El canon imposible del boom

Por: | 04 de noviembre de 2012

 

El canon del boom. Basta pensar en el título de las jornadas que arrancan mañana en la Casa de América de Madrid y en ocho universidades españolas para llegar a la conclusión de que si hay un movimiento ya canonizado por la historia pero del que resulta casi imposible establecer un canon histórico ese es el boom de la literatura latinoamericana. En parte porque sigue siendo más algo del presente que del pasado. En parte porque lo que sucedió en torno a 1962 es tan importante por el 62 por como el “en torno”.

Si uno viaja a los meses que siguieron a la publicación de La ciudad y los perros se encuentra con párrafos como este:

“Juego, durante el día, con la idea de un curso y un libro sobre la novela contemporánea, que sugiere una visita del escritor Mauricio Wacquez. Introducción: novelistas norteamericanos hoy. 1: Cortázar, el artista libre. 2: Carlos Fuentes, el sociólogo. 3: Ernesto Sábato, la metafísica Argentina. 4: Mario Vargas Llosa, hacia un humanismo integral de la novela”.

NobelGaboimagesCAMVBJ3KEl apunte –en el que, como se ve, no sale García Márquez- pertenece al diario de José Donoso tal y como lo cita su hija Pilar en el descarnado Correr el tupido velo (Alfaguara, 2010). El novelista chileno publicaría su Historia personal del 'boom' en 1972, un año en el que todavía Vargas Llosa pronosticaba el triunfo “inevitable y en un plazo no demasiado largo” del socialismo. Lo que hoy es un casi un viaje sideral no lo es tanto si se piensa que diez años antes -en el icónico 1962, precisamente- Donoso conoció a Carlos Fuentes en un congreso de la Universidad de Concepción. Cuando el mexicano le pidió que le regalara su novela Coronación, el chileno le entregó varios ejemplares. Uno fue a parar al agente literario de Fuentes en Nueva York –Carl D. Brant-, que a su vez se lo mandó al editor Alfred A. Knopf. Este decidió editarla y “así se abrió para él el mercado internacional”, apostilla Pilar Donoso, que cuenta también cómo Fuentes regaló otro de aquellos ejemplares a Fidel Castro. Como se ve, el internacionalismo (vulgo, globalización) tenía más de una cara en los años sesenta. Y una de ellas era explícitamente política.

Pero si la aparición de La ciudad y los perros sirve como fecha convencional para marcar el estallido del boom, su onda expansiva se extiende tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Más allá de la parte promocional de toda etiqueta –y esta, no olvidemos, va pegada a un puñado de obras maestras-, la obra de los “jóvenes” de los cincuenta y sesenta –Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Donoso, Cabrera Infante, el ya no tan joven Cortázar- confluyó con la de sus mayores y puso el foco colectivo sobre autores que llevaban años haciendo la guerra por su cuenta como Rulfo, Onetti, Lezama Lima o Borges. Contra la tentación de pensar que todo surgió de la nada un año concreto basta repasar la fecha de publicación de obras como El Aleph (1949), La vida breve (1950), Pedro Páramo (1955), Los ríos profundos (1958) o Hijo de hombre (1960).

NobelAsturiasSi el papel editorial de España fue importante para dotar socialmente a la literatura latinoamericana de una visión de conjunto que trascendiera el viejo regionalismo, su papel cultural fue más bien rácano. ¿Cómo explicar si no el hecho de que la universidad francesa lleve décadas de adelanto a la española en el estudio de una literatura escrita en su mismo idioma? ¿O que el peso crítico de “los nuestros” recayera en aquellos primeros años en un chileno (Luis Harss), dos uruguayos (Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama) o un peruano (Julio Ortega)? Puede que esa racanería explique la tardanza en rescatar para el lector español a autores como Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, Idea Vilariño, Antonio di Benedetto, Juan José Saer o Daniel Moyano –del que la canónica, sí, colección Archivos acaba de publicar la novela Tres golpes de timbal, descatalogada desde hace tiempo por Alfaguara-.

Si el boom como fenómeno abrió una enorme puerta al pasado, el impaciente embudo editorial español cerró en parte la puerta del futuro. La llegada de la democracia y el interés de los lectores por otra nueva narrativa –la española- no hizo más que fosilizar una nómina latinoamericana de valores seguros en la que solo por la fuerza de su influencia en terceros se fueron colando nombres –canónicos a su manera en su país de origen- como los de Roberto Arlt o Manuel Puig. Medio siglo después de booms, cracks, macondos y McOndos, el hecho de que España siga estando en el centro de la rueda editorial es a la vez una anomalía y una suerte. Lo primero, por la desigual relación cultural entre un país y todo un continente que a veces necesita pasar por Barcelona o Madrid para viajar desde Buenos Aires a Bogotá. Lo segundo porque el lector español sigue teniendo el privilegio de comprobar cada tanto que no representa más que el 10% del idioma que habla, o sea, que hay una legión de escritores dando vida a la parte más grande de su propia lengua.

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Imágenes, de arriba abajo: brindis de Mario Vargas Llosa en el banquete del Premio Nobel de 2010; Gabriel García Márquez tras recibir el galardón en 1982; Miguel Ángel Asturias, tras recibirlo en 1967.

 

Hay 1 Comentarios

"El lector español sigue teniendo el privilegio de comprobar cada tanto que no representa más que el 10% del idioma que habla, o sea, que hay una legión de escritores dando vida a la parte más grande de su propia lengua". Muy justas y necesarias palabras. A las que habría que añadir que cada año se le intenta hacer olvidar ese hecho, manteniendo convocatoria tras convocatoria la absurda "ley no escrita" según la cual el Cervantes debe tender a concederse un año a un escritor "de aquí" y otro a uno "de allá", en una equiparación imposible y absurda del dicho 10% con el 90% restante. ¿Cuándo desaparecerá semejante dislate? ¿"El año que viene, si Dios quiere", como decía el extinto "Hermano Lobo"?

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Sobre el blog

Como dios y el diablo viven en los detalles, en la letra pequeña de los contratos están los matices. Este blog habla de literatura desde esa perspectiva. A pie de página. Sin gritar demasiado.

Sobre el autor

Javier Rodríguez Marcos

estudió filología, trabaja como periodista y es miope. Pero sigue leyendo. Forma parte del área de cultura del diario EL PAÍS y ha publicado media docena de libros, alguno incluso de poesía. De tener una teoría, podría resumirse en este viejo tuit de don Quijote: "Más vale un diente que un diamante".

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