La novia de papá

Sobre la autora

Paloma Bravo
Soy madrastra, periodista y autora de “La novia de papá” (Plaza&Janés). Este blog no lo escribo yo, lo escribe Sol Beramendi, la protagonista de mi novela. O sea, que es ficción y, por lo tanto, absolutamente real.

Paloma Bravo

SOBRE EL BLOG

Según la RAE, madrastra es una “cosa que incomoda o daña”. ¡Y una mierda! “Tía buena (buena en todos los sentidos), lista e inmejorable” es lo que debería decir. ¿O no? El caso es que me ofrecieron crear una plataforma de “madrastras sin fronteras”, pero mis bestias me necesitan en casa, así que nos hemos quedado en un blog. Para hablar de vuestras familias y otros animales.

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08 abr 2011

El graduado

Por: Paloma Bravo

Robinson


(Dustin Hoffman en la cama con Anne Bancroft en El Graduado, la gran peli de Mike Nichols que nos dejó el mito de Mrs. Robinson y también su canción. Por cierto, otra película basada en una novela).

 

Este post es para Juan, que quiere hablar sobre la edad. Sobre las diferencias de edad, más bien.

Y, aún más concreto, sobre los prejuicios que hacen saltar a algunas mujeres (me incluyo) cuando les gusta alguien más joven que ellas.

¿Por qué?

¿Estamos acostumbradas a que ellos sean mayores? ¿Es porque nos da seguridad? ¿Es porque buscamos un padre? ¿Es porque así están mejor colocados y ganan más pasta? ¿Es porque su esperma se conserva mejor que nuestros óvulos? ¿Es porque nos da miedo que no nos quieran cuando nuestro cuerpo envejezca antes y peor que el de ellos? ¿Se nos está quitando el prejuicio? ¿Son Demi Moore y la Duquesa de Alba grandes ejemplos o puras anécdotas...?

¿Son estúpidas todas estas preguntas?

(Mi amiga Zoe, que, como ya sabéis, es mi referencia vital, dice que sí, "sin duda, Sol, obviamente estúpidas. Ridículamente estúpidas").

Repito que pregunto por el "antes de", por el 'pre-juicio'. Obvio que cuando te enamoras, lo puedes todo.

Yo pregunto porque no sé la respuesta.

Pregunto, sobre todo, porque me lo ha pedido Juan.

 

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07 abr 2011

Regalos

Por: Paloma Bravo

Regalo

(la imagen es de aquí).

 

Pues había escrito un post larguísimo para Pablo (y perdón por contar intimidades en público, pero era por buscar presión popular en favor de mi causa), pero en el fondo me cabe todo en una frase:

"Mi vida, odio las flores, los perfumes, las joyas, los bombones y todos los regalos previsibles y perezosos".

Eso le dije a Pablo, por puro espíritu práctico, una semana antes de mi primer cumpleaños con él.

- Pero... ¿eres tía o tío?- me contestó por provocar.

- Persona- le dije en plan intenso. -Los regalos tienen que ser personales e intransferibles. ¿O me vas a regalar lo que te devolvió tu ex? Te lo tienes que currar...

Desde entonces, va de compras con mi madre. Que tampoco es lo ideal. Pero me acaba de llegar un ramo de flores al trabajo, y aunque son girasoles y no rosas, más originales, más naturales, mejores, no sé bien cómo tomármelo.

Pablo, que ya son cuatro años... Flores, no.

 

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06 abr 2011

¿Cómo empieza el amor?

Por: Paloma Bravo

Cerilla

 

El otro día (y me repito, lo sé) discutía con un amigo sobre las aventuras y él, para ganar la discusión, o para distraerme, no sé bien, me preguntó: "Vale, lo que quieras, pero... ¿cómo empieza el amor?".

Su teoría era que el amor puede estar en cualquier parte, agazapado, y saltar de repente en un rollo o una aventura, saltar desde el sexo, quiero decir. Saltar y quedarse de una forma más profunda incluso que si no hubiera habido un rollo previo.

Como os podéis imaginar, ahí no había discusión: en eso estoy completamente de acuerdo con él. Pero me resistí cuando me pidió que hiciera un post sobre el tema:

 

- ¿Y yo qué demonios sé cómo empieza el amor?

- ¿Pero tú no haces un blog sobre relaciones personales?

- ¿Sí? ¿Tú crees que mi blog es sobre relaciones personales?

- Sol, no te escaquees.

 

Este amigo también sabe que si me preguntan y me insisten, acabo respondiendo. Él insiste...

 

- Pero yo no tengo ni idea de cómo empieza el amor.

- Joder, Sol, no seas espesa. Sabrás cómo empieza para ti...

- Ya, pero eso es privado.

- ¿Y tu blog no es siempre privado?

- ¡No! ¡Es ficción!

 

La verdad es que no sé cómo ni por qué somos amigos, pero lo somos; así que, aquí está mi respuesta, que yo a mis amigos nunca les digo que no:

Yo sé cómo empieza el amor para mí, no en general. Y, sí, puede ser antes o después del sexo; puede ser la primera vez que veo a un hombre o años después de conocerlo. Empieza cuando una mirada, un tono de voz, un roce o una palabra me ponen la piel de gallina y necesito tocar otra piel.

A partir de aquí, puede pasar todo y puede no pasar nada. Pero ya no cuento más. Ni para mi amigo ni para nadie, que esto lo lee mi padre y todos los hombres a los que he querido le parecen errores graves, dramáticos, vitales, casi irreparables. Sólo me faltaba que supiera que, encima, me he acostado con ellos y con algunos más a los que no he llegado a querer.

 

P.D.: el nombre de mi amigo no aparece en el post porque es un chinchoso y porque, obviamente, está teniendo una aventura.

 

 

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05 abr 2011

Silencios

Por: Paloma Bravo

Silencio

Soy una fanática del silencio. Del silencio como falta de ruido. Pero tengo serios problemas de tolerancia con el silencio como abstención, como pasividad, como nada.

Porque lo que no se dice, no se oye; porque lo que no se hace, no existe.

Soy, supongo, una activista contra la omisión.

Exactamente por las mismas razones por las que también me opongo a la resignación.

El problema es que la resignación es una opción propia, y el silencio y la omisión son ajenos, te los imponen poco a poco, de nada en nada, y sólo te dejan la opción de multiplicar ese silencio, de irte, sin alharacas, sin reproches, sin más.

En eso andaba pensando cuando me escribió Edith desde el otro lado del mar: "Ojalá puedas escribir sobre los silencios. Los voluntarios y los involuntarios. Cuando tu pareja prefiere hablar de cualquier cosa menos de lo importante, y cuando hay que hacer un ejercicio extremo de interpretación de mensajes no verbales para entender que la cosa sigue bien entre los dos".

 

P.D.: ya puestos, no dejemos que silencien la poesía, que la asesinen; aquí, Pablo Ordaz cuenta su muerte en un poeta: "La poesía ya no existe en mí". Durísimo.

 

 

 

 

 


 

 

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04 abr 2011

Mi primer libro de sexo

Por: Paloma Bravo

La foto

Ayer tuve una intensa y angustiosa conversación con Eva (12) y Teresa (9) sobre sexo, así en general. Me pilló a mí sola en casa. Me pilló sin su padre. Pero las casualidades no existen, que ya lo dicen los psicólogos, sólo las "causalidades", y por eso las niñas aprovechan las ausencias de Pablo para hacer preguntas difíciles y obtener respuestas concretas. Muy monas ellas.

Y, como casi todo lo que pasa con las hijas de mi chico, me devuelve a mi infancia y a mis maravillosos padres.

Mis padres (que no son los modelos de esta ilustración) siempre han sido unos progres pragmáticos.

Mejor pecar de exceso de información, mejor aún si la información se puede consultar sin preguntar. Especialmente en temas de sexo.

Porque son pragmaticos y también tímidos, incluso vergonzosos.

 Por eso yo creo que este libro, "¿De dónde venimos?", lo debieron comprar y poner a la vista justo el día que se casaron, nueve meses antes de que naciera su primera hija.

Es un libro maravilloso, un libro que no caduca porque, afortunadamente, tampoco caduca el sexo. Y tiene la enorme ventaja de haber sido escrito por Peter Maley, un publicitario de los buenos. Eso quiere decir que el tío no se escaquea de ninguna pregunta y las encara todas con humor y valentía.

Yo lo leí mil veces entre los 5 y los 15 años, y otras mil desde entonces.

Porque es un libro delicioso: explica cómo y por qué nacen los niños sin licencias poéticas. No hay cigüeñas ni abejitas; hay sexo, amor, penes, espermas, vaginas y embarazos.

Mola.

Eso sí, un aviso importante: es para explicar el "origen", pero no para evitarlo. No sirve para adolescentes con necesidad de información precisa sobre las virtudes y riesgos del sexo, y el tema de los anticonceptivos hay que buscarlo en otro lado.

Incluyo una parte de su versión en youtube, para los nativos digitales que ya son padres. Incluyo también una de las mil encerronas sexuales que me ha tocado vivir con mis hijastras. Y ya iré incluyendo las que me quedan:

 

 

 


 

Tengo siete días para que vuelvan y toque zafarrancho. “¿Tanto?”, le pregunto a Pablo, “¿de verdad una palabra con zeta y cuatro sílabas para preparar el equipaje de un campamento?”.

 

- “Y más”.

 

Es cierto. Vuelven de pasar otra quincena con su madre y, como es la primera noche, cenamos fuera y celebramos el cumpleaños de Eva. Le damos su iPod, sin sorpresa, y Eva me mira retadora. “Algo más, ¿no, Sol?” Vale. Ahora ya sé que Teresa –a quien quise hacer cómplice- se lo ha soltado todo. La miro yo y se encoge de hombros: “Siempre nos pides que nos llevemos bien”. Claro, pobres hermanitas santas.

 

En fin… Eva tiene su móvil con cámara y da saltos, literalmente, a mi alrededor, gritando que le meta números de teléfono, que le enseñe a usarlo, que le cuente cómo van los mensajes, que… Me hace una pregunta, me da el móvil y me lo arranca de las manos sin que pueda programarlo. Eva ha cumplido su promesa; es absolutamente feliz.

 

Lo que se le ha olvidado es el plazo. A la mañana siguiente, cuando toca comprar gel, champú antipiojos, jabón de manos, colonia, etiquetas para la ropa, kit de costura y un interminable listado de objetos que Pablo, genéticamente, es incapaz de encontrar en el hipermercado, los nervios de Eva tienen un tono manifiestamente infeliz. Buen contrapunto al miedo de Teresa. “Sol, que yo no quiero ir, que no conozco a nadie”.

 

 

Pablo está trabajando. A mí, solidaria, o mera madre suplente, me ha tocado pedir el día libre. Lo sabía, sabía que toda palabra con “zeta” tiene su truco: Pablo se ha zafado y me ha dejado el zafarrancho. Y una aclaración: Marina no está ni se la espera en todo esto. Al fin y al cabo, el campamento lo paga Pablo y, por tanto, el campamento lo organiza Pablo. O la persona en quien él delegue. O sea, la pringada. O sea, yo.

 

“Es curioso”, pienso al llegar a casa, “el escaso desarrollo que han tenido las etiquetas para marcar la ropa desde que yo era pequeña”. Siguen existiendo dos únicos sistemas. Las que se planchan y, por lo tanto, se despegan; y las que hay que coser y, por lo tanto, se descosen. Se lo comento a Eva y a Teresa pero a ellas no les resulta igual de fascinante mi digresión.

 

- “Sol, que queda mogollón. Falta toda la ropa que no es de uniforme. Un pantalón corto, que no tengo; una camiseta, que no me gustan las que tengo; un bañador, que no quiero porque quiero un bikini…”

 

Son las seis de la tarde y ya no distingo sus voces ni sus peticiones. Hasta que Eva me pide condones.

 

- “¿¡Condones!?”

 

Recordatorio: Eva acaba de cumplir los 12 años.

 

- “Sí, me ha dicho mi madre que es lo mejor, que es lo que usa ella, pero me tienes que enseñar a ponérmelos”.

 

Alucino. Pero antes de desmayarme, respiro hondo y repaso la conversación hasta que descubro un hueco.

 

-      “¿Cómo que ponértelos? ¿Ponértelos a ti?”

 

-      “Sol, pareces tonta. Que tú también tienes. Por si me viene la regla en el campamento, que ya tengo doce y nunca se sabe”.

 

-      “¿Pero qué es lo que me has pedido?”

 

-      “Condones”.

 

-      “¿No serán tampones?”

 

-      “Sí, eso”.

 

Joder. Es que no es lo mismo. Y, con un poquillo más de tranquilidad nos metemos las tres en mi cuarto de baño y las dejo abrir e investigar Tampax de distintos grosores.

 

A partir de ahí, clase práctica. A puerta cerrada

 

Luego, y por si acaso, hago que las dos busquen la palabra “condón” en el diccionario. Pero la RAE es pudorosa y confusa: “Preservativo. Funda elástica”, grita Teresa triunfante.

 

- “¿Funda de qué, Sol?”

 

- “Buscad preservativo, que es donde os manda”.

 

Y Teresa lo lee muy solemne: “Que tiene virtud o eficacia de preservar. Funda fina y elástica para cubrir el pene durante el coito, a fin de evitar la fecundación o el posible contagio de enfermedades”.

 

En realidad, Teresa no ha entendido nada. Eva sí: “¡Tere…! ¡Que le he pedido una cosa para follar!”

 

Y se parten. Y nos partimos. Cosas de chicas. Con dos cojones.

 

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03 abr 2011

El perro del hortelano

Por: Paloma Bravo

Hortelano

(La imagen es de la peli en la que Pilar Miró demostró que se podía hacer gran cine en verso y que Lope de Vega estaba a la altura de sus amigos y colegas Quevedo y Cervantes).

 

"El perro del hortelano, ni come ni deja comer...".

Lo siento, no me gustan los refranes, pero me gusta Cristina y su historia me ha recordado a éste.

Cristina está casada, tranquila, feliz. Con sus más y sus menos, claro, como casi todos.

Cristina está, al mismo tiempo, cansada, desconcertada y dolida porque se ha convertido en el puerto en el que los tres hombres de su vida quieren pasar las tormentas.

Son tres, sí, tres exnovios, tres grandes amores, tres grandes fuentes de conflictos.

Cada vez que les falta algo, se embarcan en la nostalgia y vuelven a Cristina, a su patria perdida, a su dicha pasada...

Me estoy poniendo poética yo también, perdón otra vez, que no soy Lope de Vega, ya vuelvo a mi ser pragmático...

Cristina no me cuenta por qué se acabó el amor con cada uno de esos tres amantes eternos, y no hace falta. Pongamos que evolucionaron por caminos distintos y que todos siguieron andando, porque ellos, los tres, también están casados y con hijos.

Lo que Cristina no entiende es por qué coinciden ahora los tres en intentar recuperarla. Mensajes, llamadas, mails y grandes declaraciones.

"Nunca ha habido nada como lo que hubo contigo", dice el primero.

"Nunca te olvidé", dice el segundo.

"Nos merecemos otra oportunidad", dice el tercero.

Y es Cristina la que tiene que hacer de mala y superar sus miedos y sus nostalgias, sus propias crisis e infelicidades, y derrumbar ese falso ideal que ellos le presentan envuelto en papel de regalo.

Un regalo con trampa, porque esto no es una peli de grandes historias, ellos no le proponen una huida en barco a otra vida en una isla privada. Ellos quieren seguir con sus vidas y ver a Cristina un ratito.

Quieren regalarle los oídos y ser regalados por ella, quieren sexo nostálgico y rápido, quieren una vuelta atrás que es imposible. Quieren, me temo, ser otros, ser lo que creyeron ser hace años.

Y Cristina no puede dárselo pero a veces se siente tentada con sus cantos de sirena, y ella también sueña.

Creo que los entiendo: todos queremos varias vidas a la vez, la que tenemos, mejorándola, y las mejores de entre las que tuvimos, pero también hay que saber no interferir en las vidas de los demás, y más en las de la gente a la que quisimos y decimos seguir queriendo.

 

P.D.: Esta historia, claro, es para Cris. Y con ella la novela, tal y como quedamos hace semanas.

 

 

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02 abr 2011

Los ojos marcados

Por: Paloma Bravo

Ojo

Esta historia me la devuelve mi amigo Manu y me avisa: "va fuera de concurso, Sol, yo ya tengo tu novela, y me encanta. Es tierna, es divertida, es inteligente. Lo que pasa es que eres muy bruta y si no te mando esto, seguro que publicas otro post salvaje y acabo teniendo que pegarme por ti este fin de semana, y paso, que estoy mayor. Por eso te recuerdo este cuento que escribiste tú. Fue tu regalo tras una  de aquellas fiestas a las que íbamos antes de que te enamoraras del tontaina de tu novio. ¿Te acuerdas? En este relato estás enterita: todo lo ingenua que eras y que sigues siendo, aunque algunos te perciban como una escritora sobrada. Te quiero".

 


Un tío de sesenta años con el cuerpo de uno de veinte, abdominales marcados, muy moreno. “Ven”, me dice. Y yo voy, porque no conozco a nadie en esa fiesta y porque tampoco tengo nada mejor que hacer.

“Tienes los ojos marcados”, afirma sin quitarme la vista de encima. “¿Quién te ha hecho daño?”. Y se calla clavándome la mirada. Un rato largo de silencio, casi efectista, y me dice “eres demasiado noble. Tú te entregas, y no te dan nada, y sufres. Tienes los ojos llenos de cicatrices”.

Y, en ese momento, es verdad que los ojos me duelen.

Entonces me cuenta su vida.

Se llama Luis, y llegó a Barcelona a los tres años, el cuarto de ocho hermanos. A los siete ya estaba trabajando. Ahora vende coches (y alguna otra cosa que ninguno de los dos menciona) y tiene pasta. Además, una mujer y un hijo. “Fíjate si soy leal, que llevo 25 años con la misma”.

“Ya”, le matizo, “pero has salido sin ella”.

 “Está de puta madre, en la casa en la que quiere vivir, y no le falta de nada”.

“¿No le faltas tú? ¿O vosotros?”, digo sin querer sonar moralista (vamos, que a mí me da igual que él salga, lo que no me cuela es que diga que es leal).

 “No. Tiene lo que quiere”.

Y quizá tenga razón, así que no insisto.

Mientras tanto, él sigue intentando numerar las cicatrices de mis ojos y me cuenta que cada mañana va a tomar café a la puerta de un colegio. “Por las mujeres, ¿sabes? A mí me gusta hacerlas felices”. Pues eso, que cada día se sienta en una terraza a la hora del desayuno, siempre en la misma mesa, mirando de frente la puerta de una escuela. Cuando las madres dejan a sus hijos y van hacia su casa, pensando en sus cosas, él les sonríe.

“Las pillo débiles. Acaban de dejar en clase la única persona que justifica la vida miserable que tienen. En ese momento, se lo cuestionan todo”. Y Luis las invita a café, las piropea, las mima y, muchas veces, se va a la cama con ellas.

En realidad, estoy hablando en plural, pero me parece que Luis lo que hace es escoger una o dos por curso. Las más jóvenes, las más monas, las más necesitadas.

 “Y yo por ti, por esos ojos, haría eso y más. Porque te lo mereces”

Y para él es un halago, pero para mí es sólo un dato: no sé si me lo merezco, pero sí que no es lo que quiero.

En ese momento, se acerca mi amigo Manu, el que me ha traído a la fiesta. “¿Qué?”, pregunta, “¿el discurso de los ojos marcados?”. Pongo cara de culpabilidad y Manu se parte: “Funciona siempre. Es como el horóscopo. No hay nadie que no se reconozca en una versión entregada y sufrida de sí mismo. En las heridas que lleva encima sin acordarse de las que ha causado”.

Lo encajo. Mi mirada es noble, y tiene cicatrices, y he sufrido. ¿Y…?

Ni soy la única ni eso es lo único que soy.

Sé que ahora suena a psicología barata, pero le digo a Luis que es un fantasma, y me voy pronto a casa porque el que me persigue es Álvaro, un tío que va hasta arriba de coca y que sólo habla de motos, y ambas aficiones son respetables, pero yo no las comparto.

Lo que pasa es que al meterme en la cama no puedo dormir.

“¡Los ojos marcados…!”, soy una pringada…

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01 abr 2011

Padres y emprendedores

Por: Paloma Bravo

Dia_del_padre

(La foto la he encontrado aquí).

 

El emprendedor de moda es un tío soltero, sin hijos y que apenas ha cumplido los 27. Se llama Mark Zuckerberg y ya tiene hasta película. 

Sin embargo, puestos a desarrollar teorías para todos, ahora que además el paro nos obliga a ser creativos y a soñar con vidas alternativas, a mí me ha gustado ésta, así, porque sí: "Los padres son mejores como emprendedores".

¿Por qué?

Pues, según lo que dice John Warrillow, por casi todo.

1. Porque el objetivo de un emprendedor y el de un padre es el mismo: crear (criar, nutrir) algo (o alguien) que pueda crecer hasta ser autosuficiente, desenvolverse por sí mismo.

2. Porque los padres saben lo que significa el compromiso incondicional y sin fecha de caducidad. Porque tienen paciencia.

3. Porque los padres pueden poner sus emociones en perspectiva, relativizar la mezcla de miedo, excitación y felicidad que traen los hijos (y los nuevos negocios).

4. Porque los padres saben que no todo es glamour. Exhaustos y sin dormir, son capaces de adivinar y sastisfacer las necesidades de un bebé y, también, las de un cliente o una empresa. Y, en esos primeros momentos, las empresas no son nada agradecidas. Como los niños.

5. Porque los padres saben marcar los límites. Igual que un niño se acerca gateando a unas escaleras vertiginosas, una empresa nueva se empieza a desviar del camino y allí está el quinto ojo del padre, listo para evitar desprendimientos y curar heridas.

6. Porque los padres son mejores entrenadores. Y no es lo mismo ser un buen jefe que ser un buen entrenador (aquella alternativa famosa: ¿se trata de enseñar a pescar o de dar peces?).

7. Porque los padres son expertos en multiplicarse.

8. Porque sí.

 

Y yo creo que... Que es una teoría, y que le podemos preguntar a Zuckerberg qué hará cuando tenga hijos. Igual crea una red social.

 

 

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