Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La crisis llega a la ficción

Por: | 15 de marzo de 2012

En 2008, a principios, el New York Times contó que las grandes y las pequeñas editoriales norteamericanas habían dejado de encargar lecturas y sobre todo traducciones; comunicaron a sus grandes autores extranjeros que no esperaran durante algún tiempo que sus obras fueran traducidas.

Lo peor no era eso, pues los autores extranjeros tenían sus países y sus lenguas; muchos de ellos, aunque no vendieran demasiado, contaban con el beneplácito, en primer lugar, de sus editoriales de siempre (o de algunas veces, pues ya se sabe que los escritores van de flor en flor, según la flor alimente más o menos), que los publican por razones de catálogo (que las hay) o por razones comerciales (que a veces también las hay, ya no tanto).

Lo peor no eran los autores; lo peor, en la decisión editorial norteamericana, eran los lectores, legiones de personas que fiaban el redondeo de sus salarios mensuales a la eventualidad de las lecturas de obras de escritores norteamericanos, jóvenes o veteranos, que tocaban a la puerta de la suerte y dependían de informes que ya no se iban a realizar de nuevo.

Ese suelto en el New York Times, publicado en enero de 2008, lo guardo entre mis papeles perdidos como el primer eslabón del desastre que vendría luego, y del que todos los días (hoy mismo) se hace eco la prensa española y mundial. He visto, sin embargo, pocas referencias en las propias preocupaciones de los escritores; es como si la crisis se produjera en otros lados de lo que concierne al oficio y a ellos todavía no les mordiera en la yugular. Empieza a inquietar, e inquietará más aún, imagino.

Ahora he descubierto en el último libro del argentino César Aira publicado en España (El congreso de literatura, Mondadori) una referencia muy suculenta a este momento singular (y plural) que vive la cultura del libro. El personaje es un traductor, y así enuncia el abismo en el que se siente entrometido: "Desde mi temprana juventud he vivido de mi trabajo de traductor. Con el tiempo fui perfeccionándome en este oficio, en el que obtuve algún prestigio, y durante los últimos años pude gozar de cierta tranquilidad, que nunca llegó a la abundancia, cosa que no me preocupa porque llevo un régimen de vida muy austero. Pero ahora la crisis ha afectado seriamente a la actividad editorial, que paga el periodo previo de euforia. La euforia llevó a la sobreoferta, las librerías se llenaron de producción nacional, y cuando el público debió ajustarse el cinturón, la compra de libros fue lo primero que suspendió".

Glups!

Así es la cosa. Como decía Vicente Ayala, el hermano más chico de Francisco, así es la vida, y así la cuenta Aira. Sin vuelo en el verso, para que lo sepan todos. No es ficción, aunque lo suyo sea ficción, está pasando y lo estamos viendo. Después de la euforia puede venir la euforia del recorte, y después del recorte... En fin, también habrá que cantar en los tiempos oscuros.

La carne es débil y he leído todos los libros

Por: | 14 de marzo de 2012

Hay escritores fatuos y también hay lectores fatuos. Hay editores fatuos, cómo no, igual que hay libreros fatuos, e incluso hay distribuidores fatuos. Hay presentadores de libros fatuos, y críticos y fatuos, y también hay fatuidad en los que se dicen a sí mismos: "No soy fatuo".

En torno a la letra impresa hay todo tipo de infatuaciones que uno no coloca en sus crónicas, ni en sus comentarios mientras discurren los actos en los que los escritores, los críticos, los editores, etcétera, se comportan como fatuos.

Hay antídotos, que uno, si fuera presto y ágil como las mariposas oscuras que revolotean en el mundillo literario, debería tener a mano cada vez que un fatuo se pasa de la raya. Es un instrumento muy eficaz y tiene forma de libro. Se titula Los demasiados libros, está escrito por el extraordinario ensayista mexicano Gabriel Zaid y ha tenido ya tantas ediciones que incluso lo podemos conseguir en España, donde hasta hace poco para que llegara un libro de allí tenía que ser sobornado el aduanero, tan fatuo era el mercado interno español.

Ese libro de Zaid (el hombre que inventó aquel eslogan que tanto dio de sí aquí en los 90, "Hay que poner el libro en la conversación de la gente") está publicado por Debolsillo, y contiene algunas recetas que podrían bajarle los humos que tuvieran escritores, editores, libreros, distribuidores, etcétera.

Esas recetas son datos que, convenientemente administrados, echarían por tierra todas las soberbias del mundo del libro. Veamos esta página, la página 20. Dice Zaid: "La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de 30 dólares y un grueso medio de dos centímetros, harían falta 30 millones de dólares y veinte kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera escribir:

Helás! La carne es triste y he leído todos los libros.

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4.000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4.000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4.000 veces más que su cultura".

Hasta ahí Zaid. No se lo pierdan, agótenlo. Es un buen regalo para los fatuos que, ay, somos todos. Como decía el inolvidado Javier Pradera que había que decirle a un autor que llegara con su libro hasta la mesa del editor, "¡también tú, mal amigo!" Ya no caben más libros, ni Mallarmé podría leerlos, y ahí andamos, erre que erre, parando las máquinas con nuestras ocurrencias los que abrigamos la funesta manía de publicar... La carne es débil, verdaderamente.

El punto de vista de Évole

Por: | 12 de marzo de 2012

Jordi Évole ha alcanzado días de gloria en la televisión utilizando la técnica de Buster Keaton, espacio virtual del periodismo en el que comparte cartel, por ejemplo, con Juan José Millás. Consiste en obtener de aquellos a los que tiene delante confesiones muy hondas, o respuestas muy genuinas, moviendo apenas una ceja. Entre Buster Keaton y el árbitro de tenis.

El reportaje que hizo Évole anoche en su espacio Salvados (La Sexta) es una de esas joyas que el periodista catalán que antes fue Follonero con Buenafuente consigue cada semana. En esta ocasión trataba de indagar en el despilfarro cultural al que nos condujo la España de los ochenta y los noventa. Los políticos, con dinero disponible, consideraron que era mejor crearon obras como faraones que invertir en lo que había para mejorarlo. En Valencia y en Galicia, por ejemplo, pero también en otras comunidades, se hicieron infraestructuras que ahora, acabadas o aún en los cimientos, porque no se han podido proseguir, no se sabe para qué van a servir.

En Santiago de Compostela Évole fue a visitar los distintos espacios de la Ciudad de la Cultura que, como un faraón que quiso imitar a lo grande a Georges Pompidou, hizo construir Manuel Fraga Iribarne durante su mandato. Ahora aquel defecto del gigantismo duerme a la espera de que haya mejores tiempos y se pueda rellenar su carcaza.

Hizo bien el periodista en preguntar, de la manera que preguntan él y Millás, por ejemplo, a un alto funcionario que ahora tiene a su cargo la tarea de explicarse para qué sirve ese emporio. Lo hizo con delicadeza, pero produjo respuestas que daban vergüenza ajena, pues es muy difícil (ni desde hoy ni desde entonces) explicar que Fraga se gastara trescientos millones de euros para duplicar en unos casos y para improvisar en otros infraestructuras obviamente innecesarias en el espacio cultural gallego.

Con el mismo espíritu genuino e ingenuo que le caracteriza, Évole decidió contrastar y se fue a una biblioteca pública, en la que los trece mil volúmenes de que dispone se pararon (por falta de presupuesto) en 2009, donde no funcionan las nuevas tecnologías, y ni siquiera funciona la fotocopiadora, donde ya no se hacen actividades culturales y donde todo huele a los recortes miserables que desde hace años afectan, antes que nada, a la educación, a la cultura y la sanidad, que son los pilares del bienestar de la mente. Fue un reportaje sobrecogedor, que Évole llevó con la maestría con la que se ha convertido en un punto de vista imprescindible en el periodismo de hoy. 

Periodismo para oscurecer

Por: | 11 de marzo de 2012

Durante algún tiempo venía a verme a mi sitio de trabajo una mujer que había perdido a su hijo en el peor atentado de España, el múltiple atentado ocurrido en Atocha hace hoy ocho años.

Ella quería escribir, narrar el vacío, llenarlo con sus palabras. Estaba transida de una inclemente melancolía que convertía aquellas visitas en un susurro del que yo trataba de levantarla con el único ánimo que me era posible: el ánimo solidario de escucharla, de recomendarle libros.

Tenía el aspecto de una mujer indefensa y herida, pero de ella no escuché jamás una palabra de rencor; sabía quiénes eran los culpables, escuchaba el rumor de los que ponían en dudas las autorías, pero a ella le importaba ya el dolor, cómo salvarse de esa oscura sensación de miedo retrospectivo, cómo norar al hijo, cómo conservar la memoria de lo mejor que tuvo.

Había perdido la ilusión, en realidad había perdido el ánimo, e incluso el ánimo de seguir, y alguien, quien la envió a verme, debió decirle que escribiendo acerca de lo que vivía podía superar esa vida de ausencias que poblaba su imaginación y su mente. Una memoria herida.

Hizo algunos ejercicios; escribía a mano, como quien escribe una carta que no ha de tener destinatario, y yo la leía con la emoción con la que ella transmitía aquellos trazos de bolígrafo azul sobre papel cuadriculado.

Siempre que leo sobre aquel suceso me vienen a mi memoria esas visitas de la mujer cordial, suave y débil que hacía lo posible por descubrir alguna luz en la nebulosa. Y cuando leo lo que publica un periodismo que parece no haber superado aún su nivel de abyección en la pesquisa, recuerdo el drama real que esa persona vivía.

Oscureciendo lo que pasó dañan a quienes lo sufrieron. La voluntad de ese periodismo es la de acertar dañando. Oscurecen para ganar (lectores, dudas) y no les importa que la mentira sea tan evidente como la intención con la que la expulsan. Ánimo para superar aquella terrible memoria, desdén para los que quieren aprovecharse del dolor alimentando dudas que no existe más allá de la capacidad de manipulación de un periodismo que no sabe decir su nombre.

Carlos Casares, el narrador

Por: | 09 de marzo de 2012

Cuando murió su columna estaba allí, en el bolsillo de su chaqueta quizá, en todo caso al pie de la linotipia; Carlos Casares, el gran narrador gallego.

Hoy hace diez años de su muerte, en Vigo, a los 60 años, todavía un hombre joven que había derramado generosamente su genio en libros, en conferencias y en tertulias, y que además había hecho de esa generosidad una secreta manera de ayudar a otros. Lo hacía sin alardes; entregaba manuscritos ajenos y ocultaba los suyos, se peleaba sin decirlo por causas que le habían caído en las manos, y tenía, haciendo todo eso, una sonrisa plácida que ahora está en la memoria y en las fotos. Y también en sus artículos, que son una memorable aportación al columnismo periodístico español.

Escribía con una elegancia socarrona, sabiendo exactamente donde debía parar para que la poesía no alterara el relato, pero tenía poesía y tenía relato. Era exacto hasta en la bruma. Su última columna, la que salió publicada el mismo día en que se advirtió la terrible noticia de su muerte, trataba, fíjense cómo era Carlos, de una desconocida sapiencia suya, las costumbres de los conejos, y en este caso escribía precisamente de un misterio: por qué los conejos no beben agua.

Era un narrador oral extraordinario, y era un excelente novelista, que jamás alardeó de sus facultades para imaginar, para crear atmósferas de leyenda que vienen de la bruma gallega y se adentran en un espíritu cosmopolita del que no estaba exenta una ironía que cruzaba de Valle a Cunqueiro pasando por Torrente Ballester. Su capital era el gallego, pero su ámbito era el mundo.

Como Jorge Luis Borges o como Gonzalo Torrente Ballester, de quien fue amigo muy leal y muy duradero, escribía o narraba como al desgaire, sin darse importancia alguna, quitándole a su sabiduría narrativa toda solemnidad, como si estuviera haciendo que lo extraordinario pareciera obvio. La úiltima vez que lo llamé, y lo llamaba siempre que iba a Galicia, como si él fuera el embajador cultural gallego al que uno debiera rendir pleitesía, fue para que me refrescara la memoria en torno a un sucedido de Álvaro Cunqueiro que él contaba como nadie.

Resulta que don Álvaro había simulado, muchos años atrás, en la posguerra, cuando era un mandamás en la agencia Efe, que había obtenido un premio, el Mark Twain, que se daba, con mucho dinero, en Norteamérica. Era mentira, no había tal premio. Pero con esa noticia, que él hizo circular gracias a su trabajo en Efe, Cunqueiro obtuvo préstamos a cuenta que le aligeraron los martirios de la vida. Y el Mark Twain, por cierto, se incorporó a su curriculum.

A Carlos Casares le hizo partícipe de esa falsedad el propio Cunqueiro. Y cuando, poco antes de que éste falleciera, en febrero de 1981, le hicieron doctor honoris causa, el maestro de ceremonias desgranó la larga biografía de galardones del autor de Crónicas del sochantre. En un momento determinado, el hombre solemne dijo: "Y el maestro recibió también el premio Mark Twain de novela". En ese punto el maestro Cunqueiro le hizo un guiño desde el estrado a Carlos Casares...

Era muy divertido cómo Carlos contaba el conflicto lingüístico que se producía en los mediodías de su casa, cuando su hijo Jokam, confundido por tantos idiomas como se hablaban en la casa, los interrogaba a él y a su mujer, Cristina, la hermosa sueca que fue su novia, su mujer, su compañera, cómo debía decirse huevo, si en sueco, en español o en gallego... Nunca le escuché una maledicencia, nunca le vi usar su ingenio, que lo tenia a raudales, para descalificar ni para responder descalificaciones.

Un día le pedí un artículo para El País sobre la autonomía gallega. Me dejó que yo lo titulara, pues lo envió sin título. Como en algún punto él decía, de broma, que Galicia debía elegir entre ser "colonia o champú", yo tiré por ese lado de su inagotable ironía y puse ese título, Colonia o champú. Dios la que se armó en Galicia. Él nunca me dijo nada, y cuando desde allí me lo reprocharon (pues yo fui el culpable de ese titular que algunos consideraron ofensivo) él le quitó la importancia a la anécdota con un chasquido de dedos.

Nunca lo olvido, nunca me olvido de este hombre que nos hacía mejores a los que estábamos a su lado; siempre era festivo encontrarlo, sinceramente, hondamente festivo. Diez años años ya. Parece mentira que pase tanto tiempo de su muerte, pero sobre todo parece mentira que se haya muerto.

Una mala noticia para el teatro español

Por: | 08 de marzo de 2012

Mala noticia para el Teatro Español, con mayúsculas, y mala noticia para el teatro español.

Que Mario Gas abandone ese barco, independientemente de las razones burocráticas o de orden administrativo, y sin duda político, que alimentan el cambio que ahora se cuece en esa esfera, es una consecuencia más de la estructura volátil en la que vive la creación y la producción cultural en España. Cambio de administración política, cambio de línea cultural. Como si en la cultura no se produjera una secuencia distinta a la secuencia electoral.

Pero así son las cosas, nadie lo ataja, y los políticos se dejan llevar por la veleidad de mandar y de sustituir, que es una tarea que les encanta. En esa vorágine se llevan por delante conceptos y trayectorias. Mario Gas ha creado un lenguaje dentro de ese teatro, que en el pasado de sus antecesores tuvo momentos buenos y momentos rancios; él dotó su época de una enorme preocupación contemporánea, cosmopolita y comprometida, juntó lo que en un tiempo se llamó teatro de protesta y paradoja con el teatro más rabiosamente actual y con el más rabiosamente clásico, hasta constituir, en el sitio de siempre de la plaza Santa Ana y en el Matadero, una feliz creación actual, una línea argumental que al público le interesó y que abrió horizontes y caminos para nuevos autores, para actores que crearon ahí personajes inolvidables.

¿Estaba escrita la hora de Mario Gas? ¿Se le había acabdo el gas, por decxirlo así? Qué va. Ahora tiene en pie una admirable Follies cuyo montaje es elogiado hasta por sus íntimos adversarios. ¿Entonces? Ah, a la que se le acaba la cuerda es a la política; y la política tira por la borda una experiencia y se va en busca de otra. ¿Legítimo? Claro que sí, todo es legítimo, hasta el olvido de lo que no nos gusta. Y es legítimo también que no les guste Mario Gas, eso se percibía.  Al espectador sí, por lo que se venía viendo. Pero público y política no siempre van parejas. Y tiene uno derecho a reclamar, en el maremagnum de los cambios, un cierto sosiego en el tratamiento de la cultura. Pues un día es el Teatro Español, otro día será el Museo del Prado y así sucesivamenmte. Y la cultura precisa de reposo para construir, no de prisa para sustituir. 

Largo viaje hacia los territorios de Cencerro

Por: | 07 de marzo de 2012

La novela de Almudena Grandes (El lector de Julio Verne, Tusquets) tiene una encarnadura muy concreta, Tomás Villén Roldán,un guerrillero comunista que desde 1941 a 1947 actuó en la Sierra Sur de Jaén. Y los escenarios del libro son también muy específicos, desde la casucha en la que el guerrillero se suicidó antes de que lo apresara la guardia civil, hasta los recovecos en los que él se encontraba con su mujer cada vez que bajaba de sus escondrijos. En uno de esos encuentros concibió a uno de sus hijos; y por decir que ese era hijo del guerrillero su mujer padeció cárcel.

Cuando murió, fue su hija Rafaela (y no su mujer, como por error digo en la crónica que envié ayer tarde desde Fuensanta de Martos, donde pasa gran parte del libro) la que lo amortajó, después de que (como aparece en la novela y como fue en la realidad) los guardias civiles armaran una fiesta para celebrar el fin de este guerrillero que ya entonces el pueblo consideraba un héroe.

A esos escenarios nos llevó la editorial, com Beatriz de Moura, Juan Cerezo y Natalia Gil al frente, organizando a un grupo de más de treinta periodistas que acudimos puntualmente al tren y puntualmente seguimos luego el itinerario que marca ese libro emocionante que, en su presentación y en el propio viaje, contó con la presencia de dos nietas de Cencerro, Esther e Isabel. Las encontré muy pronto en el tren, y estuve hablando con ellas y con Almudena largamente en la cafetería. Quería saber cómo se sintieron leyendo la historia del propio abuelo, convertido en personaje de novela por una escritora como Almudena Grandes. Fue emocionante, dijeron, pero encontrarlas y saber que su madre, Rafaela, que vive, había sentido que la escritora había acertado en todos los detalles e incluso en los ánimos que rodearon aquellos dramas, fue especialmente emocionante para la autora.

En el acto de presentación ante la prensa, en una abadía que reúne casi todas las historias, musulmana, cristiana, de este país, se produjo un momento de especial emoción cuando, en medio de esta geografía de páramos, olivos y sierras, Esther contó los detalles finales de la vida de Cencerro, cuando su madre, la madre de Esther, que entonces tenía 19 años,rescató el cadáver de Tomás de las hordas que reían su muerte.

Fue un minuto de silencio, casi, el que siguió a esa descripción que incluí en mi crónica, pero se oyó como un hielo y a la vez un grito, un resumen nítido de todas las emociones que las nietas fueron contando en el tren: durante años ellas, que trabajan desde muy jóvenes en Madrid, adonde vinieron con la madre, tuvieron que ocultar su pasado, hicieron silencio sobre él; ahora el libro de Almudena convierte ese silencio en un grito, en una especie (como han titulado en EL PAÍS la crónica) de "revancha del guerrillero".

Almudena Grandes incluye, claro está, figuraciones nuevas, licencias narrativas que rodean el libro de otras luces y otras sombras, pues los malvados, dijo, deben tener luces en los libros, para que la narración avance como la vida, con resplandor y con temblor; entre ellas, se valió de una biografía personal que le contó quien es ahora catedrático de Psicología en Granada, un vivaracho Cristino Pérez Meléndez, que nació un año después del suicidio de Cencerro. Cristino, hijo de guardia civil,era la preocupación del padre: no crecía, no daría la talla para ser teniente. Y lo puso a aprender a escribir a máquina. Finalmente, Cristino sabría escribir a máquina, y crecería (diez centímetros más que lo exigido para entrar en el cuerpo), pero se iría por los derroteros de otros aprendizajes. Él fue quien le contó a Almudena la historia que escuchó de chico, cuyo núcleo es ese suicidio que he narrado y que Almudena refleja con tanta viveza y dramatismo en su novela. Pues Cristino le sirve a la escritora como contrapunto narrativo a todo lo que cuenta; el chico es como el espectador de todo lo que sucede. Él es, no Cristino sino su trasunto, el lector de Julio Verne.

Debo decir que he viajado mucho detrás de informaciones y de historias, por mi trabajo o por la vida, pero pocas veces he visto (en el tren, en los escenarios) narrar la realidad con tanta emoción y con tanta viveza. Pocas veces.  

Flores y música para Gabo

Por: | 06 de marzo de 2012

Déjense de palabras. Rosas amarillas, música de Bach para Gabriel García Márquez.

La última entrevista a Roberto Bolaño

Por: | 05 de marzo de 2012

Vi pocas veces en mi vida a Roberto Bolaño; la última vez él reía, con Félix Romeo, en un acto que nos convocó en la Casa de América. Siempre he sentido mucha melancolía de ese momento, como un instante perdido para hablar con un ser de tanta enjundia que es tan inolvidable por tantos motivos. Por su literatura, por sus opiniones literarias, pero sobre todo por el modo que afrontó los distintos aspectos de esa vida literaria que él quiso que fuera más vida que literaria. Tuvo relación con muchos de sus contemporáneos y murió tan pronto, a los 50 años, en 2003, que ya se quedó entre ellos como un héroe que les susurró al oído secretos que han ido edificando una figura mítica y añorada.

Los que lo conocimos apenas tenemos que conformarnos con esos susurros, y, a veces, con escritos o declaraciones suyas que expresan su humor rasgado, su crueldad hacia los alrededores pero sobre todo hacia sí mismo. Hasta el final mantuvo ese humor, por lo que parece. Y es bueno regresar a él, a ese Bolaño cansado de lo solemne, que se manifiesta en las entrevistas que dio y, cómo no, en muchas de las confesiones que escribió o hizo.

Ayer estuve leyendo la última entrevista. Se la hizo la escritora y periodista argentina Mónica Maristain, que vive en México y que la publicó en la versión mexicana de Playboy. Es evidentemente una entrevista postal, pero tiene la frescura de un diálogo vivo no solo ante una periodista que le pregunta sino ante un espejo que lo hubiera visto. La entrevista está en el libro La última entrevista a Roberto Bolaño y otras charlas con grandes escritores, publicado por Tinta Nueva hace dos años. Lo compré en México hace unos meses, cuando estuve allí, y ahora lo he abierto de nuevo. Merece la pena regresar a ese universo en el que Bolaño se despide. Mónica le pregunta, sin que en ese momento, a pesar de la enfermedad y del grave estado en que se encontrara, se vislumbrara la eventualidad de un desenlace próximo y fatal. Y Bolaño habla, por ejemplo, del paraíso. Cómo es el paraíso, le pregunta Mónica. Y dice Roberto: "Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa". ¿Y el infierno? "Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos".

Hay mucho más, claro, y todo está impregnado de la ironía dura, de la carcajada secreta con la que Bolaño interpretó las solemnidades que suelen rodear a los escritores si éstos se toman demasiado en serio. Merece la pena, y supongo que estará en Internet si no encuentran el libro, pero yo preferiría que lo encontraran en librerías, porque así, además, tienen también las otras entrevistas de Mónica Maristain.

Lean Los Nuestros, de Luis Harss

Por: | 04 de marzo de 2012

No me canso de recomendar ´Los Nuestros`, el libro que el escritor, profesor y periodista argentino publicó, por encargo de una editorial norteamericana, en 1966, cuando aún el ´boom`de la literatura latinoamericana estaba apenas floreciendo. Ahora que Gabriel García Márquez cumple 85 años y se habla de aquel nacimiento extraordinario de un modo distinto de abordar la realidad desde la ficción, ese libro, en el que habla un Gabo de cuarenta años, un Vargas Llosa de 30, un Carlos Fuentes de 38, y así sucesivamente, es un documento que no comprendo como ningún editor se decide a reeditar. Como testimonio de cuando los escritores, esos escritores, aún estaban haciéndose a la vida y por tanto a la literatura. Cada vez que lo encuentro lo compro y lo regalo, como si estuviera regalando el entusiasmo por una literatura que desde entonces nos cambió la vida o por lo menos la manera de leer o de vivirla. La primera edición es de Ediciones Sudamericanas, y ahí se siguió publicando. Pero ahora me parece que no se encuentra en ningún sitio.

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