Pilar Bonet

Sochi, la fiesta en Paz

Por: | 05 de febrero de 2014

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Sochi el pasado noviembre/Foto Pilar Bonet

Desearía estar en Sochi, pero mi realidad hoy es Ucrania. Estas líneas dedicadas a la ciudad que acogerá las Olimpiadas de Invierno a partir del viernes están escritas desde la imposibilidad de ser ubicua y la necesidad de establecer prioridades en los temas en función de sus probabilidades de tener un impacto negativo.
Ucrania me ha engullido y me ha impedido formular las preguntas que yo había querido hacer a los responsables de estas Olimpiada. Tiempo habrá, espero, después de las competiciones para que se defiendan, si quieren, de la andanada de acusaciones que se les ha venido encima a causa de Sochi.
Como un potente imán, la Olimpiada ha concentrado las críticas a todos los aspectos de la política del presidente Vladímir Putin, desde la legislación para prohibir la propaganda de la homosexualidad entre los menores, a las limitaciones para las manifestaciones públicas pasando por los problemas de la lucha contra el terrorismo en el norte del Cáucaso, a los desmanes ecológicos y los onerosos sobrecostes. A lo largo de varios años a mi buzón electrónico han ido llegando denuncias múltiples en relación a Sochi, algunas esporádicas y otras sistemáticamente recogidas por “servicios informativos” que no han podido o no han querido encontrar ni solo episodio positivo en relación a los juegos de Sochi.


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Sochi el pasado noviembre/Foto Pilar Bonet


¿Me pregunto si Vladímir Putin no se habrá arrepentido alguna vez de haber propuesto la candidatura de la ciudad donde reside buena parte del año? Veo muchos motivos para criticar la política rusa, pero ¿acaso ese municipio encajonado entre las montañas del Cáucaso y el mar Negro tiene la culpa de todo? Personalmente, no soy una entusiasta de esa ciudad, en gran parte, lo confieso, porque algunos de sus males me recuerdan (a menudo en versión más benigna) a los que ha sufrido y sufre mi costa natal del Mediterráneo.
Honestamente, a mí, que suelo protestar por muchas cosas, me parece inmerecida tanta “demonización” de Sochi como quintaesencia de todos los males de Rusia. Estuve en Sochi por última vez en noviembre y puedo recomendar algunas cosas. Si quieren comprender cómo evolucionó la costa del mar Negro, dése una vuelta por el Museo de Historia de la Ciudad Balneario (calle Vorovskovo 54/11) y mire los mapas, las fotos y los objetos que ilustran la conquista rusa del siglo XIX y la aparición de los primeros turistas a principios del siglo XX y luego, en los años treinta, el desarrollo del sistema de balnearios de la Unión Soviética, donde descansaban Stalin y Jruschov, y los revolucionarios internacionales se recuperaban para su causa mantenidos a pan y cuchillo. En ese museo mismo, no se pierdan la exposición del antiguo oro del Kubán (de los fondos de la ciudad de Krasnodar), abierta hasta octubre, que presenta una bellísima colección de joyas, ornamentos y piezas de filigrana procedentes de las excavaciones en el litoral del mar Negro y pertenecientes a los pueblos que residieron ahí desde el siglo 3 antes de Cristo hasta la desaparición del reino de los escitas de Crimea, a mediados del siglo II de nuestra era ">(http://www.zolotosochi.com/v-sochi/muzei/muzej-istorii-goroda-kurorta-soch). También pueden pasear por alguno de los estupendos parques de la ciudad, o asistir a algún concierto del programa cultural que desde el otoño alegra la vida de la intelectualidad local.


Dado que ese tren “golondrina” que va de Adler a las montañas ha costado tan caro, disfrútenlo por lo menos, y asciendan desde la costa hasta las cimas contemplando cómo el río Mzymta corre veloz a sus pies. Desde Krásnaya Poliana, admiren el formidable paisaje del Cáucaso, ese horizonte de 360 grados de montañas nevadas que corta la respiración. En la playa de Adler, hay una sucesión abigarrada de pequeños restaurantes y chiringuitos (condenados a desaparecer con el tiempo) donde pueden encontrarse con abjazos, armenios, georgianos, griegos, todas esas gentes del Cáucaso que dieron color a la ciudad y que tienen fascinantes sagas familiares que contar. Sepa también que la huella de los pobladores autóctonos del Cáucaso se conserva aún en la toponimia de estos lugares.

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El viejo Sochi/Foto Pilar Bonet

Para este texto, le pedí a Natalia, amante de los deportes de invierno, que me dijera lo que Sochi significa para ella. Creo no traicionarla si cito aquí lo que escribió esta rusa aficionada desde la infancia al patinaje artístico, al esquí y al hockey sobre hielo: “Las Olimpiadas, ante todo, son una gran fiesta que espero con mucha ilusión. Desde niña junto a mi padre veía todos los partidos de hockey y toda la familia seguía las competiciones del patinaje y esquí. En la escuela nos permitían no asistir a clase para ver las principales competiciones de las Olimpiadas”.
Natalia dice tener “muchísimo respeto al trabajo que hacen los deportistas. Especialmente a los que siguen trabajando duro a pesar de que ganan más lesiones y problemas de salud que dinero o reconocimiento”. “Las Olimpiadas”, dice, “son el pico de su carera deportiva, donde pueden mostrar todo lo aprendido y acumulado a lo largo de los cuatro últimos años, y en ocasiones lo aprendido durante toda la vida “.
Natalia, a quien le encanta “seguir estos momentos de máxima concentración de un ser humano”, no estuvo “entre los que gritaban de alegría en el año 2007 cuando Sochi ganó el derecho de celebrar los Juegos Olímpicos”. “Sabía que todo esto se convertía en un robo legalizado, que habría mucha gente que una vez desalojada de sus casas nunca recuperaría su forma de vida habitual”. “Hemos pasado seis años contando cuanto nos costaron los Juegos, cuánto robaron y preguntándonos qué vamos a hacer después con tantos palacios y hoteles. Son preguntas justas y correctas. Y necesitamos respuestas. Pero si los griegos eran capaces de parar las guerras durante las Olimpiadas, tal vez también nosotros podríamos hacer un alto en los comentarios críticos”, afirma.
Ojalá que la Olimpiada pueda servir para que los políticos internacionales invitados adquieran perspectivas más amplias que les ayuden a resolver sus problemas, esos problemas por los que yo no puedo estar en Sochi. Así que tengamos la fiesta en paz.
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Sobre el autor

, corresponsal en Rusia y países postsoviéticos desde 2001 y testigo de la "perestroika" durante su primera estancia como corresponsal en Moscú (1984-1997). Fue corresponsal en Alemania (1997-2001). Trabajó para la agencia Efe en Viena (1980-82).

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