Pilar Bonet

Lecciones de Afganistán

Por: | 09 de junio de 2013

Rodric Braithwaite, ex embajador del Reino Unido en Moscú y profundo conocedor de Rusia, acaba de presentar la edición rusa de su libro sobre la guerra que la Unión Soviética luchó en Afganistán (1979- 1989). “Los Afganos” (editorial Corpus) aparece en ruso dos años después de que se publicara original en inglés.Su publicación es muy oportuna. La obra teje con maestría los episodios de la contienda, las vivencias de sus protagonistas, el análisis de sus decisiones y el contexto geopolítico de la época. Pero, sobre todo, saca conclusiones aleccionadoras de una experiencia ya concluida, para uso de EEUU y sus aliados, los protagonistas de una guerra iniciada en 2001 a la que se le ha puesto fecha de caducidad para 2014.

Najibullah, el hombre al que los soviéticos dejaron a cargo de Afganistán en 1989, resistió mientras recibió ayuda material y combustible desde Moscú, pero al interrumpirse esta ayuda fue defenestrado (abril de 1992) y posteriormente, asesinado por los Talibanes (septiembre de 1996). “Nosotros nos vamos, pero vamos a apoyar al presidente (Karzai), aunque cabe preguntarnos si tendremos la voluntad política para continuar”, dijo Braithwaite el viernes en la primera de las dos presentaciones de su libro en Moscú. Y agregó: “lo que ustedes y nosotros no podemos hacer es cambiar una cultura y un país”.

“Lo importante es que este libro lo escribió un británico,ciudadano de un imperio que encontró los mismos problemas que nosotros en Afganistán”, manifestó el periodista Arkadi Dubnov, que a principios de septiembre de 2001,compartió casualmente hostal con unos “periodistas” árabes, mientras esperaba a que Ahmad Sha Masud, el león de Pandsher, le diera una entrevista. Los “periodistas” asesinaron al legendario personaje, que pactó y luchó con los rusos y que es uno de los héroes del libro de Braithwaite.

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“Los Afganos” trata de entender a los rusos como seres humanos y no cae en los estereotipos de la Guerra Fría. Cuenta Braitwaith en el epílogo que en 2008, durante una visita a Afganistán, casi todos los afganos con los que habló le dijeron que “las cosas eran mejores cuando estaban los rusos”. Sus interlocutores opinaban que los soldados norteamericanos eran distantes, carecían de interés por el país en si mismo y parecían marcianos con su sofisticado equipo, sus corazas y sus gafas de sol. “Los rusos, me dijeron, construyeron las bases de la industria, mientras que ahora el dinero de la ayuda, en su mayor parte, fue a parar a bolsillos donde no debiera estar, en países donde no debiera estar”. También prefería a los rusos Sher Ahmad Maladani, un jefe muhahedin de Herat, que luchó contra los comunistas y los soviéticos primero y contra los talibanes después. Los rusos eran fuertes y bravos. Luchaban de hombre a hombre sobre el terreno… pero los americanos temen luchar sobre el terreno y bombardean de forma indiscriminada, le dijo el muhahedin. Esta “versión bastante caricaturesca de la historia” muestra, no obstante ,que el último intento de ayudar a los afganos a ayudarse a si mismo, está teniendo tan poco éxito como el anterior”, señala Braithwaite.Contrariamente a lo que se cree en occidente, los soldados de Asia Central, Uzbekistán y Tajikistán, se distnguieron en la lucha contra sus correligionarios musulmanes de Afganistán, señala el libro.

La decisión de intervenir en Afganistán no fue fácil para los dirigentes soviéticos, que se preguntaban qué podían hacer contra la brutalidad e incompetencia de sus aliados comunistas en Kabul y cómo debían reaccionar ante sus peticiones cada vez más desesperadas para que mandaran tropas. El telón de fondo era la Guerra Fría con EEUU. Los dirigentes norteamericanos se habían hecho más imprevisibles debido a la crisis de los rehenes norteamericanos en Teherán y consideraban Afganistán como posible emplazamiento del equipo de espionaje electrónico que Jomeiní había obligado a sacar de Irán.

Basándose en la opinión del jefe del KGB, Yuri Andrópov, la dirección comunista decidió intervenir. La jerarquía militar, que estaba en contra, recordó a los políticos que los afganos habían rechazado todas las invasiones anteriores. Intervenir fue “un grave error”, pero “no fue irracional” y, en diciembre de 1979, se había hecho inevitable, explica el autor.

Gracias a la excelente prosa, el relato sobre la invasión soviética en diciembre de 1979 se lee como una novela de aventuras, desde el intento de envenenar al primer ministro Amin infiltrando a agentes del KGB entre sus cocineros hasta el asalto al palacio Taj Bek y el asesinato del dirigente.

En enero de 1980, el Foreign Office entregó una “relación histórica de fallos” británicos en Afganistán a un viceministro de Exteriores soviético de visita en Londres. “Esta vez será diferente”, afirmó el diplomático. Pero no lo fue, y, en lugar del año que pensaba pasar allí, el 40 Ejército de la URSS estuvo casi diez. “La perversa guerra civil que los recibió había empezado mucho antes de que llegaran y continuó durante siete años después de que se fueron hasta que concluyó con la victoria de los talibanes en 1996”, señala Braithwaite.

El autor describe la inseguridad que supuso para los soviéticos la llegada de los misiles tierra aire Stingers, las atrocidades de combate y el retorno de los veteranos a la URSS, un país para el que aquella guerra era ya un anacronismo sin sentido. Braithwaite recuerda también a un congresista norteamericano que calificó al muhahedin Jalaluddin de “bondad personificada”.Posteriormente, Jalaluddin se convirtió en el numero tres de la lista de los sospechosos tras el atentado del 11 de septiembre de 2001.

Al exigir responsabilidades por los crímenes de guerra, los soviéticos no fueron diferentes de los norteamericanos en Vietnam. Los tribunales militares de la URSS llegaron a imponer penas de muerte por delitos cometidos en Afganistán. Las atrocidades que acompañaron la campaña para expulsar a los talibanes en 2001 “igualaron, si no excedieron, los horrores que ocurrieron entre 1979 y 1989”, señala Braithwaite.

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Sobre el autor

, corresponsal en Rusia y países postsoviéticos desde 2001 y testigo de la "perestroika" durante su primera estancia como corresponsal en Moscú (1984-1997). Fue corresponsal en Alemania (1997-2001). Trabajó para la agencia Efe en Viena (1980-82).

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