Patricio Fernández

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. Escritor y periodista. Director y fundador de la revista The Clinic y theclinic.cl. Además, se le puede escuchar todas las mañanas en radiozero.cl.

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El fuego, la discriminación, y los mapuches

Por: | 12 de enero de 2012

Las-nanas    A algunos chilenos les cuesta demasiado aceptar al otro como igual. No como igual en lo externo – dígase riqueza, origen, color de piel, estilo, gustos, modos de hablar-, sino en lo medular, es decir, en que merecen idéntica valoración que ellos mismos. La cuna, el barrio donde se creció y la red de amistades son demasiado determinantes a la hora de concluir quién es quién. Cunde la clasificación, el clasismo, el racismo, los prejuicios autoritarios. Hoy menos que antes, por lo que se nota más y hasta escandaliza, pero aún imperan con mucha fuerza. En las marchas del año pasado, las estudiantiles y las otras, en las que salieron cientos de miles de chilenos a las calles, esto fue denunciado a los cuatro vientos. Durante la formación de un ciudadano (estaba en el subtexto de todas las pancartas) no es justo que se hagan diferencias. El que éstas sean brutales, es inaceptablemente injusto. Una de las noticias más comentadas a comienzos de este 2012 fue la que sacó a la luz pública el instructivo del Club de Golf de Chicureo –un nuevo suburbio santiaguino de la burguesía que se expande- donde se prohibía que las empleadas domésticas, familiarmente llamadas “nanas”, ingresaran sin uniforme y osaran meter un pie en la piscina del recinto. El hecho no tenía nada de novedoso: es un dato de la causa que en la clase alta, “las nanas”, por muy queridas que sean, no utilizan las piscinas de sus patrones, ni sus baños, ni sus comedores. Lo inusitado fue verlo por escrito en un código de comportamiento tribal. Antes de ayer salió a colación otra denuncia que apuntaba a un condominio del mismo sector, donde las cocineras, mucamas y trabajadores no pueden entrar a pie, para evitar los robos, según argumentan. Un bus debe trasladarlos por entre las casas, con las que les está prohibido rozarse. El que tiene pinta de pobre, es un ladrón potencial. ¿Y los ejecutivos de La Polar, digo yo, los gerentes de esa gran empresa que repactó, sin consultar, la deuda de miles y miles de chilenos, estafándolos? ¿Y los miembros de la mafia de los pollos?¿Hay alguien vigilante, sospechando de los que deambulan en autos lujosos? Sumando y restando, han robado muchísimo más que todos los rateros juntos.

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El meollo del conflicto con los mapuches, los habitantes originarios de Santiago al sur, a los que le cantó Alonso de Ercilla, Gabriela Mistral, Neruda y Parra (que, aunque a decir verdad no canta, creció con ellos), encierra algo de lo mismo. Para algunos, ellos son los intrusos dudosos que se pasean por un condominio llamado Chile. Pocos se detienen en el hecho de que habitan estas tierras desde antes. En el tono con que las autoridades se refieren a ellos, no hay rastros de respeto, ni qué hablar de admiración. La cultura que encarnan parece significar nada para las elites gobernantes. Cuando mucho, son parte del folclore, como también lo es el roto chileno (pueblerino patipelado de la patria), actualmente convertido en un presumible delincuente común. Los “indios” aparecen en los textos escolares y los espectáculos lumínicos –recuerdo una proyección en el frontis de La Moneda para el 18 de septiembre del bicentenario-, enteramente separados de su descendencia, como si se tratara de un pueblo muerto que dejó rondando fantasmas sucios. En la actualidad se les mira y trata con desdén, cuando no se les agrede directamente.

 

    En su composición interna, los mapuches son tan diversos como cualquier pueblo: tienen sus locos de cabeza caliente, sus políticos, sus poetas, sus sinvergüenzas y sus virtuosos, pero un desprecio de clase y de raza los condena en conjunto. “El despojo, la usurpación de las tierras es algo que está en la memoria colectiva muy reciente. De los abuelos. No viene de la prehistoria”, le contó a Pablo Vergara, editor de la revista The Clinic, el padre de Matías Catrileo, el joven mapuche estudiante del prestigioso Liceo Lastarria asesinado hace tres años por un carabinero que le disparó a mansalva, con “exceso de celo”, según dicen ahora que lo dejaron libre. A Catrileo le dispararon por la espalda en medio de una trifulca entre miembros de la CAM, la más combativa de las organizaciones indígenas, y carabineros, sobre las colinas con pastizales de la Araucanía, una región que consideran propia tanto ellos como los actuales dueños de fundos. Refiriéndose a eso por lo que su hijo peleaba, Mario Catrileo agregó: “Está bien luchar por mantener mi idioma, mis costumbres; por mi tierra, porque de ella obtengo los productos y asegura la sobrevivencia de la próxima generación, y si no contamino, no sólo me va a beneficiar a mí, sino que a todos los que vengan después. Eso hoy tiene cada vez más validez.” Buena parte de la revitalización de la causa mapuche, dicho sea de paso, se debe a que los pocos miembros de esa comunidad que consiguen educarse, leer, crecer… en lugar de tomar distancia con vergüenza, regresan a su Itaca, hoy plagada de invasores arrogantes. INCENDIO 04

    La Coordinadora Arauco Malleco (CAM), a la que el gobierno atolondradamente optó por responsabilizar del incendio de Carahue, donde han muerto siete brigadistas - entre los que se cuenta un mapuche-, ya declaró que no tiene nada que ver con el asunto. ¿Han investigado si acaso no estamos ante quemas patronales para cobrar seguros? Porque si se trata de expandir sospechas al boleo, capaz que haya sido hasta el ministro del interior Rodrigo Hinzpeter quien mandó a un pirómano para hacerse de otro escándalo que le permitiera aplicar leyes de excepción. No sería la primera vez que el gobierno de Sebastián Piñera se entusiasma con tesis conspirativas, y con la excusa de una amenaza inminente recurre a normas de emergencia, de ésas que restringen libertades escudadas en la alarma.

    Lo cierto es que la derecha gobernante tiene un lio por resolver. En su interior se debaten fuerzas liberales y conservadoras. Estas últimas son las responsables de propuestas tan absurdas y vergonzosas como cambiar en los libros escolares el término “dictadura” por el de “régimen militar” para referirse al período de Pinochet. Mal que mal, participaron activamente, tanto, que hablar de “régimen militar” no sólo suena a limpieza de imagen de lo que fue un gobierno criminal, sino también de las propias culpas. Durante la dictadura pinochetista, hubo muchos civiles que jugaron un papel preponderante. Tras la polémica ocasionada, felizmente se consiguió que echaran pie atrás.

    Recién ayer los representantes de esa derecha dura cenaron en la casa del presidente de la república y le recordaron que no por nada habían votado por él, que la derecha chilena no era igual que la izquierda, que lo suyo era el orden, el crecimiento económico y la seguridad ciudadana, no las reformas políticas que buscaban mejorar la representatividad a riesgo de la estabilidad, ni los discursos garantistas que se preocupan del delincuente antes que las víctimas, ni los énfasis en el Estado en desmedro de las energías individuales y la así llamada “inversión”.

Incendio
    Vivimos tiempos de incendios. Durante las últimas semanas, varias decenas de miles de hectáreas de bosques han ardido. También de leñeras industriales. En el extremo sur, las llamas han devorado el hábitat de los huemules, cóndores, guanacos, pumas, zorros culpeos y chingues sobrevivientes. Aves como el ñandú, el caiquén, el cisne de cuello negro, el flamenco chileno y el carpintero están protagonizando una tragedia. La floresta más austral de Chile de lengas y ñirques hoy yace carbonizada. Más al norte, en la región del Bio Bio, se quemaron 162 viviendas y al menos 500 personas fueron evacuadas. Según cifras oficiales, en torno a la mitad de las quemas que nos afectan cada año en esta temporada son causadas por el hombre, accidentalmente. El resto se reparte entre fuegos inevitables y atentados de todo tipo, en su mayoría destinados a vengar conflictos particulares o cobrar seguros comprometidos en tiempos de vacas flacas. En lugar de apagar las llamas, La Moneda, esta vez, ha optado por buscar culpables. Se ha inclinado por identificar responsables, antes de controlar las llamas que siguen consumiendo arboledas y pastizales. En una de ésas hay un mapuche involucrado, sepa Dios, en los orígenes de estos incendios que nos abrasan y sobrecogen como un infierno amenazante. Se dijo que en Las Torres del Paine el causante del fuego había sido un israelí, y no faltaron los idiotas que vincularon a Israel entero. Diputados de la república llegaron ha intuir horribles planes sionistas. La reacción del gobierno, cuyo jefe de gabinete es paradójicamente judío, fue intolerablemente burda y estigmatizadora respecto de otra etnia muchísimo más cercana, tanto como la de los siúticos de Chicureo, que de puro recién llegados aún no descubren las riquezas permanentes. “Chicureo”, por si acaso, es una palabra del mapudungun que significa “lugar donde se arman lanzas”. ¿Habrá winkas -literalmente “asaltantes, ladrones, usurpadores”, y coloquialmente “chilenos blancos”- que quieren guerra? Porque una cosa son las llamaradas, y otras las lenguas de fuego. Difícil decir en estos momentos, cuáles son más peligrosas.

El País

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