francisco Bezerra. Aunque sea de Huelva recriado en Alemania y anclado ya en Madrid, con los intervalos de sol que se procura, es como un anglosajón del norte, un tipo fino, casi transparente en sus silencios; piensa como si su cabeza estuviera dándole vueltas a una idea fija: cómo mejorar esto.

Así que empieza, en el ensayo, por recibirte como si fueras más importante que lo sigue, pues eso aprendió también en Alemania, la puntualidad, la exquisita atención al otro, para que el otro a su vez le dé lo mejor que tiene.

Había poca gente en la sala, cinco o seis personas, los técnicos, una regidora del escenario se cayó en un momento determinado por culpa de un badén mal puesto, y tanto él como sus técnicos se preocuparon como si en efecto hubiera habido un terrible accidente.

El escenario era tan sobrio como un sueño, o mejor como una pesadilla, pero eso lo dirán los críticos, yo me limito al ensayo. Lo cierto es que Gómez de pronto (cuando era la hora en punto en que aquello tenía que ponerse en acción) dijo que apagaran las luces, que comenzara el espectáculo, aunque aún en periodo de pruebas. Por un lateral aparecieron un hombre vestido de domingo, con su corbata y su traje gris, y una chica que andaba corriendo; eran todavía dos ciudadanos que iban a su puesto de trabajo; un rato después eran actores en el escenario.

Lo primero que vimos fue al hombre que iba vestido tan sobriamente disfrazado de conejo, como si fuera una pesadilla cruzando el escenario. Y luego se desarrolló la trama. Sobrecogedora. La historia de un acosador que busca en Internet la fluencia casual de las adolescentes, y se inmiscuye en la vida de una chica que, a su vez, cuando aquello se desarrolla y se acumulan pesadillas que retumban en la memoria como un espectáculo de hoy, real, realista, abrumador, destroza al acosador con las revelaciones de sus propios juegos.

Pero, ya digo, la obra la ve el crítico, yo me limité a ver el ensayo. Junto a mi, en la misma fila, estaba el actor Javier Cámara. Al final, aplaudieron todos, y Gómez parecía satisfecho, tenía razón para estarlo: el texto es veloz, vibrante, difícil de reneter, pero los actores, Antonio de la Torre y Nausicaa Bonnin hacen un trabajo excelente, me pareció, yo me metí en la obra, eso no es sólo por el texto, es por los actores, por el director.

Al final hubo aplausos y bromas; es raro, y esto es grande en el teatro, ver a dos personas de carne y hueso, Antonio, Nausicaa, siendo ya otra vez aquellas personas que terminan su trabajo y se van, cuando antes los has visto vestidos de pesadilla. Ella se marchó, plas, velozmente, y Antonio se quedó diciendo algunas bromas; dijo:

    --¡No se preocupen, estrenamos el año que viene!

Rieron. Luego estuvo hablándome de fútbol, insinuando que este no es el año del Barça.

¿Y Gómez? Como un monje, entre Kafka y Beckett, silencioso y profundo en su asiento, disfrutando de una obra de la que se enamoró, eso dijo. ¿Y qué hizo en toda la obra? Mirar, miraba como un hurón. Y sólo dijo una cosa, en una escena en la que los dos protagonistas estaban sentados en el parque, uno muy cerca del otro. Gritó:

--¡¡Templa!!

Creo que iba dirigido al actor, ellos sabrán. Pero no hubo ninguna otra interrupción, no la creyó necesario. El espectador tampoco. Terminó el ensayo. Nos fuimos. No le he preguntado a ninguno de los implicados qué significa "¡templa!", pero ellos saben, pues estuvieron muy templados. A ver qué dice el crítico.

 

El País

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