Julio Llamazares es una presencia bucólica en cualquier ciudad, como si con él vinieran la tierra y el cielo, el campo y el aire de los lugares que pueblan sus novelas solitarias, sus relatos en los que el frío se derrite ante un fuego misterioso, sus poemas que son abrazos que da a la nieve para que ésta sea el agua del caudal de un río constante y humilde.
Es un caminante; en mi barrio, por ejemplo, donde habita, cerca de la plaza de Iglesia, es ahora un caminante matutino; antes era un muchacho que iba con su perra Bruna como si ambos hubieran hallado acomodo a sus modos de andar y fueran gemelos en eso, en el andamiaje de sus pasos. Soñador y tímido, a veces retraído por la retranca leonesa, que es prima segunda de la retranca gallega, en esos paseos sin rumbo, o que parecen sin rumbo, parece siempre que busca un punto en el horizonte, donde se pierde su fantasía.
Aunque mire al frente, al lugar donde ya no suenan los ruidos de los coches, lo que hace Julio Llamazares es buscar el cielo. El cielo que perdió, que fue también el suelo en el que vivió de niño, con sus padres, en un pueblo, Vegamián, que fue inundado por una presa y que ahora es tan solo sueño en su mirada.
Así que el Vegamián inexistente es su suelo y su cielo, y de él (del Vegamián hundido pero vivo en su memoria) está hecha su literatura, que es un ramalazo permanente de melancolía, un grito poético que no ha conocido tregua. En cierto modo, aunque es de León y en León tiene su hábitat de todas las estaciones, es un Julio sin Tierra, un Julio con Cielo. Escribió, teniendo detrás el trasunto de esas figuraciones fantasmales de la infancia, La lluvia amarilla, Luna de lobos, Memoria de la nieve, El cielo de Madrid… Como si en efecto entre las metáforas de agua que han ido consolidándose en su imaginario poético se hubiera diluido del todo la tierra y se quedaran prendidas sus manos de artista a lo único que quedó de Vegamián: el cielo.
Ahora va a publicar este Llamazares que arrastra a la urbe su carga poética del cielo que posee y de la tierra que perdió un libro especialmente emocionante, de una densidad poética pareja a la inolvidable novela La lluvia amarilla. Esta nueva entrega de su narrativa insobornablemente poética se titula Las lágrimas de san Lorenzo y será publicada en abril por la editorial Alfaguara.
El libro está lleno de amor, de amistad, de verano, de confidencias y de aire. Y de ficción. Pero no importa: la ficción de Llamazares, excepto en algunos libros suyos, como El cielo de Madrid, no perturba en absoluto la lectura poética de su alma; pues este libro, como todos los suyos, trata de entrar en la soledad de los hombres como si entrara en nosotros uno por uno. Puede pensarse, en algún momento de la ficción, que está hablando de él o que está hablando de otros, pero en seguida regresa la sensación de que en realidad está hablando de nosotros mismos, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros en cualquiera de las edades de las que estamos constituidos.
Toda la obra de Llamazares es, y así lo declara habitualmente, un puñetazo contra el tiempo; aquí también se enfrenta a ese poderoso individuo de los almanaques; contra la fugacidad de las personas y de las cosas, contra la fugacidad del aire en que vivimos, es por eso también una reflexión sobre lo que ha de suceder al cabo: que todo será arena, que estas preocupaciones de ahora se harán fugaces como las estrellas que han significado alguna vez cada uno de los veranos de nuestras vidas.
Como en otras obras narrativas suyas, este Llamazares viajero se trae aquí, a este libro, ese ser andariego de playas, montes y navíos; esta vez lleva, en la ficción, muy importantes equipajes personales: el padre, el hijo, los amores contrariados; lleva también las emociones inexplicables, las preguntas que hace el hijo y que no podrá responder sino ese tiempo fugaz, y cuando le corresponda al hijo; están también los tíos perdidos en la guerra, la guerra misma, la misteriosa memoria de la guerra civil.
Una novela sobre el tiempo, contra el tiempo. “El pasado era una idea cuya naturaleza se me escapaba y el futuro solo llegaba hasta donde alcanzaba el día”. A Llamazares la niebla de la ciudad no le ha ocultado la niebla verdadera, la que proyecta sobre sus pasos urbanos ese recuerdo que habita en sus ojos acuosos y como asombrados: la pérdida de la tierra.
Cuando estaba leyendo este libro le recordé esa relación habitual de sus títulos con el cielo. No hizo muchos comentarios. En un mundo que se toma tan solemnemente a sí mismo, Llamazares es una piedra prácticamente única: va por ahí sin el musgo de la importancia; escribe, es lo que hace, y cuando tú le dices que lo explique, que elabore un poco más sobre las metáforas que cree, él calla y te invita a chorizo con pan mientras te convida a ver fútbol al atardecer. Ahí está el libro, piérdete en él, camina por sus senderos, parece decir.
Onetti, que en eso es como él, me dijo un día que si tuviera que explicar sus libros en vez de escribirlos hubiera enviado telegramas. Que sirva esta línea última de telegrama o aviso: no dejen de leer, cuando salga, Las lágrimas de san Lorenzo. Es puro Julio Llamazares, el autor de La lluvia amarilla. Es, otra vez, este Julio sin Tierra mirando al Cielo.
Hay 1 Comentarios
Buen post
Publicado por: Robinson Diaz | 16/02/2013 1:34:48