El oficio 2. ¿Qué se puede conservar del viejo periodismo?

Por: | 08 de septiembre de 2014

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Es mentira que hubiera nunca nuevo periodismo, igual que no hubo boom de la literatura latinoamericana. Las etiquetas son simplificaciones afortunadas que luego marcan la historia, de modo que es lógico que se siga hablando del nuevo periodismo según la ocurrencia de los que primero lo dijeron y que se siga creyendo que, como en el inicio del mundo, hubo un boom que marcó el nacimiento de la más fructífera caterva de escritores que tuvo el siglo en la literatura escrita en lengua española.

       La existencia del nuevo periodismo llevó a pensar que el que no se hizo desde entonces (desde los años 60 de nuestra era) era justamente viejo periodismo. Por lo cual se desviaban al desván periodistas tan importantes, y tan distintos, como Manuel Chaves Nogales, Ernest Hemingway o Albert Camus, tan importantes y tan distintos. El nuevo periodismo, desde Wolfe a Talese, revitalizó la mirada del periodista, lo hizo más próximo a los asuntos, menos sucinto, más generoso en las descripciones de lo que veía gracias, también, al espacio del que dispuso para contarlo. Digamos que la combinación de aquel viejo periodismo (por llamarlo así) de Hemingway (o de Azorín, no se olvide a Azorín), que iba “derechamente a las cosas”, con el nuevo periodismo de periodos exuberantes de narración daría de sí un verdadera y estimulante definición de lo que podría ser el buen periodismo. Un periodismo en el que el periodista no se detenía en el preámbulo o en la apariencia, sino que trataba de descubrir, con palabras (con más palabras) lo que había en el alma de las personas y de las cosas. No era tan nuevo, pero se llamó nuevo, y ya se sabe qué ocurre con el etiquetado.

       Pues no hay ni viejo periodismo ni nuevo periodismo, sino periodismo, y a ser posible buen periodismo. Pero ya que existen los adjetivos e inevitablemente éstos van marcando las gradaciones que tiene el oficio, déjenme decirles alguna idea que se me ocurre para poner en valor al viejo periodismo, sin deseo alguno de enfrentarlo al nuevo.

       Azorín decía que el adjetivo era una medicina que había que tomar con cautela, porque, en efecto, había que ir derechamente a las cosas, contando con una enorme economía de medios (y de adjetivos) la esencia de lo que viéramos. A Hemingway ya se sabe que su redactor jefe le pedía, cuando viajaba a las guerras, que se centrara en la acción, “mándame verbos”, le decía. Los despachos de agencia, que son la expresión más urgente de ese periodismo, estaban llenos de verbos y de fuentes, carecían de adjetivos. El legendario guionista Rafael Azcona solía decir que en cine lo más caro eran los adjetivos, porque si tú decías cielo ya podías rodar cualquier cielo, pero sí decías cielo azul tenías que esperar a que en el rodaje se produjera una circunstancia que casara con el adjetivo. En periodismo pasa igual: si tú describes una cara y dices que ésta es rozagante ya tendrás que decir en algún momento que la cara dejó de ser rozagante, pues nadie está todo el rato de la misma manera. Por otra parte, tanto en columnas como en información, un adjetivo tiene tal peso en la definición que o es cierto o es una cuchillada, o un elogio demasiado untuoso. El adjetivo obliga al periodista a demostrar más de lo que sabe; a veces se acompaña de artes que no son suyas para explicar que lo que dice casa con la realidad. EL PAÍS publicó hace unos días la fotografía de un futbolista, Pedro León, que miraba hacia el suelo mientras se entrenaba; como miraba hacia el suelo y la información hacía deducir que el hombre estaba triste, el autor del pie de foto se fue por el adjetivo, así que escribió, para decir qué había en la fotografía: “Pedro León, cabizbajo”. Es fácil deducir que si a Pedro León lo hubieran fotografiado mirando al frente hubieran escrito algo así como: “Pedro León mira con preocupación al futuro”. Hace muchos años el periodista Miguel Ors retransmitía un partido de fútbol y la cámara se detuvo en el balón sobre el césped. Ors dijo: “Este es el balón”. Era una manera de decir cabizbajo.

       El adjetivo es, en información, una muletilla de doble filo, pues ilustra y compromete. Para que Hemingway llegara a un adjetivo primero tenía que vencer su propia reticencia al circunloquio y, naturalmente, después tenía que vencer la resistencia del redactor jefe que le pedía verbos. Entonces lo que llamamos el redactor jefe era en realidad la tradición del periodismo, pues ese hombre (el Lou Grant de los viejos periódicos, que no están tan lejanos) representaba la frontera entre lo que a los periodistas les daba (les da) la real gana y la línea que no se puede traspasar. Antes el adjetivo, en el que caíamos, era la expresión de una tendencia a decir más de la cuenta; hoy el adjetivo suele ser la consecuencia de la falta de prestigio que tiene hoy la neutralidad, el triunfo de la suposición, la ascensión a los cielos del lugar común que casi siempre se condensa en un adjetivo, que el viejo periodismo (y el nuevo periodismo) repelían como el gato escaldado huye del agua. Pues eso hay que conservar, a mi juicio, del periodismo que hemos conocido, el pavor ante el adjetivo.

Foto: Jimmy Breslin, el editor George Hirsch, Tom Wolfe y el fundador de 'New York', Clay Felker, en una fiesta de la revista en 1967. / david gahr (getty)

El oficio 1. En caso de duda, haz periodismo

Por: | 07 de septiembre de 2014

186059980[APUNTES SOBRE EL OFICIO. En este blog trataré desde hoy de trasladar algunas reflexiones sobre el oficio del periodismo. Quisiera que fueran diarias, pero ya se sabe que el periodista propone y no es dios de su tiempo. Serán autocríticas y críticas, y tienen como objeto que pensemos juntos sobre efectos y defectos del trabajo que, en mi caso, me alimenta y me apasiona desde hace más de medio siglo, que se dice pronto pero que ocupa mucho. Empezaré por la pregunta como sustento de la duda.]

En caso de duda, haz periodismo. La frase la decía Augusto Delkáder en la Redacción de EL PAÍS de los años 80. En caso de duda haz periodismo. Periodismo es preguntar para decir. Eugenio Scalfari, periodista italiano que fundó el diario La Repubblica al tiempo que en España se creaba nuestro propio periódico, dijo ante estudiantes de la Escuela de Periodismo Autónoma-El País que “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. No preguntar te deja con tu impresión. Lanzarla sin más, sin buscar la concordancia con la realidad de lo que te cuente el protagonista de la información, es lo que ahora se hace en la red: una suposición lleva al tuit, o al Facebook; claro que eso no es periodismo, pero ya ha contaminado fatalmente al periodismo.

La pregunta es la sustancia del oficio, eso quiero decir.

En mi opinión, en periodismo tanto la duda sobre lo que se dice como la pregunta como fórmula para saber qué pasa están en crisis, si no están desterradas. Desde mi punto de vista la facilidad creada por las redes sociales para opinar de pronto de todo lo que ocurre ha entrado de lleno en la propia esencia del periodismo (la duda, la pregunta) destrozándolo hasta hacerlo irreconocible. Michael Robinson, el conocido exfutbolista ahora gran comunicador del fútbol, me dijo una vez que a él le pagan para hablar por encima del tono de lo que se dice en la grada. En las redes sociales nos hemos conformado con el sonido del graderío, y en la prensa ese efecto gritón se nota desde hace rato. Esa gradación (y esa degradación) ha sido acogida con beneplácito por los que hacemos periodismo del de antes y ahora gritamos al mismo tiempo que se grita. 

   El proceso ha sido súbito y seguro, y a él, como digo, nos hemos prestado los periodistas con una alegría suicida de la que cada día hay muestras en las distintas modalidades de prensa, la tradicional y la nueva. Ayer publicaba un diario nacional una información (así se llama lo que se publica en forma de información) sobre hechos supuestos protagonizados por un célebre futbolista.

El texto no incluía ninguna indicación que llevara a pensar que la persona objeto del reportaje hubiera sido preguntado sobre las graves implicaciones que se sugerían en este texto sobre el presente, el pasado y el porvenir de su vida privada. La falta de certidumbre del periodista acerca de lo que contaba tampoco aparecía explícita en ninguna parte del trabajo que firmaba.

La conclusión de la lectura dejaba abierta, claro está, todas esas dudas. Pero en el reportaje propiamente dicho no había ninguna referencia a las propias carencias del documento periodístico, con lo cual salía uno del texto con la misma sensación que se tiene en las barras de los bares cuando la suposición ha vencido al razonamiento. Horas más tarde apareció en Twitter un anuncio del citado futbolista advirtiendo que iba a tomar medidas judiciales contra el informador y el periódico.

   Este no es un caso excepcional; se trata de publicar aunque no tengas certeza y de informar aunque no hayas preguntado, para contrastar, si lo que has escuchado es verdadero o falso. Este es el triunfo del periodismo de suposición, que es el que se practica a menudo en la red y se ha consolidado también en medios menos habituados a publicar cualquier cosa con tal de que generen audiencia.

   Es muy habitual, como puede observarse, cuando hay por medio personalidades de mucho renombre que, seguramente, resultan inaccesibles, desde estrellas del cine a elementos habituales en la llamada prensa del corazón. Como son famosos han de aguantar el peso de la fama, despojándolos del derecho a su propia intimidad; y cuando se trata de esto, de la intimidad, también parece entenderse que los famosos no la tienen y que por tanto tampoco se molestaran si dices de ellos y de lo que hacen lo que te da la gana.

   Preguntar es una obligación de cualquier periodista; la deducción y la suposición son vicios en los que se cae cuando uno está acodado en la barra del bar. Ahora el bar es el plató de televisión o las mesas enfrentadas de las tertulias, donde se despachan a su gusto los moros y los cristianos disfrazados de periodistas y animados por el conocimiento universal que les confieren sus tabletas. Hoy he leído un trabajo que publica Manuel Jabois en Tintalibre sobre la facilidad de opinar en las tertulias y en el tuit. Esa facilidad de opinar está dejando obsoletas la pregunta y la duda, y un día lesionará mortalmente la sustancia misma de la que estuvo hecho el oficio cuando nos sedujo. 

   En caso de duda, haz periodismo. Sobre esa frase ha caído tanta escarcha que para restaurarla habrá que hacer innumerables esfuerzos y extraordinarios sacrificios, pues ya se sabe que suponer es más atractivo y más cómodo que preguntar para despejar las dudas. 

Foto: Eugenio Scalfari.

El muchacho que iba en el tranvía azul

Por: | 15 de junio de 2014

“Un joven recién salido de la adolescencia viaja en un tranvía azul…” Ese muchacho es Manuel Vicent, nació en Villavieja, Castellón, en 1936, y en ese tranvía azul iba a Valencia, a la playa de la Malvarrosa. De esa experiencia, y de la fermentación literaria de su memoria, nació su novela Tranvía a la Malvarrosa, que publicó hace veinte años en Alfaguara, para continuar, como dijo esta mañana en la Feria del Libro del Retiro de Madrid, “mi mejor libro, Contraparaíso”.


​Veinte años después, se dijo en esa conmemoración bajo los árboles del parque, Tranvía a la Malvarrosa “se lee aún mejor”, porque la perspectiva de las décadas le dio al libro la serenidad de su belleza y “permite descubrir nuevas cosas que no se descubrieron en la primera lectura”. Eso fue lo que dijo Manuel Gutiérrez Aragón, cineasta, novelista, que fue uno de los cuatro lectores que afrontaron la tarea de conmemorar esta novela de Vicent. Los otros fueron Ángel Sánchez Harguindey, periodista de EL PAÍS, José Luis García Sánchez, director de cine, que fue quien en 1997 llevó al cine esta historia, y Pilar Reyes, directora actual de la editorial que publicó Tranvía a la Malvarrosa.

​Es “la memoria sentimental de un aprendizaje” sexual y político, que significativamente comienza con la visita de aquel muchacho al prostíbulo en el que había de ser desvirgado, continúa con la primera experiencia sexual, ocurrida en solitario mientras escucha la narración de un gol de Gaínza y alcanza su punto culminante (en términos de conocimiento político) cuando descubre la política en la figura progresivamente más presente y más ridícula del general Franco, al que los valencianos tratan como al Papa.

​En las novelas de Vicent, de la cual esta es una de las más destacadas porque incluye todos los símbolos de su manera de narrar, desde la realidad a la fabulación, “siempre hay alegría, sol, sabores”, pero en esta se destaca también, a juicio de Gutiérrez Aragón, “la presencia de la muerte: hay vida a borbotones, pero igualmente hay muerte a borbotones”. Leerla otra vez reafirma la idea que puede darse sobre otras narraciones del novelista de Villavieja: “ofrece siempre Vicent gran cantidad de información, en medio de sus fábulas y de sus crónicas, y esa información a veces resulta más significativa para los historiadores que otros testimonios de la época”.

​José Luis García Sánchez la llevó al cine en 1997, a partir de “un extraordinario guión” de Rafael Azcona, como destacó Harguindey; del autor subrayó el cineasta “su capacidad narrativa oral” y la brillantez de su prosa, de la que partió una película en la que el adjetivo no está presente pues en ella todo es sensualidad y vida, verbo. A Vicent debió parecerle bien todo lo que oyó, pues en seguida, cuando le tocó el turno, desgranó algunos de los sucesos que aún siguen en la memoria de aquel muchacho que viajaba en el tren azul como si él mismo fuera uno de sus lectores…

Se acordó Vicent, por ejemplo, de “un domingo de verano, escuchando una arenga del capitán general de Valencia, Ríos Capapé, gritándole al camarada Posada Cacho que se cuadrara ante su jefe…” El camarada aquel era el padre del actual presidente del Congreso, Jesús Posada, y él escuchaba la invocación de ese nombre al llegar en el tranvía a aquella Valencia en la que el franquismo estaba hasta en las pastelerías…
​“Es cierto”, explicó Vicent: “En esta novela debajo de las ruinas de los balnearios está el esplendor de los mosaicos que sacrificó la guerra, pues en esta memoria que yo he escrito coexisten la belleza y la miseria; hay, por tanto, gozo sexual, pero también muerte, ejecuciones, corrupción…, como la que luego, y hasta nuestros días, convivió en Valencia con la pura línea del horizonte”.

​Después Vicent se fue con sus lectores y con sus amigos bajo el mismo sol que hace veinte años acogió aquí, en el Retiro, la primera salida de Tranvía a la Malvarrosa.

Máximo y la amistad

Por: | 23 de mayo de 2014

1396516958_681109_1396517142_noticia_normalLa amistad está basada en el reconocimiento. El afecto une a los hombres más allá de la muerte y de otras incidencias de la vida. Ayer un ingente número de amigos que conocieron bien al diplomático y escritor Máximo Cajal se reunieron en Madrid para dar testimonio de lo que querían a este hombre que puso sus principios por delante de las obligaciones de sus destinos como embajador o cónsul de España. Por ese carácter indomable, basado en la razón más que en el exabrupto, lo quisieron todos, y algunos por eso mismo lo persiguieron. Él siempre respondió con dignidad, y eso dijeron sus amigos. Máximo Cajal murió el último 2 de abril y nadie lo olvida. La sala, en la Fundación Carlos de Amberes, estaba repleta de caras que fueron habituales en las reuniones de Bea y de Max, y en todos los parlamentos, que fueron numerosos, se puso de manifiesto la dignidad como columna vertebral de la humanidad de este diplomático que dejó por donde pasó, y también por las almas que lo compartieron, testimonio indeleble de sensatez y rigor. Había gente sentada en el suelo, personas de distintas generaciones que aprendió de él sensibilidad y tino. Fue una tarde emocionante en la que era posible percibir la elegancia con la que él cultivó ese sentimiento que está en la base de la vida. La amistad fue su legado, junto con sus libros y con sus reflexiones sobre España, el mundo, la mezquindad internacional. Inolvidable persona.

 

FOTO: ULY MARTÍN

La tecnología

Por: | 20 de mayo de 2014

A esta hora en que abro el ordenador ya han pasado en España algunas horas, una hora menos en Canarias, o en Londres. En todo el mundo el tiempo pasa igual, para unos el paso de las horas es una satisfacción o una esperanza; para otros es una frustración, un lamento. En los tiempos oscuros, decía Brecht, también hay que cantar. Pero, ¿qué se hace en los tiempos claros? ¿Cuiáles son los tiempos claros? ¿Cuánto duran los tiempos claros? Sciascia, el gran caballero de Palermo, decía que la felicidad es un instante. Algunos creen que la felicidad es estar conectados, saber de otros al instante. Como si la tecnología diera la felicidad, nos atamos a ella, somos sus súbditos. A esta hora en que ya la tecnología nos dice que el apresuramiento es la vida reclamo algo de sosiego, aconsejo leer un poema, de Neruda, de Blas de Otero, de Rilke. O mirar. 

Gran Forges

Por: | 14 de mayo de 2014

Hoy cumple Forges cincuenta años al frente de una troupe maravillosa de vocablos y personas. Inventor de un equipo imbatible de españoles cansados o cachondos, ha mirado desde una veranda muy especial la realidad de un país al que él le ha dado metáfora y sustancia, sueño y broma, salud. Antonio Forges es mucho más que un filósofo: es un materialista dialéctico de la secta de Groucho Marx; desde una esquina de sus dibujos, allí donde a veces sitúa reivindicaciones existenciales que nos afectan a la conciencia de todos, él apela a la inteligencia y a la emoción de sus lectores con la urgencia de un niño que no sabe que la orilla dura lo que un suspiro y que se lanza al mar creyendo que todo es orégano. Sus dibujos representan una manera de ver la realidad a través de un espejo que es propio, no hay otro cristal como el suyo, y a través de ese cristal ve la vida mientras se va haciendo y mientras se va deshaciendo. En un país en el que el cinismo pone en el rincón de la historia a gente grande él ha conservado la ternura vital que lo acompaña desde el primer 14 de mayo de su vida como Forges. Rendir homenaje a este medio siglo de los personajes de Antonio Fraguas es felicitarnos de que el periodismo tenga, siga teniendo, gente así. Gracias, Forges, o zenkiu, que también se dice así gracias en el lenguaje de Forges.

4 de mayo de 2014

Por: | 04 de mayo de 2014

Primera-portada-paisLo único que supe cuando salió el primer ejemplar de EL PAÍS el 4 de mayo de 1976 es que el periódico había salido a la calle. Ya es leyenda que se rompieron ejemplares mientras tanto, que la máquina dio innumerables disgustos y sustos a los que se habían congregado para celebrar la fiesta. Pero, al fin, el periódico salió a la calle, para satisfacer la necesidad social de un periódico nuevo en un mundo que se abría a universos democráticos que hasta entonces se habían guardado en los corazones de la clandestinidad. Se había muerto Franco, España empezaba a ser otra.

         Pero yo era corresponsal en Londres, y el periódico era de papel. No podía pulsar una tecla y hallarme con la primera cabecera, la primera noticia, la primera foto; todo aquello era de papel, tanto es así que ahora cuando imagino un periódico siempre lo imagino de papel. Como si fuera un viejo contando batallitas, si pienso en un diario, si cuento lo que vi en él, si me imagino una noticia y la digo, en mi mente tengo el recuadro, la mancheta, la tinta, las letras, todo sobre un papel. Así es la vida a los 65 años, casi cuarenta después de que mi amigo Julián Martínez me llevara, el 5 de mayo de 1976, el ejemplar arrugado del periódico EL PAÍS del 4 de mayo de 1976.

         Hoy es 4 de mayo de 2014. Acabo de estar en Argentina. Allí le daba a una tecla, sobre la mesa de un hotel sin nombre, en una ciudad que apenas se despertaba, y de pronto todo lo que mis compañeros (en España, en América, en Roma, en Londres, en París, en México, en cualquier sitio) habían elaborado con un esfuerzo que yo conozco y que llegaba a mi sitio, donde yo estuviera, sin desayunar, sin saber aún (como aconsejaba Rafael Azcona) que funcionaba mi mano izquierda, y que era útil aún mi mano derecha, que mi corazón latía, o que mi vista seguía mirando por mi, que mi tacto me conduciría a afeitarme, por ejemplo…, sin saber nada de eso yo ya podía saber qué pasaba en el mundo. Sin papel, si bajar a ningún sitio, sin combatir con las teclas supersónicas de un ascensor cubierto de espejos, sin sacar un peso del bolsillo, sin pedirlo, sin hablar con nadie, yo ya lo sabía todo. O casi. En el ipad, en la computadora, en el teléfono, ya estaba ahí el ejemplar del periódico, hecho seguramente con las mismas artes intelectuales, con el mismo corazón, con que entonces hicieron otros compañeros aquel ejemplar roto que me entregó Julián Martínez en una esquina de Fleet Street, la calle de los periodistas viejos en la ciudad de Londres, donde ya no hay periódicos, ni quioscos, por cierto.

         Pues han pasado casi cuarenta años y casi todo cambió. Menos el corazón de los periódicos, la gente que lo hace, la ansiedad con que los jóvenes (y los viejos, es cierto) se siguen sentando ante la máquina de escribir (que ahora ya tampoco existe) para decir qué pasó, cómo pasó, a quién le paso, cuándo pasó y, además, sobre todo, por qué pasó.

         Hoy EL PAÍS que en años sucesivos fue dirigido por Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno, comienza una nueva etapa, cuando el 4 de mayo de 2014 me trae todos aquellos recuerdos del periódico que salió entonces y que me llegó arrugado a Londres. Al frente, Antonio Caño, que ahora era corresponsal en Washington, donde en un tiempo también recibió el periódico como en la lejanía de los tiempos también recibiría arrugado el periódico de hacía unos días. Ahora él se estrena como director, con un equipo nuevo. Les deseo, desde la vejez que permite recordar lo que hacía un antiguo corresponsal cuando apareció el primer número, toda la suerte del mundo al frente del periódico al que he dedicado, con afán y con ganas, lo mejor de mi vida. 

Perder al fútbol

Por: | 17 de abril de 2014

Soy del Barça desde mi infancia, por razones que ahora sería prolijo enumerar. Y sigo siendo de ese equipo que ayer salió martirizado de su partido contra el Real Madrid y de la temporada. Ser de un equipo tan importante te acostumbra mal: el Barça ha tenido diez años gloriosos, y hemos pensado que esa tendencia podía llegar a ser infinita. No lo ha sido, ya se ve.

La melancolía que produce la derrota vuelve a ser, en este tiempo de miseria de resultados, como lo fue en aquellos tiempos en que se acabó la gloria (relativa) que nos dio Helenio Herrera y que desembocó en la desgraciada derrota ante el Benfica en Berna, cuando los palos desactivaron la esperanza barcelonista de ganar la primera Copa de Europa.

Aquel fue el bautismo de melancolía futbolística para mi, supongo que para otros que entonces ya se hicieron del Barça. Ahora toca recordar ese sentimiento, con dolor, como dice Martino. Ahora viene el periodo de culpas, o de duelo, como dijo también el Tata. Es sólo fútbol, decimos, también para quitarnos de encima el valor oscuro de los sentimientos de derrota.

Hemos perdido, como se pierde el aire o se pierde un libro; ya lo encontraremos, ya será el Barça otra vez el equipo que jugó cinco minutos después del gol de Bartra. Ahora toca felicitar a los que estaban enfrente y ganaron, en buena lid, un partido en el que jugó también, ay, la casualidad; pero es que la casualidad (el palo de Neymar, por ejemplo) es un elemento determinante del fútbol. El fútbol es todo, como la vida, y también se hace de la gloria triste de los perdedores.

Sombra y luz de Shakespeare

Por: | 16 de abril de 2014

Recomiendo los artículos que hoy publica EL PAÍS en torno al aniversario 450 de William Shakespeare. Javier Marías, Marcos Ordóñez... Volver a Shakespeare es algo que se hace cada día, como se pone de manifiesto en estos textos que el periódico dedica al gran bardo... Me detengo en el de Marías especialmente porque contiene, en cierta manera, una apelación a la lectura de los clásicos: Shakespeare, Cervantes, Dante, Proust, Faulkner, Montaigne, Conrad, Hölderlin... Son la luz de la escritura de todos los tiempos, y deberían ser también la luz de los escritores que siguen escribiendo ya lejos de aquellas sombras. Pero, apunta Marías, da la impresión de que han sido difuminados para que no perturben a quienes prefieren pensar que con sus obras de inaugura la literatura. Lo que Marías hace, también, es apuntar una lista de lecturas obligatorias para aquellos que quieran adentrarse, con la humildad imprescindible, en el mundo de la escritura. Y lean a Marcos Ordóñez; sus artículos teatrales, en Babelia y fuera del suplemento, no son sólo refrescantes reflexiones teatrales, sino excelente materia de aprendizaje sobre cómo debe escribirse de literatura en los periódicos. 

El periodismo y las alas de los pájaros

Por: | 15 de abril de 2014

El periodismo no se reinventa, eso es un lugar común. El periodismo siempre será lo que fue, y se irá adaptando a las épocas. Los pájaros tenían cuatro alas, hasta que ya sólo necesitaron dos. Y los insectos también tenían cuatro alas, porque necesitaban planear para escapar de los depredadores que los perseguían al borde de los acantilados, como me contaba el otro día en Barcelona el sabio Jorge Wagensberg.

    De modo que al periodismo le pasará lo mismo: se quitará peso, pero en la esencia necesitará lo mismo que siempre para subsistir: descubrimiento, novedad, y discusión. Pero sobre todo necesitará noticias, información, y escritura (o imagen, o dicción) adecuadas. Decía en La Vanguardia el exdirector de Al Jazira Wadah Khanfar (entrevista de Lluis Amiguet, 5 de febrero de 2014): "Las noticias ya son gratis; por la información pagaremos". Las noticias están al alcance de cualquiera, nos atiborran a noticias. Pero, ¿y lo que está detrás, lo que las nutre, lo que hay de veras en las noticias, en los titulares?

     Esa es la esencia del periodismo: explicar las noticias, informar de por qué se producen. Y eso es lo que ahora premian en el Guardian inglés, el periódico que dirige Alan Rusbridger. Primero le dieron el Ortega y Gasset que otorga este periódico por su cobertura de la información relativa a los descubrimientos que hizo el ex analista del espionaje norteamericano Snowden y ahora por lo mismo recibe el Pulitzer. Se premia la información, el periodismo en estado puro. Lo que siempre fue el periodismo. Ahora se hace con dos alas, vuela de manera diferente, más rápido, ya despegó hace siglos, pero sigue precisando los mismos elementos. Entre ellos, las ganas de hacerlo, el entusiasmo por no hacerlo como si fuera un oficio cualquiera. Convertirlo, como quería Gabo, en el oficio más bello del mundo. O, por lo menos, en uno de los más útiles.

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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