Sobre el autor

Jose Luis Merino

Jose Luis Merino nació en Bilbao. Vive en esa ciudad. Es autor de 14 libros de arte y literatura. Trabaja en la actualidad en cuatro más, asimismo de arte y literatura. Ha tenido muchas edades. Ahora tiene la edad que representan sus palabras.

Sobre el blog

Como lo haría un fotógrafo de palabras, en este blog aparecerán retratos o semblanzas de gentes de la cultura. La mayoría de ellos son ladrones de fuego, en el sentido rimbaudiano del término. También se hablará de arte y poesía (el único ángel vivo sobre la tierra), en tanto se descubre cuánto hay de auténtico y de falso en esos dos universos.

Ladrones de fuego

Thomas Bernhard y las estrellas de Grinzing

Por: | 24 de marzo de 2014

THOMAS BERNHARD   (1931-1989)

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    Un amigo poeta, Manu Ertzilla, me contó un viaje que realizó a Viena, en el verano de 1989, para visitar la tumba de su admirado escritor Thomas Bernhard, quien había fallecido en la primavera de ese año. Me conmovió la historia. Mucho tiempo después escribí, a mi manera, sobre aquel viaje. Esta es la historia dos veces contada:
    Mi amigo visitaba Grinzing, antigua villa de viñedos, catalogado hoy como distrito XIX, al norte de Viena. En Grinzing se encuentra el cementerio de los vieneses.
   En la entrada del cementerio un cartelito en letra impresa, donde aparecían los nombres de quienes allí moraban para siempre, hacía la función de guía mortuoria. Un nombre destacaba entre todos, el del compositor Gustav Mahler. Otros muchos nombres se unían al del compositor, pero nada decía sobre Thomas Bernhard, salvo lo que alguien dejó pegado en uno de los márgenes, escrito a mano en un papelucho donde databa la calle y el número correspondiente a la tumba de Thomas Bernhard...
    El amigo mío se encaminó hacia el punto indicado. Una emoción íntima lo envolvía. Para su sorpresa, en el lugar señalado tan sólo existía una tumba sin nombre. Todas las demás tumbas llevaban cada una sus respectivos nombres.
    Deambuló por el cementerio un buen rato, recorriendo varias veces aquellas avenidas de la Nada. Volvió al lugar, alertado por quien escribió aquellas letras a mano. En ese momento vio a un hombre de mediana edad, sentado al borde de una tumba cercana a la supuesta tumba de Bernhard. Leía o rezaba, a la vez que levantaba los ojos cada cierto tiempo en dirección a la tumba que tenía enfrente. Esa tumba era la que no tenía nombre y que el papelucho aseguraba datar como la de Bernhard. No quiso interrumpir las plegarias o lo que fuera del desconocido, porque el diálogo entre los vivos y los muertos aspira a lo íntimo, que es como decir a lo sagrado. Se limitó a esperar.
    Cuando el hombre se levantó e inició unos pasos hacia la salida del cementerio, mi amigo le preguntó si sabía dónde se encontraba la tumba de Thomas Bernhard. Das ist (Ésta es), contestó lacónico el hombre, apuntando hacia la tumba a la que sus ojos miraban cuando leía o rezaba. Le dio las gracias, mientras sus miradas cruzadas más que mirar parecían evocar fugazmente a un mismo ser...
    En la tumba señalada había una cruz y junto a ella una cajita cerrada por dos hojas, que asemejaban las solapas de un libro. En la cajita se hallaban unos cuantos folios disparejos con escritos de trazos oscuros a mano. Eran palabras en papel como recuerdo admirativo de quienes amaban todavía a Bernhard...
    Mi amigo sintió dentro de sí un chasquido de infinita soledad (un tiempo sin tiempo). Llegó a llorar al saberse tan cerca y tan lejos del propio Thomas Bernhard. Tal vez rezó sin darse cuenta.
    Cuando se dirigía hacia la salida, reparó en la tumba de Gustav Mahler. No pudo dejar de recordar aquel juicio acerbo de Bernhard sobre Mahler, que lo tildaba de ser un músico practicante del más puro kitsch. Sonrió al pensar en lo paradójico de la situación: tan distante el escritor del músico en términos estéticos, en tanto la eternidad los quería cercanos. Al fin salió del cementerio.
    El atardecer empezaba a cubrir Grinzing. Mi amigo dirigió sus pasos hacia el centro de Viena. Luego, como un hombre entre muchos, se difuminó en la multitud. Más tarde la noche lo fue todo. Nada nos impide imaginar que en ese momento el alma o aquello de lo que estuvo hecho Thomas Bernhard, indiferente a todo y a todos, como en los mejores tiempos, sentiría un inconsolable hastío frente a la obligación de contar cada noche un indeterminado número de estrellas...

                                     [siguiente personaje José-Miguel Ullán: 31-3-2014]

Un tigre de ternura en México

Por: | 17 de marzo de 2014

FERNANDO GONZÁLEZ GORTÁZAR (1942)

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     El pasado jueves se inauguró en el Museo de Arte Moderno de México (D.F.), una muestra antológica del arquitecto-escultor mexicano Fernando González Gortázar, bajo el título Resumen del Fuego. La muestra había pasado meses atrás por el Museo de las Artes, de la Universidad de Guadalajara (Jalisco).
      Mucho y esplendoroso fuego puede percibirse en la obra creativa de Fernando. Todo viene por la asimilación del mexicano con la máxima de Plutarco, “la mente no es un recipiente que debe llenarse, sino un fuego que hay que encender”. En efecto, el encendido es constante, lo mismo en lo arquitectónico y urbanístico, como en lo escultórico y en sus escritos y actividades diversas (viajero por el mundo en busca de territorios inexplorados, investigador-divulgador del folclore autóctono)...
    Quienes tengan la fortuna de poder pasearse por el espacio expositivo, entenderán el sentido metafórico alusivo al fuego. Lo palparán, e incluso podrán felizmente “quemarse en presencia viva”. En este momento, escribo para los menos afortunados. Y lo hago a través de otra suerte de muestra, como es la traslación del ideario estético-ético del autor. He aquí el resumen de su fuego en palabras: “No acepto que la conciliación de civilización y naturaleza sea imposible” (1975) /  “Tenemos que ser de nuevo capaces de soñar utopías y partirnos el alma para lograrlo” (1988) /  “La naturaleza sigue siendo la gran maestra de la vida y el arte” (1993) /  “Tenemos que concebir el trabajo, el arte, la arquitectura, la ciudad y el urbanismo como una promesa de felicidad” (1993) / “Sólo aquello que propicie la felicidad es moralmente válido” (1999)  / “La estructura, la forma y el espacio están supeditados a un acto poético” (1999) / “ Hay que establecer entre ciudad y ciudadanos un vínculo de amor”(1999) /  “Mis obras son públicas, no yo; y mis obras provocan las polémicas, no yo; es decir, estoy en sus manos, no ellas en las mías” (2011) / “Me he mantenido, y lo sigo haciendo, estrictamente alejado del poder” (2012).
    Saliendo de las palabras a los hechos, el muestrario de los trabajos de arte arquitectural y  arte escultural atrae e imanta. Toda su vida creativa ha consistido en abrir caminos y proyectar futuros sobre los cimientos del presente...
    Llegado a este punto, añado un hecho insólito, como es la presencia de un tigre paseándose por la exposición. ¿Un tigre? Sí, un tigre de ternura, trazado por la imaginación de un rebelde con un lápiz de miel en sus manos. Véanlo en los numerosos  proyectos arquitectónicos no construidos (dice, n-o c-o-n-s-t-r-u-i-d-o-s). Extraordinarios e imaginativos proyectos perdidos...
    ... mas no perdidos para lo real imaginario. Y así viene, desde muchos siglos atrás, un tal Pitágoras, fresco y pimpante como un helado de chocolate: “El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos”. Intercambien deseos, por anhelos, proyectos.....
    En el capítulo de las relaciones humanas, me fío de Fernando González Gortázar, como me fío de sus compatriotas, reales o de ficción, Joaquín Murrieta, Arnulfo González, Luis Barragán, José Clemente Orozco, López Velarde, Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Bárbara Jacobs, Vicente Rojo, Montes de Oca, José Emilio Pacheco, entre otros... Me fío, porque le conozco y sé que lleva en su interior un tigre de ternura.

    * En la imagen, FGG junto a una escultura suya de la serie Sombras del bosque

    [siguiente personaje Thomas Bernhard: 24-3-2014]

 

 

Gamoneda, legislador de la negación

Por: | 10 de marzo de 2014

ANTONIO GAMONEDA   (1931)

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      En una carta de marzo de 1990, el poeta Antonio Gamoneda me decía que era “un maníaco del pudor”. Contestaba así a mi propuesta para entrevistarlo  en un periódico madrileño. Ese mismo medio le había dedicado por aquellos días tres páginas en el suplemento cultural. Por si fuera poco, le habían pedido que escribiera tres artículos para ellos “el tercero aún sin enviar, aún no escrito”. No quería el poeta que “pareciese una ‘plataforma’ para mi lanzamiento”.
     Para terminar me preguntaba: “¿Te importa colocarme en esa hermosa lista en lugar prudentemente tardío? Llegado el momento, me das un aviso y yo cumplo. ¿Qué te parece?”.
     No llegó el momento propuesto, porque el periódico desapareció de la circulación. Queda la carta y las buenas intenciones. Lo demás está en la vida del poeta y en su personalísimo universo creativo.
     Gamoneda es un poeta de difícil clasificación. Se puede clasificar a otros, esa “infame turba” de mediocres poetas que inundan la tierra, esos falsos usurpadores de las mejores palabras (la mediocridad puede conducir al crimen).
    Veo a Gamoneda como un legislador de la negación. Hay un animal lento que sangra dentro de su alma. Todo lo que piensa y siente le parece impuro. Mira la página en blanco y empieza a vivir su desvarío anímico. Afronta una lucha consigo mismo. El demonio de la escritura entró en sus venas, tras un aquelarre de imágenes. Mortaja sin cadáver, carga con una culpa corrosiva. Cancerbero de la desesperanza, escribe para defenderse.
    Su cabeza está repleta de fantasmas y recuerdos como ruinas. Es un suplicio para él ponerse a escribir. En ese momento deja de ser humano para volverse insecto azul o pata zanca de roedor o mano amarilla o ave sin alas.
    Todo ocurre detrás de las cuencas de sus ojos; ahí es atacado con imágenes e ideas que se superponen y lo “laceran” cada vez que trata de escribir. Aunque suele dialogar con su otro yo que le mira, el poder de lo escrito está marcado por el silencio, la verdadera madre de todos nosotros. Olvido y memoria, y mucho silencio, todo el silencio: verdad y antesala de la muerte cierta. El silencio es una historia horrible.
    Cada una de las sesiones del acto de escribir puede semejarse a una suerte de ruleta rusa con seis vasos llenos de cicuta menos uno. Antes interroga constantemente a la verdad. Quiere hacerla hablar. No habla por ella. Espera.
    El conductor de su espíritu lo traslada hacia la vejez, hasta que la mentira le hierva dentro de la boca. Lo veréis presto a acudir allí donde su madre envejece más allá de su propia vejez. Apenas le llega un respiro placentero en el olor a mercados y un clamor de palomas como sonido de su infancia. La única morada propia es la infancia.
    Éste es Antonio Gamoneda, autor, entre otros poemarios, del extraordinario libro Descripción de la mentira, escrito de diciembre de 1975 a diciembre de 1976. Premio Cervantes en el año 2006.
    Habrá lectores que sientan admiración por sus poemas, y no faltará quienes se apiaden de él. Cada lector abre o cierra el diafragma del leer según los dictados estimativos de su propio corazón.

                        [siguiente personaje Fernando González Gortázar: 17-3-2014]

A Marguerite Yourcenar, con admiración

Por: | 03 de marzo de 2014

MARGUERITE YOURCENAR    (1903-1987)

Marguerite Yourcenar 4       Aunque seamos impenitentes admiradores de Jorge Luis Borges, o quizá por eso, no podemos perdonarle que haya cometido el solecismo intelectual de olvidarse de la escritora belga Marguerite Yourcenar (1903-1987).
    Resulta extraño que no nos informara nunca de esta talentosa mujer, cuyos múltiples ensayos resultan lacónicas obras maestras. En su libro ensayístico El tiempo, gran escultor, abarca muy diferentes siglos y temas. Como en los ensayos del propio Borges, los escritos de Marguerite están poblados de referencias cultas. Si en Borges la actitud del escritor es más distante, en cuanto a los temas, en Marguerite se vive con especial pasión. Se pone a favor de una parte determinada, y se empeña en que esa parte acabe por interesarnos vivamente a nosotros, lectores atentos.
     Los temas son variados: Buda, Durero, Miguel Ángel, Andalucía o las Hespérides, Mishima y un sinnúmero de entrecruzamientos, a cual más cautivadores.
     Quien lea estos ensayos se verá bañado de una esplendorosa experiencia. Será testigo de una lucidez asombrosa, unida a unas preciosas gotas de poesía de máxima calidad. Lo recibirá al modo de simples confidencias, como si se lo contaran de manera conversacional. Como si lo que Yourcenar sabe no fuera otra cosa ya sabida por el lector.
      De los muchos autores que Borges ha hecho referencia en sus libros y entrevistas, parece inconcebible que no mencionara nunca, siquiera de pasada –y lo digo por segunda vez–, a esta extraordinaria creadora.
     Otro libro del que Borges no ha querido dar señales de apreciarlo es el libro de ensayos A beneficio de inventario. Libro en el que Yourcenar habla de Thomas Mann y de Kavafis, explicándonos parte de sus obras, con acentos personales de ambos. También nos cuenta la historia de un castillo en Francia, llamado Chenonceaux. A su través vamos enterándonos de trozos de historia (Diana de Poitiers, Enrique II, Catalina de Médicis...). Es un contar ameno, profundo, hermosamente narrado.
     Para algunos será un descubrimiento cuando les hable del grabador italiano Piranesi (siglo XVIII, el de las prisiones imaginarias). Artista que fue todo un símbolo admirativo para Víctor Hugo, Coleridge, de Quincey, Goethe, Keats, Byron, entre otros...
    En un momento dado se vuelca cariñosa y lúcidamente para mostrar el genio de la sueca Selma Lagerlöf, adentrándose en su obra como pocas veces hemos visto hasta entonces. Por otro lado, hay que mencionar especialmente el ensayo corto, pero intenso, sobre los biógrafos de veintiocho retratos de emperadores romanos. A la cabeza de todos, Adriano, tan caro a la propia Marguerite, autora memorable de su libro Memorias de Adriano. Con el recuerdo del poeta francés, Agrippa d’Aubirné –“uno de los poetas más grandes, pero también uno de los menos leídos entre los poetas franceses del Renacimiento”–, Yourcenar despliega sus amplísimos conocimientos de la historia, poniendo ante nuestros ojos su prosa admirable.

                               [siguiente personaje Antonio Gamoneda: 10-3-2014]

George Steiner enseña a leer...

Por: | 24 de febrero de 2014

GEORGE STEINER (1929)

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            El libro de George Steiner, Gramáticas de la creación, es un libro de ensayos escrito por uno de los pocos sabios que quedan en el mundo. Libro profundo y denso como pocos, y enriquecedoramente hermoso como ninguno.
     Mientras su autor traza su discurso en torno a los hondos entresijos del mundo de la creación estética, en el arte, como en la música y, muy preferentemente, en la literatura, lo que destaca por encima de todo es la suma de referencias que le sirven para apuntalar sus ideas.
      Tanto los autores antiguos que estudia, como los relativamente más modernos –todos ellos de acreditada solvencia– son analizados con inteligencia y precisión extremas.
     En ciertos momentos parece emular a Walter Benjamin, cuando éste proyectó escribir un libro enteramente fabricado con las frases de otros.
    Dentro de esta vasta red exhibiente, tejida con la selectiva e incisiva herramienta de ideas y nombres que se vierten en el libro, prevalece el análisis preferencial que hace de dos poetas del mundo contemporáneo, a los que tiene en altísima consideración. Ellos son Paul Celan y René Char. Con el primero, además de admiración por su poética, le une el hecho de que ambos sean judíos.
     Leer a Steiner equivale a trasladarse a los más apasionantes espacios del pensamiento humano.
                                                            + + + + +
     
      He invitado a cuatro amigos para hablar sobre el profesor George Steiner. Estos son sus testimonios: 
    * George Steiner fue un destacadísimo profesor de la Universidad de Cambrige. Solía decir que fue muy afortunado porque le enseñaron a usar los músculos de aquí arriba  (los de la cabeza). Para él, el cerebro está tan bien organizado que si uno lo ejercita, se producen cosas maravillosas. Añade: existirá un tiempo en el que se abrirán puertas hacia dentro. “Si eres un buen profesor, ése es tu trabajo: abrir las puertas hacia dentro. Fui muy feliz haciendo ese trabajo”. [Santiago Fernández]
     * tu gozo en un pozo. La vida tiene una propensión irrefrenable a cumplir el apotegma. Imagino a Javier Marías leyendo la entrevista a George Steiner en El País Semanal de ayer. En la primera página Steiner dice que Marías “es uno de los grandes escritores europeos de hoy”. Dos páginas más adelante sentencia: “Los grandes maestros europeos escriben de manera breve”. 
      Claro que Steiner es uno de esos grandes sabios a los que casi nunca se puede hacer caso. En la misma entrevista le preguntan su opinión sobre ETA. “No sé –responde-. Ese idioma tan misterioso es muy raro, muy poderoso. Quizás por eso a alguna de esa gente le resulta tan imposible aceptar el mundo exterior.” La tontería del verano. [Del diario de 2008, de Iñaki Uriarte] [Texto inédito]
     * Leí a George Steiner hace bastantes años. Se me emborronan los títulos de sus libros. Sí recuerdo su indeleble defensa de la lengua como Universos portadores de conocimiento; y lo enriquecedor del poliglotismo en este sentido. Él habla, en coherencia con su razonamiento, un gran número de idiomas. También tengo presente su amor por los libros y la cultura; además de la formación y el estudio, como buen judío, porque al principio, ya se sabe, fue el Verbo. [Juan Manuel Uría]
    * Leer "como si"  (un apunte). Debemos leer como si el texto tuviera un significado siempre irreductible e inagotable a cualquier forma de exégesis, paráfrasis o comentarios que puedan hacerse. Solo los malos poemas, dice Steiner, pueden interpretarse y comprenderse por completo. Ese ser significativo lo llama "presencia real", un misterio que mora en toda auténtica forma musical, artística o literaria. [Alberto Herrero]

[siguiente personaje Marguerite Yourcenar: 3-3-2014] 

 

Las narices de Antonio López

Por: | 17 de febrero de 2014

ANTONIO LÓPEZ   (1936)

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     En la primavera de 2008, el pintor Antonio López señalaba en una entrevista lo siguiente: “Estoy hasta las narices de Picasso”. Y no dio razón alguna sobre tal hastío. ¿Le parecería exagerada la fama adquirida? ¿No creía que fuera uno de los artistas más influyentes del siglo XX? ¿Consideraba un dislate la altísima cotización de sus obras en el mercado del arte mundial? En resumidas cuentas: ¿qué le hacía estar hasta las narices de Picasso?
    Ese “estar hasta las narices”, se puede comprender de haberlo pronunciado aquellos pintores cubistas cuando se vieron abrumadoramente eclipsados y, a veces, ninguneados por Picasso en los tiempos del cubismo.
    No creo que la altísima estima, y veneración subsiguiente, de Antonio López por la obra de Velázquez le otorgue derecho para reprobar despectivamente a Picasso de esa manera. Por si no lo sabe el pintor manchego, a Picasso se le dobló la admiración por Velázquez desde edad muy temprana.
    Frente al ritmo lento-preciso-acompasado vivido por las inconfundibles manos de Velázquez a la hora de pintar, muy del gusto de Antonio López, se espejea la gestación rápida, fulgurante, plena de brío plástico, surgida de los ágiles dedos de Picasso.
    Vienen al punto unas palabras de Baudelaire alusivas a Goya: “el pintor de Fuendetodos une a la alegría, a la jovialidad, a la sátira española de los buenos tiempos de Cervantes, un espíritu mucho más moderno, o, al menos, mucho más buscado en los tiempos modernos: el amor por lo inasible, el sentimiento de los contrastes violentos, de los espantos de la naturaleza y de las fisonomías humanas”.
    ¿No se infiere de estas palabras un eco aplicable al arte de Picasso, elaborado muchos años después?
    Como quiera que los caminos del arte son muchos y variados, más acertado estaría Antonio López reconociendo cómo la fuerza convulsiva de Picasso, su vida personal trepidante y las mutaciones radicales, han pasado como meteoros por encima de sus narices .. y las de todos nosotros...
    Por otro lado, un año antes del “hastío picassiano” de Antonio López, el artista donostiarra Bonifacio (1933-2011), declaró públicamente, a la manera de un salivazo prostibulario, “Picasso nos ha j... a todos”.
    Ya ven, dos artistas contemporáneos han puesto en sus bocas diferentes argumentos para nombrar a Picasso. Sin duda, en el arte como en la vida, no es lo mismo ser rey que andar pidiendo de puerta en puerta. Además, decir con semejante ligereza que se está hasta las narices de Picasso, sería como estar hasta las narices del sol, del color azul o de la línea del horizonte.
    Narices, fisonomías, ritmos lentos y demás disyuntivas a un lado, vale más centrarse en la definición de Antonio López sobre la importancia del dibujo en el arte. Respondía a una de las preguntas que le formulé, a propósito de una muestra comisariada por mí y celebrada en Bilbao (2005), titulada El dibujo en el arte / El arte del dibujo, con obras de Picasso, Matisse, Klee, Léger, Giacometti, y muchos más, incluido el propio Antonio López. Esto decía el pintor de Tomelloso: “El dibujo es el lenguaje más directo. También el más sofisticado y con más capacidad de transformación del mundo objetivo, ya que enlaza con los impulsos más hondos y enigmáticos”.
    Bien está la definición sobre el dibujo. Falta una definición razonable sobre qué le hace estar hasta las narices de Picasso.  

                [siguiente personaje George Steiner: 24-2-2014]

    

   
    

Vila-Matas y Robert Walser

Por: | 10 de febrero de 2014

ENRIQUE VILA-MATAS    (1948)

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      Dejé de pensar en el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, tras su negativa a acceder a la entrevista por escrito que le propuse a través de un correo electrónico. Su agente literario contestó por él, aduciendo que el escritor se hallaba ocupado en la promoción de su última novela.
      Fue unos meses después cuando volvió a aparecer el nombre de Vila-Matas. Ocurrió en el estudio del pintor guipuzcoano, José Luis Zumeta, quien me habló con gran entusiasmo de los libros del catalán. Los había leído todos. Mi amigo se empeñó en que leyera alguno de esos libros. Puso en mis manos tres de ellos, Bartleby y compañía, El mal de Montano y Doctor Pasavento, instándome a que no dejara de leerlos.
      Le hice caso, aunque sin demasiado entusiasmo. No obstante, nada más iniciar la lectura de Bartleby cambié de actitud. Empecé a identificarme con la pasión escrituraria de Vila-Matas. Cuando acabé de leer los tres libros la identificación fue en aumento. Los dos éramos ladrones de frases ajenas. También él tenía la enfermedad del letraherido (la escritura es una patología que se imprime). Admirábamos a los mismos autores, considerados por nosotros como ejemplarmente auténticos, de Virgilio a nuestros días. Allí estaban los nombres de primera fila –esquinas por donde era obligado pasar– de la narrativa, poesía, junto a diaristas y creadores de aforismos. La nómina rebasaba con creces, uno a uno, el centenar de autores.
     A esto se añadía la mención en esos libros de una veintena de escritores a quienes llegué a entrevistar a lo largo de los años. Aludo a José Saramago, Ernst Jünger, Juan Rulfo, Antonio Tabucchi, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero, Juan Benet, Carlos Barral, Leopoldo María Panero, entre otros, por no hablar de Julio Cortázar y Augusto Monterroso, con quienes mantuve relaciones epistolares.
     Del gran número de autores preferidos de Vila-Matas, uno de ellos destaca por encima de todos. Se llama Robert Walser, escritor suizo en lengua alemana (autor admirado por Frank Kafka y Robert Musil). Lo cita constantemente en sus tres libros, en especial en Doctor Pasavento (debió titularlo “Viaje a Herisau” o cosa parecida). A pesar de conocerlo de manera exhaustiva hay algo que le faltaba por saber. El haber descubierto cuáles fueron las razones del porqué de las asiduas e imparables caminatas diarias de Walser por los alrededores del manicomio de Herisau, en Appenzell, donde llevaba recluido un gran puñado de años.
    Postulo que en esos compulsivos paseos no trataba tanto de gozar del paisaje, como de ser en cada paso otro, y otro y otro Robert Walser (soy el espacio donde estoy). Buscaba con ello el cambio constante. Su pobre mente no le daba para ser él mismo. Sabía que fuera del andar su mente estaba allí para enloquecer. Y por saber más, sabía que la precariedad de su mente únicamente podía compensarlo con la fortaleza de su cuerpo (vive mucho, quien anda mucho).
     Le digo a Vila-Matas que el escritor suizo no solo apreciaba el paisaje por el paisaje (la amistad de los bosques), era en la soledad de los andares vivificadores cuando escuchaba las voces del viento, el rumor de las hojas de los árboles, el paso de las nubes, el transcurrir de los días. Todo eso le iba hablando y, al tiempo, lo iba felizmente desenloqueciendo.
     En la tarde del 25 de diciembre de 1956, vestido con ropa de abrigo, Robert Walser salió de Herisau a dar su paseo. Será el último. Dos niños lo encuentran sin vida, tendido en la nieve. Desde ese momento, Robert Walser desenloqueció del todo, para entrar de lleno en la leyenda de los grandes creadores literarios.

       * En la imagen: Enrique Vila-Matas (izquierda) y Robert Walser

                [siguiente personaje Antonio López: 17-2-2014]

      

"Un hombre bueno es difícil de encontrar"

Por: | 03 de febrero de 2014

JOSÉ EMILIO PACHECO   (1939-2014)

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      El poeta mexicano José Emilio Pacheco murió hace siete días. Su muerte ha supuesto una gran pérdida para los suyos y para el mundo de las letras hispanoamericanas. A Pacheco le concedieron el Premio Cervantes en 2009.
      Ningún país de lengua española ha dado en el siglo XX, más lo que va del siglo XXI, tantos y tan excelentes poetas como México. Tecleo unos cuantos nombres de esos muralistas del verbo: Ramón López Velarde, Juan José Tablada, Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Gilberto Owen, Salvador Novo, Jorge Cuesta, Julio Torri, Octavio Paz, sigo con Gabriel Zaid, Eduardo Lizalde, Víctor Sandoval, Marco Antonio Montes de Oca, Homero Aridjis, José Carlos Becerra, Jaime Augusto Shelley, Alí Chumacero, Efraín Huerta; para continuar con Thelma Nava, Juan Buñuelos, Óscar Oliva, Francisco Cervantes, Gloria Gervitz, Hugo Gutiérrez Vega, Víctor Manuel Mendiola, Vicente Quirate, Carlos Montemayor, Francisco Hernández, Guillermo Fernández, Rafael Vega, y otros más.
    Entre ellos se encuentra José Emilio Pacheco, a quien  entrevisté en su domicilio del Distrito Federal de la capital azteca, a finales de 1970. 
    Tras mi vuelta a casa le envié la transcripción de lo conversado. Nos cruzamos entusiastas cartas, en tanto él reescribía-reordenaba el texto de sus respuestas confiadas a mi magnetófono (escribir es corregir las imprecisiones y deslices del habla). A través de ese intercambio epistolar llegué a descubrir destellos de su encomiable bonhomía. Se entenderá mejor si lo digo con las siete palabras morales de la escritora estadounidense Flannery O'Connor: "un hombre bueno es difícil de encontrar". Como poeta, y de los buenos, ya lo había descubierto con antelación.
    Su poesía se encuadra dentro de un estilo conversacional-coloquial, siempre antirretórico y antisolemne. Poeta de la vida cotidiana, sus temas principales son el paso del tiempo y la verdad temible de cada cosa, trazado todo ello mediante metáforas y el juego de analogías. En 1981 publicó un fascinante relato de doce capítulos, titulado Las batallas del desierto. Ha ejercido como traductor de obras de T. S. Eliot, Samuel Beckett, Tennesse Williams, Marcel Schwob y Oscar Wilde.
     En el contenido de las respuestas de José Emilio Pacheco hay mucho de Ulises y algo de Simbad. Lo prueban estos breves e ilativos chispazos de la entrevista: “La tarea del artista es la mitad de la aventura. La otra aventura es la del lector. Ser un buen lector es tan difícil o más que ser un buen escritor” / “Para justificar la existencia de un texto basta que sea importante para alguien, como tantos textos han sido para nosotros” / “Todas las lenguas son fruto del mestizaje y mi único purismo sería no importar palabras cuando existe una buena expresión en español; de otra manera hay que apropiarse de ellas” / “Más importante que seguir escribiendo libros es hacer que se lean los que ya están hechos” / “Leemos demasiado y demasiado mal. Cada día hay ejércitos de libros nuevos, revistas nuevas. Queremos leerlo todo y no leemos nada” / “Mientras los artistas y escritores de hoy se preocupan por preocupar, su público potencial no quiere ser preocupado, quiere encontrar en el arte y la literatura no un reflejo del mundo, sino un estímulo para cambiarlo, un flotador, algo que lo separe momentáneamente de las presiones, de las tensiones, de los sufrimientos de vivir en el mundo” / “El hecho de escribir buenos poemas no justifica que nadie permanezca al margen de los problemas de su tiempo y, paralelamente, el hecho de que te preocupes por los problemas de tu tiempo no justifica que escribas malos poemas”.
    Cinco han sido los escritores mexicanos a los que concedieron el Premio Cervantes, dicho sea de paso, con todo merecimiento. Octavio Paz, en 1981, Carlos Fuentes, en 1987, Sergio Pitol, en 2005, el ya citado José Emilio Pacheco (2009) y el último, hasta este momento, Elena Poniatowska (2013).  
    Al tiempo de recordar a los cinco galardonados, viene a la memoria Juan Rulfo, uno de los mejores escritores –si no el mejor– de la literatura mexicana ("y aún de la literatura", añadiría Borges), a quien la estulticia de los jurados de turno escamoteó-privó  la concesión del Premio Cervantes, otorgándole en compensación el Príncipe de Asturias en 1983. 
     Los ojos, ah, los ojos, los cierro y veo a Pacheco avanzando entre nubes verdes y blancas, para ir a depositar su Cervantes en las manos de  Juan Rulfo. Lo que le negaron en vida, la muerte se lo restituye. Las palabras del poeta van dictando el fluir del tiempo en vuelo...

                                [siguiente personaje Enrique Vila-Matas: 10-2-2014]

Carta a William Saroyan

Por: | 27 de enero de 2014

WILLIAM SAROYAN   (1908-1981)

William-saroyan1

    Carta dirigida a William Saroyan en el momento de su despedida del mundo de los vivos. 
    Querido William:
    El otro día dieron la noticia de que habías muerto, allá en tu casa de California. Dijeron que al saber que tenías una enfermedad incurable, llamaste a tu editor para preguntarle, “y ahora, ¿qué?”. Parece que te estoy oyendo, porque eso es la vida: para cuando te quieres dar cuenta estás preguntando, y ahora, ¿qué? Toda muerte trae consigo esa eterna pregunta...
    No encuentro mejor respuesta como volverme a ayer... Y me fui a tus libros. Ahora estoy sentado al borde de tus labios, escuchando cuanto dices. Te aseguro que al leerte es como si no hubieras muerto.
    De tu extensa producción literaria, novelas, cuentos, piezas teatrales, incluidos los inolvidables títulos como El tigre de Tracy y Mi nombre es Aram, a mí el que me gana por encima de todos es el libro que escribiste en París, cuando ya eras un escritor consagrado. Me refiero al titulado Cartas desde la rue Tibout. Me gusta, porque se adapta a la definición de Franz Kafka: “la forma epistolar implica descubrir una rápida vicisitud de un estado permanente, sin que la rápida vicisitud sufra las consecuencias de su rapidez; implica dar a conocer un estado permanente mediante un grito, y que la permanencia coexista con el grito”.
    Sigo. A través de tus cartas he sabido cómo eres. Me interesa todo lo que dices en ellas. En esas cartas aparece tu vida entera: el origen armenio de tu familia; la pobreza de la infancia; tus incontables oficios para poder contribuir al sustento familiar; la calle (la siempre dura y, al mismo tiempo, maravillosa calle), esa universidad de donde salen los mejores escritores; en fin, tu yo entero en esas cartas...
    Y es por eso que al reparar en tu juvenil oficio de vendedor de periódicos, he querido escribirte esta carta de despedida, justamente desde un periódico. Es un periódico que está lejos de California; pero eso no le hace, porque las palabras viajan, viajan y se unen a los hombres, y los pueblos...
    Claro que también sé que si uno pone aquí, fulanito ha muerto, eso no es nada en comparación con la verdad. Tú sabes que no siempre reparamos en las gentes desaparecidas en el entretejido de la ciudad donde vivimos. Gentes, cuyos rostros vemos cada día, y en un santiamén dejamos de verlos. Mientras para nosotros es un pequeño borrón en la memoria, esas desapariciones son mortalmente dolorosas para sus familiares. Ellos viven esos días entre la pena infinita y el desgarro interior, junto a otras muchas negruras. Las palabras no pueden dar exacta cuenta de lo realmente sentido. Lo que se siente va más allá del contenido de las palabras. Cada muerte es absurdamente incomprensible. Todo este parlamento para decirte que algunos tipos como tú, no deberían morir nunca.
    Ahora que estoy pensando en ti profundamente, se me ocurre que es una lástima que las raíces de los hombres buenos, como tú, no puedan ser traspasables. De todos modos, me conformaré con seguir escuchando el rico manantial de tu voz inconfundible.
    Agradecido por todo lo que nos has dado, recibe mi más cariñoso abrazo, con un último ruego, tomado de ti mismo: “no vayas; pero si tienes que ir, saluda a todo el mundo”.

                              [siguiente personaje José Emilio Pacheco: 3-2-2014]

Oraciones laicas de Vicente Rojo

Por: | 20 de enero de 2014

VICENTE ROJO (1932)

Vicente_rojo

      El pintor-escultor-grabador Vicente Rojo nació en Barcelona, en 1932, y vive en México, desde 1949. Pasó de republicano catalán a convertirse en republicano mexicano. Su quehacer plástico se ha desarrollado a lo largo del tiempo en encabalgadas series: Señales, Negaciones, México bajo la lluvia, Pirámides, Códices, Volcanes construidos, Frases, Alfabetos,... Vicente Rojo ha acompañado con imágenes a poetas como Octavio Paz, Álvaro Mutis, José Emilio Pacheco, José-Miguel Ullán, Olvido García Valdéz, Andrés Sánchez Robayna, entre otros. Sin apenas salirnos de la poesía, algunos escritores han ponderado las excelencias de este artista. Menciono a los mexicanos Juan Rulfo y Octavio Paz, y al español José-Miguel Ullán. Con todo, quiero significar la presencia viva  de la lúcida intensidad (murmullo de ribera) de las respuestas de Vicente Rojo, expresadas a continuación. Son como plegarias u oraciones laicas. "La lucidez es la herida más próxima al sol", recordaba el poeta René Char. Algo tiene la poesía cuando son tantos quienes la ignoran...

     ¿El arte es la apoteosis de la soledad?
    
 Siempre me ha parecido imposible (a mí y creo que a algunos otros, incluso famosos) precisar lo que es el arte. Si trato de explicar mi trabajo (algo que me resulta difícil), sí considero que lo puedo definir como una contradicción: sólo pienso que puede ser compartido si lo hago en la más absoluta de las soledades.
     ¿Tenía razón Antonin Artaud, cuando dijo al llegar a México que los artistas son, en el plano social, esclavos del sistema?
    
Para Artaud, que era un antisistema, todos los seres humanos somos esclavos. Claro que algunos más que otros, pero ¿cómo saberlo? ¿Artaud se salvaba? 
    ¿La emoción puede llegar a convertirse en una idea?
    
Las ideas surgen, por supuesto, de las emociones: lo mismo del amor o del desamor. La emoción mayor es la libertad.
    ¿El gran arte es suave como la inocencia, obsesivo como el juego e imprevisible como la duda?
    
No creo que el gran arte sea suave. Según me parece entender, sí es obsesivo, pero por supuesto tan poderoso como la inocencia, el juego o la duda.
     ¿Hay colores tímidos-exaltados-tristones-emotivos? ¿Algunos colores son más locos que otros?
    
Para cada obra, los colores tienen valores propios. En mi caso, la relación entre ellos es lo que me inquieta: no es el mismo un azul junto a un rojo que junto a un ocre. La locura está siempre presente.
    ¿El arte es el presentimiento de la verdad?
    
 Ya se ha repetido muchas veces: El arte es la verdad a través de una mentira. No recuerdo quién fue el primero en enunciarlo con tal precisión.
    ¿El artista persigue todos los días ir al encuentro del niño que lleva dentro?
    
Si me permito hablar de mí mismo (lo que ya he dicho, se me dificulta), no voy al encuentro del niño que fui, sino del que sigo siendo
     ¿Pintar es tener un misterio que decir... y decirlo?
    
La pintura es un gran enigma que se abre a muchos misterios. Cómo desentrañarlo es el misterio mayor.
    ¿Se hace arte para humanizar la realidad?
    
Si existe alguien que hace arte para humanizar la realidad, la propia realidad lo desmentirá.
    ¿El arte es la mayor inocencia del hombre? 
    
Sólo de manera inocente (y aquí aparece el niño de nuevo) es como el arte existe.
    ¿No es enfermiza la insistencia en preguntar qué es el arte, y no preguntarnos qué son los pájaros, el mar, el aire, las flores y los acantilados? 
    
La respuesta está en la pregunta: los pájaros, el mar, el aire, las flores o los acantilados, eso es el arte.
    ¿Los proyectos son países para el que los tiene y arena para los demás?
    
De nuevo las contradicciones: un país propio busca siempre la percepción (si tiene éxito) de los demás (si es que existen convertidos o no en arena).

                              [siguiente personaje William Saroyan: 27-1-2014]

                       

El País

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