La novia de papá

Sobre la autora

Paloma Bravo
Soy madrastra, periodista y autora de “La novia de papá” (Plaza&Janés). Este blog no lo escribo yo, lo escribe Sol Beramendi, la protagonista de mi novela. O sea, que es ficción y, por lo tanto, absolutamente real.

Paloma Bravo

SOBRE EL BLOG

Según la RAE, madrastra es una “cosa que incomoda o daña”. ¡Y una mierda! “Tía buena (buena en todos los sentidos), lista e inmejorable” es lo que debería decir. ¿O no? El caso es que me ofrecieron crear una plataforma de “madrastras sin fronteras”, pero mis bestias me necesitan en casa, así que nos hemos quedado en un blog. Para hablar de vuestras familias y otros animales.

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21 mar 2011

Manchas de tinta

Por: Paloma Bravo

Tintaok

 

(La ilustración es una obra de Esther Revuelta).

 

Mi amiga Clara se ha enamorado de un calamar. Entre las dos, sumábamos un buen CV zoológico: hombres fríos como peces, ariscos como erizos, temerosos como ardillas, vanidosos y vagos como leones, abrazones como osos, leales como perros, dulces como koalas... Pero el calamar es una novedad en nuestras vidas.

Hablo en primera persona del plural no porque lo hayamos probado a la vez (para los morbosos que se imaginen un trío... ¡Seguid imaginándolo, es una fantasía bonita!), sino porque a Clara le costaba entenderlo, calificarlo, clasificarlo, y me pidió ayuda.

Vamos, que lo del calamar es cosa mía y el resto es todo de él.

La historia es que éste es un hombre que tiene un montón de manos. ¿Un pulpo? No, no son manos que toquen a quien no quiere ser tocado. Son muchas manos que parecen estar en todas partes para poder no estar en ninguna.

Clara quería que la tocara. Pero el hombre calamar siempre se guarda una mano en el bolsillo, en el pelo, en la chaqueta, una mano oculta que no enseña y que no da.

Porque el hombre calamar de Clara no quiere darlo todo.

Y lo peor no es lo de las manos. Lo peor es que este hombre...

(Perdón, le voy a poner un nombre para hacernos a todos la vida más fácil: le voy a llamar Paul en homenaje al pulpo homónimo).

Lo peor, decía, es que Paul escupe tinta.

Porque Paul está lleno de palabras: te quiero, te voy a cuidar, te necesito, eres lo más importante que tengo, te echo de menos, te llamo... Cuando Clara y Paul están juntos, Paul dibuja palabras que los envuelven en tinta y no les dejan ver nada, que no dejan, sobre todo, que Clara le vea a él.

Sin embargo, toda esa tinta no es más que una maniobra de despiste.

Paul, como los calamares, utiliza las palabras para enturbiar el agua y el ambiente. No quiere que Clara le vea, no quiere que Clara le conozca.

Por eso Paul no le cuenta nunca nada y sólo le dice "te quiero".

 

- ¿Cómo estás?- pregunta Clara.

- Te quiero- contesta Paul.

 

Y se remueve inquieto, y se levanta de la cama, y se va al baño, y vuelve, y se vuelve a ir. "Te llamo". Porque Paul, y ésa debe ser otra característica del hombre calamar, siempre está en movimiento. Llega tarde, se levanta, se mueve, se retuerce, se va. Siempre con prisa. Siempre de paso. Siempre sin huellas. Siempre con tinta.

Paul está casado, claro. Y a Clara no le importa.

Quiero decir que Clara sabe vivir en presente y no quiere que él se separe, lo que quiere es conocerlo. Clara no quiere detalles, ni morbo, ni drama, lo que quiere es saber quién es y qué siente con ella. Clara no quiere fugarse con él, lo que quiere es que él no ensucie con su tinta los momentos en que están juntos.

Pero no. El otro día se encontraron en casa de Clara e hicieron el amor como nunca. Lo que él llenaba de tinta, sus cuerpos lo limpiaban.

 El problema llegó al terminar, cuando él quiso irse corriendo, cuando quiso ver en Clara reproches, exigencias y planes de futuro que no estaban.

 

- Eres importante, Clara. Yo te quiero- se justificó ante una explicación que nadie había pedido.

 

Y Clara no dijo nada, y él se fue, y la llamó, "te quiero", "te echo de menos", "nos vemos mañana", "Clara...".

Clara seguía callada. Se fue a duchar, a limpiarse el sexo, y lo que encontró fue tinta, tinta espesa y negra, tinta borrosa, tinta de un hombre que tiene muchos brazos pero nunca todos, que tiene muchas palabras pero nunca hechos, tinta de un hombre que es un calamar.

 

 

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20 mar 2011

Sin mirar atrás

Por: Paloma Bravo

Sal

(La foto de estatuas de sal es de aquí).


Me pide Lucía que escriba su historia y va la tía y me la cuenta tan bien que no sé si encargarle que escriba mi blog durante unos meses, o durante toda una vida.

La historia de Lucía empieza como todas,"chico-conoce-chica", y muy rápido se llena de amor absoluto, de felicidad total.

Sigue y a Lucía le empiezan a entrar dudas. Una, sobre todo: "¿me quiere de verdad?".

Lucía no sabía que era celosa. Tampoco sabía que podía tener motivos. ¿Los tiene? Lucía le quiere y llega a pensar que no, que el problema está en ella, que está paranoica, que está fatal.

Lucía está a punto de tirarse por un tobogán que lleva a un pozo sin fondo: el pozo del desengaño.

Y se desliza despacito porque, una parte de ella, no quiere dejar de creer. "Se va a arreglar: él vivió la misma felicidad que yo, la construimos juntos, la recuperaremos juntos".

Otra parte de Lucía, la que lucha por mirarse al espejo y por encontrar cierta lucidez, cree que no y entra en otros sueños. "Me voy a mudar de ciudad, voy a cambiar de vida, hay felicidad sin él".

Lo raro es lo que hace él. "Que sí, pero no". No quiere dejarlo, pero ya no quiere vivir con Lucía.

 

- ¿Por qué?

- Me lo ha aconsejado mi ex.

- ¿Y qué tiene que ver tu ex en nuestras vidas?

 

Silencio. No hay respuesta. O no hay respuesta buena.

Y Lucía sigue arriba del tobogán e intenta cerrar los ojos y dejarse ir, hacia adelante o hacia atrás, el caso es moverse en una dirección, porque seguir allí, metida en el dolor y en la indefinición, la está conduciendo directa a la locura.

Lucía es una persona frágil, con la fragilidad de los fuertes: los sentimientos le hacen daño, pero no la rompen.

Así que se mueve en el sentido más literal, y se va. Se va de la casa de los dos, se va hasta de la ciudad.

Lo que pasa es que Lucía, como la mujer de Lot, se va mirando atrás. Y ahí sí que no. Lucía nunca debió haberse ido esperando que la sigan.

Porque ahora todo es más engañoso: basta un mensaje, una llamada, un "te echo de menos", y Lucía cree que la están siguiendo cuando su novio (¿su exnovio ya?) no se ha movido de donde estaba, del "ni-contigo-ni-sin-ti" y de los consejos de otra mujer.

Él promete una visita y no cumple. Lucía decide ser más fuerte que él, ser más fuerte de lo que ella misma puede ser, y vuelve ella otra vez: a la ciudad de él, a la vida de él.

Lo que pasa es que allí ya no hay nadie.

 Él, el que mandaba mensajes, el que echaba de menos a Lucía, el que no quería dejarla ir, se ha ido.

"A Asia", le explican a Lucía.

Y Asia duele, porque Asia es tiempo y una decisión meditada e importante, una decisión que debería haber sido compartida en esos mensajes, esas llamadas, esos hilos que les seguían manteniendo juntos.

Asia, en silencio y sin avisar, es decir "Lucía. ¿Qué Lucía? No conozco a ninguna Lucía".

Y él, además, ha borrado todos los recuerdos de lo que tuvieron. Porque su familia y sus amigos acusan a Lucía. "¿Qué esperabas, si lo dejaste tú?".

Y Lucía se queda sola gritando una explicación al viento: "no lo dejé, me alejé para enseñarle a quererme, me alejé para que me echara de menos... ¡Me alejé para poder volver con él!".

Lucía se ha quedado en un limbo. Entre su nueva ciudad y su ciudad antigua, entre Europa y Asia, entre una felicidad que ahora le dicen que inventó y una infelicidad que es real, entre una relación que nunca dejó y un vacío que le ha venido dado.

Lucía entonces me escribe y me pregunta: "Dime, Sol, dime cómo terminaría en tu blog esta historia...".

Pero yo no puedo contestar a esa pregunta porque la historia ya ha terminado.

Terminó cuando Lucía se convirtió en una estatua de sal, cuando. aún ciega de amor, se fue y no quiso ver que lo que dejaba atrás era destrucción.

Aunque no lo parezca, yo no soy de metáforas bíblicas, pero me he separado suficientes veces como para saber que sólo puedes hacerlo con la total seguridad de que no mirarás atrás, que no te arrepentirás, que estarás mejor sola que con la persona a la que dejas.

Lucía miró atrás y su historia con él terminó y ese final casi terminó con ella.

Temporalmente, claro.

Lo que no ha terminado, Lucía, contestando a tu pregunta, es tu historia contigo misma.

Supiste querer y ser feliz, supiste ver que no te querían bien y pedir lo que necesitabas, supiste irte cuando no te lo daban... Ahora, después de esto, sabes ya irte del todo, sin la ingenuidad de creer en esos mensajes que se escriben sin pensar, sin sentir, sin darles importancia.

Yo diría, Lucía, que tu historia acaba de empezar: ya sabes todo lo que tienes que saber sobre querer a otro y quererte a ti. Sólo te falta dejar atrás del todo a quien no te quiso bien, quererte un poco más y mirar hacia delante.

No eres una estatua de sal. Eres una mujer que escribe maravillosamente, que quiere excepcionalmente.

Sigue siendo, sigue queriendo.

Quiere, siempre, a quien te quiera.

 

P.D.: Lucía me escribió antes de que pusiéramos el regalo de la novela como incentivo. Lucía, la novela es tuya también si la quieres.

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19 mar 2011

Extraterrestre

Por: Paloma Bravo

Sed buenos

(A los niños con consolas y móviles que no me estarán leyendo: "Niños, éste es ET.ET, éstos son los niños que están creciendo sin ti". A los demás que no necesitáis explicaciones, os pongo hipervínculo en ET para recordar otros tiempos, que no sé si fueron mejores, pero que, desde luego, fueron buenos).

 

Ilustro un post sobre mi padre con la foto de ET porque mi padre es extraterrestre. Honesto, sabio, bueno...

Ilustro un post sobre mi padre con la foto de ET porque, como él pero desde antes, mi padre se despide siempre de la gente a la que quiere diciendo con media sonrisa y un hoyuelo en la mejilla: "Sed buenos".

Ilustro un post sobre mi padre con la foto de ET porque el día que estrenaron la película me secuestró del colegio y nos escapamos para verla juntos.

Ilustro un post sobre mi padre con la foto de ET porque hoy es el día del padre y mi padre no es Darth Vader y nunca me hizo confesiones desde el lado oscuro de la fuerza.

Y, para rematar el homenaje a un padre bueno, extraterrestre y publicitario, este anuncio que ya habréis visto y que, aún así, merece la pena:

 

 

 

P.D.: la próxima peli de Nacho Vigalondo también se llama Extraterrestre. Nacho tiene un punto marciano porque es demasiado brillante para este mundo.

 


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18 mar 2011

Esgrima

Por: Paloma Bravo

Esgrima

 

Este post es para Iñaki, un niño fascinado por las espadas y el amor.

A los cinco años, después de ver "El señor de los anillos", me pidió que le explicara por qué Arwen renunciaba a la inmortalidad por amor a Aragorn.

(Para quien opine que a esa edad no debería haber visto una peli así, que observe sus conclusiones: a él no le impresionaron los orcos, lo que le impactó fue el amor).

 

- Pero, Sol - me preguntaba lleno de inocencia y de sabiduría - ¿no es mejor vivir para siempre?

- No. No si no vives con quien quieres.

- ¿Por qué?

 

Desde entonces, Iñaki ha seguido sacando lo mejor de las historias que ve, de las que lee y de las que le cuentan. Y también ha aprendido a manejar espadas. Está preparadísimo y podrá salvar a la persona que ame mientras lucha por enriquecer un mundo que es infinitamente mejor desde que él llegó hace apenas trece años.

Y es que Iñaki es un campeón.

 

 

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17 mar 2011

Mamá está en viaje de negocios

Por: Paloma Bravo

Equipaje

Tengo un íntimo amigo (a quien no delataré nunca) con el que comparto un vicio que él aún oculta y yo ya he confesado en casa (y ahora en público).

Nos encantan los viajes de trabajo. Cuánto más largos mejor.

Él, además, es discreto, pero yo no. Yo en el curro monto el numerito y protesto:

- Es que cuando viajo es currar 24 horas, y necesito estar al 100%, y...

Me quejo, lloriqueo y, entre que soy una plasta y que mi negocio aún tiene glamour, consigo lo que busco: viaje en business, hotel de cinco estrellas, ir un día antes, volver con calma. O sea, lo que consigo es el lujo total: tiempo, confort y soledad.

"Menos mal que tú aún no eres madre y te mandan a ti, Sol", me dice mi compañera más rancia. "Pero... ¿lo lleva bien tu chico?  Porque él no viaja, ¿no? ¿No me digas que también ganas más que él?".

 

(Cada vez que menciono a una mujer que es madre y es una pesada, hay gente que no entiende que no me parecen cualidades inseparables, sino coincidencias que se dan en algunas personas.

Por eso explico despacito el caso concreto de esta compañera rancia: cree en la maternidad sacrificada, cree que la mujer debe dar la razón al marido, cree que el marido debe ganar más que la mujer... Y no digo yo que lo crea; lo dice ella, que me lo ha repetido un millón de veces. Desde aquí te lo aclaro, tía, '¡No me interesa tu vida! Y, de paso, recuerda que odio que me llames 'cariño'!')

 

Explico también tres cosas básicas: (i) me gusta mucho mi trabajo y lo hago razonablemente bien; (ii) me gusta mucho mi familia y les quiero bien (o eso me dicen cuando no me dicen lo contrario), (iii) me gusta mucho reencontrarme conmigo misma, y lo hago... poco.

Porque no lo puedo hacer en casa: Pablo, Eva y Teresa no me dejan ni tiempo ni espacio. Lo ocupan todo.

 

"Sol, que te estoy hablando...".

Otra vez mi compañera rancia:

"Quiero que sepas que respeto todo lo que estás haciendo como madrastra, pero ten cuidado. Cuando seas madre será distinto. No podrás viajar, no querrás viajar. Sé que crees que soy una aguafiestas y una rancia, pero ya verás...."

- Aha.

Aunque algunos no os lo creáis, no soy tan borde. Ella es una rancia, pero yo no tengo por qué explicárselo. El "aha" es mi mejor recurso anti-explicaciones.

 

Y, además, siempre puedo citar a Nuria y su análisis inteligente. "Pues claro que echo de menos a mi hijo cuando viajo, pero aguanto tres días sin antidepresivos. Y, sí, disfruto esos días fuera de casa. Disfruto la distancia. Me ayuda a ver mi vida en perspectiva, a analizarme. Y me encanta saber que mi hijo está estupendamente... Con su padre, que le quiere y le cuida tanto y tan bien como yo".

Así es: el hijo de Nuria es un niño inmensamente feliz y encantado con su madre y con su padre.

Y a mí mañana me toca volar a Los Ángeles (mi trabajo es absurdo, duro, difícil y... a veces estupendo). Ay... ¡Qué felicidad!

 

P.D.: este post es para Nuria, que me adivina y me entiende. El título es un homenaje a una peli de Kusturica que no va de familias y viajes, sino de familias y política.

 

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16 mar 2011

Despedida, estación, lluvia

Por: Paloma Bravo

Tren

(No firmo la foto porque la he encontrado en mil sitios pero en ninguno citando al autor. Lo siento).

 

Hace un montón de años tuve un profesor de literatura que, como un tatuaje, nos grabó a fuego la alergia a los tópicos: "cuando una pareja se despide en una estación", decía, "no hace falta que esté diluviando y que el que se queda corra detrás del tren para demostrar que los enamorados están infinitamente tristes. Basta con que hayáis sabido contarlos y contar su auténtica tristeza".

Me he acordado mucho de él en un montón de películas llenas de lluvia y vacías de sentimiento. (aquí, la escena del tren de "El secreto de sus ojos", ganadora de un Oscar en 2009 y a la que no estoy criticando; es un peliculón).

Me he acordado mucho de mi profesor esta mañana.

Porque toda esta introducción tan larga es para contar lo que he escuchado hoy en el AVE. Sin lluvia, sin andén, sin lágrimas, y, aún así, mucho más definitivo.

Era una pareja sentada delante de mí, atractivos, estilosos, de treintaitantos. Era muy temprano, en preferente, aún sin móviles.

 

- Que no, Claudia, que no. No te quiero. Ya no te quiero.

(Él tenía una voz aterradoramente tranquila).

 

- Pero... ¿por qué?

(Ella temblaba)

 

- Porque ya no te creo.

 

Y se han pasado el resto del viaje en silencio.

 

 

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15 mar 2011

Que paren los relojes

Por: Paloma Bravo

Viuda

(Lauren Bacall se quedó viuda de Humphrey Bogart a los doce años de su boda y con sólo 33 añitos).

 

No soy melancólica, de verdad, odio los sentimientos inútiles, pero hoy no quiero estar con nadie y he reservado la hora de comer para la lectura solitaria.  "A widow's story", de Joyce Carol Oates, que cuenta la muerte de su marido, su impotencia, su dolor.

Para que os hagáis una idea éste es el principio: "My husband died. My life collapsed".

-¡No leas esas cosas!

- Joder... Así te va a salir un post triste.

- Yo me bajo aquí del blog...

 

Haced y pensad lo que queráis, pero Joyce Carol Oates es una de las americanas imprescindibles, miembro de una generación  de mujeres (Patricia Highsmith, Alice Munro, Margaret Atwood...) que escribieron y escriben muchísimo. Escribieron obras maestras y obras menores; ficción, memorias y ensayos. Contaron su mundo para que nosotras pudiéramos contar el nuestro.

El caso es que quería leer algo autobiográfico de JCO porque quería entenderla; el caso, claro, es que me ha noqueado como ya hizo Joan Didion (misma generación, mucha menos repercusión) con "El año del pensamiento mágico" escrito en una situación similar.

Lo leo, como digo, a la hora de comer. Y vuelvo al curro desde lejos, desde el dolor ajeno, desde un dolor que me espera en el futuro (si no me llega a mí, si no me quedo viuda yo, le llegará a la persona que más quiero).

Así, en ese estado mental extraño, hago presentaciones y llamadas, contesto mails, aguanto jefes y demás animales, y, por fin, me arrastro hasta casa.

Pablo y las niñas se ríen y yo me río con ellos (soy de respuesta fácil, basta poco para hacerme feliz).

Ellas se acuestan y yo no. Yo me pido a su padre.

Pablo no entiende que esté tan mimosa, pero no pregunta y me deja acurrucarme contra él en el sofá. No estoy triste; para nada. Estoy disfrutando, estoy disfrutándolo.

Pablo y yo somos mayores, lo bastante para que nos guste nuestro presente y nos quede mucho futuro.

Pablo y yo, además, nos queremos.

Yo cierro los ojos, él me acaricia.

Yo sigo con los ojos cerrados y él pone un partido de fútbol que no le interesa nada. Yo le mando a la mierda, y él me pellizca.

Ésta es nuestra felicidad, tan grande, tan fácil, tan buena, que durará siempre, mucho más que nosotros.

Y se me va el dolor ajeno con esta dosis cotidiana de amor compartido.

 

 

P.D.: os dejo el poema de W.H.Auden que se recita en "Cuatro bodas y un funeral" y que he usado para el título. Lo recordaba el sábado María Vela Zanetti en Yo Dona:

 

Funeral Blues

Stop all the clocks, cut off the telephone.
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling in the sky the message He is Dead,
Put crêpe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last forever, I was wrong.

The stars are not wanted now; put out every one,
Pack up the moon and dismantle the sun.
Pour away the ocean and sweep up the wood;
For nothing now can ever come to any good.

Blues para el funeral

Que se paren los relojes, que se que corte el teléfono,
que el perro a un hueso jugoso ya no le ladre,
que se callen los pianos y con redobles en sordina
venga el ataúd y entren los dolientes.

Que los aeroplanos que gimiendo dan vueltas en lo alto
escriban en el cielo el mensaje: "Él ha muerto",
que pongan pajaritas de papel en los cuellos blancos de las palomas,
que los policías se pongan guantes negros.

Era mi norte, mi sur, mi este y mi oeste,
toda mi semana y mi día de descanso,
mi mediodía, mi medianoche, mi plática, mi canción.
Pensé, y estaba equivocado, que nuestro amor duraría siempre.

Ya no quiero las estrellas. Que las apaguen,
que empaquen la luna y desmantelen el sol.
Que sequen el océano y barran los bosques
porque ya nada de lo que venga habrá de ser bueno.

 

P.D.2: este post parece triste y no lo es, es un post sobre el amor y no sobre el dolor. Por eso se lo dedico a Hernández y Fernández, que cumplen, creo, 46 añitos de matrimonio.

 

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14 mar 2011

Los amigos de Peter

Por: Paloma Bravo

Peters_friends_lida

(Fotograma de la peli, claro).

 

Ha sido un fin de semana intenso. Viéndolo desde twitter, como lo veo a veces cuando no quiero abrir los ojos, pasaban, sobre todo, tres o cuatro cosas: la venganza de la naturaleza en el estómago de Japón, Santiago Segura batiendo récords de taquilla y autopromoción de Torrente 4, los intentos de algunos de resucitar los fantasmas del 11-M (basta ya, ¿no?) y los reportajes sobre twitter (el de Delia, el de The New York Times, el de lainformacion.com...).

Un fin de semana, en ese sentido global, que hubiera sido mejor de otra manera.

Sin embargo, el karma funciona como le da la gana, y mi fin de semana real, el que no tiene twitter ni falta que le hace, ha sido una delicia de amigos y amistad.

Cenas, delirios, confidencias, sonrisas, mensajes, favores, recados, complicidades, cariños, canciones, presentes, carcajadas, manos... Siempre en plural, siempre en paz, siempre bien.

Me quedo, pues, atrapada todo el lunes en mi finde y en mi gente, y os dejo con Amaral.

No sé si es la canción que mejor refleja a mis amigos, pero sí la que más he bailado a gritos con Eva y Teresa, con y sin público, en casa y en la calle, la que me recuerda también a ese micromundo que hoy ha vuelto a casa y que es tan bueno, tan real y tan ruidoso.

 

 

 

P.D.: he titulado el post "Los amigos de Peter" porque (i) Peter es mi primer nombre y está ahí desde siempre, (ii) me encanta esa peli y, sobre todo, (iii) nadie como los ingleses ha llevado la amistad a la ficción en ésta y otro montón de historias.

P.D.2: hay otro gran nombre, Carlos, que me ha prometido hacer un post para mí sobre el sábado por la noche.

 


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13 mar 2011

El otro lado

Por: Paloma Bravo

DarthVader

(A mí Darth Vader nunca me pareció tan malo, quizá porque Luke me resultaba cursi y Hans Solo tenía un gusto pésimo, que Leia era una siesa. Por eso ilustro con su foto, con su fuerza, esta historia de y para Miguel, que es el prota de la peli aunque esté en el otro lado). 

 

"Sol, te escribo desde el otro lado", dice Miguel. "Desde el lado oscuro de la fuerza, desde el lado frágil, desde el lado roto, desde el lado fuerte".

Y me cuenta su historia:

La hija pequeña de Miguel y Teresa, la tercera, tenía un año cuando él empezó a darse cuenta. O, mejor dicho, cuando se dio cuenta de que ya no podía ignorarlo: Teresa era infiel.

Tenía fácil la logística. En un hotel cerca de su oficina, en casa cuando él viajaba, fuera cuando viajaba ella...

Es verdad que llevaban muchos años casados, que ya acumulaban vicios, silencios, rutinas y cargas (la compra, las actividades extraescolares, los deberes...). Perezas.

Todo eso Miguel lo entendía, pero... Pero no conseguía encararla y preguntar. No quería una mentira. Y ella sabe mentir: "es dura, Sol, una ejecutiva con sueldazo. Y no quiero caer en el otro tópico, en el de las mujeres que mandan como hombres. Pero es lo que es: una mujer brillante, bien pagada, con su coche de empresa... Una mujer con más éxito que yo, que la persona con la que se casó".

Y Miguel intentó compensar ese desequilibrio y poner más en el otrolado: en el cole, en la compra, en los médicos... En el otro lado del éxito.

"Quizá me consideraba un fracasado, quizá no soy lo que ella quería, pero habíamos vivido juntos todos esos años, habíamos tenido tres hijos, y nunca se quejó, nunca dijo nada. Podría haberlo hecho. En su trabajo no duda..."

 Al final Miguel preguntó y ella mintió. Sabían los dos que estaba mintiendo. Mientras, Miguel confirmaba que su infidelidad tenía nombre desde hacía ya dos años.


Y Miguel empezó a imaginar lo peor: la custodia... Un juez imprevisible y ella peleando a muerte.

Miguel no se atrevía a separarse y se callaba. Se callaba y se quedaba. Se quedaba callado.

Tampoco hablaba ella: no se quería separar, no lo quería arreglar.

Y no lo hablaban, y no lo arreglaban, y lo arrastraban, y lo engordaban.

El silencio creció tanto que ya no cabían todos en la casa y Miguel se fue. Se fue al infierno que había imaginado: peleas, jueces, custodias... Del silencio pasaron a los gritos. De los gritos otra vez al silencio, a la tristeza.

Y Miguel sonríe ahora cuando tiene a los niños con él y calla, triste, cuando no están. Pero al menos ya no le duele todo el cuerpo.

"Aún no soy feliz, Sol, pero estoy más tranquilo, la verdad. Y sé que la felicidad va a llegar. Disfruto de los niños, del deporte, de mi vida y paso mucho tiempo solo, dejando pasar los días. En algún momento dejaré de contarlos y dejarán de pasar, los agarraré y los viviré a fondo. Lo que pasa es que todavía hay muchas veces en que, con el teléfono apagado, los niños con su madre, la casa en silencio, echo de menos nuestra vida. Y sé que lo que añoro no es la vida que tuvimos, sino la vida que soñamos, la que creímos tener..."

Miguel cierra su historia con un dato: "más de 120.000 matrimonios se rompieron en 2010. Más de 240.000 personas. Más de 240.000 tragedias". Y yo discrepo: muchas tragedias, sí, también mucho alivio, mucha mejora, mucha paz, mucho futuro.

 

P.D.: ésta es una de las historias que me habéis contado (que me estáis contando) no por vuestra propia voluntad, sino por el irresistible incentivo de conseguir por la cara mi novela "La novia de papá". Las seguiremos publicando. Y a Miguel se la mandamos esta semana. Gracias a todos.

 

 

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12 mar 2011

Confesiones de una malabarista

Por: Paloma Bravo

Malabarista

(La foto es de aquí y la firma Sergi Bernal).

 

Igual es mejor que deje de leer quien no haya cumplido los 35, quien no tenga dudas, quien carezca de capacidad autocrítica.

Y desde luego es mejor que deje de leer quien no hable inglés. Lo siento. Este artículo está escrito por Tina Fey y yo no me atrevo a traducirlo para que no pierda brillantez, sinceridad e ironía. Pero tampoco me atrevo a hurtároslo después de haberlo hurtado yo (es un artículo que exige suscripción y por eso no lo puedo linkar. Si me preguntan en The New Yorker diré la verdad, que mi amigo M. está suscrito y me lo ha regalado, que compartir es vivir).

Tina Fey habla de las dudas: mujer, madre, trabajadora, pareja... ¡Persona! Y lo cuenta desde un lado casi inédito: relativizando y sin decir eso que se espera de todas nosotras, "ser madre es lo más grande que me ha pasado en la vida" pero también sin decir lo contrario.

Es del mes de febrero y... aquí va (a Paco, a Marga, esto no lo escribo yo, ya me gustaría, pero tampoco son estadísticas tontas).

 
My daughter recently checked out a book from the preschool library called "My Working Mom." It had a cartoon witch on the cover. "Did you pick this book out all by yourself?" I asked her, trying to be nonchalant. Yes. We read the book, and the witch mother was very busy and sometimes reprimanded her daughter for messing things up near her cauldron. She had to fly away to a lot of meetings, and the witch's child said something like "It's hard having a working mom, especially when she enjoys her work." In the heartwarming conclusion, the witch mother makes it to the child's school play at the last second, and the witch's child says she doesn't like having a working mom but she can't picture her mom any other way. I didn't love it. I'm sure the two men who wrote this book had the absolute best intentions, but this leads me to my point. The topic of working moms is a tap-dance recital in a minefield.
It is less dangerous to draw a cartoon of Allah French-kissing Uncle Sam - which, let me make it very clear, I have not done - than it is to speak honestly about this topic.

What is the rudest question you can ask a woman? "How old are you?" "What do you weigh?" "When you and your twin sister are alone with Mr. Hefner, do you have to pretend to be lesbians?" No, the worst question is: "How do you juggle it all?"

"How do you juggle it all?" people constantly ask me, with an accusatory look in their eyes. "You're screwing it all up, aren't you?" their eyes say. My standard answer is that I have the same struggles as any working parent but with the good fortune to be working at my dream job. Or sometimes I just hand them a juicy red apple I've poisoned in my working-mother witch cauldron and fly away.

The second-worst question you can ask a woman is: "Are you going to have more kids?" This is rude. Especially to a woman like me, who is in her "last five minutes." By that I mean my last five minutes of being famous is timing out to be simultaneous with my last five minutes of being able to have a baby.

Science shows that fertility and movie offers drop off steeply for women after forty.

When my daughter says, "I wish I had a baby sister," I am stricken with guilt and panic. When she says, "Mommy, I need Aqua Sand" or "I only want to eat gum!" or "Wipe my butt!," I am less affected.

I thought that raising an only child would be the norm in New York, but I'm pretty sure my daughter is the only child in her class without a sibling. All over Manhattan, large families have become a status symbol. Four beautiful children named after kings and pieces of fruit are a way of saying, "I can afford a four-bedroom apartment and a hundred and fifty thousand dollars in elementary-school tuition fees each year. How you livin'?"

Now, I'm not really one for status symbols. I went to public school. I have all my original teeth and face parts. Left to my own devices, I dress like I'm hear to service your aquarium. But the kid pressure mounts for other reasons.

The woman who runs my local toy store that sells the kind of beautiful wooden educational toys that kids love (if there are absolutely no other toys around and they have never seen television) asks me, "Are you gonna have another one?"

A background actor on the set of "30 Rock" will ask, "You want more kids?" "No, no," I want to say. Why would I want more kids when I could be here with you having an awkward conversation over a tray of old Danishes?

The ear-nose-and-throat doctor I see about some stress-induced canker sores offers, unsolicited, "You should have another one. I had my children at forty-one and forty-two. It's fine." Did she not hear the part about the stress-induced canker sores?

My parents raised me never to ask people about their reproductive plans. "You don't know their situation," my mom would say. I considered it such an impolite question that for years I didn't even ask myself. Thirty-five turned into forty faster than McDonald's food turns into cold non-food.

Behind Door No. 2, you have the movie business. Shouldn't I seize the opportunity to make a few more movies in the next few years? Think of the movies I could make!

"Magazine Lady": The story of an overworked woman looking for love, whose less attractive friend's mean boss is played by me...when Bebe Neuwirth turns the part down.

"The Wedding Creeper": An over-worked woman looking for love sneaks into weddings and wishes strangers well on their wedding video, only to fall in love with a handsome videographer (Gerard Butler or a coatrack with a leather jacket on it), despite the fact that when they first met they knocked over a wedding cake, causing an old lady (Academy Award winner Jane Fonda) to rap.

Next, a strategically chosen small part in a respectable indie dramedysemble called "Disregarding Joy," in which I play a lesbian therapist who unexpectedly cries during her partner's nephew's bris. Roger Ebert will praise my performance, saying I was "brave to grow that little mustache."

Finally, for money, I play the villain in the live-action "Moxie Girlz" movie, opposite a future child star who at this moment is still a tickly feeling in Billy Ray Cyrus's testicles.

How could I pass up those opportunities? Do I even have the right to deprive moviegoers of those experiences?

These are the baby-versus-work life questions that keep me up at night. There's another great movie idea! "Baby Versus Work": A hardworking baby looking for love (Kate Hudson) falls for a handsome pile of papers (Hugh Grant). I would play the ghost of a Victorian poetess who anachronistically tells Kate to "go for it."

I debate the second-baby issue when I can't sleep. "Should I? No. I want to. I can't. I must. Of course not. I should try immediately."

I get up to go to the bathroom and study myself in the mirror. Do I look like someone who should be pregnant? I look good for forty, but I have the quaggy jawline and hollow cheeks of a mom, not a pregnant lady. This decision cannot be delayed.

And what's so great about work, anyway? Work won't visit you when you're old. Work won't drive you to the radiologist's for a mammogram and take you out afterward for soup. It's too much pressure on my one kid to expect her to shoulder all those duties alone. Also, what if she turns on me? I am pretty hard to like. I need a backup.

And who will be my daughter's family when my husband and I are dead from stress-induced canker sores? She must have a sibling. Hollywood be damned. I'll just be unemployable and labelled crazy in five years, anyway.

Let me clarify. I have observed that women, at least in comedy, are labelled "crazy" after a certain age.

FEMALE WRITER: You ever work with XXX XXXX?
MALE AGENT (dismissive): She's crazy now.

FEMALE WRITER: You know who I loved growing up? XXXXX McXXX. What about her for this part?
MALE WRITER: I don't know. I hear she's pretty batshit.

FEMALE WRITER. I got a call today from XXX XXX.
MALE PRODUCER: Ugh. We had her on the show once. She was a crazy assache. She wanted to see her lines ahead of time. She had all these questions.

I know older men in comedy who can barely feed and clean themselves, and they still work. The women, though, they're all "crazy." I have a suspicion - and hear me out, because this is a rough one - that the definition of "crazy" in show business is a woman who keeps talking even after no one wants to fuck her anymore.

The only person I can think of who has escaped the "crazy" moniker is Betty White, which, obviously, is because people still want to have sex with her.

This is the infuriating thing that dawns on you one day: even if you would never sleep with or even flirt with anyone to get ahead, you are being sexually adjudicated. Network executives really do say things like "I don't know. I don't want to fuck anybody on this show."

(To any exec who has ever said that about me, I would hope you at least have the self-awareness to know that the feeling is extremely mutual.)

It seems to me the fastest remedy for this "women are crazy" situation is for more women to become producers and hire diverse women of various ages. That is why I feel obligated to stay in the business and try hard to get a place where I can create opportunities for others, and that's why I can't possibly take time off for a second baby, unless I do, in which case that is nobody's business and I'll never regret it for a moment unless it ruins my life.

And now it's four o'clock in the morning.

To hell with everybody! Maybe I'll just wait until I'm fifty and give birth to a ball of fingers! "Merry Christmas from Tina, Jeff, Alice, and Ball of Fingers," the card will say. ("Happy Holidays" on the ones I send to my agents.)

I try to think about anything else so I can go back to sleep. I used to cling to the fact that my mom had me unexpectedly at forty, only to realize a couple of years ago that I had the math wrong and she was thirty-nine. A world of difference, in my insomniac opinion.

My mom was conceived in the U.S., born in Greece, and brought back here as an infant. Because of this, she never gets called for jury duty.

She grew up speaking both English and Greek, and when I was in elementary school she volunteered to be a classroom aide, because of the lot of the Greeks in our neighborhood were "right off the boat," as she would say, and needed a translator. Sometimes the teachers would ask her to translate bad news: "Please tell Mrs. Fondulas that her son is very disruptive." And my mom would nod and say in Greek, "George is a lovely boy." Because she knew that if she translated what the teacher really said the kid would get a beating and the mother would hate her forever out of embarrassment.

Little kids' birthdays in my neighborhood were simple affairs. Hot dogs, Hawaiian Punch, Pin the Tail on the Donkey, followed by cake and light vomiting. (Wieners, punch, and spinning into barfing would later be referred to as "the Paris Hilton.") I would always complain to my mother after the Greek kids' parties, because they served Italian rum cake. Covered in slivered almonds and soaked in booze, Italian rum cake is everything kids hate. No one ever ate it. It just got thrown away.

Cake Time is supposed to be the climax of a birthday, but instead it was a crushing disappointment for all. I imagine it's like being at a bachelor party, only to find that the stripper has overdosed in the bathroom.

My mom finally explained to me that the reason the "Greeky Greeks," as she called them, got the Italian rum cake was that it was the most expensive item in the bakery. They wanted the adults at the party to know they could afford it. Anyway, is that what I'm trying to do with this second-baby nonsense? Am I just chasing it because it's the hardest thing for me to get and I want to prove that I can do it?

Do I want another baby? Or do I just want to turn back time and have my daughter be a baby again?

Some of you must be thinking, Well, what does your husband want? He's a part of this decision, too, you know! He wants me to stop agonizing, but neither of us knows whether that means go for it or move on.

Why not do both, like everybody else in the history of earth? Because things that most people do naturally are often inexplicably difficult for me. And the math is impossible. No matter how you add up the months, it means derailing the TV show where two hundred people depend on me for their income, and I take that stuff seriously. Like everyone from Tom Shales to Jeff Zucker, I thought "30 Rock" would be cancelled by now.

I have a great gynecologist, who is as gifted at listening as she is at rectal exams. I went for my annual checkup and, tired of carrying this anxiety around, burst into tears the moment she said hello. I laid it all out for her, and the main thing I took away from her was the kind of simple observation that only an impartial third party can provide. "Either way, everything will be fine," she said, smiling, and for a little while I was pulled out of my anxious, stunted brain cloud. "Everything will be fine" was a possibility that had not occurred to me.

That night, as I was putting the witch book in my daughter's backpack to be returned to school, I asked her, "Did you pick this book because your mommy works? Did it make you feel better about it?" She looked at me matter-of-factly and said, "Mommy, I can't read. I thought it was a Halloween book."

 

 

 

 

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