Lluis Bassets

Obama frente a los ayatolás

Por: | 22 de junio de 2009

¿Debe Estados Unidos denunciar el fraude electoral de las elecciones iraníes? ¿Corresponde a la primera superpotencia decidir quién ha ganado los comicios? ¿Está entre sus funciones animar a los manifestantes que exigen unas nuevas elecciones presidenciales? ¿Debe Washington promover el derrocamiento de la dictadura teocrática iraní?

Todas estas preguntas se hallan estos días en el fondo de las numerosas críticas que está recibiendo Barack Obama por su extraordinaria cautela a la hora de pronunciarse sobre la situación política iraní. A pesar de toda su prudencia, el régimen de los ayatolás ha señalado a los países occidentales, encabezados por Londres y Washington, y muy especialmente a sus medios de comunicación, como incitadores de la revuelta.

Muchos son los argumentos que aconsejan la máxima prudencia a los Gobiernos democráticos en éste y en todos los casos. En primer lugar, porque apoyar a un candidato significa descalificarlo ante la opinión pública interna. Para Obama significa, además, limitar los márgenes del diálogo con Teherán propuesto en su programa electoral, algo que deberá emprender sea cual sea el desenlace de la crisis. Lo mismo puede decirse del apoyo a los manifestantes, que el régimen quiere presentar como manipulados desde el exterior. Muy distinto es intensificar la presión respecto a las violaciones de derechos humanos y el ejercicio de una intensa vigilancia sobre los comportamientos del régimen, sobre todo por parte de un presidente que se ha mostrado empeñado en su defensa en su propio país, como es el caso de Obama.

Hay muchos y variados antecedentes sobre el comportamiento de Estados Unidos ante crisis políticas como las de Irán. Para buscar un caso remoto pero interesante, en 1956 Washington alentó la revuelta armada de los húngaros contra la ocupación soviética, hasta crear la falsa sensación de que las tropas de la Alianza Atlántica podrían acudir en auxilio de los revolucionarios. El pragmatismo de la Guerra Fría, que obligaba a respetar las áreas de influencia dibujadas en Yalta al término de la contienda mundial, dejó tirados y sin otro auxilio que el propagandístico a los desgraciados y valientes húngaros.

En 1981, para acercarnos más a nuestras circunstancias, la Casa Blanca de Ronald Reagan se mantuvo discretamente al margen y sin entrometerse ante el golpe de Estado del coronel Tejero. Cabe notar también la discreción con que Estados Unidos, esta vez con Bush padre, abordó la represión de los estudiantes de Tian Anmen, a cargo de un régimen que era ya un estrecho aliado sobre todo en el campo económico. Reagan y Bush padre no tuvieron precisamente unos reflejos muy vivos a la hora de tomar partido, respectivamente, en las elecciones filipinas de 1986 en las que Corazón Aquino tuvo que superar el fraude electoral preparado por el dictador Ferdinand Marcos y en el golpe de Estado del verano de 1991 contra Mijail Gorbachev.

La tradición norteamericana en estos casos ha sido, ante todo, la de una reacción según criterios de realismo político y de prudencia respecto a sus propios intereses. Durante la entera Guerra Fría Estados Unidos apoyó numerosas dictaduras, la española sin ir más lejos, y no movió un dedo cada vez que hubo extralimitaciones de sus aliados más impresentables. La presidencia neocon de Bush hijo, curiosamente, fabricó un nuevo tipo de actitud moralista ante las crisis políticas, merecedora de los mayores sarcasmos: siendo una de las peores etapas en cuanto a promoción de los valores y derechos más característicos del ideario fundacional norteamericano, impuso como un dogma del comportamiento internacional el derecho e incluso la obligación de Estados Unidos a interferir y arbitrar en las crisis políticas de cualquier país, principalmente si se trataba de derrocar gobiernos despóticos sin vinculaciones de intereses ni alianzas con Washington.

Las actuales exigencias y presiones sobre Obama para que lance diatribas y condenas contra la dictadura de Jamenei son una última extensión de la hipocresía neocon y a la vez parte de la labor de oposición al nuevo presidente para hacer descarrilar su política internacional de apertura al mundo musulmán y de diálogo con el Irán de los ayatolás. Todas estas consideraciones no ocultan la dificultad del momento internacional para Obama, pues en cierta medida está inaugurando una nueva forma de relaciones con el mundo que significa una ruptura con la anterior presidencia y muchas innovaciones respecto a las anteriores.

(Enlaces con dos artículos críticos con Obama, de Paul Wolfowitz y Charles Krauthammer)  

Hay 3 Comentarios

El cambio, cuesta... y muchas veces duele. Esa es la cruda realidad. Y la retórica política nos hace olvidar eso. Y Obama no tiene ninguna manera de meter mano a este asunto, para que se haga de forma suave como a él le gustaría, porque sabe que si el régimen de los ayatolás se mantiene deberá lidiar con ellos.
PS. Sin ofender, me gustaría saber quién son los que están detrás de las manifestaciones.

No, No, No... y No, en respuesta a las cuatro preguntas con las que empieza el post. Efectivamente, "hay muchos y variados antecedentes sobre el comportamiento de Estados Unidos ante crisis políticas como las de Irán". No es ni mucho menos la primera vez en la historia que USA-Israel-UK se dedican a montarlas y alimentarlas en la zona, ¡si hasta sale ya en los libros de texto de la ESO! El problema, claramente expuesto en tu post, Lluís, vuelve a ser que, como sabe todo buen pirómano, una vez provocado el incendio, nunca se sabe qué dirección puede tomar, y Obama debe ocuparse ahora de que no le queme la casa. Nada nuevo ahí tampoco, ¿verdad?

Gracias Lluis por tus siempre acertados planteamientos, la respuesta a todas las preguntas que haces sólo se pueden responder con un rotundo e inapelable nó. No hay ni un solo argumento válido que justifique una actitud, y menos el derecho a dictaminar lo que cada país decida en función al derecho de ejercer su soberanía. El respeto al derecho ajeno es la paz, y sus enemigos -los que se enriquecen con las guerras- harán todo lo posible por torpedear cualquier intento por establecerla, y desgraciadamente tienen demasiadas herramientas y poder para conseguirlo. Dada la situación que se vislumbra, es dificil mantener el optimismo, y si Obama no consigue sus propósitos, dudo que alguien pueda hacerlo.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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