Pilar Bonet

Sobre el autor

, corresponsal en Rusia y países postsoviéticos desde 2001 y testigo de la "perestroika" durante su primera estancia como corresponsal en Moscú (1984-1997). Fue corresponsal en Alemania (1997-2001). Trabajó para la agencia Efe en Viena (1980-82).

Eskup

La amistad de Amur y Timur: lección de vida y ruleta rusa

Por: | 19 de diciembre de 2015

Además de los bombardeos en Siria, las sanciones a Turquía, la caída del rublo, el alza de los precios o la penuria eléctrica de la península de Crimea, los rusos siguen hoy el desarrollo de una historia del todo ajena a las turbulencias políticas y económicas con las que termina el año 2015. Se trata de la relación de Amur y Timur en un parque natural de la Región Marítima, a 39 kilómetros de la ciudad de Vladivostok, en el océano Pacíficohttp://www.safaripark25.ru/.

Amur es un tigre bello y elástico, un carnívoro auténtico, que en buena lógica hubiera tenido que zamparse ya a Timur, un chivo de larga barba, que penetró los vastos dominios del felino (un terreno equivalente a un campo de fútbol) el pasado noviembre no en calidad de compañero para la convivencia, sino como alimento del animal, que, para no perder facultades, es alimentado dos veces por semana con presas vivas.

Pero he aquí que Timur, a diferencia de otros chivos sacrificados antes al tigre, no se resignó a morir desgarrado de un zarpazo y le plantó cuernos a Amur. El resultado—¡oh milagro!—fue que los dos se hicieron amigos y que empezaron a pasearse juntos y a convivir. Biólogos extranjeros, turistas y corresponsales acuden al parque a contemplar a la extraña pareja, y los especialistas se preocupan por el futuro de la relación de Amur con Ussuri, la joven tigresa que le está destinada para que los dos contribuyan al programa para la preservación de la especie del tigre del Usuri.

El director del parque, Dmitri Mezentzev, ha explicado la compenetración entre el tigre y el chivo, afirmando que el primero estaba muy solo y aprecia la compañía y el segundo no conoce el miedo por haberse criado en un árido paraje acechado por fieras. En la mente de los que siguen esta historia está la cuestión fundamental: ¿Hará gala Amur de su instinto de carnívoro y acabará por zamparse a Timur o desafiará a la biología continuando esta relación síngular?

http://www.youtube.com/c/safaripark25TV

Rusia está en vilo. Entre todas las prosaicas realidades que preocupan a sus ciudadanos, la odisea de Timur es un contrapunto de otro género con el efecto de una novela de aventuras electrizante. Separado por del tigre por las noches, Timur le espera cada mañana a la puerta de la jaula-dormitorio para pasear con él. A veces, marchan en fila india, y a veces el uno al lado de otro.

¿Cuánto puede durar esto? La amistad de los animales ha dado enorme publicidad al parque natural, que ha lanzado una página de web para promocionar a Amur y Timur y vender,- a partir del 21 de diciembre-, camisetas, llaveros, chapas y otros “souvenirs” con la imagen de ambos animales. El parque desea que Timur siga vivo y son muchos los que creen que el chivo se  ha ganado ya el derecho a un espacio propio permanete en el recinto y que convendría separarlo de Amur. Como medida preventiva, los chivos han sido suprimidos en la "ración viva" de Amur, al que se alimenta ahora con conejos. Timur, como corresponde a su condición de herbívoro, come frutas, tubérculos, verduras y cereales.

El interés por el caso de Amur y Timur es generado sobre todo por el constante riesgo al que se expone el chivo, un adicto inconsciente de la ruleta rusa. Su aventura se ha convertido en un motivo para reflexionar y alimenta la filosofía de la acción y el atrevimiento. “Gracias al chivo por esa gran lección, en concreto que no es importante lo fuerte que eres sino lo seguro que estás en ti mismo y no tener miedo”, escribe Svetlana en un comentario en la web. En las redes sociales este mensaje se complementa con otro contrapuesto, a saber que “la  naturaleza del carnívoro acabará imponiéndose”.

Ciudadanos críticos con el sistema político de Rusia, que se sienten frustrados por la falta de cauces para hacer valer sus reivindicaciones, me aseguraban que Timur es un ejemplo alentador para la vida y para la política, porque “a lo mejor, si plantamos cara, el tigre no se atreverá”. O sí. En esta ruleta rusa nadie sabe dónde está la bala, si la hay.

 

Los camioneros rusos no quieren a Platón

Por: | 07 de diciembre de 2015

¿Qué es mejor para defender los propios intereses? ¿Formar una asociación o registrar un sindicato? Esta era la cuestión que se planteaban los camioneros que montaban guardia la noche del domingo en los accesos de Moscú, en el aparcamiento de una de las grandes zonas comerciales, a la altura de la ciudad satélite de Jimki.

Llegados de distintos puntos de la geografía del país, los conductores de camiones de gran tonelaje llevan varios días en este aparcamiento, metidos en sus vehículos decorados con pancartas contra “Platón”, un artefacto de instalación obligatoria destinado a acompañarles por las carreteras de Rusia y a registrar los kilómetros recorridos para cobrarles una nueva tasa (3 rublos  y 73 kopeks por kilómetro a partir de marzo ó 0,05 euros, al cambio de 72 rublos por euro).

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Manifestación de camioneros en Jimki, domingo 06 diciembre, fotos P.Bonet

El diseño de Platón ha sido financiado por Igor Rotenberg, el hijo del multimillonario Arkadi Rotenberg, que fue compañero de judo del presidente Vladímir Putin. El jefe de la empresa estatal “Carreteras de Rusia”, Iván Grigórovich, narró la génesis de ese “orgullo de la técnica nacional” el domingo en el canal de televisión privado "Dozhd" (Lluvia). En 2011 el parlamento votó a favor de un nuevo impuesto de carreteras para el que se convocó un concurso en el cual participaron cuatro empresas internacionales, una de Italia por su cuenta y otras de Francia, Austria y Eslovaquia asociadas en consorcios con compañías rusas. Sin embargo, por razones políticas, a mediados de 2014 (cuando ya se había producido la anexión de Crimea y habían entrado en vigor las primeras sanciones occidentales) el gobierno ruso tomó la decisión de que  los extranjeros no debían tener acceso a datos sobre rutas  transitadas también por vehículos militares y del ministerio de Situaciones de Emergencia, según explicó Grigórovich. El concurso fue cancelado y el gobierno encargó el dispositivo a dedo a una empresa patria. El resultado fue Platón, financiado por Rotemberg.

“Platón es nuestra ruina. Estamos aquí porque no nos han escuchado en nuestras regiones y queremos que nos reciban las autoridades federales”, afirmaba Serguéi, un camionero llegado desde San Petersburgo a bordo de uno de los dos vehículos de su propiedad. “Pago el impuesto de transporte, que son 45.000 rublos al año (625 euros), pago el impuesto de 7 rublos que está incorporado al litro de gasolina y pago el impuesto sobre el beneficio que es un 18%, además de los fondos sociales. Después de todo esto, me quedan 500.000 rublos limpios al año. Platón se lo llevará todo”, afirma. Serguéi está movilizado desde el 14 de noviembre y desde el 29 de noviembre, se encuentra en Moscú.

La protesta de los camioneros parece estar ahora en punto muerto, pero ellos no quieren darse por vencidos. O se marchan o sucede algo nuevo. Las esperanzas de que el presidente Vladímir Putin se acordara de ellos en su discurso sobre el estado de la nación el pasado 3 de diciembre se han disipado. El Kremlin ha hecho saber que considera el tema como un asunto del ministerio de Transportes y el ministro, Maxim Sokolov, no se ha doblegado ante unos representantes en que los camioneros de este aparcamiento aseguran no haber delegado. Además, la policía, que les vigila y mantiene a raya para que no entren en la capital, evita las aglomeraciones de vehículos y ha cortado de raíz algunas “marchas sobre Moscú” desde distintas regiones como Daguestán, en el Cáucaso. “Tenemos que tener cuidado. Difunden informaciones falsas sobre nosotros. Quieren dispersarnos y hacer como si nunca hubiéramos estado aquí”, afirma Serguéi.

Desde este aparcamiento cercano a Jimki, frente a grandes superficies, como "Au Champ" o "Ikea",los camioneros tratan de mantenerse coordinados con otros colegas en otros puntos de los alrededores de Moscú, pero la red es frágil y vulnerable. Los políticos de oposición, como los comunistas, los han visitado, pero ellos se distancian de los partidos. Desconfían. DSC06939 DSC06937

“Un día aquí supone que dejo de ganar 4000 rublos. No tengo ahorros y mi mujer no trabaja”, dice Serguéi, que evita dar rienda suelta a a su desmoralización.Los camioneros temen a los provocadores, “que vienen como si fueran colegas o como periodistas que nos filman pero luego no informan sobre nosotros”, señala mi interlocutor. Para las televisiones estatales las protestas prácticamente no existen.

Los moscovitas han dado muestras de solidaridad humana y les llevan comida agua y también combustible. Los donativos llegan a los números de cuenta y sirven para financiar los móviles. En las redes sociales, la secretaria de Prensa de los camineros, la estudiante de periodismo, Taisia Nikitenko, da cuenta de los gastos. Mientras esperaban a que las autoridades centrales se acordaran de ellos, los camioneros depositaron flores (compradas con los donativos) en un monumento cercano, dedicado a los defensores de Moscú ante los invasores nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

“¿Y ahora qué?”. Nadie lo sabe con exactitud. Las respuestas son evasivas. Se entiende que los camioneros buscan líderes en sus filas y se entiende que temen que las autoridades aborten sus intentos de coordinación “En total debe haber 150 camiones y varias personas por camión”, dice Nikitenko. Taisia y Nadia Barínina, una diputada de distrito de Moscú, se disponen a pasar la noche metidas en un turismo. Por suerte para ellas, las temperaturas son mucho más altas de lo habitual para esta época del año

El pasado viernes, en un intento de frenar la protesta, la Duma Estatal (cámara baja del parlamento) votó una ley que reduce las multas que los conductores de camiones de gran tonelaje deberán pagar por no llevar a Platón en sus cabinas, de 450.000 a 5000 rublos por la primera infracción y de un millón de rublos a 10.000 rublos por las siguientes. Para los que protestan no es suficiente. Puede que los camioneros no se salgan con la suya y vuelvan derrotados a sus garajes, pero su frustración ante la ignorancia de la que son objeto alimenta un descontento social que se deja sentir, aunque no se filtre en los canales estatales de la televisión, ni en las encuestas sobre la popularidad del presidente ni tampoco en su discurso sobre el Estado de la Nación.


El Centro Presidencial Boris Yeltsin de Yekaterinburg ha nacido con la voluntad de reflejar la historia de Rusia en el siglo 20, empleando para ello como hilo conductor la biografía del político de los Urales que dirigía el Estado cuando la URSS se desintegró en 1991. Inaugurado el 25 de noviembre, el centro aspira sobre todo a plasmar la década de los noventa,aquella época vertiginosa que comenzó con una renuncia voluntaria de Moscú al imperio, lo que por entonces equivalía a una liberación del lastre colonial.
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Foto Pilar Bonet

Los “febriles noventa” son abordados hoy casi como una década maldita por la narrativa oficial, que primero asoció el nombre de Vladímir Putin con conceptos como “estabilidad” y “seguridad” (en contraste con las conmociones e imprevistos de la época Yeltsin) y posteriormente vinculó al actual lider con la idea del “retorno” del territorio perdido (Crimea).

En los noventa se perdieron los puntos de referencias, hubo enriquecimientos vertiginosos y empobrecimientos despiadados,conflictos fraticidas dentro de la misma élite dirigente (1993) y guerras con los independentistas de la república caucásica de Chechenia (1994-1996 y 1999-2002). Estos episodios están recogidos con toda su dureza en el Centro Presidencial Boris Yeltsin, que es un edificio de tres plantas con una superficie de 80.000 metros cuadrados, inspirado en los centros de los presidentes norteamericanos y regido por una legislación aprobada en 2008. A tenor de ésta, Vladímir Putin y Dmitri Medvédev tendrán derecho también a sus propios centros, Putin en calidad de presidente número 2 y número 4 y Medvédev en calidad de presidene número 3.Ambos políticos asistieron a la inauguración del centro dedicado a su predecesor en Yekaterinburg y lo visitaron acompañando a Naina Yeltsina, la viuda del estadista, quien expresó el deseo de que la institución estuviera abierta a todo el mundo con independencia de su edad e ideología política.

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Foto Pilar Bonet

Para la inauguración se invitó a más de 500 personas, de las cuales más de doscientas volamos desde a los Urales en una excursión de ida y vuelta, que fue también un viaje en el tiempo y por el mundo de las emociones, incluidas ls que despertaban los reencuentros con quienes compartimos aquellos años. Entre los invitados había testigos de la historia viva, como el ex presidente de Ucrania, Leonid Kuchma, o el jefe del parlamento bielorruso, Stanislav Shushkevich, y también los miembros del equipo que rodeó a Yeltsin, quienes tienen todavía muchas cosas que contar.
El manteniiento del centro presidencial Boris Yeltsin corre a cargo del presupuesto del Estado al que ha desembolsado cerca de 5.000 millones de rublos (4.980 millones para ser más exactos, al cambio actual de 70 rublos por un euro), y se financia con una subvención oficial y con contribuciones personales y corporativas, así como con el alquiler de parte de sus dependencias, esto último para pagar un préstamo de 2000 millones de rublos. En su origen, el edificio era un centro comercial inacabado que en 2011 se readaptó a sus nuevos fines gracias al proyecto de Ralph Appelbaum, el diseñador de museos autor de la biblioteca Clinton de Arkansas, el centro Holocausto de Washington y el museo de la Tolerancia en Moscú. En el conjunto de dependencias del centro figura el museo, salas de exposiciones, archivo, librería, mediateca, centro educativo y centro infantil. La concepción de la exposición central es del director de cine Pavel Lunguin, que ha ideado un itinerario de “siete días”, que van desde la “esperanza del cambio” en los años ochenta a “la despedida del Kremlin” en diciembre de 1999.
En el entorno multimedia de la institución hay documentos históricos originales, desde la carta de ruptura de Yeltsin a Gorbachov hasta el acuerdo de Bielorrusia que puso fin a la URSS el 8 de diciembre de 1991. Los videos de época, las voces, los objetos del decorado reproducen entornos y atmósferas. Están aquí el coche Chaika Gaz que Yeltsin utilizó siendo jefe del partido comunista en la región de Sverdlovsk, el Zil que empleó al asumir la dirección del partido en Moscú y también el trolebús (convertido hoy en cine) en el que se subía de incógnito para tomarle el pulso a la ciudadanía.
El centro no esquiva episodios siniestros, como el enfrentamiento de 1993, cuando Yeltsin cañoneó al parlamento que desafiaba su poder (casi 160 muertos) y la guerra de Chechenia, esta última con todo su dramatismo, pero también con todo el respeto y reconocimiento para los independentistas, algo que contrasta con la etiqueta de “terroristas” a “liquidar en los retretes” que vendría después. En la exposición cuelgan las fotos del acuerdo de Jasvyurt entre Chechenia y Rusia, en agosto de 1996 y la “firma del tratado de paz en el Kremlin entre el presidente Yeltsin y el presidente de Chechenia Ichkeria, Aslán Masjádov el 17 de mayo de 1997”.

Entre las reconstrucciones destacan la de una tienda de comestibles de los años ochenta (prácticamente vacía), una salita de estar de la época, con un televisor donde puede verse el ballet El Lago de los Cisnes, que se pasó durante el intento de golpe de Estado del 19 de agosto de 1991 y también el despacho desde donde Yeltsin se despidió de sus compatriotas en la Nochevieja de 1999. Hay prendas personales, como el jersey que el asesinado Boris Nemtsov regaló a Yeltsin, y objetos de gran responsabilidad estatal, como el maletín nuclear que Yeltsin entregó a Putin en calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas, los cheques de privatización y la bolsa de rafia que fue el símbolo de la subsisencia gracias al contrabando de bienes de consumo.
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Foto Pilar Bonet

El museo se complementa con una exposición del arte de los noventa. Los documentos aquí reunidos se cuentan por decenas de miles y las fotos por centenares de miles. “Queremos que los habitantes de nuestro país sepan la verdad sobre los 90” ha dicho Tatiana Yumáshev, la hija de Yeltsin, que ha llevado esta obra a puerto. El tiempo dirá silas fantásticas instalaciones del centro Yeltsin pueden cumplir la tarea que se ha fijado. De momento, ya es mucho preservar los años 90 como elemento de la historia real rusa ahora que esta es reescrita con clichés heroicos e imperiales de los líderes que sucedieron a Yeltsin.

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