Cronica de un lector de Rayuela 3. La edad del libro

Por: | 24 de junio de 2013

Hay gente que pregunta la edad de los libros y decide, en función de los años, qué pasa con ellos, o qué debe pasar, hasta cuándo duraron o hasta cuándo deben durar. Cuando deciden que los libros han envejecido porque ya tienen los años suficientes cometen el mismo error que cuando los arrinconan porque son demasiado jóvenes. Los libros no tienen edad o tienen la que los propios lectores se adjudican. O tienen las edades que uno les adjudique, o tienen todas las edades. Con Rayuela ha pasado desde hace algún tiempo que algunos le toman la temperatura o que otros le toman el pulso o que otros decretan su muerte. Es un libro que fue para adolescentes o para jóvenes, dicen. Entonces, ¿no es viejo? Es viejo pero fue joven para aquellos jóvenes. Ah, ¿y los jóvenes de ahora no podrían tener gustos similares a aquellos que lo leyeron en torno a 1965 como si estuvieran bebiéndose el elixir de la contranovela?

       Esta reticencia que mantengo ante los que decretan con respecto a esta obra mayor de Cortázar la vejez o el envejecimiento viene de un hecho que yo mismo presencié y ante el que sentí el mismo estupor que ahora padezco cuando evocan la edad del libro como argumento para arrinconarlo. Era 1992, cuando en España algunos habían decretado un boicot activo al boom de la literatura latinoamericana; tal día como hoy, 24 de junio, me habían nombrado director de Alfaguara, que era la editorial que mantenía los derechos de Julio Cortázar, y en una de las primeras reuniones que sostuve con mis compañeros de la editorial pregunté a qué se debía la anómala situación que consistía en tener los derechos del autor de Rayuela y ocultar sus libros en los almacenes. He contado en algún otro lugar la respuesta que obtuve: “Es que a Cortázar habría que traducirlo”. La indignación que me produjo esa frase fue el origen del mayor despliegue editorial que yo organicé en aquel entonces: reeditamos los libros de Cortázar, con especial énfasis en Rayuela, montamos una serie de actos en la Fundación March con las marcas Hay que leer a Cortázar y Queremos tanto a Julio, le pedimos al pintor Eduardo Arroyo que hiciera un póster que incluyera el capítulo 7 de Rayuela y nos sentimos muy gratamente sorprendidos cuando vimos entrar en los actos a numerosos jóvenes que querían saber de Cortázar, que querían leerlo y que llenaron aquellas salas de la March como si estuvieran ante una novedad musical de las que levantan masas.

       Aparte de todo ello, pusimos en marcha una colección, la de Cuentos Completos, que inauguramos con los cuentos de Cortázar, acaso lo mejor de su producción general; esos cuentos completos siguen siendo un éxito editorial, igual que Rayuela y como otros libros de Cortázar. No fue una resurrección, fue un justicia que se levantó frente a la incomprensión de los que decretan sin miramientos la muerte de un autor o el envejecimiento prematuro de un libro en concreto.

       Ahora que ha pasado medio siglo de la publicación de Rayuela quiero alertar contra los que la ponen a un lado, en el sitio de los libros viejos. Cuando vi la reedición del cincuenta aniversario, en la Alfaguara que ahora dirige Pilar Reyes, me llevé la alegría que me llevaba en días como hoy, cuando de niño me sentaban en una silla adornada de frutas y de plantas para recibir el día de San Juan. En mi caso, aquella emoción infantil no ha envejecido, igual que la emoción de releer Rayuela sigue intacta. Porque los libros que has amado, y que sigues amando, sólo tienen la edad que tu ánimo tenga en el momento en que los lees. Rayuela es un termómetro de tu tiempo, pero eso no tiene sino la edad del tiempo en el que tú mismo vives.

       ¿Cincuenta años? Quizá, pero habrá quienes lo lean hoy y sientan, como ante Stendhal, o ante Proust, o ante Hemingway, o ante Onetti, que ese libro se escribió ayer y para esa persona en concreto que lo está leyendo. Y será como un regalo de Reyes o como un regalo de San Juan que yo mismo me voy a hacer ahora.

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Intenté leer Rayuela por primera vez a mediados de los 90, cuando tenía quince años. Me sobrepasó y lo dejé guardado hasta los 17, y fue un descubrimiento maravilloso, aunque no contaba con las herramientas para entender la enorme cantidad de referencias filosóficas que contiene, la resonancia de su poesía y sus imágenes me engancharon. Así llegue a perder la cuenta de cuántas veces lo leí, en cuántos órdenes, con cuántos métodos. Años más tarde tuve la suerte de poder seguir los caminos de Rayuela en París, volver a entender y a encontrar nuevos significados, buscar algo rojo en el suelo y en el cielo a las golondrinas de Saint Germain. Para mí es un libro que nunca se acaba, lleno de mundos inagotables para sentir y pensar.

Confieso no sin cierto rubor que nunca he mantenido una relación estable con un libro, que no sabría decir cuál me llevaría a una isla desierta. Cualquiera de los que redescubres cuando relees: Proust, Cervantes, García Márquez, Virginia Wolf, Borges... Quizás no sea tarde para hacerme rayuelita y dejar tanta promiscuidad lectora. Tal vez cuando me convenza de que no me dará tiempo a leer todos los libros.
¡FELICIDADES!

Veo que cada uno de los lectores de "Rayuela" cuenta una aventura su encuentro con el libro.
Yo no puedo ser menos y me gsuto desde la primera pagina, y sobre todo cuando nos envia a la pagina 43 o 64, da igual, sigues o lo dejas para mañana.
Salud y Resistir.

Intenté leer “Rayuela” hace 30 años, cuando yo tenía 22 de edad; afronté el esquema de los capítulos salteados pero dejé la lectura a los pocos capítulos. En los siguientes años, en las ocasiones que reordenaba mi librero, procuraba mantener la novela a mano, renovando mi propósito de leerla, lo que pude cumplir hasta principios de este año 2013, si bien seguí la cómoda ruta de la numeración secuencial de los capítulos. A mis 53 años cumplidos, la lectura me atrapó, me encantó. Leí muy despacio, 2 o 3 capítulos por día, y disfruté como si cada uno de esos días me estuviera dado el banquete de mi vida por entregas. Volveré a leer "Rayuela" en el ya próximo mes de junio, esta vez en el orden salteado que propone el autor. Yo concuerdo: Los libros “sólo tienen la edad que tu ánimo tenga en el momento en que los lees”.

Allá por el verano de 1990, Rayuela fue el libro que me abrió los ojos a la literatura. Siempre había escogido mis lecturas, había procurado que fuesen autores "literarios" (nunca hubo lugar para esos Folletos y Marrones que tanto venden), y con Rayuela, un libro de naturaleza fragmentaria, creía haber encontrado una lectura apropiada para la playa (de hecho perdí unas hojas del principio de aquella edición por culpa de un golpe de viento). Luego llegué al capítulo 41 y me entraron ganas de llorar. Años después, en la segunda lectura, supe por el estudio introductorio de Andrés Amorós (compré otra edición; recientemente compré otro tomo, para tenerlo y poder regalarlo algún día como parte de una labor de proselitismo literario) que ese capítulo fue el primero que escribió Cortázar. La tercera lectura acecha, igual que la de Ulysses, que leí por primera vez al verano siguiente, 1991.

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¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

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es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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