Ladrones de fuego

Lo que no vio Ernest Hemingway

Por: | 09 de julio de 2012

ERNEST HEMINGWAY   (1899-1961)

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     Allí se encontraba el famoso escritor Ernest Hemingway en la plaza de toros de Bayona (Francia), durante la feria de agosto de 1959. En esa corrida intervenían los toreros Luis Miguel Dominguín, Jaime Ostos y Luis Segura. El americano estaba en una barrera, con varios acompañantes, y yo en callejón (tan próximo a él como para escuchar sus palabras).
    Según me enteré más tarde, la revista estadounidense Life le había pedido a Hemingway un artículo de diez mil palabras para que contara el efecto que le produjo regresar a España después de muchos años de ausencia. El escritor envió un manuscrito con ciento veinte mil palabras. Año y meses después de su muerte, ese manuscrito acabó por salir en forma de libro –previa reducción de setenta mil palabras–, bajo el título El verano peligroso. El libro trata de la rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez durante la temporada de 1959.
    En la cuadrilla de Luis Segura iba el banderillero Paco Morán, Chico de Vista Alegre. Éramos amigos de cuando jugábamos a ser torerillos, junto a otros chicos, sobre la arena roja de Vista Alegre. Entré en la plaza de Bayona en el automóvil de los toreros. De ahí la oportunidad de estar en el callejón y ver de cerca al estadounidense. 
    En otro lugar del coso bayonés se hallaba la actriz norteamericana Lauren Bacall. Miraba atentamente con prismáticos los movimientos del diestro Luis Miguel Dominguín. El torero madrileño se había ganado la atracción de las damas a raíz de su relación sentimental con la bellísima estrella de cine Ava Gardner. Por aquellas fechas de la feria de agosto en Bayona, Lauren Bacall ya había enviudado de Humphrey Bogart, muerto dos años antes. La fascinante viuda se “comía” virtualmente al torero con la mirada (el ojo ve más de lo que el corazón conoce). 
    La historia alrededor de la pasión de aquellos prismáticos tuvo una deriva sangrienta. Ocurrió seis días después en la feria de Bilbao (21 de agosto). Alternaban Dominguín y Ordóñez, junto a Jaime Ostos. El hombrón de Illinois y la estrella de cine estuvieron presentes en la corrida de Vista Alegre. Yo los vi. Durante la lidia, tras tropezar con un caballo de la pica en el tercio de varas, Dominguín fue corneado gravemente. Era inconcebible que un profesional como él –calificado como un torero dominador de todas las suertes–, fuera cogido de aquella manera tan absurda. Al parecer, aquella tarde su cabeza estuvo más pendiente de los sortilegios de la Paramount que de los peligros del toro.
    Sin embargo, el escritor americano perdió una ocasión envidiable de relacionar lo erótico con lo tanático. Ni siquiera lo mencionó en su libro (poseo la edición en español de 1985). Se limitó a dar como triunfador a su idolatrado torero, Antonio Ordóñez. Curiosamente, esa idolatría le llevó a recordar en el libro una cogida del torero de Ronda acaecida unos años antes. Describía arrobado la unción con la que limpiaba la herida de asta de toro inferida en el glúteo y cómo le hacía periódicamente las curas, por orden del doctor Tamames, sintiéndose por ello un ser privilegiado, sin importarle dónde estaba la herida o, tal vez, porque se hallaba en lugar tan íntimo, justo por eso él era un tipo privilegiado. 
    Aunque el escritor conservó intacto su vigoroso dominio del arte de la narración, le falló a última hora el sentido de la observación, tan arraigado a su carrera literaria. Esa falla observadora que denoto aquí fue juzgada en sus buenos tiempos por el propio Hemingway, como una implacable premonición: “Si un escritor deja de observar, está liquidado”. 
    En el crujidero de los dos años siguientes a aquel verano, el escritor decidió dispararse en la boca los dos cañones de una carabina Richardson.

* En la imagen Ernest Hemingway con Antonio Ordóñez

                                            [siguiente personaje Lola Flores: 16-7-2012] 

Hay 7 Comentarios

Hasta cuando discrepamos, lleganos a entendernos Zuriñe... Lo maravilloso de este Merino es que nos empuja, despacio y sin que casi nos demos cuenta, a dialogar entre nosotros... Gracias Zuriñe y gracias José Luis

Hasta cuando discrepamos, lleganos a entendernos Zuriñe... Lo maravilloso de este Merino es que nos empuja, despacio y sin que casi nos demos cuenta, a dialogar entre nosotros... Gracias Zuriñe y gracias José Luis

Por supuesto que disentir no es malo, querida Cristina, es más, es una de las "salsas" de la vida. Y te doy la razón en que es de admirar, entre otras cosas, su alegato anti-bélico, anti-belicismo que suele ser mirado en su país casi como una traición. Y se "curó" de esa inocencia estadounidense en Europa, y sus escritos han traído a muchos compatriotas a salir fuera de ese "cascarón", aunque tantos se queden en lo superficial de la fiesta. Gracias una vez más por tus reflexiones, que me ayudan a salir fuera del mío.

El “olvido” de Hemingway sobre la cornada de Dominguín es un regalo que Merino nos hace al compartir con nosotros momentos vividos en primera persona. Creo que tal omisión por parte del estadounidense fue premeditada porque la objetividad es principio del periodismo, no de la literatura. Hemingway no quería ser objetivo porque estaba ejerciendo de contador de historias en sus memorias, no las estaba retransmitiendo. Quizás la rivalidad entre los dos toreros fue avivada por personajes como él que consideraban la tauromaquia como un deporte. “Sólo existen tres deportes: el toreo, las carreras de coches y el montañismo. El resto son simples juegos”, decía. En los toros Hemingway experimentaba un tipo de arte entroncado con una intensidad desconocida en el ordenado mundo anglosajón, que coloca la vida al lado de la muerte a golpes de muleta. Para él el debate sobre la fiesta simplemente no existía porque pensaba que “Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí.” Esta vez discrepo con Zuriñe (que conste que generalmente estamos de acuerdo, pero disentir no es malo…): no creo que Hemingway represente a un norteamericano ignorante. Precisamente él cultivó un circulo de amistades de intelectuales y vividores a partes iguales y supo escribir obras con un importante trasfondo social. Creo que cualquier estadounidense que se atreve escribir un alegato anti-bélico, contradiciendo a los conservadores más efervescentes y pro-belicistas, debe ser recordado con respeto.

Querido amigo José Luis:
Gracias por este apasionante artículo en el que fundes tus dos grandes pasiones(la literatura y el mundo de los toros). Nos sitúas en la barrera de la plaza de toros para desde allí seguir la faena.

¿ Quién era E.Hemingway? Desde luego más que un escritor.
Su vida fue una novela comentada. Un balcón abierto al mundo. Él rompió los muros de su alrededor y dejó que su vida estuviera en boca de todos, que se desparramara.
No quería una vida larga sino ancha. Decía que sin una vida plena, no se podía escribir; en contra de otros grandes autores como el divino Borges (que se recluyó en su interior, con sus libros, con su madre,…)
Ernest era una persona a la que le gustaba la vida en todas sus facetas, una vida al límite; lo demostró hasta su muerte.
Sus libros, fueron parte de su ser. El cine acudió a ellos con asiduidad proyectando su sombra fuera de las páginas literarias.
Fue un escritor muy prolífico y perfeccionista, como se puede observar en unas declaraciones realizadas en 1958 a 'The Paris Review'; en la entrevista Ernest reconoció que había reescrito el final de la novela “Adiós a las armas” nada menos que 39 veces, antes de quedar satisfecho. Años más tarde, su nieto, Sean Hemingway, tras estudiar los manuscritos de su abuelo (que se encuentran en la Biblioteca Presidencial de John F. Kennedy, en Boston), llegó a la conclusión de que el final de la novela no fue escrito 39 veces sino 47.

Una figura crucial en la vida de Ernest fue Gertrude Stein, mecenas de los escritores americanos exiliados en París. Su casa era frecuentada por los más distinguidos artistas afincados en la capital francesa (Picasso era uno de los asiduos)
Gertrude le inició en las corridas de toros. Hay un pasaje de Ernest en el que recuerda ese momento “Recuerdo que un día Gertrud Stein, hablándome de las corridas de toros, me expresó su admiración por Joselito y me enseñó algunas fotografías del torero (…). Yo acababa de volver del Oriente Medio y había visto a los griegos tronchar las patas de sus caballos, empujarlos y arrojarlos al agua cuando tuvieron que abandonar la ciudad de Esmirna; y me acuerdo también de que le dije a Gertrud que no me gustaban las corridas de toros a causa de los pobres caballos. Yo intentaba por entonces escribir y me parecía que la mayor dificultad para ello, aparte de saber realmente lo que uno siente y no lo que debería sentir o lo que a uno le han enseñado a sentir, estriba en trasladar al papel de una manera sencilla un hecho, poniendo de relieve los sucesos que de verdad han creado la emoción experimentada”

Años más tarde, en julio de 1923, después de acudir a los primeros sanfermines (Hemingway acudió por primera vez a Pamplona en julio de 1923, acompañado de su mujer Hadley y un grupo de amigos, serían los primeros sanfermines, inspiradores de la novela “Fiesta”) le escribe a un amigo la siguiente carta: “la mejor semana d

http://nelygarcia.wordpress.com. Los toros tienen arraigo cultural en nuestro país: aunque algunos no lo entendamos, alguna vez hemos sido arrastrados por su nefasto poder patriótico. Mi primera exposición de pintura en Paris, en el catálogo figuraba un óleo donde estaban plasmados toros y torero, se titulaba, “homenaje al Cordobés”. Lo hice por ser joven, e ingenua, queriendo informar a los franceses de mi nacionalidad. Después de aquello no he vuelto a mencionar la llamada fiesta nacional, sino es para expresar mi sensibilidad hacia el sufrimiento del toro y la ansiedad por la posible cogida del torero, “aunque el primero no es consciente de lo que le pasa y el segundo, defiende su gloria y su dinero”. Algunos aficionados aseguran que existe misticismo en el evento: para mí misticismo significa plenitud, ¿cómo puede existir en una lucha a muerte, donde uno de los contrincantes está condenado de antemano?.

Vaya por delante que mis simpatías están con el Hemingway vividor y experimentador y no con el escritor (al menos hasta su final). Para mí ha representado siempre esa parte del espíritu "yanki" simplona, inocente y tendiendo a ignorante, que se emociona con cualquier demostración de cultura o costumbres que tengan más de una generación de antigüedad. La eterna fascinación del estadounidense medio por la vieja Europa. Normalmente esa fascinación se queda en Gran Bretaña o Francia, pero Hemingway la descubrió en una encogida España y la transmitió al mundo. En estos días sólo me queda por decir ¡Gora San Fermín!

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Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

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