Cuidado con los momentos de la verdad

Por: | 08 de mayo de 2016

Road-sign-663368_1280
Cuidado cuando estés con alguien que esté atravesando un periodo delicado. Puede que sea un momento de la verdad y conforme tú actúes, él o ella te lo recordará durante mucho tiempo. Veamos un ejemplo.

Hace años realicé un estudio sobre el compromiso de los profesionales. Tuve la oportunidad de entrevistar a una persona que trabajaba en un banco. Había sido un buen trabajador, pero llevaba un tiempo “decepcionado con la empresa”, como él me dijo. En aquella entrevista me explicó el porqué: era director de una oficina bancaria y, un buen día, entró un ladrón. Les amenazó a los clientes y a los empleados y aunque no ocurrió nada grave, lo pasó realmente mal. Cuando llamó a su jefe para contarle lo ocurrido, lo primero que escuchó fue: “¿Cuánto se ha llevado? ¿Lo sigue la policía?”. Su jefe no preguntó nada sobre ellos, si estaban bien, si les había pasado algo o cómo estaban recuperándose del susto. Sin duda, fue una metedura de pata, pero este profesional se lo tomó tan a pecho, que estaba realmente decepcionado. Y el motivo era porque para él había sido un momento de la verdad.

Vivimos un momento de la verdad cuando estamos especialmente vulnerables y esperamos que el otro tenga una respuesta a la altura de nuestras circunstancias. Puede ser que estemos muy fastidiados con algo, una enfermedad, una ruptura o que hayamos pasado un día muy aciago, y nuestro jefe, amigo o pareja nos diga algo realmente desafortunado. No ha de ser enfrentarnos a un ladrón, como el caso del ejemplo. Pueden ser cosas menos importantes, pero que a nosotros se nos hagan un mundo. Son momentos muy sensibles y que además se nos pueden quedar grabados en la memoria por “los siglos de los siglos”. Así que veamos algunas claves para saber gestionarlos adecuadamente:

  • Identifica los momentos de la verdad de quienes nos rodean. Lógicamente, necesitamos tener algo de empatía y ponernos en el lugar del otro. Un momento de la verdad, no es un periodo de tiempo. Es un momento puntual, de alta intensidad emocional, como un funeral, que nos cuente que se está divorciando o que haya recibido una notificación de Hacienda que le haya caído como una losa.
  • Muestra afecto en un momento de la verdad. Lo que la otra persona espera es comprensión y apoyo, no exigencia. Por ello, es bueno dejar espacio a que el otro se exprese y nos cuente lo que le está pasando hasta donde quiera explicar. En el caso del jefe del director de la oficina hubiera sido mejor si se hubiera interesado por cómo estaban… y al final de la conversación, muy al final, preguntar por el dinero. Por ello, si alguien está en un momento de la verdad y necesitamos pedirle algo, es mejor posponerlo o dejarlo para el final de la diálogo.
  • Si has metido la pata, discúlpate. Todos recordamos qué estábamos haciendo cuando nos enteramos del 11S y del 11M. Motivo: la memoria emocional. Recordamos fuertemente las experiencias de alto impacto emocional. Pues bien, nuestros momentos de la verdad son experiencias que se quedan grabadas en la memoria sean positivas o no. Por ello, si no has sabido reconocer en el otro su momento de la verdad, es bueno una conversación de disculpas. Al menos, le otorgas un reconocimiento de la situación vivida.
  • Y relativiza lo vivido. Y si eres tú quien has vivido un momento de la verdad y la otra persona no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, relativízalo. Todos somos humanos, nos equivocamos y quizá andamos demasiado despistados con lo nuestro. La memoria es selectiva y de nosotros depende guardar un recuerdo más amable o no.

Nuestros queridos autoboicots: Cómo identificarlos

Por: | 29 de abril de 2016

Woman-674977_960_720
Comer de manera compulsiva, comprarse muchos bolsos o ropa sin necesitarla o hacer un exceso de deporte.
Todos los casos anteriores son ejemplos de comportamientos de compensación, en términos refinados; o de la ley de la venganza, en términos de andar por casa. Es decir, como no me gusta lo que vivo, pues intento equilibrarlo a mi manera, con bolsos, bollos o machacando mi cuerpo, sin duda. Y todo ello son señales de que algo no va bien, aunque no sepamos el qué.

Tenemos grabado a fuego el concepto de justicia, que nos lleva a medir lo que yo hago y lo que yo recibo en comparación con otros. Y si no, piensa en los niños que están continuamente comparándose con el hermano o recuerda al resto de primates de un zoo y sus discusiones sobre quién tiene el juguete. El motivo también es biológico, según Sapolsky, profesor de Stanford.

Nuestros ojos tienen células en la retina que no responden a un solo color, sino a un color en relación con los otros que lo rodean (como el rojo contrapuesto al verde y si no, que se lo digan a los daltónicos). Eso significa que no buscamos ser solo listos e inteligentes o lo que sea, sino ser más listos e inteligentes que el vecino. Es decir, comparación, comparación y más comparación. Y esto ha sido crucial para la supervivencia: ¿Cuán rápido he de correr para librarme de un león? Como dice Sapolsky, “la respuesta es siempre la misma: Más que la persona que está a mi lado”. Pues bien, tenemos internamente un radar que está continuamente escaneando lo que yo hago versus lo que las otras personas hacen por mí. Y si por cualquier motivo creemos que es injusto, compensamos, y esa es la señal de que algo no va bien. Así ocurre a veces con el alcohol o con el tabaco. Paso un mal día, pero tengo mi copita o mi cigarrito de descanso.

 Sospecha de comportamientos tuyos repetidos que te hacen un agujero en la cuenta económica, emocional o en la báscula.

Además de la compensación, existen otros comportamientos “sospechosos” de autoboicots. Para decir “no” o, mejor dicho, para que nuestra cabeza racional se entere de que estamos hartos de algo, a veces necesitamos traspasar nuestros límites. Por eso, hay personas que para dejar un trabajo necesitan quemarse mucho, mucho y contar a todo el mundo y a sí mismo: “¿Ves cómo tengo razón?”. Buscan enfadarse por cualquier nimiedad y con ello construyen la catedral de la queja. O se quedan trabajando hasta el infinito y mucho más en la empresa aunque sea innecesario. En el fondo, el problema no es el email ni las horas, sino que están acumulando “quesitos” del trivial para completar el juego y decir: ¡Necesito un cambio! Así se animan a ir a Recursos Humanos o a actualizar el perfil de LinkedIn y buscar trabajo. También sucede en el plano personal: Personas que, inconscientemente, buscan bronca tras bronca para dejar o para ser abandonados por la pareja y decir a todos: “¿Ves cómo tengo razón? No se podía convivir con él o con ella”. De algún modo, parece que en determinadas situaciones necesitamos llegar al límite de lo que no queremos para identificar lo que sí deseamos.

 En determinadas situaciones necesitamos llegar al límite de lo que no queremos para identificar lo que sí deseamos.

Puedes creer que tienes el trabajo que quieres, la pareja que quieres… y, sin embargo, no paras de comprarte bolsos o necesitas comer todos los bollos de chocolate que se ponen en tu camino o llegas a situaciones límites. Por eso, ante rutinas que son un agujero en la cuenta económica, emocional o en la báscula, es bueno preguntarse con calma ¿qué estoy viviendo que no quiero? (y no respondas ¡me encantan los bolsos o los bollos!… nos estaríamos engañando). El cuerpo expresa muchas de las cosas que te están ocurriendo aunque ni tu cabeza sea consciente. Es bueno prestarle atención, ser muy honestos con nosotros mismos y tomar una determinación para vivir un cambio.

Fuente de la imagen: Pexels.

¿Sufres el síntoma de la rana hervida?

Por: | 20 de abril de 2016

Frog-1247177_1280

¿Alguna vez has aguantado una situación hasta un límite que ni tan siquiera tú te imaginabas que podías ser capaz, como un estrés inmenso o una relación muy desgastante? Si lo has vivido, tranquilo, tranquila. No eres el único y simplemente has sido presa del síndrome de la rana hervida.

Si se pone una rana en una olla con agua, que se va calentando poco a poco, a razón de 0,02 grados por minuto, la pobre se queda tan tranquila y muere achicharrada. Sin embargo, si la rana entra en el agua hirviendo, directamente salta. Este es el denominado síndrome de la rana hervida y el que, inconscientemente, sufrimos las personas. Somos capaces de aguantar y aguantar más y más bajo mil excusas ante situaciones que nos hacen daño, que nos vacían de fuerza y luego, con el tiempo, cuando hemos salido de la olla caliente, miramos atrás y nos preguntamos: ¿Cómo he podido soportar tal tormento? Pues porque tu capacidad de aguante puede llegar a ser inmensa, aunque ni tan siquiera lo sepas. El miedo y la comodidad es el agua que nos va hirviendo por dentro. Pensamos que es lo “normal”. “Es normal que me haga esperar una hora”, “es normal trabajar todos los fines de semana” “es normal…”. Y mientras nos decimos todo ello, vamos quemándonos por dentro. La buena noticia es que existe otro modo de afrontar la vida: La determinación de ser uno mismo y decir basta a aquello que no nos conviene. Veamos algunas ideas para conseguirlo:

  1. Identifica cuando algo te está quemando. Parece fácil decirlo pero, recuerda, la mente es muy traicionera y se busca muchas excusas para seguir enredada en lo mismo. Una buena manera es a través del cuerpo: dolores de cabeza continuados, malestar en general o agendas imposibles que no te dejan descansar y, por tanto, pensar. Cuando algo de lo anterior sucede, vives una situación que quizá te esté superando y necesitas ser sincero contigo mismo.
  2. Analiza qué ventajas te aporta la situación que “te quema”. Todo, absolutamente todo cuanto hacemos nos aporta un beneficio. Hasta el dolor. Lo que es importante es hacerse la pregunta y responder con sinceridad: ¿Qué me aporta de positivo esta relación que me desgasta o este estrés? A veces, los beneficios ocultos son difíciles de identificar, pero si lo consigues, es un gran paso para librarte de ellos.
  3. Pon límites. Un buen truco son los cables trampas, es decir, límites que no estás dispuesto a tolerar sobrepasarlos. “Como me haga otra vez esto, rompo con nuestra relación...”; “como tenga que volver a quedarme otra noche trabajando hasta las mil, digo que no continúo con el proyecto”. Y una vez que lo definas, cúmplelo… No valen las excusas. El agua seguirá ardiendo y si tú no reaccionas te acabarás achicharrando.
  4. Despierta la determinación. Comienza a acariciar el deseo de vivir de otro modo. ¿Qué pasaría si trabajara en otro sitio?, por ejemplo. Cuando uno está muy enfrascado en una situación que le duele se le olvida que existen otras maneras de vida. A veces, nuestro único margen de maniobra es la actitud, tomarnos las cosas de otro modo. En la medida que comencemos a acariciar la alternativa, tendremos más fuerza para parar la situación que nos desgasta.

Y recuerda, una vez que has tomado la decisión de ser tu mismo, salta porque aunque no tengamos mapas de la vida, sí podemos entrenar nuestras brújulas.

Pensamos también con las tripas

Por: | 11 de abril de 2016

Pensartripas
“Si le digo a mi jefe lo que pienso, seguramente tendré que echar algún curriculum”, “si le digo algo agradable a mi pareja, me sonreirá” y “si me pongo hecho un basilisco con el guardia de tráfico, me pondrá más de una multa”. Los anteriores son ejemplos de cómo construimos nuestra propia sabiduría personal en base a nuestra experiencia. Según Larry Squire, de la Universidad de San Diego, toda esa información se almacena en los ganglios basales, una red nerviosa muy primitiva de nuestro cerebro, de tamaño de una bola de golf. Pues bien, para saber qué deseamos realmente, necesitamos que los ganglios basales se expresen y estos, curiosamente, tienen un teléfono rojo con nuestras tripas. Por eso, cuando conocemos a alguien y nos da “mala espina” lo sentimos en el estómago, porque es una expresión de nuestros ganglios basales que nos avisan. Las tripas no son oradores profesionales que hablen con palabras encima de un escenario, pero se expresan a su modo y lo interesante es escucharles. Pero aún hay más. 

Nuestro sistema digestivo es el segundo cerebro, según Michael Gershon, profesor de Anatomía de la Universidad de Columbia. Alrededor de nuestro aparato digestivo está el sistema nervioso entérico, que contiene 100 millones de neuronas, una milésima parte de las del cerebro (por cierto, el corazón es otro órgano “pensante” más pequeñajo con solo 40.000 neuronas). El 90 por ciento de nuestra serotonina, el famoso neurotransmisor de la felicidad y del bienestar, se produce y se almacena en el mismo sitio, el intestino. Y otro dato más curioso: en la medicina tradicional china el vientre se considera el gran océano de energía y en las artes marciales japonesas es el centro vital del hombre. Es decir, fuerza, fuerza y más fuerza (¿y qué es lo que necesitamos para conseguir nuestros sueños más que fuerza?). 

En definitiva, en Occidente hemos pensado que el ser humano es un inmenso cabezón y que el cuerpo, simplemente, es el soporte para sostenerle, además de para estar guapos y demás funciones “menores”. Ya es hora de cambiar este punto de vista, escuchar cada vez más lo que nos dice nuestro cuerpo y ser honestos con nuestro deseo genuino. O dicho de otro modo, date el permiso de decirte a ti mismo: “Lo quiero porque me sale de las tripas”.

La determinación la encontramos cuando somos capaces de alinear nuestros tres ejes: nuestra mente, nuestras emociones y nuestros instintos (que se expresan muchas veces en las tripas). Pero es en este último donde habita la fuerza; de ahí que tengamos que prestarle atención. Y si alguno de los tres falla, nos sentimos sin esa energía para conseguir nuestros sueños o hacemos cosas que luego nos arrepentimos (si siguiéramos solo al instinto posiblemente seguiríamos viviendo en los árboles). Por ello, la clave para saber qué queremos está en el equilibrio de los tres ejes y sobre todo en invitar a nuestro olvidado instinto al terreno de juego. Él también tiene que opinar.

Escucha tus tripas. También ahí hay neuronas que rugen.

 Basado en el libro: “¿Y si realmente pudieras? La fuerza de tu determinación”

 

Stallone y su determinación

Por: | 04 de abril de 2016

Outnow.ch
Sylvester Stallone quería ser actor, pero no lo tenía nada fácil. Cuando nació, su madre sufrió un problema en el parto que le paralizó el nervio facial, por lo que no es un derroche de expresividad y hace que hable un poco “rarito”. Tampoco es demasiado alto. Aunque en internet se diga que mide 1,77m., parece que su estatura real es 1,62 (algún community manager le habrá ayudado a maquillar el dato). Por todo ello, no encajaba con el supuesto físico de héroe hollywoodiense de los años 70. Pero él tenía una determinación de hierro. Comenzó en el cine porno, lo que tampoco le catapultó a la fama que buscaba. Actuó también como extra en películas en las que ponía cara de matón y poco más. Y como provenía de una familia humilde y no quería trabajar en otra cosa que no fuera el cine, se quedó sin dinero. Así que acabó vendiendo hasta el ajuar de boda de su mujer e incluso, su propio perro por 25 dólares. Nadie estaba dispuesto a pagarle los 100 dólares que pedía. En fin, una pena.

Un buen día vio por la televisión una pelea de boxeo y se inspiró para escribir el guión de Rocky donde, lógicamente, él pensaba ser el protagonista. Se pateó un sinfín de estudios por si alguno quisiera comprarlo. No hubo suerte. Uno, por fin, le ofreció 15.000 dólares siempre y cuando él no lo interpretara. Stallone estaba en la ruina, pero dijo que no. Su objetivo era ser actor. Así que arregló varias cosas del texto y volvió a mandarlo por correo a los estudios. En total, envió unas 1.000 cartas (es de suponer que muchas de ellas a un mismo sitio, porque no hay tantos estudios en Hollywood).

Le llamó de nuevo el estudio anterior, al que le había hecho gracia el guión. Esta vez le ofrecieron 100.000 dólares, pero el actor tendría que ser Ryan O'Neil (¡socorro!). Silvester, tenaz como nadie, dijo que no. Y finalmente, el estudio aceptó sus condiciones por 30.000 dólares y un 2 por ciento de los ingresos que se recaudaran. ¿Y qué fue lo primero que hizo? Localizó a quien le había comprado su perro. Le ofreció dinero. 100, 200, 300 dólares…. El dueño debía ser también terco como una mula. Hasta que con la suma de 15.000 dólares, reconsideró su negación.

La película se rodó en 28 días. Tenía un presupuesto de poco más de un millón de euros y consiguió recaudar más de 117 millones de dólares. Ganó tres premios Oscar, además de dos nominaciones a Stallone como mejor actor y mejor guionista (casi nada) y hubo una saga de cinco películas más. Sylvester se convirtió en una estrella mundial. Por cierto, el perro que sale en la primera película es el suyo, el que recuperó, que también figuraba en el guión. No cabe duda de que este hombre es un ejemplo de determinación.

 La tenacidad no consiste en darse cabezazos contra un muro, sino en tener la persistencia de encontrar la puerta.

A lo largo de la historia los auténticos líderes, deportistas o artistas han sido profundamente determinados, como lo pudieron ser Nelson Mandela, Clara Campoamor o el mismo Stallone, salvando las diferencias evidentes de fondo. Sencillamente, porque la determinación es una fuerza que no se para ante nada ni ante lo que tu entorno te diga (me imagino las críticas del entorno de Stallone ante su sueño y las espaldas que tuvo que desarrollar en todos los sentidos para aguantarlas). Cuando la determinación se convierte en tu actitud, trabajas mucho, te dejas la piel, pero las caídas no son un freno. Te dices a ti mismo: “Vale, esto no me ha salido bien, pero yo sigo adelante”. Por eso, la determinación no se mueve por corriente alterna: “Ahora, sí; ahora, no”. Es corriente continua. Si quieres estar con alguien (trabajo, sueño…), pues estás y no abres la caja de Pandora de las dudas cada vez que te enfrentas a un obstáculo. Es como el embarazo, no se está embarazada al 20 por ciento: O sí o no. Y cuando la determinación es sí, eres tenaz como nadie y nada te frena.

 La determinación es como el embarazo: O sí o no. Y cuando es sí, nada te frena.

Cuando tu actitud es determinada te centras en un objetivo, te conviertes en el ser más persistente de la tierra y te buscas la vida para conseguirlo: quiero ser actor, cambio el guión cuantas veces haga falta, mando mil cartas y me da igual que piensen que soy un pesado. De hecho, la palabra etimológicamente contiene tres conceptos: Dirección (prefijo, de), terminación y acción; es decir, me dirijo a lo que deseo y termino con situaciones que parecían un imposible, como matón de películas de tercera categoría. Y esta es la magia que te está esperando en tu vida aunque tu intención no sea la de subirte a un ring. Pero, recuerda, tienes un primer paso: identificar tu deseo genuino y entrar en contacto con la esencia de la fuerza, tu instinto.

Fragmento del libro que acabo de publicar: ¿Y si realmente pudieras? La fuerza de tu determinación.

Fuente imagen: Outnow.ch

¿Y si realmente pudieras? La fuerza de tu determinación

Por: | 15 de marzo de 2016

Woman-865021

Imagínate que un buen día consigues ese sueño que se te resiste o superas una dificultad que ahora te parece un imposible. Puede ser desde lanzarte a ese proyecto que te da miedo, ir de una vez por todas al gimnasio o mandar al carajo una relación que te tiene frito o frita. Lo que tú desees. ¿Sería más fácil de conseguir si despertaras en ti una fuerza que hiciera que nada te frenara? La buena noticia es que esa fuerza interior existe. Es poderosa, inconformista, no repara en lo que otros piensan y potencia tus fortalezas para que alcances cosas increíbles. Esta fuerza es la de tu determinación.

Tener la determinación de hacer algo es mucho más enérgico que tomar una decisión o querer algo. Significa que nada te para o que te pones el mundo por montera si hiciera falta. Por eso, no es de extrañar que los líderes, que las personas que han logrado grandes objetivos o que tienen una capacidad extraordinaria de aprender tengan una fuerte determinación, según investigaciones de Harvard.

Como indica la etimología de la palabra, incluye tres conceptos (de-termin-acción): Orientación, hacia dónde queremos ir; terminar con una situación que no nos gusta y ponernos las pilas para conseguirlo. Nacemos determinados; pero nuestra educación, el miedo o la búsqueda de la seguridad nos anestesian. Pero podemos despertarla. Para ello, hemos de dejar de dar tantas vueltas a la cabeza y atrevernos a entrar en otros espacios más sutiles. Lugares aparentemente más “locos”, un tanto prohibidos, pero profundamente poderosos: el deseo genuino y la convicción.

La determinación es la fuerza que te permite conquistar sueños o afrontar situaciones difíciles. Es una fuerte decisión de continuar pase lo que pase, y que te ayuda a sentirte pleno con lo que realizas.

Cuando tenemos la determinación de hacer algo, sea lo que sea, nos hemos conectado con el deseo genuino de ser nosotros mismos. Cuando alguien encuentra su vocación, es capaz de luchar contra viento y marea para lograrlo, aunque no hace falta ser vocacional para conectar con el deseo genuino. Puede ser tener más tiempo para tu familia o querer ser emprendedor. Lo que sea, pero que sientas que vibra dentro de ti. A veces pensamos que saber qué queremos es una reflexión racional. Y no tiene por qué. Para identificarlo, existen métodos más intuitivos y menos complicados.

Que quieras algo mucho, mucho, no significa que vayas a conseguirlo. El deseo es el primer paso, pero necesita su pareja de baile: la convicción, es decir, buscarte la vida para conseguir tu sueño. En este apartado están todos los planes de acción, estrategias y pequeños trucos que puedes hacer para ser tenaz y para que el deseo no quede en castillos en el aire.

Determinación = Deseo genuino + convicción (y por este orden) 

“¿Y si realmente pudieras? La fuerza de tu determinación” es mi sexto libro que hoy publico. Trata sobre este tema tan apasionante y desconocido y sobre las seis fases que ayudan a despertar la determinación en nuestras vidas. Ha sido el resultado de años de investigación y confieso que es el libro que más me ha ayudado a tomar decisiones que personalmente se me resistían y con el que más me he divertido. En otros posts iremos ampliando algo más (ya que hasta para ser feliz hay que tomar la determinación de querer serlo) y si te apetece acompañarme a alguna de las presentaciones del libro que haré en abril, será un placer conocerte en persona.

La determinación te pone las pilas y te conecta con lo auténtico que hay en ti.

Fuente de la foto: Pixabay

Desarrolla tu mirada de la abundancia

Por: | 06 de marzo de 2016

Eyes-428391

Luis Álvarez tiene en su libro un cuento que me hizo reflexionar cuando lo leí.

Es un chico joven estadounidense allá por los años veinte que tiene el sueño de comenzar una nueva vida en Inglaterra. Es pobre pero después de mucho ahorro consigue un pasaje de barco y hacerse con galletas y queso para aguantar toda la travesía. Embarca, pasan los días y cada vez que sus amigos se van a cenar al bufet, como él no tiene dinero, pone mil y una excusas y se retira a su camarote solo a comer sus galletas con queso. El último día antes de llegar uno de sus amigos le dice que se anime y que vaya con ellos a cenar para celebrar la travesía. Es entonces cuando confiesa que no tiene dinero y que por ese motivo, no puede acompañarles. “¡Pero si el bufet es gratis. Está incluido en el billete!”, le exclama su amigo.

Es una buena metáfora para explicar algo que nos ocurre muchas veces. Pensamos que no nos merecemos ciertas cosas, que el futuro o el éxito está reservado a otras personas diferentes a nosotros. Y no es cierto. Todos podemos disfrutar de un mejor futuro y nos merecemos intentarlo.

Tenemos dos maneras muy sencillas de contemplar la vida: hacerlo desde la mirada de la abundancia o desde la mirada de la escasez. La abundancia no significa necesariamente bienes materiales (coches, puestos maravillosos, cuentas corrientes envidiables). Pueden ser aprendizajes, nuevos estados interiores, más serenidad… pero confiar que pase lo que pase, será positivo. Cuando alguien tiene una mirada de abundancia confía positivamente en el futuro.

Sin embargo, la mayor parte de las personas tienen (o tenemos muchas veces) una mirada de escasez. Se aferran a su presente, a lo que tienen y no se atreven a dar el paso porque piensan que “es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Ese comportamiento es normal, tampoco vamos a rasgarnos las vestiduras si nos sucede. Como hemos comentado alguna vez, la mente tiende a la “seguridad”, que no a la felicidad. Pero todos podemos entrenar nuestra cabeza y aprender a confiar en el futuro y en nosotros mismos. Cuando vivimos en la sensación de escasez, hay miedo. Cuando lo hacemos desde abundancia, contemplamos lo que tenemos desde el agradecimiento y sabemos que el futuro nos aguarda con bonitos regalos hasta en los momentos más dolorosos. Por lo tanto, ¿qué podemos hacer para comenzar a desarrollar la mirada de la abundancia? Veamos algunas claves.

  1. Te lo mereces. ¿Por qué no te va a suceder a ti? No hagas como el chico del cuento que se aferra a su miedo y no explora otras posibilidades. La “merecebilidad” es el primer punto de partida. Parece que la culpa o la falta de autoestima nos hace pensar que nosotros somos los patitos feos de la película y en absoluto. Todos nos merecemos bonitos regalos.
  2. Si no consigues lo que quieres, quizá no has puesto foco en lo que has logrado. Aunque hayas fracasado o perdido, la mirada de abundancia te ayuda a aprender de lo ocurrido. He escuchado en ocasiones a personas con mirada de abundancia que han vivido una ruina económica, que no habían superado económicamente, pero que hablaban de su presente como un estado de serenidad que antes no tenían. Habían perdido dinero, pero habían ganado otras emociones más importante.
  3. Confía, confía, confía. La confianza o el miedo es una decisión personal. Si quieres lograr algo, trabaja, déjate la piel pero confía que ocurra lo que ocurra, será positivo si sabes aprender de lo ocurrido. Por ello, da el paso para que suceda.

"Haz hincapié en la idea de abundancia. Pensar en la abundancia contribuye a generar abundancia."

Norman Vincent Peale 

 

 Fuente de la foto: Pixabay.

 

 

Claves para convertir tu trabajo en tu vocación

Por: | 21 de febrero de 2016

Hands-1139098-Web

¿Sabes que puedes convertir tu trabajo en una vocación? Para conseguirlo no hace falta ser artista o religioso; haber soñado siempre con ello o dedicarse eternamente a dicha profesión. Se puede conseguir haciendo lo que haces y con una actitud determinada que depende fundamentalmente de ti mismo (aunque hay circunstancias, equipos y jefes que ayudan más que otros). Cuando uno vive el trabajo como una vocación disfruta más, le encuentra un sentido y cree que aporta positivamente a la vida de otros (aunque sea haciendo tornillos o limpiando casas). Y repito, todo esto es por ti, ni por la empresa ni por el jefe, sino porque nos pasamos demasiado tiempo en el trabajo para vivirlo como una condena, para ir “a currar” solo por dinero o para que la felicidad quede relegada a las aficiones o a los amigos. Es posible que pienses “sí, está muy bien, pero hay mejores empleos que cobran más”… De acuerdo, siempre hay mejores trabajos y también peores. Pero mientras tengas lo que tienes, conviértelo en algo más que solo una fuente de dinero. E insisto, no por tu jefe, sino por ti. Veamos cómo conseguirlo.

  1. Una mayor visión del para qué hacemos lo que hacemos

Hay un relato que refleja muy bien esta idea. En la época de la construcción de las catedrales, un hombre se encontró con tres picapedreros y les preguntó qué hacían. El primero respondió que picar piedra; el segundo, construir un capitel; y el tercero, construir una catedral. Los tres hacían exactamente lo mismo, pero el sentido era bien distinto. Y todo ello se logra ampliando la visión de lo que hacemos, como se demostró en el estudio de la Yale School of Management. Después de estudiar la motivación de limpiadoras de hospital, peluqueros o empleados de restaurante, se observó que aquellos que lo vivían como una vocación, tenían una visión más amplia: las limpiadoras eran conscientes de que ellas también ayudaban a la mejora de la salud de los enfermos; los peluqueros, que contribuían a que sus clientes ganaran más autoestima… Así pues, si quieres aportarle un poquito más de sentido a tu trabajo, pregúntate el para qué haces lo que haces, más allá de las tareas concretas. Amplía tu visión. Si tuvieras un jefe que te ayudara a ello, mejor; pero si no tienes esa suerte, date tú mismo tu respuesta.

  1. Crear relaciones personales más amplías en el trabajo

La vocación se puede producir de dos maneras: porque es un trabajo creativo que te permite expresarte; o porque tienes la capacidad de contribuir a la vida de otros. Lo primero no siempre es fácil, por lo que muchas veces resulta más práctico centrarse en las relaciones personales, es decir, ayudar a las personas de nuestro entorno, como clientes, compañeros, proveedores… no porque esperemos que ellos hagan lo mismo (que a veces el retorno brilla por su ausencia), sino por uno mismo. Eso significa tener un interés sincero sobre las personas, no una apariencia o como instrumento para conseguir más éxito.

  1. Incrementa el número de tareas que haces y que te aporten sentido

El sentido de contribución puede ocurrir cuando no te ciñes solo y exclusivamente a lo que se indica en tu contrato de trabajo. Las limpiadoras del estudio anterior, por ejemplo, también ayudaban al cuidado de las plantas que traían algunos pacientes. No estaba en su descripción del puesto, pero ellas lo hacían gustosamente. Por ello, amplía lo que haces dentro de los márgenes posibles para disfrutar más de lo que haces y encontrarle un mayor sentido.

 En definitiva, el trabajo no tiene por qué ser un castigo, por muchos mensajes que nos hayan querido decir. El trabajo puede ser un lugar de aprendizaje, de superación personal, de encontrar personas interesantes y cómo no, de aportarle un poquito de sentido a nuestras vidas. En otras palabras, el trabajo puedes convertirlo en una vocación y esto, una vez más, depende fundamentalmente de ti mismo.

Fuente de la foto: Pixabay

Amar es un arte

Por: | 14 de febrero de 2016

Bride-323334_960_720

Uno de los estudios más intrigantes sobre el amor que conozco fue el que se publicó en 1982 sobre las diferencias entre matrimonios concertados en la India y matrimonios de libre elección en Estados Unidos. A ambos grupos se les preguntó antes de casarse sobre su nivel de pasión y de compasión hacia la pareja, es decir, la empatía profunda hacia el otro. Como era de esperar (o lo que yo esperaba, al menos), los que habían podido elegir estaban la mar de contentos con su boda, mostraban una altísima pasión, aunque quizá no tanta compasión. Sin embargo, los matrimonios concertados por las familias mostraban baja pasión y compasión inicial. Hasta aquí, ninguna sorpresa.

Lo curioso vino tiempo después. Los investigadores, con una paciencia admirable, volvieron a encuestar a los mismos matrimonios que ya habían convivido cinco años y curiosamente, las puntuaciones sobre el amor a su pareja eran similares tanto para los concertados en la India como para los elegidos libremente en Estados Unidos. Pero lo más impactante vino más tarde. Los investigadores volvieron a hacer la famosa encuesta y diez años después de casados, los matrimonios concertados mostraban incluso el doble de compasión hacia su pareja que los que habían escogido libremente (¡!). Este estudio se repitió en 2005, también se realizaron otras investigaciones sobre matrimonios de judíos ortodoxos y japoneses y los resultados fueron similares… Ya decía al principio que era uno de los estudios más intrigantes, porque todo lo que suene a matrimonio concertado se da de bruces con nuestra mentalidad y nuestro concepto de libertad occidental (más de uno o una diríamos “socorro”). Pero dejando al margen las cuestiones culturales, quizá haya una reflexión más profunda: Amar es un proceso que podemos vivir independientemente de nuestro punto de partida.

Erich Fromm allá por 1959 decía que el amor es un arte y que como buen arte que se precie, requiere esfuerzo, disciplina, tiempo… y no solo placer. Él escribía que el problema del amor consiste en ser amado, encontrar esa pareja que me entienda, me ayude… (añadamos la lista de deseos a los Reyes Magos) y no en amar. Cuando uno desea ser amado, trabaja para ser digno de ello: tiene mucho poder o éxito o busca ser muy atractivo. Trabajas duro en ti, creas las oportunidades y esperas que el “amor” te reconozca por tu valía. Aquí es donde surge el problema. Así entendido, el amor se vive como un objeto mientras que amar es una facultad que vamos entrenando con el tiempo. Al amor lo llenamos de exigencias sobre la pareja (los hijos, la familia…), mientras que amar es reconocer al otro y reconocerte a ti mismo en tu vulnerabilidad y no solo en tu éxito.

Hollywood nos ha hecho soñar muchas veces con “perfectas” relaciones, que terminan en momentos bellísimos y que, sin embargo, son de cartón piedra. Nos quedamos prendados del enamoramiento y cuando las cosas se tuercen (porque todos somos humanos, que no perfectos), podemos pensar que nos hemos equivocado y que habrá alguien allí esperando a descubrirnos. Lo importante por tanto no es enamorarse, que las hormonas ya se encargan, sino mantener dicho enamoramiento que solo se logra aprendiendo a amar (y no solo porque la otra persona cambie como a ti te gustaría).

Sabemos que el enamoramiento es intenso, pero que es mucho más mágico amar (a pareja, familia, amigos…). Amar es un proceso muy personal, alejado de recetas fáciles, pero si lo has vivido sabrás que penetra más profundamente el alma, te lleva a espacios donde puedes descansar de tus vulnerabilidades y te ayuda a disolver el miedo más terrible, el de la soledad. Y lo más importante, el amor es por lo que vale la pena vivir. Por ello, dejemos de anhelar el amor “perfecto” y aprendamos a entrenarnos en el arte de amar.

 

Fuente de la foto: Pixabay

Para cambiar tu mundo, cambia tu conversación

Por: | 07 de febrero de 2016

Pareja conversando

Tenemos un problema y no paramos de hablar de él con amigos o con la almohada. Podemos llegar a ser obsesivos y repetir una y otra vez la misma cantinela. El hecho de hablar de ello nos alivia (cuidado que es peor tragárselo todo y no compartirlo con nadie). Pero quizá la solución pase porque una vez hayamos hablado de nuestros problemas, comencemos a transformar los temas de nuestras conversaciones. Las conversaciones que mantenemos nos definen. Todos tenemos personas en nuestro entorno que sabemos que si quedamos con ellas nos hablarán de lo mismo: que si sus hijos, que si el fútbol, que si las enfermedades… Son parte de sus pasiones o de sus obsesiones porque lo que hablamos nos atrapa. Nuestras palabras configuran nuestro mundo de realidades. Si pensamos que nuestro jefe es una pesadilla y lo repetimos a sol y sombra, será muy difícil observar algo distinto de él o de ella. Como hemos dicho en alguna ocasión: el objetivo para la felicidad no es tener la razón, sino ser prácticos con nuestras propias emociones. Y nuestras conversaciones nos encienden ciertas emociones. O si no, piensa cómo te quedas después de hablar de lo mal que va el país, la empresa, la pareja o lo que sea… Por ello, si quieres sentirte bien contigo mismo necesitas revisar cuáles son las conversaciones que mantienes. Veamos tres claves para ello:

  1. Hablar no es conversar. Hablar es solo una parte. Hablar no cambia necesariamente los sentimientos, las ideas propias o de los demás; sin embargo, la conversación nos ayuda a transformar nuestra forma de entender el mundo, como sostiene Theodore Zeldin, en su libro “Conversación”. La conversación es más permeable. Implica escucha, tener la curiosidad sobre el otro y estar dispuesto a cambiar nuestras propias ideas iniciales (por eso, quizá las conversaciones más estériles entre conocidos son las políticas… es difícil que alguien varíe el punto de vista, por otros motivos que no son conversacionales). Por ello, ¿qué porcentaje del tiempo hablas y cuánto conversas?
  2. ¡Necesitamos amigos conversadores! A veces cuando vivimos un problema con la pareja, las mujeres solemos llamar a amigas (y los hombres a amigos) para contar lo mal que nos va y los errores que cometen “siempre” los hombres (o las mujeres). Esas conversaciones nos alivian. Total, todos estamos en el mismo barco… pero no necesariamente nos ayudan a crecer. Una conversación te reta internamente. Cuando tengamos un problema, sea cual sea, necesitamos que no nos den continuamente la razón y escuchemos otros puntos de vista para ampliar nuestro enfoque. ¿Con qué personas tienes la posibilidad para compartir buenas conversaciones?
  3. Abramos nuestros temas de conversación. En la China antigua había asociaciones poéticas que reunían a mujeres para conversar de otros temas diferentes a las tareas domésticas. Es un buen ejemplo para comprender que hagamos lo que hagamos, necesitamos incluir temas de conversación más allá de nuestros problemas u obsesiones, que nos alivien de lo que nos duele o simplemente, para comenzar a contemplar la vida de una manera más amable. Piensa, por ejemplo, en la última semana de qué has estado conversando con la pareja, familia o amigos…

Recordemos: los cambios se producen con nuevas conversaciones y aunque tengamos la tendencia o la necesidad de insistir en algo una y otra vez, tomemos conciencia de si eso nos ayuda o no. Tengamos la fuerza para “obligarnos” a abrirnos a conversaciones diferentes y más amplias primero con otras personas y segundo, con nosotros mismos. La conversación crea nuestro mundo y a pesar de lo que nos suceda, tenemos la capacidad de construir realidades más agradables si somos capaces de cambiarlas.

 Fuente de la foto: Pixabay

Laboratorio de Felicidad

Sobre el blog

En el laboratorio de la felicidad analizamos experiencias, recogemos investigaciones y aportamos claves para vivir de un modo más saludable y optimista. Ponemos un microscopio para entendernos un poco mejor a nosotros mismos en nuestra relaciones personales y profesionales y ofrecemos fórmulas prácticas para incrementar nuestras dosis de felicidad en el día a día.

Sobre la autora

Pilar Jericó

Pilar Jericó. Curiosa del ser humano, de las emociones y de las relaciones personales. Es socia de la consultora Be-Up, coach y doctora en organización de empresas. Escritora de ensayos y novela y conferenciante internacional desde 2001. www.pilarjerico.com.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal