Lluis Bassets

Para Obama, es sólo Angela

Por: | 22 de septiembre de 2009

No se sabe si EE UU ha empezado su decadencia, pero todo el mundo está de acuerdo que quien sin duda alguna se encoge es Europa. Debido sobre todo a su anorexia política. La reducción de tamaño afecta a todos los países, pero en proporciones distintas. Algunos se encogen a ojos vista, pero hay uno, en cambio, cuya talla internacional aún crece en términos relativos: es Alemania. Salvo esta semana, en que la campaña impone una pausa a su creciente protagonismo en la escena exterior.

Merkel tiene buena parte de mérito en una evolución que también a ella le ha afectado. Desde que llegó a la Cancillería al frente de la Gran Coalición no ha parado de crecer también de puertas afuera. En un panorama de líderes poco fiables o sin consistencia ha conseguido convertirse en el interlocutor europeo más sólido, por encima del hiperactivo Nicolas Sarkozy. Cuenta la periodista Margaret Heckel, del diario Die Welt, que Merkel y Obama acordaron llamarse por su nombre de pila cuando ella le telefoneó para felicitarle por su elección como presidente y le indicó además que lo pronunciara a la alemana.

Merkel pudo atribuirse el mérito de tejer el consenso sobre el Tratado de Lisboa en la cumbre con la que culminó su semestre presidencial de la UE, algo que hizo con el auxilio un tanto embarazoso y acaparador de Sarkozy. Su capacidad de convicción en la escena internacional quedó también plasmada en la Declaración de Berlín, en la que los países miembros se reafirmaron en los principios de la unidad europea que animaron el Tratado de Roma 50 años antes. Y en la cumbre del G-8 en Heiligendamm, de la que Merkel fue anfitriona y le permitió exhibir su preocupación por el cambio climático y su compromiso con la revisión de Kioto.

El éxito no exige tan sólo esfuerzos, sino también suerte. La de Merkel fue llegar cuando Bush estaba ya en la pendiente. Pudo así corregir el tiro del antiamericanismo de Schröder sin tener que comprometerse en nada. Criticó incluso Guantánamo y mostró su coherencia en una política exterior orientada también por los derechos humanos en todas direcciones, desde China y Rusia hasta Sudán e Irán.

Como canciller ha podido eclipsar en la escena internacional a su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, con el que se enfrenta ahora en las elecciones, algo que invierte el reparto tradicional de los protagonismos en este campo. Y ha capitalizado y navegado en la estela de Joschka Fischer, el ecologista que imprimió el gran giro en las relaciones internacionales de Alemania, con las primeras acciones militares fuera de las fronteras desde la Segunda Guerra en los Balcanes y fuera de territorio OTAN en Afganistán.

Alemania ha dado excelentes personajes a la política internacional en la época en que un objetivo interior como la unificación era el tema central de toda su acción exterior. Una nueva victoria de Merkel este fin de semana arrojará más nombres al mercado: Steinmeier suena ya para sustituir a Javier Solana como representante europeo de Exteriores, y el ministro de Economía, Peer Steinbrück, para una futura vacante en el FMI. Otros han preferido orientar su protagonismo en detrimento de la política y a favor del dinero. Schröder se colocó en el gasoducto ruso cuando todavía tenía los trastos en la Cancillería. Este fin de semana se ha sabido que Fischer, además de asesorar a la constructora del gasoducto Nabucco, ha conseguido para su empresa (Joschka Fischer & Co.) a un cliente como BMW. También estas derivas biográficas desde la izquierda contribuyen a dar relieve a la figura de Merkel.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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