Ladrones de fuego

La mano de Richard Serra en mi hombro

Por: | 19 de marzo de 2012

RICHARD SERRA (1939)

 Escanear0006

    Todo empezó con una fotografía en la que estamos de izquierda a derecha, mi hija Teresa, Carmen Giménez, el escultor estadounidense Richard Serra y yo. Posábamos para el reportaje realizado el día de la inauguración de la muestra de Richard Serra en el Museo Guggenheim de Bilbao. Aunque el acto oficial se celebraba en ese momento –la exposición llevaba varios días instalada de cara al público–, pude escribir con antelación la crítica de la muestra para el periódico donde colaboraba. 
     En la fotografía se ve cómo Serra posa con deferencia su mano izquierda sobre mi hombro. Aprecié la cordialidad de su gesto, aunque me sorprendió que viniera de alguien al que no conocía. 

   Mi extrañeza fue aclarada después por Carmen Giménez, comisaria de la exposición y amiga personal de Serra. Dijo que le había traducido al inglés el contenido de mi crítica, y que a Richard le gustó mucho cuanto decía en ella.
     En la crítica aseguraba que el grupo escultórico conformado por La Serpiente (1997) y las recientes 8 elipses torsionadas, de título genérico Materia del tiempo, instaladas en el Guggenheim, constituían un asombroso conjunto. Lo veía como la Capilla Sixtina de la escultura contemporánea. Advertía que no eran sólo para verlas y contemplarlas, sino también para vivirlas. Las esculturas estaban hechas para transitar por dentro de ellas. Al caminar por esos espacios, el espectador se veía envuelto por inclinaciones y asimetrías, con la alternativa de acceder a un juego de convexidades y concavidades, al tiempo de percibir unos cambios paulatinos de escala. Al vivir en esos espacios interiores se está habitando dentro de la creación misma.
     Seguía exponiendo cómo Serra había conseguido que las planchas poseyeran una vida sensorial propia, al punto de hacernos creer que llevaban dentro de sí una suerte de latidos, que no suenan, pero que parecen escucharse metafóricamente a través de los ritmos sinuosos. Eso ocurre cuando el espectador atento recorre los caminos interiores de las esculturas. 
     Al final del artículo mencioné a un poeta admirado por Serra, su compatriota Charles Olson (1910-1970), quien predicaba el cientismo del objeto para que el universo lírico, como vitalidad textual, se hiciera todo él energía, llegando inclusive a modificar conductas y a alterar el subconsciente. 


     Varios días después conseguí emplazar a Serra para una entrevista en torno a la importancia del dibujo en el arte. De nuevo Carmen Giménez ejercía como traductora. Estábamos en el Guggenheim. Al término del encuentro, el artista me pidió que entrara en una de las elipses torsionadas. Quería conocer mi experiencia. Al salir le expresé lo que había sentido. No difería de lo manifestado por escrito. Tal vez Serra quería oírlo, esta vez de viva voz. “Mientras andaba por la escultura percibí un número variable de vértigos, en tanto el tiempo transcurrido por mi mente era un tiempo imaginario mayor del que podía marcar el reloj”. Al escucharme, Serra sonrió y me estrechó la mano con exultante empatía. 
     El apretón de manos tenía una cierta calidez y similitud con aquella mano que sentí en mi hombro el día que conocí al escultor californiano.

 

* Foto Erika Barahona Ede  ©  FMGB Bilbao, 2012

                                          [siguiente personaje Carmen Martín Gaite]

Hay 8 Comentarios

A modo de relato circular, José Luis Merino toma como pretexto la historia de la mano en el hombro para sugerirnos, una vez más, una suerte de clase de estética, alejada del academicismo y, por eso, mucho más honda y sensitiva (sin que eso constituya una contradicción): dirige nuestra intuición al pasear entre las fascinantes elipses de Serra, y la hace consciente, visionaria, transformándola en una idea objetiva y, milagrosamente, propia de cada espectador. Ésa es la generosidad de quien comparte su pasión y su intuición a partes iguales, lejos de los agotados púlpitos convencionales.

Un gesto deliberado y a la vez espontáneo con el que quería dejar patente ante la cámara su cordial sintonía con el Sr. Merino y el papel que éste desempeñó como inigualable representante de una sensibilidad artística que nos gustaría que el Guggenheim de Bilbao supiese siempre transmitir.
Por otra parte, dudo que exista otro museo más idóneo en el mundo para enmarcar sus monumentales esculturas. La posibilidad de contemplar desde diferentes perspectivas su gigantesca obra “La Materia del Tiempo” supone un elemento espacial imprescindible. El poder caminar entre las enormes paredes combadas de hierro sintiéndose en un laberinto, y luego, verlas desde arriba en su conjunto, provoca en el espectador una reflexión sobre la relatividad de las cosas y la condición del ser humano perdido en las dimensiones del tiempo y el espacio, y encerrado entre los muros infranqueables de su razón.

Las esculturas de Richard Serra no nacieron para ser meramente contempladas sino para ser profundamente sentidas. Como muy bien describe José Luis, el escultor californiano propone una experiencia que va más allá de la simple visualización de su obra. Implica abandonarse a las sensaciones producidas por unas formas geométricas que interactúan entre sí, con el entorno y con el espectador. Serra se atreve con la línea curva y los volúmenes gigantescos, desafiando a la gravedad, a la lógica y a los códigos estilísticos del siglo XX. Sus creaciones más recientes, como las expuestas en el Guggenheim de Bilbao, revierten el orden natural del proceso creativo en el que la obra es admirada por el público. La experiencia sensorial y emotiva del espectador se transforma en la verdadera protagonista del conjunto artístico, tal y como lo entiende Merino. El gesto cómplice de Serra así lo confirma.

Gracias Jose Luis por acercarnos a uno de los grandes escultores. La mano de Serra en tu hombro demuestra calidez y empatía. Del mismo modo que tu escritura nos trasmite belleza y sabiduría.
Richard Serra es sin duda un genio de la creación. Cuando uno se sumerge en sus obras se queda maravillado: el dominio de las formas simples, de la geometría intrínseca de los cuerpos, de la ocupación tan armoniosa del espacio.
Todo el mundo le presenta como un gran escultor, pero el conjunto ”Torqued Ellipses” (“Torsiones elípticas”) , expuesto de manera permanente en Museo Guggenheim de Bilbao de Frank Gehry no podría decirse si es escultura o arquitectura, lo que nos sitúa ante una aparente paradoja pues el mismo edificio del museo puede ser percibido más como una gran escultura que como una magnífica arquitectura.
Sus obras tienen un carácter singular, de gran fuerza y personalidad; su grandes esculturas-arquitecturas se completan con la presencia y contacto del público; desde luego uno no se queda indiferente ante tales moles de hierro, en las que uno se siente atrapado y “agobiado”. En una entrevista que le realizaron hace tiempo decía al respecto: “Me gustaría que quienes caminan a través de mis esculturas piensen cosas que no hayan pensado antes y que no estén necesariamente relacionadas con la escultura en sí. Creo que es la función del arte: provocar experiencias, sensaciones, emocio¬nes que desconocíamos”
Hay que caminar varias veces entre estas figuras para sentir algo especial. Al principio puede parecer un simple gigante plantado en el suelo con grandes faldas. Después de algunos recorridos por su interior, la curvatura y el suave retorcimiento de estas piezas nos dibujan un espacio dentro del cual el ser humano experimenta nuevas sensaciones sensoriales y espaciales; al principio, parece que las planchas van a caer sobre uno, poco después, algunas dan la sensación de estar movimiento, mientras que otras parecen inmóviles…
Es maravilloso que esas superficies alabeadas que corresponden a unas ciertas ecuaciones en el espacio , cobren vida repentinamente, provocando emociones cuando se transforman en las gigantes y vivas esculturas
Gracias José Luis por este trabajo tan inmenso que estás llevando en este magnífico blog.
Un saludo
Santi

Interesante lección sobre el modo en que el espectador debe aproximarse a una obra de arte. Lograr describir y transmitir las percepciones que su observación despierta, requiere también una gran capacidad sensitiva y artística, sobre todo, ante obras como las de Richard Serra.
Cuando desde la posición del espectador profano, como yo, se encuentra uno con las obras de Serra, se produce un choque ante las dimensiones y solidez de algunas de ellas. En una observación más detallada esa impresión se vuelve más dócil y manejable. El hierro es cálido a los ojos y las formas sinuosas o irregulares envuelven y superan a la persona que, efectivamente, pierde la noción de sus propias dimensiones y de la percepción del tiempo.
La escultura de Serra tiene detractores y escépticos entre los no entendidos, de ahí la importancia de contar con explicaciones como esta porque nos ayudan a entender aquello que, por resultarnos extraño, esquivamos instintivamente sin profundizar en la esencia de su valor artístico.

Merino, poder describir de una manera tan poética y a la vez acertada, las sensaciones vividas también por mí, dentro de estas esculturas de Serra,es de alguna forma una cualidad ártística-arquitectónica de tu oratoria :-) un saludo. nerea

http://nelygarcia.wordpress.com. Es evidente que cuando un artista se siente comprendido por alguien, le muestre su simpatía pues, los sentimientos han comulgado con los suyos.

Para mí desde los inicios del Guggenheim Richard Serra había resultado una experiencia de escala y movimiento un tanto descorcentante, pero más unos años después, con su laberinto. Es una escultura en la que se entra y se sale en grupo por el mismo lugar, aunque nunca es igual. Esperando el turno para entrar, nos tocaba con una familia extranjera: abuela, hija, nieta y acompañantes. Sólo después de un tiempo nos dimos cuénta de quién era la cariñosa y atractiva abuela, Jane Fonda ... Entramos con ellos en la escultura, y la recorrimos mientra ella cantaba en francés con su nieto de la mano. Sólo Richard Serra, y sólo en el Guggenheim de Bilbao, podía regalarnos una experiencia así, tan mágica, cambiante y desconcertante como su obra.

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal