Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

Ladrones de fuego

"El escritor es un ladrón" (Antonio Tabucchi)

Por: | 29 de marzo de 2012

ANTONIO TABUCCHI   (1943-2012)

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    Afirman quienes lo saben, que Antonio Tabucchi –nacido en Pisa– es uno de los más importantes escritores italianos contemporáneos. Él vive ahora en Portugal, pero vivió desde muy niño en Vecchiano, el pueblo de sus abuelos. Cursó en ese lugar los estudios de primaria y secundaria. 
    En su novela Sostiene Pereira, escribe sobre la lealtad y el valor civil, adobado por melódicas variaciones musicales. En esa novela, como en otros libros, Portugal es fondo y escenario. Los relatos de Dama de Porto Pym fueron gestados a través de un viaje por las Azores. Réquiem es un recorrido por una Lisboa donde Tabucchi y el narrador bucean hasta dar por tanteos –a la manera de soberbios palos de ciego–, con el inconmensurable poeta que fue Fernando Pessoa. Otros libros suyos se titulan Sueño de sueños, Piazza d’Italia, El juego del revés, La línea del horizonte, y otros más.
    Después de la presentación en Bilbao de uno de sus libros (Editorial Anagrama), mantuve un encuentro con el narrador italiano. Hago recuento de las palabras más sustantivas proferidas por él en aquella ocasión: 
     *La literatura es una búsqueda, un viaje, es una voluntad de conocimiento, es, asimismo, un juego, un disfrute...
     *A mí me gusta la vida de cada día, con sus pequeñas cosas. Creo que, en el fondo, nuestra vida es la suma de esas pequeñas cosas. Tienen que existir los filósofos y los escritores que nos explican el sentido más último de una vida...
     *La intervención práctica no pertenece a los escritores. Pertenece a las personas que hacen otras cosas, otras funciones...
     *Se puede ser una estupenda persona y un pésimo escritor; se puede ser una persona muy antipática y ser un buen escritor...
     *La perfección no existe en la obra humana. Existe en la mística, en la religión, puesto que es una aspiración para alcanzar la perfección...
     *El equilibrio de la estética griega ya no pertenece a nuestro momento. Es un objeto de reverencia y admiración. Desde que entra la figura del Cristo, se revoluciona completamente la estética moderna. La gran revolución es la figura del Cristo, que es francamente fea, muy delgada, se le ven las costillas. Es una estética muy distinta de la Venus de Milo o del Discóbolo de Mirón. Con Cristo nace una sensibilidad estética para Occidente muy distinta de la clásica...
     *El escritor es un ladrón y un mirón, también un voyeur. El escritor no tiene que ser sólo una antena emitente, sino también una antena que recibe. A veces una conversación robada, por así decirlo, en el autobús me puede dar motivo para escribir un relato...
     *La silla es un complemento importantísimo para el pensamiento. El hombre melancólico se asocia inmediatamente a la silla. El hombre de pie, que marcha, que es deportista, no es melancólico...
     *Como para el poeta Pessoa la melancolía sentada equivalía a la saudade–esa fina categoría del espíritu como él la definía–, de ahí que prefiriera, según dicen, tomársela con dosis homeopáticas...
     *Vivo para el sentido más inmediato, que muchas veces es muy pequeñito....
 
    Estos no son sino exiguos decimales, un soplo, de cuanto viaja en la alfombra voladora de sus obras literarias. Algo así como minúsculos-mayúsculos sueños de sueños. “Todo en Tabucchi parece configurar el oxímoron perfecto”, aseguraba el escritor mexicano Sergio Pitol.

    * Hace apenas cuatro días dieron la noticia de la muerte de Antonio Tabucchi. Porca miseria.

                                           [siguiente personaje Adelaida García Morales]

Aullidos... James Baldwin

Por: | 26 de marzo de 2012

JAMES BALDWIN   (1924-1987)

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    Desconozco los motivos que le trajeron a Bilbao al escritor estadounidense James Baldwin. Solo puedo decir que llegó acompañado de un asiduo a la librería donde yo trabajaba. Después de cerrar el establecimiento estuvimos con él unos cuantos amigos tomando unas copas en los bares próximos a la librería. Hablamos de literatura. Alguien le traducía y nos traducía.

    Recuerdo su voz grave. Nos miraba a quienes le acompañábamos con cierta displicencia. Se movía con pasos lentos y bamboleantes, como las vagonetas de las bocaminas. Él era un escritor consagrado. El portavoz intelectual de los negros americanos en su lucha por la igualdad racial y los derechos civiles. En cuanto a escritor se le consideraba como el legítimo heredero de Ralph Ellison y de Richard Wrigth.

     Algunas de las razones de aquella mirada displicente de Baldwin, parecían provenir de un libro de ensayos, de título Nadie sabe mi nombre, donde advierte: “Alguien, algún día, tendría que hacer un estudio en hondura del papel del negro americano en la mente y la vida de Europa, y de los extraordinarios peligros, diferentes de los de América pero no menos graves, que el negro americano corre en el viejo mundo”.

     Esa expresión es una mínima parte de sus pensamientos respecto a la negritud. Por sus páginas discurren verdades incontestables. En todas las líneas hay un dilatado discurso sobre la condición del negro frente al mundo de los blancos y aún frente a los de su misma raza. Baldwin llega a percibir que el estatus de los blancos en su tierra norteamericana contenía unas fuerzas que le estuvieron controlando desde que abrió sus ojos al mundo.

    Sus escritos son como sermones laicos, aullidos, lanzas en ristre contra la injusticia racial y social. El libro lo convierte en un pensador penetrantemente lúcido y desgarrador, utilizando una prosa pulida, sin adornos, precisa. Nadie lo había dicho hasta entonces con tanta claridad y contundencia. De cada página surge un reguero de pólvora de este dinamitero del espíritu.

    En sus novelas de ficción es otro el talante expositivo. Por ejemplo, en la novela Otro país domina con soltura el flash-back. Los personajes se cruzan y se tocan a veces de manera sangrante. Abundan los parloteos, los gritos, las broncas, junto al diálogo que quiere hacerse entender. Estamos ante un barboteo incontenible, pero siempre con una gran carga emotiva en cada línea. Son diálogos traspasables con facilidad a la escena teatral e incluso al cine.

     En la trama de esa novela se entremezclan las alusiones raciales. A su lado aparece el sexo; sexo y existencia, estrechamente relacionados con el color de la piel. Su prosa es un arco tensado con justeza. La cualidad de saber tensar la prosa para que se acerque a la poesía (sin serlo), ésa es la mayor virtud a la hora de mostrarnos unos cuantos personajes del Village neoyorquino. La mirada de Baldwin sobre su ciudad (nació en Nueva York en 1924) no ofrece ninguna suerte de conmiseración...

    Los fundamentos esenciales de su propia vida, Baldwin quería dejar expresados desde el fondo interior de su mirada. Parecida mirada a aquella que nos mostrara a un grupo de amigos una tarde-noche bilbaína.

                                                [siguiente personaje Antonio Tabucchi]

Tres cartas de Carmen Martín Gaite

Por: | 22 de marzo de 2012

CARMEN MARTÍN GAITE (1925-2000)

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    Para Paul Léautaud los caracteres con mayúsculas solo podían encontrarse en las correspondencias. Deben ser ciertas esas palabras del escritor francés, a tenor por las tres cartas que me envió la escritora Carmen Martín Gaite. Por la dilatada extensión de las cartas, muestro una reducida parte de su totalidad. 
    [Madrid, 13 de abril 1978: Sólo sé, José Luis Merino, que te pongo un nombre que podía pertenecer a otro; escribo a alguien a quien no he oído aun la voz ni he visto su mirada; escribo a unas palabras a máquina, ni siquiera a una caligrafía, pero venían en leves pliegos de colores y volaban hacia mí como una bandada de mariposas surrealistas, y entonces sólo me quedé atontada y feliz debajo de su revoloteo, pero sin creerme del todo que eso me lo dijera alguien a mí... / Gracias por estar tan loco. Cómo me gusta lo loco que estás. No existas nunca. Un beso por las hertzianas, Carmiña].                
    [Madrid, 26 de abril 1978: En tu carta hay algo de mí y en la mía algo de ti porque nos gusta jugar al mismo juego, a un juego que no tiene más reglas que las que nosotros le vayamos inventando... / A nadie le gusta escribir cartas como no sean precisas. Si son gratuitas piensan que para qué, que qué chaladura, y ése Merino quién coño es; yo no sé, a mí no me importa, no me propone ningún negocio, ni me invita a ningún cóctel... / ni me reprocha ni me recuerda ni me amonesta ni me pide nada, por eso su sobre brilla entre la montaña vana de los otros. Nada más abrir el buzón con la llavecita, por eso cojo el sobre, con incredulidad y certeza al mismo tiempo, segura de que es el suyo, aunque no trae remite y lo llevo cerrado toda la mañana dentro del bolso como un roscón de reyes, porque me escribe para nada. Y luego me levanté de la cama y busqué alguna huella de ti y de mí en tu libro, y las había donde dices: “Sólo creo en la amistad nómada. Sólo existo a través de los otros. Como si la vida me sobrara. Mi vida sólo sirve para cambiarla por palabras”... / Por ahí creo que debemos buscar las afinidades. Mejor dicho, no debemos buscar nada. Sólo se encuentra lo que no se busca... / la gente que cuenta para mí me la he encontrado yo sola porque tenía que ser así, no en un cotarro de sociedad, sino por vericuetos ignotos y sombríos. Y tú también has venido por esos vericuetos, y me hacía falta que vinieras precisamente ahora y así. Me gusta no haberte visto nunca, invoco y respondo a alguien que sólo imagino y conozco yo, que sólo existe para mí. Tengo de ti algo que nadie más tiene, porque te invento. Siempre he inventado a la gente; jamás la he considerado de mi propiedad; he respetado los enigmas indescifrables. A la gente que me obliga a pactar con una imagen sólida y estable, la esquivo. Las amistades nómadas piden fluir y libertad. Estoy alegre. Gracias. Sigue ahí, Carmiña].    
    [Madrid, 27 de mayo 1978: Tu última carta era como una función de circo y las palabras bailaban haciendo guiños y piruetas. Y yo no tenía ganas de ir al circo, alargaba la mano y te perdías detrás del hojaldre multicolor de tus palabras, renovando los trucos mediante los cuales intentabas enseñarme a volar, a tirarme desde el trapecio... / ha quedado el trapecio balanceándose solo, en lo alto de la sala vacía, y lo miro con desolación y una punta de esperanza. No me atrevo a ensayar. Un beso, desde la silla de pista, Carmiña].
    A partir de la muerte de Carmen Martín Gaite, su adorable cabecita dejó de inventar personajes nuevos. Desde ese momento le correspondía aprender a inventar la muerte. Si, como dicen, los muertos viven en nuestros sueños, Carmiña va ahondándose en los míos, penetrante como un puñal de delicia.

    * La escritora de Salamanca, Carmen Martín Gaite, es autora de libros de poesía, teatro y, en especial, narrativa, entre los que destacan Entre visillos, Ritmo lento, El cuarto de atrás, Caperucita en Manhattan. El libro de cartas cruzadas entre ella y Juan Benet (1927-1993), titulado Correspondencia, ha sido calificado por la crítica especializada entre los 25 mejores de los publicados en 2011 en todas las lenguas.

                                            [siguiente personaje James Baldwin]

La mano de Richard Serra en mi hombro

Por: | 19 de marzo de 2012

RICHARD SERRA (1939)

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    Todo empezó con una fotografía en la que estamos de izquierda a derecha, mi hija Teresa, Carmen Giménez, el escultor estadounidense Richard Serra y yo. Posábamos para el reportaje realizado el día de la inauguración de la muestra de Richard Serra en el Museo Guggenheim de Bilbao. Aunque el acto oficial se celebraba en ese momento –la exposición llevaba varios días instalada de cara al público–, pude escribir con antelación la crítica de la muestra para el periódico donde colaboraba. 
     En la fotografía se ve cómo Serra posa con deferencia su mano izquierda sobre mi hombro. Aprecié la cordialidad de su gesto, aunque me sorprendió que viniera de alguien al que no conocía. 

   Mi extrañeza fue aclarada después por Carmen Giménez, comisaria de la exposición y amiga personal de Serra. Dijo que le había traducido al inglés el contenido de mi crítica, y que a Richard le gustó mucho cuanto decía en ella.
     En la crítica aseguraba que el grupo escultórico conformado por La Serpiente (1997) y las recientes 8 elipses torsionadas, de título genérico Materia del tiempo, instaladas en el Guggenheim, constituían un asombroso conjunto. Lo veía como la Capilla Sixtina de la escultura contemporánea. Advertía que no eran sólo para verlas y contemplarlas, sino también para vivirlas. Las esculturas estaban hechas para transitar por dentro de ellas. Al caminar por esos espacios, el espectador se veía envuelto por inclinaciones y asimetrías, con la alternativa de acceder a un juego de convexidades y concavidades, al tiempo de percibir unos cambios paulatinos de escala. Al vivir en esos espacios interiores se está habitando dentro de la creación misma.
     Seguía exponiendo cómo Serra había conseguido que las planchas poseyeran una vida sensorial propia, al punto de hacernos creer que llevaban dentro de sí una suerte de latidos, que no suenan, pero que parecen escucharse metafóricamente a través de los ritmos sinuosos. Eso ocurre cuando el espectador atento recorre los caminos interiores de las esculturas. 
     Al final del artículo mencioné a un poeta admirado por Serra, su compatriota Charles Olson (1910-1970), quien predicaba el cientismo del objeto para que el universo lírico, como vitalidad textual, se hiciera todo él energía, llegando inclusive a modificar conductas y a alterar el subconsciente. 


     Varios días después conseguí emplazar a Serra para una entrevista en torno a la importancia del dibujo en el arte. De nuevo Carmen Giménez ejercía como traductora. Estábamos en el Guggenheim. Al término del encuentro, el artista me pidió que entrara en una de las elipses torsionadas. Quería conocer mi experiencia. Al salir le expresé lo que había sentido. No difería de lo manifestado por escrito. Tal vez Serra quería oírlo, esta vez de viva voz. “Mientras andaba por la escultura percibí un número variable de vértigos, en tanto el tiempo transcurrido por mi mente era un tiempo imaginario mayor del que podía marcar el reloj”. Al escucharme, Serra sonrió y me estrechó la mano con exultante empatía. 
     El apretón de manos tenía una cierta calidez y similitud con aquella mano que sentí en mi hombro el día que conocí al escultor californiano.

 

* Foto Erika Barahona Ede  ©  FMGB Bilbao, 2012

                                          [siguiente personaje Carmen Martín Gaite]

Un Grammy para David Russell

Por: | 15 de marzo de 2012

DAVID RUSSELL (1953)

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    Entrevisté al guitarrista británico, David Russell, unas horas antes del concierto que iba a ofrecer en la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Con ocasión de presentarle en Ladrones de fuego, le pedí unas líneas suyas, a la manera de un fugacísimo autorreato. Estas son:

    "David Russell es escocés de nacimiento y español de adopción. Concertista de guitarra de música clásica, amante de la pintura, fotógrado aficionado, golfista entusiasta, maratoniano lento, viajero apasionado y, junto a su mujer, solidario entregado". [En la imagen, David Russell, posa junto al Grammy que le concedieron en los Angeles en 2005]

    ¿La música es la más dócil de las formas del tiempo?
    Tal vez se podía decir que es la forma de arte más efímera, ya que solo existe en el tiempo, mientras se está ejecutando y escuchando. Después de ese momento, queda solo en la memoria. 
    ¿De qué depende el sonido? ¿Qué le hace más óptimo?
    El sonido depende de la pulsación del dedo sobre la cuerda, que, normalmente, es con la uña. Y se hace más óptimo, por ejemplo, cuando en una frase musical de cierta aspereza, utilizas un sonido acorde, y en una frase musical más dulce, utilizas un sonido más afable.
    El sonido del piano se consigue a través del teclado, el violín y el violonchelo mediante el arco. ¿Tiene alguna significación que el sonido del arpa y la guitarra se produzca de una manera tan directa pulsando los dedos en las cuerdas? ¿Le puede conferir una mayor humanidad –quizá no es la palabra exacta– por ese contacto tan íntimo y sin mediación extrasensorial?
    Sí. Creo que el contacto directo con las cuerdas le confiere más intimidad al sonido.
    ¿Es gratificante poder interpretar obras del Renacimiento europeo de compositores tan diversos como Mudarra, Narváez, Bird, Dowland, Casanova, por ejemplo?
    Por supuesto. El Renacimiento abarca una variedad enorme de composiciones. Para mí fue un placer inmenso estar inmerso en esta música para la grabación de mi último CD.
    ¿Posterior a ellos debe ponerse en lugar preeminente la aportación que ofrece para la cuerda Juan Sebastián Bach?
    Bach es la cumbre de la música barroca. El compositor alemán no escribió directamente para guitarra; pero sus obras trascienden el instrumento para el que fueron escritas. De todos modos, las composiciones suyas para laúd se pueden tocar directamente en la guitarra. 
    A propósito de Bach, ¿estaría de acuerdo con lo que aducía Cioran, sobre que Dios sin Bach quedaría disminuido e incluso que sin Bach Dios sería un tipo de tercer orden?
    Yo creo que esa afirmación es pasarse; pero, sin duda, la humanidad se resentiría de no haber tenido a Bach en la historia del mundo.
    ¿El Grammy otorgado por tu disco, Aire Latino, en Los Angeles, viene a compensar el duro esfuerzo de dedicar múltiples horas diarias a la pasión profesional de tu vida artística?
    Sí. El Grammy me lo dieron en el apartado de mejor solista clásico. Es una categoría en la que, tradicionalmente, ganan violinistas y pianistas. Quienes votan son los músicos que ganaron el Grammy con anterioridad o quienes están vinculados a la Academia. Para mí fue un placer saber que me votaron otros músicos.

                                            [siguiente personaje Richard Serra]

Cabrera Infante el de los tigres

Por: | 12 de marzo de 2012

GUILLERMO CABRERA INFANTE (1929-2005)

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    Ya está en las librerías el primero de los ocho volúmenes que conformarán las Obras Completas del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. El libro es una recopilación de escritos cinematográficos, bajo el título El cronista de cine. Lo han editado al alimón Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores. Volverán a cobrar vida sus escritos, con las dos musculosas novelas, Tres Tristes Tigres y La Habana para un infante difunto, a la cabeza. Es uno de esos escritos el que viene presto a mi memoria. Fue un día de noviembre de 1979. Presentamos en Bilbao, en la librería donde yo trabajaba, la segunda de las novelas citadas, La Habana para un infante difunto.

    Su autor llegó a nuestra ciudad acompañado de su esposa, la actriz Miriam Gómez. Les recogí en el aeropuerto de Sondika. Venían de Londres, donde residían. Como estaba concertado, acudimos a varias emisoras de radio. Brillante, sutil, satírico y con un gran derroche de humor, Cabrera se lucía en cada encuentro radiofónico... 
    Cubiertos los compromisos con los medios de comunicación, nos trasladamos a la Universidad del País Vasco, en la localidad de Leioa (a unos pocos kilómetros de Bilbao). Según lo programado por la editorial (Seix Brral), figuraba un encuentro con alumnos de periodismo del citado centro docente.
    El hemiciclo del salón de actos de la Universidad estaba lleno hasta los topes. El autor de Tres tristes tigres, Vista del amanecer en el Trópico, Exorcismos der esti (l) o, Mea Cuba, entre otros ejercicios literarios, comenzó por darnos a conocer cómo gestó su nuevo libro. De pronto, varios de los asistentes empezaron a preguntarle sobre Cuba, la Revolución, Fidel Castro y el pueblo cubano. El interrogatorio parecía un tercer grado policial. Quienes preguntaban debían saber que Cabrera Infante era un firme opositor al régimen de Fidel Castro. Mientras el escritor mostraba sus puntos de vista, desde las butacas se le increpaba agriamente. Era como escapar del trueno para dar de bruces con el relámpago. La disputa se convirtió en un no sé qué y un sí sé qué, cada vez con una mayor agresividad verbal por parte de los estudiantes. Viendo el cariz que tomaba la situación, intervine para apaciguar los ánimos. No recuerdo cuáles fueron los argumentos y el tono de mi improvisada defensa. Lo cierto es que surtió efecto. Lo que estuvo a punto de convertirse en un violento y desaforado tumulto, acabó como el silencio de los nidos. 
    A la atardecida, presenté a Cabrera Infante en la librería. Dije cómo a partir del comienzo del libro, con el adolescente Cabrera Infante descubriendo el sexo, toda la obra es un constante juego de palabras, un tour de force del lenguaje. Los chistes, los gags, las parodias convierten cada página en estallantes carcajadas. Pese a la apariencia festiva, el libro requiere una atención máxima, ya que está lleno de digresiones, aliteraciones y paronomasias. Hay renovados modos sintácticos, y hasta forzamientos del lenguaje, además de referencias cultas al mundo del arte, la música, el cine y la literatura. En el momento de responder a las preguntas de los asistentes, Cabrera deleitó a todos con la gracia de su verbo caliente. 
    De vuelta a su casa londinense, el cubano me escribió dos cartas, pronta una segunda, por si no había recibido la primera. “Sé que sin ti mi presencia en el hemiciclo de la universidad habría sido un desastre. En primera porque soy refractario a hablar en público. En segunda porque mi timidez se convierte en exabrupto y agresividad al menor descuido... Luego la lectura que hiciste de mis páginas en tu librería fue magistral. Envidio tu capacidad de improvisación, tu dominio del gesto y de la voz que además no pertenecen a la pesada escuela histriónica española. No había nada aleccionante en tus palabras sino un mero compartir tu lectura –que además no proponías como única. En fin la lección de un maestro ala Ionesco”.
    Agradecí en lo que valían para mi ego (pobre gorrión de miseria) las palabras de Cabrera Infante, para dejar bien sentado lo más rápido posible que el único maestro de esta historia era él: acucioso ilusionista del lenguaje, a la manera de sus admirados Swift, Sterne, Lewis Carroll, Joyce, Nabokov, Queneau...

[siguiente personaje David Russell]

Fernando Arrabal y el aguarrás

Por: | 08 de marzo de 2012

FERNANDO ARRABAL   (1932)

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     Por medio de una tarjeta postal, fechada en junio de 1966, el dramaturgo Fernando Arrabal nos daba su asentimiento para que representáramos a nuestro gusto cualquiera de sus piezas teatrales.  “Tienes mi bendición”. Y aconsejaba: “De hacer algo: que sea exultante, nuevo, violento...”. Previamente le había escrito en nombre del grupo de teatro Akelarre de Bilbao (del que yo era uno de los miembros fundadores), pidiéndole permiso para poner en escena una de sus obras. Nos decidimos por la titulada Fando y Lis. 
    Veinticinco años más tarde, Arrabal vino a Bilbao para dar una conferencia sobre su teatro en el salón de la Biblioteca Municipal. Al término del acto, el Alcalde de la capital invitó a una veintena de informadores a compartir, durante una cena, un encuentro con el escritor. Arrabal llevó la voz cantante toda la velada. Daba lecciones de taxonomía, mofándose de aquellos colegas que él consideraba enemigos suyos o simplemente competidores literarios. El bachiller que lo sabía todo cocinaba su monólogo imparable en el microondas del ego. 
    Hacia el final de la velada me dirigí a él para preguntarle si era posible entrevistarle, en un aparte, para un libro que estaba preparando, una vez acabáramos la cena. Contestó: “nada de después, ahora mismo delante de estos señores”...
     Creyó oportuno explayar su ingenio ante aquellos provincianos informadores de prensa, radio y televisión. Puse voz a mi primera pregunta. Su contestación, un poco balbuciente, no correspondía a la brillantez de los momentos anteriores. Tampoco se lució con la segunda pregunta. Ya preparaba la tercera, cuando no me dejó continuar. Dijo que las preguntas eran muy interesantes y harto difíciles de contestar de palabra. Requería que fueran contestadas por escrito. Lo haría gustoso y me dio su dirección de París. 
     Días después le mandé las preguntas a su domicilio, sin recibir respuesta alguna. Insistí un par de veces. Como permanecía mudo como una cuchara de madera, le propuse un juego exultante y nuevo, recordando sus palabras de la tarjeta postal, como era que yo contestara por él. Traté de provocarlo. Nada. Ni rastro de quien se las daba de libérrimo anarco y anticonvencional. Creo que nunca me perdonó haberle privado de convertirse del todo en una prima donna de la noche bilbaína, nada menos que con el primer edil de la ciudad como testigo. 
     Dos años después, el gran cocinero del ego volvió a Bilbao por no sé qué motivos. Fui a entrevistarlo para el periódico donde yo colaboraba, a propósito de la fiesta de los toros (estábamos en plena Semana Grande). Durante el encuentro no me di a conocer. No valía la pena. Volvió a comportarse tan “estupendo” como un trago de aguarrás. Su fatuidad rebasaba todos los aranceles...
     A partir de aquellas dos experiencias me olvidé para siempre del Fernando Arrabal de carne, hueso, barba egolátrica y espejuelos schubertianos. Prefería recordar sus piezas dramáticas, donde se funden influencias del teatro del absurdo y de la crueldad, además del surrealismo, con la tradición cultural española. Obras como Oración, Los dos verdugos, Fando y Lis, El cementerio de automóviles (su obra más ambiciosa), Ceremonia por un negro asesinado, El arquitecto y el emperador de Asiria, entre otras.

                                                [siguiente personaje Guillermo Cabrera Infante]

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" (Monterroso)

Por: | 05 de marzo de 2012

AUGUSTO MONTERROSO   (1921-2002)

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     Guardo con grato fervor un par de cartas del escritor guatemalteco Augusto Monterroso, en contestación a una entrevista por escrito que le propuse. En ellas recuerda cómo su mujer y él estuvieron parados cerca de dos horas (“¿o fue una y me parecieron dos?”) en una calle de Bilbao. Su fertilizante modestia acababa por confesarme: “Quedo ahora estudiando sus tremendas preguntas y calculando si seré capaz de contestarlas en un futuro próximo. Espero que sí”.
     No hubo futuro. Poco tiempo después sus ojos se detuvieron para siempre. Quiero imaginarlo deambulando con su habitual curiosidad sobre la fábula ovejera del oscuro sucesivo, convencido de que el dinosaurio nunca volverá a despertar. Decididamente, tanto la muerte como el sueño tienen esas sorpresas.
     Monterroso era un tipo bajito en lo físico, pero que se alzaba muy por encima en calidad literaria sobre la mayoría de escritores en lengua española. Poco obsecuente a las leyes del mercado del libro, su escritura no le permitía medirse en términos de éxito con los fáciles y apestantes plumíferos del novelerío mundial. Le bastaba para rebasarles con tomar el papel del náufrago al que el agua no llega a mojar jamás. Por otro lado, compartía con César Vallejo, Borges, Lezama Lima y Rulfo la ventura de ser un enfelizado islote de la mejor literatura del idioma español (“añadan algún islote más, por favor”, hubiera sugerido gentilmente el propio Monterroso). 
     Fue un escritor antisolemne. Sabía que la solemnidad es un recurso del cuerpo para ocultar las fallas de la inteligencia. Por querer ser muy antisolemne se convirtió en una persona valiente. Desde esa valentía se dijo a sí mismo, al tiempo de recordarnos a todos, mirándonos de frente con sus ojos ahora ya muertos: “¿A cuántos sofismas acudes diariamente para ocultarte que eres un cobarde?”.
     Hombre culto como pocos, con un humor inteligente, Monterroso componía chistes a su costa, y después le llegaban a sus oídos como un producto de creación ajena...
     Si Chejov aseguraba que podía crear un cuento sobre tal o cual objeto que viera, por insignificante que fuera, “ese mantel manchado de vino o la pipa encendida de aquel paisano ajeno a todo”, Monterroso era capaz de escribir sobre cualquier palabra y, aún más, hasta sobre cualquier letra, incluso sobre la letra E.
     Tuvo tiempo para dejar a la posteridad un decálogo para escritores. En las propuestas, Monterroso despliega un río con vocación de mar, donde sobrenabundan sus olas de inteligencia ligera y humor profundo. Aconseja en una de ellas: “No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre evitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan”.
     Las crónicas darán como cierta en sus secciones de obituarios la muerte de Augusto Monterroso, pero no es menos cierta que la gracia de su soberbia literatura hará que vuelva a vivir para nosotros, siquiera momentáneamente, cada vez que pongamos los ojos sobre ella. Leer a Monterroso es la mejor medicina contra los trastornos nerviosos e intestinales.

                                                    [siguiente personaje Fernando Arrabal]

Carlos Barral y el cadete Alexis

Por: | 01 de marzo de 2012

CARLOS BARRAL   (1928-1989)

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     La irrealidad es aquella parte de la realidad que mejor y más ampliamente explica el resto de la realidad. Llevo un sinnúmero de años dando por buena esta frase, sin necesidad de adosarle comillas, de la que es autor el poeta Carlos Barral. 
     Eso creía hasta el momento mismo de empezar a escribir sobre él. Revisé la entrevista que le hiciera por escrito en diciembre de 1971. Transcribo uno de sus pasajes: “¿Es un defecto que la literatura no pueda ser realidad? ¿Es, por el contrario, su principal virtud?”. A lo cual Barral respondió: “La literatura es una parte de la realidad, la parte de la realidad que mejor y más ampliamente explica el resto de la realidad?”. 
     Ahí estaba mi error. Mientras el poeta se refería a la literatura, yo lo transformé, equivocadamente, en irrealidad, no sé si consciente o inconscientemente. Tal vez daba por sentado que la literatura, como ficción, se convertía necesariamente en irrealidad. 
     La entrevista por escrito procedía de un encuentro anterior con el poeta. Tuvo lugar en Barcelona, en la editorial que llevaba su nombre. 
     Alguien que, al parecer lo sabía todo sobre Carlos Barral, me aconsejó presentarme en su editorial con una botella de ron y una bolsa de coca-colas. Fui tan estúpido y atolondrado (por ese orden) como para seguir al pie de la letra la alabanza de la esponja. 
    La entrevista, tomada en cinta magnetofónica, iba a formar parte de un libro de entrevistas con creadores españoles del mundo de la cultura, de título La Península Estigia (este libro no llegó a publicarse). 
     La conversación literaria se fue animando en tanto la botella de ron perdía fuerzas. De improviso, mi interlocutor salió como una flecha hasta el lavabo. Escuché algo así como un ronroneo de náuseas. Uno de los empleados dijo que los médicos le tenían prohibido beber alcohol, por su úlcera de estómago. 
     Cuando volvió Barral le pedí disculpas, y él restó importancia a lo sucedido. Nos despedimos, no sin antes presentarme a su hijo Alexis. 
     De vuelta a casa, a la hora de transcribir lo hablado constaté, no sin estupor, que no se había grabado nada. Estaba en blanco y mudo como un kilo de nieve. El sofisticado magnetófono me jugó una mala pasada. Era un aparato con cuatro pistas, “lo último en el mercado”, me aseguraron. Demasiadas pistas para un negado en tecnología punta como yo. La grabación se perdió por algún lugar del cosmos (ron arriba, ron abajo) (solo las botellas en el bar y en el mar soportan bien el oleaje). 
     Le escribí a Barral contándole la pérdida de nuestra conversación grabada (quiere decir, no grabada). Como no quería quedarme sin su participación en el libro, le mandé quince preguntas, por si tenía tiempo y ganas de contestarlas. 
     A vuelta de correo recibí las respuestas con una carta suya (fechada en Barcelona, 21 diciembre 1971). “Querido José Luis: Ahí van las respuestas. He preferido contestar con mucha brevedad. Los últimos libros y entrevistas me han producido la alergia del bla bla bla. Recuerdos del cadete Alexis. Un abrazo”.
     Dejando a un lado la disyuntiva entre literatura e irrealidad, valoro el fragante tono de sus respuestas, donde viene a recordarnos que la dicha de escribir no se mide por las virtudes o flaquezas de la escritura. Ya solo por eso, Carlos Barral merece ser considerado discípulo aventajado de Robert Louis Stevenson.

                                                            [siguiente personaje Augusto Monterroso]