Pilar Bonet

"En marcha"

Por: | 12 de diciembre de 2011

“El proceso se ha puesto en marcha” ( “prozess poshol”). Estas eran las palabras que Mijaíl Gorbachov empleaba en época de la “perestroika” a finales de los ochenta del pasado siglo para afirmar que algo comenzaba a resquebrajarse en la URSS a consecuencia de sus reformas. Los acontecimientos no fueron por donde el primer y último presidente de la Unión Soviética quería, pero eso es otra historia.

Más de veinte años más tarde, Rusia vuelve a ponerse en marcha y entre el proceso de hoy y los de la “perestroika” hay paralelismos, pero también divergencias. Ni Rusia es la URSS, aunque haya heredado muchos de sus problemas, ni la ciudadanía rusa de hoy es la ciudadanía soviética. En el multitudinario mitin del 10 de diciembre en Moscú había muchísimos jóvenes, profesionales con educación superior y estudiantes, y también veteranos de la “perestroika” y hasta del “deshielo” de Nikita Jruschov.

“Habría que saber si esto tiene más dosis de las manifestaciones de 1989 cargadas de esperanza o de las de 1991, en las que la gente ya no quería ni ver a Gorbachov y que presagiaban el fin de la URSS, afirmaba una experimentada ejecutiva rusa que en el 91 era una jóven comentarista política. El presidente del Tribunal Constitucional, Valeri Zorkin, en un artículo publicado el lunes en el diario gubernamental “Rossískaya Gazeta”, invoca el fantasma de la sangre de 1993, cuando los dirigentes rusos que se habían impuesto juntos a los golpistas de 1991 se enfrentaron violentamente entre ellos y Yeltsin acabó cañoneando el parlamento.

Las analogías con el pasado ayudan en un país que tiene pendientes reformas democratizadoras y liberalizadoras básicas. Sin embargo, las transferencias mecánicas pueden confundir y por eso hay que tratar de analizar sobriamente los acontecimientos que están marcando ya una nueva página en la historia de Rusia. Los que salieron a la calle el sábado en Moscú eran en parte miembros de la nueva burguesía o de la nueva clase media con cierto poder adquisitivo, y no desesperados en la pobreza ni marginales. Sus razones para manifestarse, siendo muchas y variopintas, tenían un componente moral y de autoestima y constituían una reacción al sentimiento de haberse sentido ignorados y ninguneados por las autoridades en las urnas y ya antes.

El detonante de la conciencia ciudadana puede situarse en el 24 de septiembre, fecha en la que el presidente Dmitri Medvédev y el primer ministro Vladímir Putin, realizaron un “enroque” que conmovió a Rusia. Al proponer la vuelta de Putin a la presidencia, Medvédev no solo se hizo el harakiri político sino que dejó desnortados a todos aquellos que habían confiado en él para modernizar-democratizar el país.

A partir del 24 de septiembre a los rusos de buena voluntad ya no les fue posible autoengañarse, pues Medvédev apareció ante todos como la sombra de Putin que es. Los rusos vieron al “tandem” con otros ojos, como dos individuos dispuestos a decidir el futuro de la sociedad entre ellos por mucho tiempo sin consultar a nadie y desdeñando incluso las formas rituales de la democracia. “He estado callado durante años porque me sentía solo y tenía miedo, hasta que descubrí que había muchos como yo, que callaban y temían, y decidí que no tenía nada que perder. La farsa electoral ha sido la gota que ha colmado mi paciencia”, decía un ingeniero en paro.

“Tal vez lo máximo que consigamos sea unas elecciones presidenciales algo más limpias, aunque seguramente ganará Putin, no por sus méritos, sino porque no tenemos líderes”, señalaba una joven que ha colocado videos de falsificaciones electorales en Internet. “En nombre de la estabilidad hemos dejado que Putin permitiera a sus amigos robar a mansalva, pero ya basta, porque esta gente no asegura ninguna estabilidad sino que están degradando el país”, afirmaba un político liberal.

“En realidad, nosotros somos los culpables de lo que está pasando, porque fuimos nosotros quienes comenzamos a falsificar elecciones en 1996, cuando había que conseguir que Borís Yeltsin ganara al comunista Guenadi Ziugánov”, me decía un veterano del equipo yeltsinista, según el cual, “una de las grandes diferencias entre nuestra época y la de ahora es que entonces nos enfrentábamos a Gorbachov, que no estaba corrupto y que entendía en el fondo el proceso democrático. Ahora, nos enfrentamos a una élite corrupta y sin escrúpulos que no entregará el poder porque tiene miedo a lo que le pueda pasar si lo hace”. La disyuntiva que pintaba mi interlocutor era más bien preocupante: “Si el Kremlin no entrega el poder, el país puede entrar en una larga fase de convulsiones y desintegrarse. Si lo entrega, el poder puede acabar en la calle porque la oposición no está unida ni organizada”, señalaba.

 Efectivamente, en el mitin han convergido ideologías varias que durante los noventa se perfilaron incluso como irreconciliables. ¿Pueden los izquierdistas, nacionalistas, liberales y grupos de intereses y bloggeros que se manifestaron articular una plataforma común de reforma política con el objetivo de celebrar elecciones libres y transparentes sobre una nueva base electoral respetada por todos? ¿Sería esta plataforma capaz de articular un proceso de diálogo y transición con los actuales dirigentes rusos? Estas son cuestiones básicas para el futuro.

Los tres partidos que acompañarán a Rusia Unida en la nueva Duma han aceptado los resultados de las elecciones y en ese sentido, institucionalmente aceptan el juego del Kremlin y los porcentajes que les han sido atribuidos. Sin embargo, en el interior dos formaciones (Rusia Justa de carácter socialdemócrata y el Partido Comunista) hay militantes e incluso diputados que apoyan la anulación de las elecciones del 4 de diciembre y la celebración de nuevas elecciones, tal como decidió el mitin del 10 de diciembre.

El Kremlin juega hoy a ganar tiempo y no ha cedido un ápice. El viernes la Comisión Electoral Central selló y ratificó los resultados definitivos de las elecciones legislativas, y lo hizo-- de forma demostrativa-- en vísperas del mitin de la oposición, y sin agotar el plazo de quince días disponible para anunciar los resultados. Con ese gesto indicaba que no iba a tomarse muy en serio la revisión de las votaciones en los colegios más escandalosos (donde las actas del recuento en la noche electoral no coinciden con las actas fijadas definitivamente). Medvédev ya ha hecho saber que no está de acuerdo con las reivindicaciones del mitin y pocos se toman en serio su frase sobre la necesidad de investigar las irregularidades. Vladímir Chúrov, el jefe de la CEC, está desprestigiado en la opinión pública rusa, pero la CEC ha rechazado la petición de uno de sus miembros, (uno de los dos comunistas integrados en la institución), para discutir sobre el posible cese de Chúrov. Tampoco la televisión oficial se ha hecho eco del contenido de la manifestación.

Así que de momento las autoridades hacen como si no hubiera pasado nada y esperan a que las fiestas de Año Nuevo y la Navidad ortodoxa calmen los ánimos. El peso de la oposición dependerá de su capacidad para unirse y elaborar una estrategia atractiva para los ciudadanos indignados.

El proceso puede ser largo o puede ser corto. Nadie lo sabe, pero algo está cambiando en Rusia, incluidas las mismas modas. En ciertos ambientes de “glamour” ya no es de buen tono exaltar la figura de Putin como sucedía hace cuatro años y una de las canciones de moda hoy es "Nuestro manicomio vota por Putin". El diario “Moskovski Komsomóletz” ha informado sobre el cambio de bando de una parte de los jóvenes de provincias que fueron traídos a la capital en la noche electoral para manifestarse a favor del Kremlin y que, sintiéndose instrumentalizados, acabaron sumándose a los mitines en contra de las elecciones. fin

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Sobre el autor

, corresponsal en Rusia y países postsoviéticos desde 2001 y testigo de la "perestroika" durante su primera estancia como corresponsal en Moscú (1984-1997). Fue corresponsal en Alemania (1997-2001). Trabajó para la agencia Efe en Viena (1980-82).

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