La novia de papá

Sobre la autora

Paloma Bravo
Soy madrastra, periodista y autora de “La novia de papá” (Plaza&Janés). Este blog no lo escribo yo, lo escribe Sol Beramendi, la protagonista de mi novela. O sea, que es ficción y, por lo tanto, absolutamente real.

Paloma Bravo

SOBRE EL BLOG

Según la RAE, madrastra es una “cosa que incomoda o daña”. ¡Y una mierda! “Tía buena (buena en todos los sentidos), lista e inmejorable” es lo que debería decir. ¿O no? El caso es que me ofrecieron crear una plataforma de “madrastras sin fronteras”, pero mis bestias me necesitan en casa, así que nos hemos quedado en un blog. Para hablar de vuestras familias y otros animales.

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21 ene 2011

El túnel del terror

Por: Paloma Bravo

Tunel

Me escribe Magdalena. Quiere gritar lo que le pasa y acude a este blog.

Magdalena tiene un nombre apropiado para sufrir, pero eso no es culpa suya y lo que le pasa también es culpa de otros.

"Conocí a un hombre que es como el túnel del terror...", empieza.

A partir de aquí, voy a rehacer su texto porque, incluso por mail, sus lágrimas y su dolor han emborronado el mensaje y dificultan la lectura.

Magda conoció a un colega del sector en una feria. Ella no tenía pareja, él tampoco. Tenían en común dos separaciones, un sector profesional y ciertas aficiones.

Hubo sexo la primera noche. Nada especial. Pero tampoco nada que impidiera repetir. Un par de cenas. Un par de polvos. Eso bastó para que Magda se diera cuenta de que el tipo tenía un lado oscuro, más de un lado, la mitad.

Empezó a ponerle excusas y él presionando. Dejó las sutilezas y quedó con él: "no".

- Yo sé lo que te pasa- dijo él- ¡eres una zorra!

- ¿Perdona?

- Querías un polvo. Como todas. Os separáis y os falta una polla. La mía es buena, ya lo sé. Pero, claro, ahora tienes para un par de meses de sequía.

Magda no escuchó más porque se fue de la cafetería, corriendo, llorando.

Ya era tarde.

El tipo tenía su móvil, su mail, su dirección de casa, su dirección del trabajo y conocía a mucha gente de su empresa, empezando por su jefe.

Le hizo todas y cada una de las perrerías que le podía hacer sin ser denunciado. Por mail, en Facebook, por SMS y, ya el colmo, por comentarios a algunos machitos de la ofi de Magda.

Magda se siente una mierda por la amenaza y, sobre todo, por su pobre criterio a la hora de elegir tíos.

Yo creo que en un rollo de una noche, tampoco tienes tantas pistas. Que es normal que no pidas el informe psiquiátrico, que nos puede pasar a todas ("y a todos", que dirían algunas políticas por pura disciplina, yo lo digo de corazón).

Creo, también, que se dio cuenta pronto.

Y creo, y esto es lo último que creo, que también es mala suerte que el tío esté tan pirado y que el psicoanálisis no sea obligatorio.

Todo esto se lo he dicho a Magda en un mensaje privado, pero ella me insiste en que cuente su historia, a ver si alguien tiene pistas para (i) librarse del tipo, (ii) no volver a caer en una de éstas sin renunciar a su vida, (iii) saber cómo evita los chistecitos y miradas del trabajo sin cambiarse de curro.

Aquí os lo dejo, y antes, un consejito al psicópata, sin corrección política ni contemplaciones: "Todo sádico necesita cerca un masoquista. Si Magda no lo es, déjala en paz . Seguro que encuentras a alguien".

 

Nota de la autora: sigo abierta a vuestras historias y sugerencias, y a contar casos como el de hoy, que no es mío, ni de Sol, pero sí de alguien. Gracias.


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Modern mam

 

Es ya enero del 2011 y es mejor que lo vayamos asumiendo: la conciliación ha muerto. Antes de nacer.

O, al menos, ha muerto lo que entendíamos por conciliación.

Hace unas semanas leí en el Yo Dona que dirige la grandísima Charo Izquierdo una entrevista a Mónica de Oriol. Esta mujer manda en Seguriber (3.300 empleados) y en una familia de seis hijos (de dos matrimonios).

 

"Hablo muy poco por teléfono, me relaciono a través de mails y vivo con una Blackberry y con el ordenador portátil que utilizo para las gestiones más complejas.

Con lo cual, en mi vida no se trata de conciliar trabajando de nueve a seis y, después, ser madre de seis a 12.

Soy trabajadora y madre las 24 horas".


Esa frase, "soy trabajadora y madre las 24 horas", es lo más aterrador que he oído en mi vida.

"Quédate el móvil, yo me quedo tu vida", me dijeron hace más de diez años mientras un jefe con cara de demonio me entregaba mi primer móvil de empresa y me daba la bienvenida a la esclavitud del siglo XXI. Y yo no supe escucharlo.

Ahora tengo más responsabilidad, más sueldo y también un portátil, un iPad y un iPhone que la empresa amablemente me presta para currar todo el día. Y toda la noche.

Soy lo más. Soy la reina de las pringadas.

Y me doy cuenta ahora, con esa frase de una señora a la que no conozco, con una obviedad dolorosa.

No me creía a Leire, ni antes a Bibiana. Pero sí, un poquito, a algún director de recursos humanos: podrás teletrabajar, la tecnología te salvará la vida.

¿A mí o a la empresa, vendemotos?

Hace años que teletrabajo, joder (perdona, M., esto puede conmigo). Teletrabajo casi todos los días a partir de las 9 de la noche, cuando llego del curro con ganas de estar con mi familia y conmigo misma, con mis amigos y con mis silencios.

Y durante el día también. Tengo tanto curro y tantas reuniones, que he convertido el multitasking en una forma de vida: escucho, retengo un poco (lo justo, que siempre es demasiado) y, mientras, desde el móvil, contesto el correo, controlo las barrabasadas de mis niñas en Tuenti, veo qué ha pasado en el mundo, escucho otro ratito, contesto más mails...

Es mucho ruido, es mucha basura mental.

Pero Mónica de Oriol me ha bajado de la nube de un porrazo: son 24 horas, siempre lo han sido (al menos desde que me dieron el móvil).

Ya no puedo soñar con un trabajo de mejor horario. Ya no puedo soñar con lagunas de silencio. Que no me llame nadie, que no me encuentren, que no me busquen. Ya no puedo soñar con nada.

Mal.

 

P.D. para mis sobrinos: que os lo digo siempre y no me hacéis ni caso, que la empresa me paga el móvil porque soy su esclava, que no soy un modelo a seguir. ¡Huid!

 

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19 ene 2011

¡Al blog!

Por: Paloma Bravo

11 PINOCHO TRANSFORMADO

 

Lo tengo que contar: estas Navidades han supuesto un descubrimiento maravilloso, una epifanía.

¡La fuerza me acompaña!

Como en todas las familias, en la mía hay pullas y etiquetas para dar y tomar. Yo, desde pequeña, soy tocapelotas, demasiado imaginativa, rarita y... Hasta aquí puedo confesar.

Y si no lo soy, da igual, porque eso es lo que han decidido mis padres y mis hermanos hace siglos, y nada de lo que diga o haga les va a hacer cambiar de opinión.

Hay cosas peores. (Por eso no cuento lo que decimos de algún otro personaje familiar).

El caso es que, cuando nos juntamos, suele haber muchas risas y alguna bronca. Broncas derivadas normalmente de mitos familiares, de un pasado que nos vamos inventando entre todos y que nos tiramos a la cara según el estado de ánimo general o el público asistente (obviamente, los días que viene mi cuñado el gurú, cobra mi hermana, una penitencia ínfima por haberlo metido en nuestras vidas).

Esas mínimas verdades pueden llegar a convertirse en leyendas. Por ejemplo, que mi tío el ateo quiso ser cura y se le cruzó una rubia que le convenció de que somos mejores las morenas, que mi hermano fue traumatizado en un colegio en el que nunca estuvo matriculado, que mis padres fueron tan progres que no estamos seguros de si mi hermana mayor es hija suya o fruto de una utópica comuna...

Y así, con una constante: que yo siempre me llevo la peor parte, porque soy la pequeña y, si discrepo, me gritan todos: "¡Cállate, Sol! Si tú no te puedes acordar...".

Hasta este año. El día de Reyes me planté y, cada vez que alguno amenazaba con pasarse, cada vez que pretendía humillarme delante de Pablo y de sus hijas, yo le miraba fijamente y vocalizaba dos palabras: "AL-BLOG".

No ha hecho falta más: todos saben que este blog está en EL PAÍS y que es un bonito altavoz (con más o menos distorsión) para superar mis traumas y vengar mis rencores. Todos saben que puedo, como siempre he hecho, elegir entre contar la verdad, inventar y mentir impunemente.

- Cualquier cosa que imagine, puede ser creída en vuestra contra.

Mis padres y mis hermanos lo entendieron enseguida, pero a mi hermana le costó un poco más: "¡Pues me hago yo un blog!", protestó.

Y yo, con mi mejor cara de mala, le dije que sí, que mandara a EL PAÍS un diario de su vida de mariperfecta, ella que no miente ni cuando llega tarde al curro (de hecho, nunca ha llegado tarde al curro). Perfecto para aburrir a las ovejas.

Ahí se acabó todo su amago de revolución.

Por primera vez en treinta años, todos comen de mi mano.

O lo fingen.

Mola.

Lo que no sé es si aguantaré con el blog hasta las próximas Navidades o voy a acabar como Pinocho: marcada para siempre por el blog y la venganza. Con las orejas de burro puestas, callada, en un rincón.

 

 

Nota de la autora sobre el debate de los hijos de ayer: no he dado mi opinión porque sólo me vale a mí y a mi circunstancia. Más allá de contextos emocionales, económicos, familiares, sostenibles, etc., creo que es una decisión 100% personal. Creo también que es difícil tener la responsabilidad de decidir, pero es mucho peor, como les pasa sobre todo a algunos hombres, no tener la libertad de hacerlo.

Está muy bien poder hablar de temas tan sensibles: sigo abierta a sugerencias. Gracias.


 

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18 ene 2011

¿Por qué tener un hijo?

Por: Paloma Bravo

 

Interrogacion

El otro día estaba leyendo el brutal retrato que hace Pilar Donoso de su padre, José Donoso, en "Correr el tupido velo".

"Cuando María Pilar quería tanto tener una niña (...) le pregunté por qué (...).'Para que así nunca puedas dejarme'". 

Eso le explica el padre a la hija. Eso decía la madre. Mal.

Pero tampoco es la peor respuesta a la pregunta del título. A continuación una breve muestra de otras (vistas y oídas, nada inventadas):

  • Porque crees que la continuidad de tus genes es imprescindible para la humanidad.
  • Porque no se te levanta con preservativo.
  • Porque no quieres estar solo.
  • Porque quieres alguien a quien querer incondicionalmente.
  • Porque quieres alguien que te quiera incondicionalmente.
  • Porque es una forma de vida (véase el caso de aquella jovencita que se tragó el semen de un famoso tenista para luego poder introducírselo y gestar un bebé de ADN millonario, qué inocente y qué maja).
  • Porque toca.
  • Por presión social.
  • Por tu familia.

Yo no sé cuáles son las motivaciones correctas, no tengo ni idea, pero éstas de arriba no lo parecen.

Creo, además, que es más complicado cuando uno de los dos ya tiene hijos.

Por si le sirve a alguien, y por no escaquearme de la respuesta, adjunto el capítulo de "La novia de papá" en que Sol (o sea, yo) se rinde a Pablo: el no querer negar algo importante a la persona a la que quieres (y que sí lo tiene bien argumentado) puede ser una razón más que suficiente.

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17 ene 2011

Mi jefe (por petición del público)

Por: Paloma Bravo

Super
(La imagen es de El Súper, el jefe de Mortadelo y Filemón. Nada que ver con la historia, pero por hacerle un homenaje a Ibáñez).

 

La semana pasada publiqué un post titulado Mi jefa sobre una ejecutiva llamada Pilar. Era una historia real, comprobada y cierta (y no, no era mía, no era yo, no era mi jefa).

Muchos se sintieron identificados, algunos la despreciaron y otros no quisieron creer que la protagonista pudiera ser mujer.

Lo era, insisto. Y me ha inquietado, sobre todo, el mensaje que me mandó otra Pilar.

Esta nueva Pilar estaba y está dolida porque (i) no le gusta que haya cabronas que se llamen como ella (tranqui, mujer, nos pasa a todos); (ii) quiere reivindicar que hay jefas buenas (las hay, yo soy una y, si no, que se lo pregunten a alguno de mis subordinados de ficción); y (iii) quiere que cuente la historia de su jefe, que es hombre y... también cabrón (sorry, M., el adjetivo me lo dan puesto y no computa como taco).

Al jefe de esta Pilar lo voy a llamar Anacleto. No es su nombre, no, pero no quiero más mails de tocayos ofendidos y, así, de paso, homenajeamos también al gran Vázquez.

Y empiezo:

El jefe de Pilar es hombre, ya lo he dicho. Cuarenta y muchos, casado, tres hijos. Pilar lo describe como gris, como una medianía. Quizá sea sólo su opinión.

Lo que parece objetivo (porque me lo confirman otros tres compañeros de Pilar), es que el tipo es suspicaz: cada vez que entra alguien en su despacho, da la vuelta a todos los papeles que hay sobre la mesa. No una vez porque sean las nóminas, siempre. Que nadie vea en qué anda, que nadie le quite el puesto, que nadie le ayude...

Además, Anacleto presume -juas, juas- de que llega "a casa cada noche con los niños bañados y la cena puesta".

Bien hecho, campeón.

Ya le hemos colocado mediocridad, suspicacia, comodidad... Pues apenas hemos empezado con los defectos de Anacleto, porque el principal parece ser la feminidad.

La de sus subordinadas, claro.

Pilar me cuenta el caso (y lo confirmo, insisto) de una de sus compañeras, una ejecutiva brillante a la que Anacleto contrató embarazada, orgulloso de su talante y su modernidad.

Y hete aquí que la embarazada parió, que es lo que suelen hacer, y al mes y medio se produjo un diálogo que la nueva madre tuvo la prudencia de grabar (otra desconfiada, bien es cierto):

- Voy a pedirte una reducción de jornada. Sólo dos horas y no te preocupes, que me conectaré cada tarde por mail y con el móvil.

- No.

- No puedes decirme que no. Es un derecho.

- Sí puedo. Si querías quedarte en casa con tu hijo, haber hecho lo que mi mujer: casarte con uno que te mantuviera.

- No me hables así, eso no son argumentos, son ladridos.

- Guau.

- Puedo demandarte por negarme un derecho.

- Hazlo. Voy preparando la factura.

Pilar está embarazada y no quiere reducción de jornada (ni la quiere ni se la puede permitir), pero sí bañar a su hijo por las noches. Pilar tiene miedo, y, sobre todo, mucha rabia y una enorme impotencia.

"¿Sólo porque él se sienta más machote si llega a casa tarde tenemos que fastidiarnos todos? ¡Que tome Viagra!".

Le he pedido a Pilar que no se lo tome por el lado sexual, porque me la cargo con mi amigo M. y porque, además, no sabemos nada (ni nos importa) sobre la vida íntima de su jefe.

O sea que aquí lo dejo, sólo para que Pilar se desahogue.

Ahora llegarán los mensajes de quienes creen que me lo invento. No, chicos, no. No digo que todos los jefes sean malos y tontorrones como éste, no digo que todos los hombres sean machistas.

Sólo digo que Anacleto existe (con otro nombre), y que Pilar merece bañar a su bebé.

 

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16 ene 2011

El síndrome del percebe

Por: Paloma Bravo

Percebe
He preferido esperar a que acabaran las Navidades para daros una mala noticia: hay otro síndrome para los que "sufren de familia" y, pese a su nombre, parece que no es broma.

Bienvenidos al "síndrome del percebe".

Los americanos lo llaman “Barnacle Syndrome”. "Barnacle", según mi traductora de cabecera (gracias, Marisa), es un percebe.

No hay nada en google sobre el tema, o casi nada. Yo lo he descubierto gracias a step mom magazine, una web de autoayuda para madrastras. La tengo como enlace recomendado en el blog, pero, en realidad, mi recomendación es sólo conocer y huir de de la intensidad con que ciertas madrastras hacen de su condición una forma de vida, una enfermedad crónica, un martirio.

Pero me desvío. Perdón.

El caso es que a este síndrome lo llaman percebe por aquello de que estos crustáceos se adhieren a las rocas en las que viven de la misma manera que algunas mujeres (y hombres, digo yo) se quedan literalmente pegados, retorcidos, doblegados, a las costumbres, ritos y normas de sus parejas.

Vamos, que no es que pierdan sus propias referencias familiares, es que se diluyen ellos también. Y, obviamente, si no te encuentras a ti mismo, no te va a encontrar la pareja que se enamoró de ti. En plata: vas directo al abismo.

Dice Wednesday Martin en Stepmom Magazine que si te sientes como un percebe es porque hay un desequilibrio en tu relación. Que, probablemente, viene de que estás casada con un hombre mayor y más hecho, con anclas más profundas: sus hijos, su trabajo, su casa, "su" todo.

O no.

Dice, también, mira tú qué lista, que ese tipo de desequilibrios, de concesiones siempre por el mismo lado, generan rencor. Y que eso, que hay que buscar la igualdad o el equilibrio que funcione para ambos.

Juas.

En las familias con hijos no comunes y en todas las demás, me parece a mí. ¿O es que a los maridos tradicionales les mola comer todos los domingos, todos, en casa de su suegra?

Pero, claro, en las familias con hijos no comunes, en las 'nuevas familias' que dicen los políticos, la desigualdad no viene sólo de quién cocina y quién hace las camas, también hay que repartir el tiempo, las decisiones y las prioridades entre hijos y parejas.

Lo que viene a ser más minas en un terreno ya minado.

Más allá de esa necesidad norteamericana de judicializarlo y medicalizarlo todo, y antes de que corras al terapeuta de pareja, hay una cosa que es cierta: si no tienes hijos y te enamoras de alguien que sí, te toca asumir que, de entrada, ya estás en minoría. Él (o ella) más un hijo (como poco) ya son dos, dos contra ti.

¿Y entonces?

Pues diálogo. No estar todo el día sumando: si tú vas al fútbol con el niño, me compensas con una cena cara. No. Pero sí explicar tranquilamente que también es tu casa y pactar las normas. O sea, que es otra vez como en las familias normales: pactar y ceder, ceder y pactar. A ti no te cae bien su madre y él odia a tu hermana. Y todos tan contentos.

Además, te toca un regalo con el que no contabas: él (o ella) tiene que ocuparse solito de un montón de cosas relacionadas con sus hijos, y eso es tiempo que ganas para ti: para tus amigos, tus maquetas y tu soledad.

Recuerda que aquí los percebes son un lujo.

(y, según la RAE, coloquialmente, las "personas torpes e ignorantes")

 

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15 ene 2011

Congeladores

Por: Paloma Bravo

Nevera-retro-Smeg

 

El otro día, en un post llamado "Buen rollo, buen sushi, buen sexo", hablaba de meter nombres en el congelador, y varios tíos me escribieron con inquietud.

"¿Qué demonios es eso? ¿Qué efectos tiene?"

Tranquilos, que no es una práctica sexual ni se hace con la mala baba del vudú.

Que conste, además, que a mí me la enseñó un hombre, Manolo (claro que él la aprendió de Marta, pero eso es otra historia).

Meter nombres en el congelador es, literalmente, eso: escribir en un papelito el nombre de alguien que te hace daño o (y éste el el síntoma de que es inocuo) crees que puede llegar a hacértelo, doblarlo bien y meterlo en un vasito pequeño dentro del congelador.

No es mal de ojo, no, es simplemente "congelar", paralizar el potencial nocivo del tipo/a en cuestión. Porque lo explica bien el diccionario:

Congelar es "detener un proceso o una actividad por tiempo indefinido". Detener el daño que te puedan hacer.

Yo, por ejemplo, tengo a Pablo, mi novio, y él lo sabe. No por nada, sino porque le quiero y por eso puede hacerme daño. Pero su nombre lleva poco tiempo.

Desde hace años, mi congelador arrastra gente más diversa:

  • Mi cuñado el gurú. Porque sí.
  • Exmaridos, exnovios, expretendientes. Todos los que no han querido tener la fiesta en paz.
  • Exjefa number 1. Porque me dijo que yo era demasiado inteligente e intentó mutilarme el cerebro.
  • Exjefa number 2. Porque soy más delgada que ella y no me lo perdonaba.
  • Subordinado trepa. Un enchufado al que no puedo echar y que sé que ya ha redecorado mentalmente mi despacho.
  • Colega number 1. El típico que hay en todas las empresas. El que no trabaja y dedica su vida a tocar las pelotas, pasillo arriba, pasillo abajo.
  • Colega number 2. Similar, pero algo más listo y algo más ansioso.
  • La canguro. Por si me deja tirada.
  • Una amiga de mi madre. Porque sí.
  • Mi amigo M. Porque no me deja escribir tacos y eso me paraliza. Quiero que sepa lo que se siente en stand by.

Y más. En mi congelador hay más nombres que cubitos de hielo.

Probadlo. No sirve de nada, pero tranquiliza: es un placebo consciente y, como tal, tiene la ventaja de saber que has identificado un problema potencial y que te estás ocupando de él.

O que lo estás delegando en tu congelador.

Eso sí, hay que acordarse cuando tienes invitados: es mejor que vayas tú a por hielo, que nadie se encuentre tu listado y te toque dar explicaciones.

 

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14 ene 2011

Soy tu mejor amiga

Por: Paloma Bravo

Susanita4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Toda la semana me ha tocado llevar a las niñas al cole. Y no tiene nada que ver ni con mis niñas ni conmigo, pero tanto uniforme, tanto padre, tanta madre... Me ha invadido la cabeza Susanita (quien no la reconozca en la ilustración... ¡que corra a leer Mafalda!). 

Yo fui a un colegio mixto y siempre me produjo rechazo (vale, sí, y también cierta fascinación morbosa) la forma que tenían las niñas de agruparse de dos en dos, cogidas de las manos, cuchicheando, en una amistad autosuficiente, mientras los niños formaban bandos cambiantes, corrían, jugaban y se pegaban.

Gracias a ese rechazo, no tuve mejor amiga. Gracias a ese rechazo, tuve amigos. Gracias a ese rechazo, al fin, pude crecer.

Al llegar a la universidad, con mis Dr. Martens y mis auriculares siempre puestos en Iggy Pop, en plena crisis existencialista y deliberadamente solitaria, se me vino encima un alma caritativa que decidió ser mi mejor amiga porque habíamos estudiado en el mismo colegio y nunca nos habíamos hablado.

- ¿Te acuerdas de mí?

(...)

- Como somos las dos únicas niñas del S. en todo el curso, vamos a ser las mejores amigas. Ya verás.

Y se sentó a mi lado.

Durante ocho meses, incluso durante mis pellas que fueron muchas, me guardó un sitio junto a ella y me fotocopió los apuntes.

Nunca le dije que yo no estaba interesada en ser su amiga, es verdad; pero sólo porque en esa época yo no tenía la costumbre de hablar. Ella se tomó mi silencio como una aceptación entusiasta.

La voy a llamar Susanita a los efectos de este post, en homenaje a Mafalda y a su sufrimiento con esa amiga suya, tan rancia.

Mi Susanita, como su tocaya, sólo quería casarse y tener muchos hijos. Y aquí perdonad que meta una de las mejores frases de la Susanita original:

"¿Sabías, Mafalda? ¡Mi hijito será médico! Y cuando yo pase la gente dirá ¡Ahí va Doña Susanita, la madre del doctor hijo de Doña Susanita! ¿Y todo el mundo se enfermará de envidia...Y mi hijito se hará muy rico curando la envidia!"

Pero mi Susanita también quería hacer el bien y redimir a los descarriados, y yo era la que pillaba más cerca.

"Las mejores amigas se llaman cada día y se cuentan las cosas", me explicaba con paciencia. "En realidad, se cuentan todo, absolutamente todo lo que les pasa."

Y yo, seguía con los auriculares puestos. No la llamaba, y tampoco le cogía nunca el teléfono.

"Lo he estado pensando y sé de dónde vienen tus problemas", me amenazó un día.

(¿Mis problemas? ¿Qué problemas? Que tenía 17 años, ése era mi problema. Sin hablar de ella, otro enorme problema, una acosadora vital, más pegajosa que la adolescencia).

"Tu madre siempre ha trabajado fuera de casa, es una profesional de éxito, y por eso eres tan rara. Fíjate en mí y en mi hermana: mamá se quedó en casa a cuidarnos y somos súper normales".

- Mediocres.

- Normales, Sol.

Como os estaréis preguntando cómo y por qué lo aguantaba, os digo la verdad.

Porque yo pisaba poco la facultad y sus apuntes eran dignos. Porque estaba en plena crisis. Porque, sobre todo, no podía irme en mitad de curso.

Al año siguiente, me cambié de clase y, por si las moscas, me cambié de horario: me pasé al turno de noche. Un turno de descarriados como yo, de gente conflictiva donde ella nunca se atrevería a seguirme.

- Te harás todavía más rara, Sol.

- Me haré todavía más sin ti.

Perdí a Susanita y a mi mejor amiga. Gané mucho en silencio.

Y luego gané en amigos. Por ahí, sin darnos la mano ni llamarnos cada día, me estaban esperando Manolo, Domingo, Marta, Koldo, Vivi, Josema, Montse, Carlinhos, Crucito, Xevi...

¿Y por qué cuento esto? Pues porque sí.

Y porque, a veces, la culpa de las mujeres que somos la tienen otras mujeres que fuimos o que vimos. Porque no puedo con las Susanitas del mundo. Porque sean mujeres, madres o madrastras, son un auténtico coñazo.

 

Nota: este no es un post machista sobre lo malas que somos las mujeres entre nosotras. Hay mujeres excepcionales; y eso incluye, claro, a mis amigas.

Nota 2: mi madre está idignada por la cantidad de comentarios del post de ayer respecto al de anteayer. "Está claro que tiran más las jefas gilipollas que las madres ingeniosas...". Así es la vida, mami. A vosotros os prometo un post sobre "Mi jefe" (el jefe de alguien) la semana que viene.

 

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13 ene 2011

Mi jefa

Por: Paloma Bravo

Estresada

 
Me escribe Pepa (nombre falso, claro) y me pide que cuente su historia y, a la vez, me exige tratamiento de testigo protegido.

Pepa tiene una jefa que es mujer y es madre.

Pepa está jodida.

Pepa no tiene hijos y sí muchas aficiones. Me sugiere que cite el macramé, supongo que para despistar, y yo lo cito aunque me parece innecesario: a Pepa no le hacen falta excusas para querer irse de la oficina cada tarde.

Y es que la jefa de Pepa gana más que su marido, tiene un enorme coche de empresa y una gran canguro (esto no lo sé, pero prefiero imaginarlo así, por sus hijos, por pura humanidad).

¿Y eso qué tiene que ver? Pues que la jefa de Pepa convoca reuniones a las seis de la tarde, se entretiene, se complica (sospechan todos que a propósito) y... las empieza a las nueve de la noche a la voz de:

Total, mis hijos ya estarán acostados cuando llegue a casa, así que mejor avanzamos".

- ¿¡Y los demás!? Egoísta, tirana, mala persona...

Según me cuenta Pepa, eso es lo que gritan ella y sus compañeros, pero, claro, lo gritan en silencio.

- Y aunque nos atreviéramos en alto. Una vez, Marcos se lo dijo clarito: "Oye, Pilar, ¿por qué no seguimos mañana, que estamos todos cansados y tenemos cosas que hacer en casa?".

"...Primero le miró con cara de no entender ni media palabra, y luego le emplazó para discutir su sugerencia al día siguiente. No lo despidió, no. Pero le explicó que ella trabajaba duro para que sus hijos fueran a los mejores colegios, tuvieran ropa de marca (sic) y pudieran veranear en el extranjero. Que se aplicara el cuento y que nadie le iba a decir a ella cómo gestionar equipos. Que si no le gustaba ahí tenía la puerta."

Pues vaya con Pilar. No sé si es tan elegante como Meryl Streep en "El diablo viste de Prada", pero, desde luego, es igual de cabrona (perdón, M., los insultos a veces no son palabrotas, sino la única descripción posible).

Esta Pilar (nombre real) tiene otros bonitos detalles con sus empleados. Por ejemplo, si no le gusta el trabajo que le presentan, no argumenta su discrepancia, para qué, simplemente grita "¡Vaya mierda!", y lo aparta de un manotazo. Crítica constructiva, que se llama.

Ahora, que tiene iPad, les ha contado a sus "chicos" (así los llama, chicos, para aniñarlos, atontarlos y controlarlos, supongo), que cuando llega a casa, ya muy de noche, se sienta a ver la tele con su marido y saca la tableta: "Así aprovecho".

¿Aprovecha el qué? ¿Que tiene un iPad y él no? ¿Es parte de un juego preliminar perverso o algo?

Aprovecha y manda mails que Pepa y sus compañeros deben haber leído a las 8 de la mañana, cuando su jefa empieza a reclamar las respuestas.

Maja chica, que dirían en el norte.

Hace años, pocos, no más de cuatro, recorrí una fábrica en un pueblecito chino (un pueblecito de siete millones de habitantes). Los trabajadores tenían un colchón en la oficina y, una vez al día, se les permitía colocarlo debajo de sus mesas para echarse una siesta.

Supongo que a la jefa de Pepa le parecería mal: "¿Por qué necesitan dormir?".

Pepa ha pensado en cambiar de trabajo, pero le gusta el que tiene.

Pepa ha intentado hablar con el jefe de su jefa: inútil, a él le va bien ese statu quo (todos trabajan 18 horas diarias y encima culpan a otra).

Pepa ha intentado desdoblarse y desconectar (o sea, dormir y hacer macramé virtualmente mientras está con su jefa).

Pepa cree haberlo intentando todo.

Y, ahora, os preguntaréis por qué escribo esta entrada, si yo no puedo darle a Pepa soluciones.

Hombre... Le he sugerido que le busque un tipo joven y musculoso que entretenga a Pilar. Pero no lo puedo decir muy alto porque mi amigo M. (de verdad que siento que no me deje dar su nombre; es un tipo de mucho prestigio y no le gusta que se sepa nuestra amistad) no me deja hacer chistes sexuales.

O sea que tenéis razón, que no puedo darle a Pepa soluciones. Pero también existe el desahogo por persona interpuesta.

Aquí está y, a partir de este momento, abro oficialmente el buzón de sugerencias.

P.D.: no digo a qué se dedica Pepa porque es totalmente irrelevante. Ninguna profesión justifica la estupidez mandona de su jefa.

 

 


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12 ene 2011

¿Quién la tiene más pequeña?

Por: Paloma Bravo

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Mi madre no sabe que la escucho. Quiero decir que la escucho, de verdad, cuando me habla y me cuenta cosas.

Mi madre es de esas personas que está siempre demasiado ocupada en dar como para darse cuenta de que recibe.

Pues la escucho. Y desde siempre.

Yo era muy canija, pero se me quedó grabado el día que me contó, en los años 80, que en el Puente Aéreo, un territorio casi exclusivamente masculino, ella se entretenía observando como los grandes ejecutivos se olisqueaban unos a otros, comprobando quién llevaba los relojes y los zapatos más caros (eran los años de Rolex y Sebago, esos años que ahora nos parecen tan lejanos y tan rancios a pesar de que ahora lo cool es calzar en la calle zapatillas con escudo).

También la escuché muy atenta cuando mi madre, ya en los 90, me explicó que los ejecutivos se medían ahora los teléfonos móviles: cuanto más pequeño, más caro. "Se ponen nerviosos", contaba mi madre, "como si el piloto fuera anunciar que el que lo tuviera más pequeño volaba gratis. O, más bien, como si fuera a anunciar que tenía el mejor sueldo y la mejor herramienta".

(Mi madre es muy gráfica y no dijo "herramienta", pero, vamos, que se entiende igual).

Luego llegaron los smartphones y se puso de moda lo grande: que parezca que la tiene mayor y mejor que el tipo del asiento de al lado. Hasta que hace un par de años (¡parece más!) el mundo de la empresa se dividió en bandos: los de Black Berry a un lado, los de iPhone al otro.

Fue entonces cuando mi madre se jubiló. Una putada porque el Puente Aéreo sin ella ha perdido glamour y brillantez a toneladas. Afortunadamente, el mes pasado tuvo que volver a Barcelona y quiso probar el AVE. En clase preferente, que la invitaban y ella siempre se deja.

Se partía:

"Sol, definitivamente, el tamaño importa..."

"...Hombres enormes con corbatas italianas aporrean sus iPads con dedos gigantes que abarcan cuatro teclas del tirón..."

"...Gafapastas modernillos, siempre con deportivas, se encorvan sobre las pantallas de sus Macair intentando distinguir algo..."

- ¿Y las mujeres, mamá? Que se tiene que notar que ahora somos más trabajando, viajando por trabajo.

- Las mujeres, Sol, iban todas hablando por el móvil, gritando instrucciones a las canguros. Ninguna tuvo tiempo de sacar el ordenador, que son sólo dos horas y media y ellas tenían familias que gestionar.

"...Eso sí, no deberían chillar tanto. Es muy molesto. ¿Yo grito al teléfono, Sol?".

Mi madre grita por teléfono, claro que sí, pero siempre dice algo interesante. Y si no lo dice, lo pregunta:

- Sol, tú que eres más joven, ¿qué le encuentran a las pantallas? ¿Qué miran? ¿Qué ven? ¿Se vive mejor dentro?

- No sé, mamá. Yo a ti te prefiero fuera. Muy real y poco virtual. Y, así, pequeñita, que eres muy grande.

 

P.D.: este post es para mi madre por ser la mujer guapa, dulce e inteligente que todas hemos querido ser, y porque hoy es 12 de enero.

 

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