Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Los mimbres de Buenafuente

Por: | 16 de abril de 2012

Carlos Arguiñano dijo anoche, en uno de los espacios-gags del estreno de Andreu Buenafuente en Antena 3, que la vista es fundamental para advertir el frescor de los alimentos. A él y a sus compañeros Arzak y Adriá les había propuesto el cómico y comunicador que se sometieran al curioso ejercicio de adivinar qué comían, primero sin ver y luego sin oler.

La reflexión de Arguiñano, que fue de lo primero que hubo en este Buenas Noches Buenfuente, me acompañó todo el programa. Pues a la vista esta nueva incursión de Andreu en el ejercicio de la ironía y el sarcasmo a través de la televisión es de una saludable frescura; es una estimulante excursión civil por los sentimientos contradictorios de la población ante la realidad que vive, y está hecho, en compañía de José Corbacho y Berto Romero, con la sensibilidad adecuada para un programa de gran audiencia: siempre en la frontera de lo posible, y a vces rebosando lo posible para acercarse al otro lado del espejo, donde habita el genio que los buenos humoristas tienen para decir lo obvio que los demás no sabemos decir.

Los críticos de televisión, que los hay muy buenos aquí, ya dirán lo que les pareció el conjunto del programa, pero a mi me gustaría destacar la frescura que tan bien describió Arguiñano hablando del sabor. Y me gustaría hacer algún otro apunte. Ese mismo gag (los tres cocineros con Andreu) presentaba para éste una dificultad muy poco percibida por los telespectadores, pero que seguramente habrá pesado en el presentador. Dicen los que hacen televisión (y periodismo en general) que no hay tarea más dificultosa que la de poner a hablar a dos o a tres personajes en una sola entrevista, sobre todo si los dos o los tres se consideran iguales de importantes o trascendentales en su oficio; se necesita mucha mano izquierda para que ninguno de ellos se sienta dejado de la mano. Y Buenafuente tuvo la mano izquierda adecuada para que aquella situación en la que los egos pueden virarse terminara siendo una fiesta de risas acompasadas con el entretenimiento que propuso: que los que hacen comer supieran, a ciegas y a narices tapadas, qué comida se les estaba proponiendo.

Aparte del gag del Rey y el elefante, que en distintas variantes se subió al escenario varias veces, quisiera destacar un gag que constituye para mi un ejercicio notable de buena televisión. Ante una entrevista de compromiso (pues en la tele todas las entrevistas a actores grandes y extranjeros se convierten en compromisos), Corbacho, Romero y Buenafuente afrontaron la conversación con Andrew McGregor como un sutil juego de espejos que rompió por completo la lógica de estas conversaciones que la costumbre ha hecho acartonadas. Los tres lograron un gag que hubiera firmado con soltura la gente de Monty Python.

El gran gag de la noche fue el que protagonizó Corbacho como pulpo (Paul) en el garaje del azar. A Corbacho le gusta embadurnarse, y esta vez se embadurnó con agua, para sacar de la pisicina (¡la piscina!) el balón del Real Madrid como (eso dice el juego) campeón de liga, a juicio del poderoso pulpo...

Lo pasé muy bien viendo el programa, sentí que el sarcasmo precisa de un magisterio y de unos límites estéticos que conviertan lo que se ve en una apuesta que le viene muy bien a este país que ahora ha de reír y pensar que, como dice Adriá, cada bicho es diferente o que, como dice Arzak, si nos concentramos todo es más fácil... Tiene mimbres Andreu, ya los tenía, y muy buenos, y anoche dejó ahí un buen muestrario. 

Nuria Espert mira desde muy lejos

Por: | 15 de abril de 2012

Hay una inteligencia natural en esta actriz a la que el gran Josep Maria de Sagarra saludó, al escucharla declamar: "Aquesta nena té uns collons...!"

Esa inteligencia la llevó al teatro, cuando era esa nena de la que hablaba el legendario dramaturgo catalán, y ahí la dejó, mirando; actúa, cómo no, y es una de las mejores actrices del mundo, versátil y profunda, aérea y aposentada en el genio que ya tenía antes de aprender a decirlo, pero su gran valor es la mirada, cómo se fija, cómo se posa sobre los asuntos, los temas, las palabras ajenas.

En la excelente síntesis que de su teatro, ahora tan legendario como Sagarra, hizo ayer en Babelia Marcos Ordóñez, acaso su mejor exégeta, esa carrera teatral se pone en evidencia como la continuidad de unos descubrimientos.

Como Picasso decía del arte, al creador la inspiración ha de hallarlo trabajando, y en esa sucesión de montajes que el crítico va mostrando lo que resulta obvio es que Nuria no ha dejado nunca de mirar: qué se está haciendo, qué se está diseñando, qué se está escribiendo, cómo se está actuando.

Hay un momento en que eso empieza a ser así de un modo muy profesional: fue cuando Arrabal los puso a ella y a Armando Moreno, su marido inolvidable, en la pista de Víctor García. Desde entonces ha sucedido en España el milagro que Nuria Espert le proporcionó a la cultura de su país; su mirada abierta hizo este país menos pacato y menos retrógrado, y en el ámbito del teatro nuestro modo de ver se hizo universal y atento.

Fue la mirada de Nuria, que venía de lejos, la que nos puso en una carretera que ella ha prolongado siempre, y que ahora trae al Centro Dramático Nacional (con Gerardo Vera) el precipitado de un aprendizaje para el cual en aquel entonces, como decía Josep María de Sagarra, hacía falta tener muchos collons...

Buen día de la República

Por: | 14 de abril de 2012

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la II República, que dejó de existir tras el triunfo del golpe de Estado que organizaron Franco, Mola y otros generales aupados a la idea de destruir aquel sistema democrático por dirigentes políticos y por ciudadanos poderosos o notables que desde antes de la proclamación republicana ya se habían asociado para borrarla.

Como se suele decir en estos casos (y es verdad), la República cometió muchos errores, y a otros fue inducida, o de otros se ha hecho más leyenda que juicio sobre los hechos. Lo cierto es que la República aportó a la historia de este país una discusión nueva sobre la educación, sobre la responsabilidad de los ciudadanos en el gobierno de lo público, y agrandó las fronteras de la creatividad. Eso es incuestionable, y eso es lo que me gustaría celebrar hoy.

Durante años Rafael Azcona,el añorado escritor, noble intérprete de la historia de su generación, mantuvo la costumbre de felicitar a sus amigos el 14 de abril. Tuve muchos amigos republicanos que cantaban La Marsellesa cuando se encontraban felices, y esa expresión, "España, mañana, será republicana", fue la expresión nostálgica de aquellos que, en el exilio, esperaban que la caída de Franco fuera más rápida. Aquella guerra que Franco ganó generó un exilio que desposeyó a este país de una energía que la República convirtió en una esperanza de progreso y de libertad civil. Eso es lo que celebraba Azcona con sus amigos; Marsé le respondía enviándole al propio Azcona y a otros reflexiones dibujadas sobre el poder de la Iglesia entonces y cuando Franco. Buen 14 de abril, pues, y buena memoria a quienes la tengan.  

La música está bien, de qué hablan

Por: | 12 de abril de 2012

Entrevisté ayer para un propósito deportivo a Leiva, que hasta hace nada era parte de Pereza. Al final de la conversación, que tuvimos en uno de los veladores del Café Gijón, surgió la cuestión que más aflora en los medios desde hace tiempo, a partir de la realidad de la vida: qué mal está la música. La música, dijo Leiva, es una cosa, y esa está muy bien; la industria está mal.

Cada día se añaden más razones a la preocupación mundial acerca de la crisis industrial que afecta a la música, y las razones de ese malestar (qué palabra, malestar, dijo Leiva) son muy variadas; comienzan con la normalización del robo como sistema de apropiación indebida de lo creado y terminan con la crisis de la distribución y de la venta como lugares comunes del encuentro entre el consumidor y el creador. En medio, en el intermedio, ha habido de todo, hay de todo y habrá mucho más.

Pero, ¿la música? La música está de cojones, dice Leiva. Donde él va cada mañana a ensayar hay cada vez más jóvenes que componen y se preparan para tratar de sacar la cabeza por encima del marasmo; lo que componen, además, es muy bueno, bueno, regular y malo, pero no se paran. Lo mismo sucede en la literatura, en el cine, en la pintura, en el teatro... Nunca ha habido tantos creadores ni tanto entusiasmo creador, tantas vías (algunas obturadas) para que esa producción creativa salga de sus madrigueras, y jamás la calidad tenía tantas oportunidades (virtuales o no) de darse a conocer...

Entonces, ¿qué pasa? Sucede que se ha asociado en todas partes el problema de la industria con el hecho mismo de la creatividad, y aunque una y otra vayan juntas en un momento determinado (y determinante) del recorrido, las cuestiones que afectan a aquella no son necesariamente las que coaccionan a los creadores a la hora de despertarse, como Kafka, para asumir el momento más arriesgado del día, que es preguntarse qué tengo en la cabeza, qué quiero decir, de qué quiero reírme o lamentarme hoy.

Así que, ¿de qué hablan cuando cien crisis de la música (o de los libros, o del cine, o del teatro, etcétera? Hablan de lo único que se habla, y así no hay manera de levantarle el ánimo a nadie, ni siquiera al que va a la librería a rebuscar entre lo nuevo algo que le sorprenda. Total, la industria está mal, qué nos van a decir de nuevo..., y la gente se va de la librería o del quiosco creyendo que está muerto aquello que está verdaderamente vivo. Y lo estará por los siglos de los siglos, aunque le pese al ministro Montoro, por ejemplo.

Las preguntas de Todorov

Por: | 11 de abril de 2012

Tzvetan Todorov, el autor de Gramática del Decamerón, lingüista de un enorme prestigio, lleva años haciéndose preguntas sobre el desajuste del mundo, desde una libertad de pensamiento que rompe cualquier frontera ideológica para situarse "como un centrista marginal" que mira hacia todos los lados y hacia todos los lados dirige una atención que se parece a la del niño que descubre que el Rey está desnudo cuando alrededor todos aplauden la vestimenta del Rey.

Su último libro (Los enemigos íntimos de la democracia, que acaba de publicar en español Galaxia Gutenberg) recoge un buen número de preguntas que sonrojan por la pureza con la que están hechas, como para hendir en la yugular del mundo la curiosidad de un intelectual al que nadie puede acusar de demagógico o de banal.

Con respecto a la manía invasora que mantiene el imperio restante (el que quedó después de la caída del Muro de Berlín), el ensayista de origen búlgaro que lleva desde los 24 años en Francia, regresa a la decisión de Bush (con Blair y con Aznar) de invadir Irak para imponer allí su manía policial, acentuada por la muy terrible agresión de Al Qaeda el 11S. Invasiones como esas se han producido luego, hasta llegar a la que finalmente derribó al dictador libio Gadafi. Lo que se pregunta Todorov es por qué el primer mundo decide utilizar la fuerza invadiendo otros países para imponer, en las circunstancias que ya se conocen,incluso con la tortura, su idea de lo que es la libertad o la democracia.

Con ese estandarte de la libertad como una idea incontrovertible, ya ensayó Estados Unidos en Vietnam, en Oriente Medio, en África, con resultados que son notorios. La democracia ha generado a lo largo de la historia sus enemigos interiores o íntimos, a los que se refiere Todorov en sus preguntas, que también tienen que ver con el dominio económico que los mercados arbitran. ¿Y si el mercado estuviera equivocado, si las exigencias que plantean fueran el principio de la ruina de las naciones y también la ruina de la democracia?

El libro es, me parece, un imprescindible instrumento para que no nos duerman con cuentos, como decía León Felipe. Lo recomiendo porque no es sólo un manifiesto; es un golpe a la conciencia tranquila de los que creen que ante lo que parece obvio no hay seguir haciéndose preguntas que sonrojen a los marcan las líneas rojas a partir de las cuales ya nadie puede cuestionar nada.

La voz de Marsillach el último verano

Por: | 08 de abril de 2012

Era el verano de 2001; la voz de Adolfo Marsillach sonaba entre sosegada y triste; eran sus últimas esperanzas y las expresaba con la tranquilidad paradójica con que afrontó todas las situaciones de su vida, las extraordinarias y las esperadas. Dentro de sí tenía este gran actor las virtudes de un escéptico, y las mostraba también en ese instante en que comunicaba una palabra de auxilio, lo reclamaba. Murió algunos meses después, en enero de 2002, pero jamás he podido dejar de superponer a su imagen, la imagen de su recuerdo, el sonido humano de aquella llamada el último verano.

Ahora lo he evocado de nuevo, viendo una peculiar obra breve suya, Extraño anuncio, que fui a ver esta tarde en una de las salas (la Francisco Nieva) del teatro Valle Inclán, en Lavapiés, Madrid. La obra es un divertimento desasosegado de Marsillach, sobre la muerte precisamente, que fue un asunto, como el de estar y no estar, que marcó gran parte de su obra (escrita o actuada) surrealista.

Allí estaba (y me alegró verlo con su libreta en la mano, no es común que la gente lleve una libreta para anotar lo que ve, ni al teatro ni a ningún sitio) el crítico de EL PAÍS, Javier Vallejo, y me alegró verlo, pues los críticos siempre conducen nuestro gusto y nos recrean situaciones que seguramente nosotros no supimos ver.

Vi con mucha atención e intensidad la obra, que dirige con amor y extremo cuidado, reproduciendo el ánimo dramático y paradójico de Alfredo, la viuda de éste, la actriz Mercedes Lezcano. En todo momento me pareció escuchar a aquel actor y director de series inolvidables de la televisión en blanco y negro, y vi también, sobrevolando en ese tono, al actor que con Nuria Espert representó, con un dramatismo de cuchillos afilados, Quién teme a Virginia Woolf.

Aquí es Manuel Galiana, el gran actor, el que lleva el peso del personaje en el que quise ver un trasunto del propio autor; en algunos gestos quise ver también que Galiana le dedicaba homenajes privados a su compañero. Todo lo que sucedía, en todo caso, me llevaba a aquella llamada del último verano, como si en 1992, cuando escribió esta pieza, él estuviera reclamando de la casualidad lo que al fin el último azar termina dando. Y de eso va la obra, precisamente.

"Es posible que nunca hayamos existido", dice Marsillach en lo que escribió para justificar la obra. "Y es probable, por lo tanto, que esta obra no se haya escrito nunca. O que se esté escribiendo todos los días". Su arte paradójico siempre acababa dando en el clavo, pues combinaba escepticimso y existencialismo, y desde la duda es desde donde se alcanzan las más dramáticas, y definitivas, certezas.

Lo que hay en el nombre de Alberti

Por: | 07 de abril de 2012

Un país es sus nombres propios, todos sus nombres propios, lo que te gustan y lo que te disgustan; los nombres de los hombres y los nombres de los pueblos. La historia los agita, cuando están en la historia, y se quedan (en los libros de historia, en la memoria) todos, aunque en la memoria popular o culta se fijen unos más que otros. Pero la historia es larga, y a veces devuelve nombres que unos creyeron que podían tachar para siempre. Nada se puede tachar para siempre, pues la vida es efectivamente un río y éste crece o se oculta según vengan las lluvias o las tormentas. 

Así que alguien tan culto y tan liberal, y tan buena gente, como el secretario de Estado de Cultura José María Lassalle, por ejemplo, tendría que decirle al concejal de Cultura del Ayuntamiento de Almería (del Partido Popular) que no se precipite con Rafael Alberti, todavía no es tiempo de tacharlo, de borrarlo del mapa de Andalucía. Y acaso no será tiempo nunca de tacharlo. Ese concejal considera que cuando el teatro municipal recibió el nombre del poeta de Sobre los ángeles era cuando los socialistas en el poder se dejaban llevar por el viento del pueblo... Bueno, Alberti era comunista, pero esa era su manera de ver la vida pública, fue comunista antes de la República, durante la guerra, en el exilio, y cuando volvió. Su manera de entender la política tuvo esa forma. Pero en el teatro (que practicó) y en la poesía (en la que fue un maestro cuya estela sigue iluminando a quienes lo leen y lo siguen) fue eso, Rafael Alberti, el autor de Marinero en tierra.

¿Borrar a Alberti del frontispicio de un teatro? No fueron los socialistas, ni el viento de entonces, los que pusieron a Alberti en el nombre del teatro de Almería. Fue el sentido común; pudo haber sido cualquier otro nombre, pero ese representa perfectamente la mejor historia escrita de Andalucía y de España. Puedes disentir de sus posiciones públicas, e incluso de sus poemas, puedes ser de derechas, de izquierdas o indiferente, pero no puedes ignorar (si eres un ciudadano responsable, y sobre todo si llevas en la solapa la responsabilidad de una concejalía) la importancia que ha tenido su obra poética en la escritura en español del siglo XX.

En las memorias que acaba de publicar Nicolás Sánchez-Albornoz (Cárceles y exilios, Anagrama), el hijo del que fue gran republicano recuerda cuando se encontró con Alberti en Buenos Aires, en el exilio. Nicolás, escéptico en materia de partidos y de religión, pero comprometido como demócrata, cuenta cómo le impresionó encontrarse con Alberti en Argentina... Muchos escritores de la posguerra cuentan cómo eran sus peregrinaciones para ver al poeta y a su mujer, María Teresa León, que vivieron luego en Roma... Estos escritores o intelectuales no eran comunistas, o no lo eran todos, eran lectores del escritor que ahora el concejal de Almería considera un nombre accidental en la fachada de un teatro.

Hoy se cumplen 35 años de la legalización del PCE en tiempos de la transición. Llama la atención que la noticia de que el concejal del PP en Almería decide quitar a Alberti de la fachada del teatro coincida en el tiempo con ese aniversario. En esas memorias de Sánchez-Albornoz, el historiador que se fugó de Cuelgamuros narra sus actividades en la FUE, una organización clandestina de estudiantes antifranquistas. Un comando barcelonés de la FUE escribió con tinta química esta inscripción en la universidad de Barcelona: "Viva la Universidad Libre". La policía tuvo que picar la piedra para borrar el eslogan. Pues hoy se siguen viendo las huellas de esa frase que fue grabada en 1947. Pues que tenga cuidado el concejal, pues es posible que de él se olviden, pero es difícil que se olviden del nombre de Rafael Alberti, aunque él lo mande borrar con un pico.

Günter Grass escribiendo un poema

Por: | 05 de abril de 2012

Günter Grass tiene un estudio al lado de su casa, en Lübeck, Alemania. Hasta allí va cada mañana desde su casa campestre, a unos pasos. Camina con sus zapatos viejos y grandes, la pipa en la boca, casi apagada, va encorvado, pensando, mira al suelo lleno de hierbas salvajes, abre la puerta del cobertizo y allí se pone a trabajar como un orfebre. Pintura, dibujo, novela, poemas; su letra es grande y espaciada, pero incomprensible, y sus dibujos son concienzudos, como los trabajos de un escolar preocupado. Alterna cada una de sus artes como si tuviera juntas varias personalidades que le permiten seguir siendo como el Oscar que lleva dentro, el niño de El tambor de Hojalata que se negaba a crecer.

Antes de sentarse en ese taburete alto en el que escribe bajo la sombra de un aguafuerte de Goya tiene la costumbre religiosa de leer sin desmayo la prensa del día, generalmente el Frankfurter Algemeine Zeitung, y es esa información, la que le viene del mundo, la que luego le conmueve para sus poemas o para sus novelas, pero la escritura es minuciosa, como si subrayara con su propia memoria los afectos y desafectos que le vienen del mundo. Si hace narrativa, generalmente es memoria lo que le viene, y si hace poema (así es la vida) es la actualidad lo que le mueve.

Cuando escribió Pelando la cebolla, a la que ahora todo el mundo acude para llamarlo nazi o antisemita, repitió algo que dijo muchos años antes: cómo se hizo, siendo un adolescente, de las SA alemanas; lo explicó en un libro anterior, lo había contado en unas declaraciones que hizo a una radio de Berlín en los años 50, es la sustancia de sus confesiones más reiteradas, pero entonces (en los años 50) nadie hacía caso de esas cosas, de modo que lo dejaron pasar..., hasta cuando convino.

Sus poemas y sus novelas son antifascistas, eso está claro, pues son humanas, novelas humanas, ayudó a Willy Brandt a reconciliar Alemania con Alemania, y ayudó a entender el embrollo que vino después de la guerra mundial, entre culpas explicadas y culpas inexplicables. Ahora, con esa sabiduría urgente que le da la experiencia, decidió publicar un poema en el que explica lo que cree: que no debe tentarse la suerte nuclear, y que dos países, Israel e Irán, compiten por la fanfarronería de exhibir la posibilidad de la violencia.

Entonces han tronado contra él como si él mismo fuera la bomba que denuncia. Imagino que él estará, en su casa de Lübeck, o donde esté ahora, pelando la cebolla de la memoria, recordando cómo fue recibida aquella confesión suya, esa memoria que tantos comparten pero que a nadie autoriza a tachar la moral de su historia. ¿Tiene derecho a decir? Claro que sí. Y tiene derecho al respeto que se le debe a su palabra, estés o no estés de acuerdo con su bulliciosa mente de hombre que se acerca a la actualidad y escribe un poema con lo que su corazón le dice a su memoria.

Mingote, de los griegos a Monthy Python

Por: | 04 de abril de 2012

Había en esa generación mezclada (Jardiel, Mihura, Mingote, Tono, Azcona) algo de los griegos, de los filósofos griegos, de Buster Keaton y de Monthy Python; una especie de surrealismo de combate que en el caso del humorista gráfico fallecido ayer, el gran Antonio Mingote, combinaba muy bien con la apreciación de la actualidad, a la que dedicó el hallazgo cotidiano que aparecía muy destacado en el diario Abc, el periódico de toda su vida. 

El humor no era, en Mingote, tan solo el trazo que lo obligaba a subrayar, a destacar algún aspecto del suceso sobresaliente de la jornada; él mismo creaba la noticia, y su periódico muchas veces le dio el honor de primera página que merecen las grandes ocasiones. Pues su dibujo no era solo circunstancial, que lo era, por eso estaba en un diario de información general, sino que iba al fondo de los asuntos, respondía a la propia historia de Mingote (un hombre muy culto de raigambre conservadora), y respondía a su propia exigencia: dibujar para entender y para hacer entender.

El magisterio que con tanta razón se le atribuye es que consiguiera la plenitud de su arte de comentar ganándose el respeto, también, de los que no opinaban como él, y él era, en sus dibujos y en los textos que lo acompañaban, un hombre con mucha opinión. No dejó asunto sin comentar, desde el nacionalismo al terrorismo pasando por algunas de las más apasionadas discusiones de la vida española, desde el aborto al matrimonio homosexual; pero para todos los asuntos, incluso para los más encendidos, dejaba abierta una luz que pudiera iluminar las posiciones más discrepantes.

Era un filósofo pero sobre todo una ciudadano atento; sus amigos acudían a él, desde todos los sectores del espectro, para saber qué pensaba desde su hondura grecolatina, de lo que estaba ocurriendo, y siempre se iban con la sensación de que Mingote era un ciudadano capaz de entender a los que estaban más cerca y de apoyar, sin embargo, la libertad de los que estaban más lejos para oponérsele. Nadie lo ha pregonado, y él menos que nadie, pero es cierto que este hombre que nos acaba de dejar ayudó en baja voz, pero muy decididamente, a los que en tiempos del franquismo fueron perseguidos por no militar en la práctica ideológica de los triunfadores.

La realidad le cansaba a veces, y entonces aparecía quien para mi era el mejor Mingote, el hombre reflexivo que se dedicaba a contemplar el fondo de las cosas, para atraerlas riéndose a media voz de la solemnidad de casi todo, como Azcona en su cine o como Tono en sus diálogos. Recuerdo siempre (todos tenemos un dibujo de Mingote en la cabecera de nuestra memoria) una pintura humorística suya que tituló Paz. Aparecía un hombre echado en el suelo, contemplando en un ámbito campestre un reguero de hormigas. Y la leyenda decía: "Mil una, mil dos, mil tres..."

Y en la vida real, cuando lo veías, te dabas cuenta de que de alguna manera se había salvado de la solemnidad nacional contando hormigas, quitándole importancia a los tirios y a los troyanos y esperando que el tiempo pasara hasta que las cosas más urgentes se convirtieran en materia de risa o por lo menos de sonrisa, que es lo que en realidad caracterizó su rostro inmutable y la naturaleza misma de su humor verdaderamente inteligente.

Una de las veces que le vi en saraos me tocó a su lado. Le pregunté qué hacía para estar siempre tan bien, tan relajado, tan saludable a los 90 que tenía entonces. Me dijo: "Es que sigo una dieta que se llama LM". ¿Qué significa LM?, le pregunté. Y el maestro levantó su sorna para decir: "La Mitad". 

Mingote, era mucho más que un maestro porque no pretendió ejercer magisterio alguno, sino vivir, ayudar a vivir, pensar viviendo. Como un filósofo que se ríe pretendiendo que está serio como Buster Keaton.

Hortelano y la práctica de la esperanza

Por: | 03 de abril de 2012

Probablemente ahora la sociedad es mejor, pero también es más desconfiada; es mejor porque, aunque están siendo recortados, tiene recursos más consolidados. Pero a la sociedad le falta ahora, esto es así, la esperanza que tuvo cuando empezaba a andar en este país la ambición más modesta de todas, salir adelante como una democracia. Eso ya está encarrilado, los ciudadanos saben que tienen más derechos que entonces, se han ido arañando, ya es muy difícil que vuelvan atrás. Entonces era posible que volvieran atrás.

Entre aquellos luchadores del antifranquismo y después, uno de los que practicó la esperanza de seguir para abrir boquetes donde antes hubo puertas de hierro, estuvo Juan García Hortelano, el escritor (y el ser humano formidable) que murió tal día como hoy hace veinte años en Madrid, su ciudad. Hoy su hija Sofía y su mujer María lo recuerdan con una esquela en El País; Guillermo Altares me avisó, veinte años desde que murió Hortelano. Fue ayer, o anteayer, pues la memoria hace muy próxima la fecha en que se producen las catastrofes. Hoy hace veinte años, pues, y parece que fue ayer, o anteayer. Hortelano era una referencia de la literatura (y del gusto literario) y una referencia de la amistad.

Era radical en su manera de leer, había escritores (recuerdo su disgusto de Modiano, como si fuera personal) a los que no soportaba, y había escritores (Faulkner, como Benet) de los que lo quería todo. Su escritura fue tan exigente como detenida, era un observador divertido de la realidad, y también comprometido, y de esa naturaleza doble, la alegría y el rigor civil, nacieron libros como El gran momento de Mary Tribune o Los vaqueros en el pozo, además de su poesía, que expresaban el alma herida de un ciudadano que, en la guerra civil y después, fue hallado en el lado de los que sufrieron el embate que Madrid sufrió. Y estaban sus artículos habituales en este periódico, llenos de ironía y de disgusto ante ese caballerete que se llama Solemne y que habita en casi todos los estratos del mundo en que vivimos.

Era un escritor raro, pues había dejado la vanidad en un desván y se dedicaba a contemplar sus efectos casposos sobre otras chaquetas. Era bajito y grueso, como el legendario Eulogio Martínez o como Ladislao Kubala, pero tenía una cintura personal que le hacía temible incluso ante Juan Benet, tan buen polemista. Fueron dos grandes amigos, con caracteres totalmente opuestos pero complementarios en la risa y en la burla, en la mirada y en el saludo.

Siempre que lo recuerdo me viene a la memoria aquella noche en que el doctor Toledo terminó de operarlo, abría el cirujano las manos en señal equívoca de esperanza y de desesperanza. Sobrevivió Juan algunos años, y de vez en cuando se reunía con el médico y con los amigos a celebrar la continuidad de esa esperanza de vivir; siempre era el que más ánimo daba, a los amigos, a los indiferentes, y siguió escribiendo, acudiendo al consejo editorial de El País, adonde lo llevaron Joaquín Estefanía y Ángel Sánchez Harguindey. A éstos, a sus otros amigos, y sobre todo a María y a Sofía, se debe la práctica constante de la esperanza en un hombre perspicaz que supo exactamente a qué hora tan temprana se le acabó la esperanza de seguir viviendo. Él insistía, pero para animar a los otros. Gloria a Juan, tan buen amigo. Todos sus libros están (o al menos están siendo publicados) en Lumen, y yo los aconsejo con fervor.

El País

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