Patricio Fernández

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. Escritor y periodista. Director y fundador de la revista The Clinic y theclinic.cl. Además, se le puede escuchar todas las mañanas en radiozero.cl.

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Tortura, Pinochetismo y Democracia

Por: | 25 de noviembre de 2011

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Sólo pensar en la tortura, estremece, y acá en Chile hubo sitios especialmente habilitados para ejercerla. Casonas señoriales fueron transformadas en centros de interrogatorio a los que cada mañana llegaban seres humanos a martirizar a otros seres humanos. Algunos de esos lugares, como Villa Grimaldi, se han convertido en parques de recogimiento. Allí hubo personas que durante meses y hasta años despertaron cada mañana para ser atormentados de los modos más atroces –electricidad, ahogamientos, palizas, violaciones, colgamientos, inmundicias, etc., etc.-, por fríos profesionales del espanto.

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Eran recintos de detención administrados por la DINA –Dirección de Inteligencia Nacional-, la policía secreta de Pinochet. Muchos de los que llegaron ahí, nunca salieron. Miguel Krassnoff Marchenko, militar del ejército chileno, estuvo entre sus mandamases. Según cuenta Patricio Bustos, una de sus víctimas y actual director del Instituto Médico Legal, “Osvaldo Romo y él eran los únicos que usaban su nombre verdadero.” El Guatón Romo porque era un débil mental, y Krassnoff porque se juraba intocable. Osvaldo Romo tenía un aspecto repugnante. Cara muy redonda, estropeada, y con algo de esos monstruos fondeados, como el Jorobado de Notre Dame. Había sido militante de izquierda antes de convertirse en colaborador activo de los militares. Ostentaba una vulgaridad abismante. “Sácame fotos, sácame fotos, no más, huevón”, le gritaba a los reporteros gráficos saliendo de los Tribunales de Justicia, mientras era juzgado. Antes de morir concedió a la cadena Univisión una entrevista sin filtros. No se la quiso conceder a ningún periodista chileno, porque los encontraba tontos. Le preguntaron si volvería a hacer lo que hizo, y contestó: “Claro, y no dejaría periquito vivo. Todo el mundo pa' la jaula. Ese fue un error de la DINA, yo se lo discutí hasta última hora a mi general: ¡No deje a estas personas vivas! Fue terrible y ahora se ven las consecuencias.” A continuación, se refirió al mejor modo de hacer desaparecer los cuerpos. No lo convencía del todo arrojar los cadáveres al mar, porque el océano Pacífico tiene mucha corriente; prefería los volcanes. El Villarrica y el Llaima le parecían estupendos. Explicó en detalle algunas de las técnicas de tortura: "La parrilla es un somier metálico donde se les pone desnudos, una pata p'allá y otra p'acá, un brazo p'allá y otro p'acá, se les amarra y se le ponen perritos en la vagina, en los pezones, en la boca y en los oídos, y se le da vuelta a la máquina. Se les moja un poquito para que sea más fuerte el primer golpe y hablen rápido".

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Ése era Romo, el subordinado de Miguel Krassnoff, un tipo marcial, alto, de aspecto cuidado, un caballero, según la nomenclatura arribista de quienes hasta hoy lo defienden y ensalzan en actos de apoyo, como al que este lunes invitó el alcalde democráticamente elegido de la comuna de Providencia, una de las supuestamente más armónicas y civiles de Santiago, el ex coronel y guardaespaldas de Pinochet, Cristián Labbé.

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Cerca de 2000 personas –entre ellas víctimas directas y familiares de asesinados por él-, se reunieron a las puertas del evento para encarar a sus cómplices y sostenedores que asistieron. Krassnoff participó de las torturas a Osvaldo Andrade, actual presidente del Partido Socialista, y a Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia, sólo por nombrar a los más famosos de su larga lista de martirizados. Hay quienes rumorean que tuvo en sus manos incluso a la ex presidenta Michelle Bachelet.

Según acaba de contar el médico Patricio Bustos, Krassnoff “gritaba y agredía a las personas amarradas, vendadas, de todas las edades. Ahí llegó Carmen Andrade, la ex subsecretaria del Sernam (Servicio Nacional de la Mujer), con uniforme escolar. Ahí llegaban niños de dos años, ancianos de más de 80, maltratados (…) Krassnoff nos torturó juntos. Nos tiraron a la parrilla eléctrica, desnudos, amarrados a un somier metálico con aplicaciones de electricidad. También me desnudaron, me golpearon con pies y manos y me aplicaron electricidad, me quemaron con cigarros.”

 

Miguel Krassnoff, Prisionero por Servir a Chile, según reza el título del libro que este 21 de noviembre fue lanzado por cuarta vez en el Club Providencia, como excusa para glorificarlo. En la página web que lo publicita aseguran que “El libro promete una lectura entretenida y la historia verídica de un Cosaco ruso que ha dado todo por nuestra Patria.” El linaje del torturador es de una sola línea. Su abuelo es Piotr Nikolaevich Krasnov, militar ruso furiosamente anticomunista que durante la Segunda Guerra Mundial se puso al servicio de los nazis. Tanto el viejo Piotr como su hijo Semion, el padre de Miguelito, fueron enjuiciados y condenados a muerte en su país como criminales de guerra y traidores a la patria, luego de participar en la eliminación masiva de judíos como miembros de la célebre Waffen SS.

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(El abuelo de Krassnoff dirigiéndose a las tropas aristas)

No hay mucho que discutir respecto del descriterio que implica andar festejando carniceros condenados por los Tribunales a ciento y tantos años de prisión, mientras una buena lista de sus maltratados siguen vivos, sin contar a los parientes de los que asesinó. Nada, salvo recordarnos que muerta la perra no se acaba la leva, como pensaba Pinochet refiriéndose a la muerte de Allende. ¿Por qué ha vuelto a surgir ahora, que se supone que un ciclo político se cierra y un listado de nuevas demandas tiene tomada la agenda, la sombra de la dictadura y sus macabrerías? Ha de ser que sepultada la transición, corresponde discutir los pilares del período que comienza. El miedo ha desaparecido. Nada tiene que negociar la democracia con la tiranía, ni el delito con la ley, ni la justicia con el abuso. No es excusa el pragmatismo para tranzar los principios básicos sobre los que se desarrolle una sociedad decente. De ahí para arriba, que los políticos jueguen sus fichas. Se viven en Chile, sin embargo, tiempos constituyentes, de discusiones medulares y no anecdóticas que, dentro de poco, salvo que prime el inmovilismo interesado, debieran quedar plasmados en una nueva constitución sin trancas (no como la actual, nacida entre cuatro paredes en 1980), hija legítima de la democracia que nos regirá el siglo XXI. A la hora de escribirla, estaremos de acuerdo, los verdugos no tienen la palabra.

Chile hoy: entre el entusiasmo y el miedo

Por: | 15 de noviembre de 2011

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   En el último tiempo han presentado conciertos en Chile varios de los músicos más admirados del planeta. Desde Paul McCartney a Justin Bieber. Ringo Starr, Eric Clapton, Faith No More (Mike Patton), Coldplay, Radiohead, Beady Eye, The Killers, Jamesons, Jane’s Adidction, Fatboy Slim, Ben Harper, Belle and Sebastian, Calle 13, Sepultura, y este fin de semana vinieron a “Maquinaria”, un encuentro rocanrolero que congregó a cerca de 60.000 personas por día en el Club Hípico, Chris Cornell, Alice in Chains, etc., etc.

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    Acaba de terminar el festival Primavera Fauna, donde asistieron varios de los conjuntos más relevantes del pop actual. Pronto le toca a Jean Luc Ponty y Roger Waters. Entre medio, montones de bandas que sus respectivos seguidores consideran lo máximo de lo máximo han llenado teatros o arenas sin acaparar titulares. Las universidades de prestigio están trayendo, como nunca, a estudiosos y teóricos connotados a nivel internacional. Antonio Negri y Julia Kristeva se cruzan sin saber el uno de la presencia del otro. A Puerto de Ideas, congreso cultural que se realiza en Valparaíso, también vino el historiador Carlo Ginzburg, el antropólogo Marc Augé y el artista Alfredo Jaar. El Gran Teatro Chino ya pasa desapercibido.

    Se realizan simposios económicos con estrellas de las finanzas y la administración. Norman Foster, Peter Zumthor y el brasileño Marcio Kogan, tres de los arquitectos más relevantes en la actualidad, tienen proyectos por estos lados. Mini cursos de guionistas exitosos como Robert McKee y Guillermo Arriaga colman con escritores emergentes los auditorios donde se presentan. Vino Nick Vujicic, el hombre sin extremidades más famoso del mundo, a conversar con Felipe Camiroaga (después de Don Francisco, el animador más popular de la TV chilena) justo antes de que cayera el avión CASA 212 en que viajaba a la Isla de Juan Fernández -donde literariamente naufragó Robinson Crusoe- y muriera junto a todo el resto de la tripulación.

 

    Gael García está rodando en Chile una película sobre el plebiscito del 88, donde el triunfo del NO terminó con la dictadura de Pinochet. Los documentales audiovisuales estrenados este año en Chile han conseguido ir más allá de la denuncia que los caracterizaba, para convertirse en un género amplio, fresco y atractivo. Dentro y fuera de la Feria del Libro, clausurada el domigo, circulan escritores del otro lado de la cordillera de los Andes con una familiaridad que hasta recién no existía. Hay mendocinos (provincia argentina) que viajan a Santiago para ver a César Aira o Alan Pauls. Basta levantar una piedra para descubrir un panel de discusión sobre el rol de la cultura, los retos de la democracia, el Estado, la crisis de la política, etc. Los debates teóricos han sobrepasado el ámbito del claustro. Hay bares donde acontecen discusiones de expertos sobre el rol de la educación pública, ante audiencias que las escuchan tomando cervezas y fumando mientras tanto.

    Hasta hace menos de una década, quejarse de la ausencia de actividad cultural en Chile era un lugar común entre los poetas de todo tipo. La letanía finalizaba con un “¡¿y qué queremos, si vivimos en el culo del mundo?!” , o algún comentario acerca de lo profundo que había sido el daño causado por la dictadura. Hoy nadie podría lamentarse como entonces. La abundancia de acontecimientos es tal, que para el conjunto pasan desapercibidos. Entiendo que incluso comercialmente estos esfuerzos se justifican, porque las funciones, en un altísimo porcentaje, consiguen repletarse. Se ven llenos los restaurantes y pubs. Las noches se han multiplicado.

    Pero algo pasa que toda esta efervescencia no consigue filtrar la oficialidad. Los noticieros de la televisión no dan cuenta de esta actividad nutriente. Son de una vulgaridad, provincialismo y bobería vergonzosas. Leer El Mercurio, el principal periódico nacional, es la mejor manera de desinformarse, y, esta vez, no porque mienta –como rezaba una famosa leyenda desplegada en el frontis de la Universidad Católica a fines de los 60, durante la Reforma-, sino porque distrae. El Chile de sus páginas enormes no tiene nada que ver con el de las avenidas del país. Sigue radicado en los salones del poder tradicional, donde nadie se roza con las multitudes que están irrumpiendo.

    La Concertación -oposición de centro izquierda- está presa de discusiones absurdas y miserables, y el gobierno, con el apoyo de la totalidad de los grandes medios de comunicación, nos intenta convencer de que vivimos un ambiente de violencia preocupante. Nunca antes anduvo más gente en bicicleta por las veredas y parques, pero se supone que habitamos un mundo amenazado.

    Los robos, que han ido en aumento, ya no parecen preocupar tanto a la derecha como en tiempos de campaña, cuando Piñera aseguraba que con ellos al mando del país, “se le acababa la fiesta a la delincuencia”. Del incremento en los delitos han responsabilizado a las manifestaciones sociales (por desviar la atención policiaca) y a la mano blanda de los jueces a la hora de condenar. Suponen que llenando cárceles, disminuyen los malandras. Hay un cuento del brasilero Machado de Asis que narra la historia de un pueblo donde todos acaban presos, menos el único culpable: el carcelero.

    Ahora el ministro del interior se halla obsesionado por unas bombas de menor cuantía, en su mayor parte de ruido solamente. La más noticiosa, y convengamos que el asunto es inquietante, no alcanzó a estallar en la decimotercera banca de la Catedral metropolitana. Estaba al interior de una mochila negra que recogió José Vega Arriagada, el custodio de turno. Luego que el 24 de julio de 2004 un loco decapitara ahí mismo al padre Faustino Gazziero apenas terminaba una prédica sobre el apóstol Santiago, los deanes del templo deambulan alertas. La bombaen cuestión consistía en un extintor con reloj, muy parecida a la que sí detonó en dependencias de COPESA, la empresa periodística dueña del diario La Tercera, días más tarde. Se supo también de otras por el estilo, pero ninguna pasó de romper vidrios. Por acá nadie quiere esas bombas, pero están lejos de constituir el gran dilema nacional.

 

    El movimiento estudiantil –especialmente en sus primeros impulsos, porque a medida que la frustración crece, también aumenta su grisura–, lejos de plantearse amenazante, inauguró una fiesta civilizatoria. Ellos, y todo el resto de las marchas que han circulado, pusieron en órbita una pregunta que al cabo del tiempo podría traducirse como “¿qué sociedad queremos?”. Es uno de esos problemas que no se presentan con fuerza a cada rato. Siempre rondan, pero de pronto emergen. El tema brotó en medio de un mundo convulsionado y falto de respuestas robustas. No estamos solos en esta encrucijada. Únicamente para los cobardes o los enconados defensores del statu quo semejante ambiente de cuestionamiento puede significar una tragedia. Sin embargo, si las fuerzas políticas no son capaces de ver el lado virtuoso del proceso, corren el peligro de seguir transformando su savia en hiel.

    Este jueves, los estudiantes vuelven a la calle. La oposición que reúne al centro y la izquierda está por presentar un proyecto de solución al conflicto educacional. Hay visos de acercamiento entre los estudiantes y grupos parlamentarios. “Visos”, digo, porque la desconfianza en el sistema político es tal, que estamos muy lejos de verlos abrazados. Camila Vallejo, junto con Giorgio Jackson los principales líderes del movimiento estudiantil, aseguró que aquellos a quienes representaba no sacrificarían la esencia de esta batalla que ya avanza hacia los 7 meses. No se ve fácil la solución. Es, mal que mal, un debate profundamente ideológico. Ideológico en el mejor sentido: ése que pone en controversia las maneras de ver el mundo e imaginar la sociedad. En estas tierras extremeñas, desde hace rato que tal disputa venía siendo postergada. La recuperación de la democracia convivió con el miedo a los desbordes, con el pavor a los desacuerdos, con la búsqueda constante de los consensos. Esa era terminó. Hoy, nadie salvo un puño de iluminados, habla de revoluciones, ni de volver a fundar el mundo desde cero. Pero los énfasis tienen un poder de transformación tan fuerte, como un pequeño giro de timón en un transatlántico que cruza el océano. La pregunta todavía sin respuesta, es cómo hacer para que este momento de vitalidad democrática y expresión de deseos respetables, en lugar de llevárselos el viento, hinchen velas en esta historia.

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El tema de la Educación Chilena se halla en un Pantano

Por: | 07 de noviembre de 2011

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La semana pasada se cumplieron seis meses desde que el movimiento estudiantil chileno salió a la calle. En lo sucesivo, no ha dejado de hacerlo. El petitorio se resume en la pancarta “Educación Pública de Calidad para Todos”. Saben que no se puede conseguir de golpe, pero esperan señales claras de que el buque navegará hacia allá. Las propuestas abundan, pero las respuestas se hacen esperar. El gobierno no ha podido encontrarle todavía un camino de solución al conflicto. No tiene siquiera claridad interna. Se instaló en el tema policiaco.

El Congreso aparece y desaparece en esta historia, y por motivos tan diversos como anecdóticos. Recientemente, Camila Vallejo, la dirigente más visible del movimiento, aseguró que no confiaban en los acuerdos cupulares a que pudieran llegar los representantes de la derecha y La Concertación, oposición de centro izquierda. (Aquí datos de última encuesta) Descreen de los partidos tal como los ven. Mal que mal, durante la presidencia de Bachelet, aparecieron todos tomados de las manos festejando un acuerdo que, supuestamente, le pondría fin al problema. Así las cosas, salvo que nos organicemos en soviets u otro método de asambleas populares que reemplacen al Estado tal como lo conocemos, no aparecen visos de solución.

Son cerca de 400 los colegios que siguen en paro y 200 los que permanecen ocupados por sus alumnos. Los universitarios que perderán el año bordean los 6000. Más de la mitad de las universidades públicas se hallan en toma y no comenzarán el segundo semestre. La situación continúa, en lo concreto, como ese 28 de abril en que marcharon por primera vez.

Ha pasado de todo y no ha pasado nada. El tema de la educación y la irrupción de ciudadanos apoyando esa causa agudizó el convencimiento de que vivimos en una sociedad enfermamente desigual. La Polar (empresa de retail que cayó tras descubrirse sus cobros de intereses desmedidos a consumidores de bajos ingresos), entre medio, confirmó que reinaba el abuso. Los jóvenes instalaron en la agenda la urgencia de un cambio en nuestro sistema político y la necesidad de aumentar la carga tributaria, con claridad, al menos, para las grandes empresas y corporaciones a las que hoy pertenece un porcentaje desconcertante de la riqueza nacional.

Hablar de una nueva constitución dejó de ser un despropósito. Valga decir que nos sigue rigiendo la misma que se redactó en tiempos de Pinochet de espaldas a la población, y que fue aprobada por un plebiscito trucho (1980), en un contexto altamente represivo y con absoluta ausencia de libertad de expresión.

Es evidente que la democracia chilena requiere un aggiornamento, pero hasta aquí todo es blablá. Ninguna reforma importante en torno a estos asuntos se ha concretado, ni es fácil visualizar el camino que tomarán. Según mi amigo P.V., ejércitos de liceanos (as) y universitarios (as) podrían partir en el verano a reclamar en la playa de Zapallar, el más exclusivo de los balnearios chilenos, -u otros salones de la fortuna-, la parte del botín que necesitan para estudiar.

Si al movimiento no le sueltan algo convincente, nada indica que se detendrá. En caso de tomar vacaciones, regresará descansado el próximo año. Ahora quieren salir, como los canutos o los candidatos, a hacer puerta a puerta por los distintos rincones del país. Explicarle a la gente, cara a cara, en qué consiste esta batalla. Ellos mismos se están encargando de disolver la excusa de la violencia para no dejar oír los cambios que demandan. Si lo consiguen, el gobierno se quedaría sin plan. Ayer, sin ir más lejos, volvieron a reunirse cerca de 50.000 estudiantes con sus familias en el parque Almagro, uno de los más céntricos de Santiago, sin que se produjera ningún tipo de desmanes. ¿Se sabe de alguna nueva propuesta en curso, que no sea para sancionar con fuerza a los encapuchados?

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Hasta aquí, es como en la película El Día de la Marmota. Las jornadas se suceden, las huelgas continúan, las asambleas no cesan, declaraciones van y vienen, pero el barco no se mueve. Evelyn Matthei, ex senadora y actual ministra del trabajo, sostuvo tiempo atrás que habría que acostumbrarse a gobernar con marchas periódicas, como si se trataran de música ambiental. Ya son seis meses en que muchos días parecen el mismo día. Es verdad que así son los ritmos de la historia, pero la pequeña política requiere más agilidad. Por el momento se encuentra en un pantano, donde no reina el buen olor.

La Extraña Muerte de un Perro (Chilenos III)

Por: | 03 de noviembre de 2011

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Ayer regresé del campo. Mi padre tiene una parcela cerca de Graneros, un pueblo ubicado setenta y tantos kilómetros al sur de Santiago, y una casa grande en medio de un cerro –el Pan de Azúcar- repleto de cactus y espinos. El jardín es plácido. Hay una palmera grande que impone su sombra a la de los robles, cipreses y pimientos. En el llano están los cerezos, el meollo del asunto. Son de varias especies, y cada una de ellas tiene un nombre en inglés. Cosa que no deja de sorprenderme, se paga un royalty todos los años a empresas extranjeras por el uso de sus semillas. Ahora en Chile, todas las simientes tienen marca y dueño. Incluso los cultivos tradicionales deberán pagar por el uso de sus semillas, así las vengan auto cultivando desde hace mucho. Entiendo que sólo ciertos porotos quedaron liberados. Por estos días, algunos de los cerezos han comenzado a pintar sus frutos. Tímidamente, están sonrojándose.

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         La familia de los cuidadores la compone Ariel, un hombrón de aproximadamente 50 años, alto, macizo, lampiño, de cabeza grande y expresión infantil. Hará un par de años que llegó a trabajar a Graneros, proveniente del valle de Colchagua –la zona de los vinos chilenos por excelencia-, con su mujer, Catalina, de más o menos la misma edad, aunque se ve mayor. Ella es baja, para nada esbelta, usa anteojos con cadena y tiene moño en el pelo. Podría ser la madre de su esposo. No conoce el mal carácter ni el desgano. Es la cocinera de la casa, y ahora estaba sola, porque su marido se había visto obligado a viajar donde los parientes colchagüinos por motivos que no se preocupó de detallar. El hijo mayor de ambos es Ariel Ignacio, veinteañero, grandulón, de la estatura de su padre, sólo que más gordo. Estudia para ser chef. Antes de matricularse, le pidió a mi madre si podía hacerle de aval para el crédito con que se pagaría la carrera. Por sí solo no era un sujeto confiable. Actualmente, tiene tomada la cocina de la casa. No es raro verlo aparecer con una chaqueta cruzada estilo Cordon Bleu, mientras su mamá pica cebolla con tenida campesina. Discuten todo el tiempo. Ella defiende el modo en que vienen preparándose los platos desde antes de nacer, mientras él le tira nombres de cocciones francesas y salsas para ella impronunciables. Cuando Ariel Ignacio consigue imponerse, llegan a la mesa fuentes decoradas con sofisticaciones desconocidas en esos parajes. Son la demostración viva de una sociedad que evoluciona, ganando y perdiendo a la vez. Su hermana menor, La Cata, tiene quince, y es una más entre las niñas que deambulan por los pasillos cuando vamos de visita los hijos con los nietos.

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         Este fin de semana fue todo descanso y agrado. Apenas llegamos, sin embargo, se impuso el tema de la muerte del Toco, el perro pastor alemán que desde hace años participaba como otro integrante de la vida familiar. Era un perro grande y bonito. “De película”, decía un sobrino, y todavía joven. Según contó Catalina, lo más probable es que lo hayan envenenado. Ese martes fatal apareció en la puerta de entrada tiritando, inquieto, revolcándose de dolor, aunque sin aullar demasiado. Le dieron agua, le dieron leche, y Ariel Ignacio lo abrazó mientras vomitaba sangre. Llamaron al veterinario del pueblo, pero no contestó el teléfono. Al día siguiente lo encontraron duro como una estatua cerca del felpudo para sacudirse los pies. A eso del mediodía, el Toco yacía enterrado no muy lejos del horno de barro, a pasos de una mecedora semi abandonada.

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     El domingo anterior al Día de Todos los Santos, almorzamos en una mesa larga, debajo de la palmera. Clara, mi hija de 11 años, contó que entre los campesinos circulaba otra versión de la muerte del animal. Quienes se preparaban para la cosecha aseguraban que el Toco había fallecido producto de una golpiza propinada por Ariel. Entre los comensales había quienes conocían a Ariel de los tiempos en que trabajaba en el vino, y sacaron a relucir historias que por esos lados se contaban de él. No viene al caso mencionarlas, porque hasta aquí, como dice una canción chilena “son rumores, son rumores…” Pero palabras sacan palabras, y entre cuento y cuento fueron apareciendo las suposiciones, las lecturas de modos y gestos, la extremada cercanía con los menores, esa cosa tan extrañamente inmadura que le permite, a este hombrón, jugar de igual a igual con niños que aún no cumplen diez.

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         Durante la tarde, junto a las botellas de vino, también se habló de política y salieron a colación los conflictos familiares, las pequeñas historias que le estaban aconteciendo a sus miembros, en especial las desgracias y los descriterios. Bajo el perfecto orden y sosiego en que transcurrieron esos feriados, verdad o mentira, se ocultaba el fantasma de la fatalidad. Nadie estaba dispuesto a verlo. Hubiera sido mucho el desajuste. Del goce habríamos pasado a la preocupación. (”Cómo en Chile”, comentó un amigo cuando escuchó la historia.)            

Esa jornada duró hasta que se puso el sol y partí al pueblo con mis hijos disfrazados, la mayor de Morticia y el menor, según él, de zombi, aunque costaría imaginar algo menos aterrador que su aspecto. Por las calles de Graneros, muchas sin pavimentar, comuna que completa no llega a los 30.000 habitantes, deambulaban pandillas de princesas, vampiros y súper héroes gritando desde los portones oscuros de las casas: “¿¡Dulce o travesura!?” En su mayoría eran pequeños. La palabra Halloween les evocaba, seguramente, el nombre de un juego. “Jálogüin”, para ser precisos.

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El País

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