Lluis Bassets

Berlín

Por: | 19 de octubre de 2009

Mentiría si dijera que conozco Berlín como la palma de la mano. Sólo viví unos meses en lo que era todavía la ciudad dividida, en el invierno de 1979, en la parte occidental, y aunque me desplacé en varias ocasiones al Este, nunca estuve más que unas horas en las desoladas y siniestras calles y avenidas de lo que era entonces la capital de la República Democrática de Alemania. Después he visitado Berlín en muchas y variadas ocasiones, antes y después de la caída del Muro. La más reciente, hace apenas unas semanas, durante la campaña para las elecciones que han dado la victoria de nuevo a Angela Merkel y han liquidado la gran coalición. Recuerdo con especial entusiasmo los días que permanecí en Berlín poco después del 9 de noviembre de 1989, cuando corrían todavía los trabis y las gorras soviéticas y las chaquetas de los guardias fronterizos que se vendían en los tenderetes eran auténticas, y no como ahora que son prendas confeccionadas para la siempre próspera industria de la memoria.

La vida y el ambiente de aquel Berlín oriental felizmente desaparecido han sido evocados con bastante acierto por dos películas que han hecho fortuna entre nosotros, como ‘Goodbye Lenin’ y ‘La vida de los otros’. Pero para mi gusto, la mejor evocación de aquel Berlín siniestro donde imperaba la Stasi se encuentra en ‘El expediente’, la narración autobiográfica de Timothy Garton Ash, que ahora debiéramos recuperar con este vigésimo aniversario. Cada vez que paseo por las calles de Mitte próximas a la zona donde estaba el Muro no puedo dejar de recordar aquella ciudad desierta y aquella tremenda herida que dividía la ciudad y cercaba el Berlín occidental.

Berlín celebra dentro de pocos días uno de los momentos más felices de su historia. La noche de aquel 9 de noviembre de hace 20 años es el último momento de la sincronía trágica entre la historia de la ciudad y la historia del mundo. Con motivo del aniversario y del Premio Príncipe de Asturias concedido a la ciudad, El País Semanal ha dedicado el número entero de este pasado fin de semana a la capital alemana, en el que he participado con un texto sobre la historia de la ciudad en el siglo XX. No conozco Berlín como conozco Barcelona, pero probablemente mucho mejor que otras ciudades donde he vivido mucho más tiempo. Sobre todo su historia, su pasado doloroso, las huellas que todavía pueden localizarse en el presente. Por eso me he atrevido a escribir sobre esta ciudad destinada a ir tomando cada vez más cuerpo como capital cultural y política de la Europa unificada.

(Enlaces: con mi artículo ‘Berlín, capital trágica del siglo XX’; con las referencias de ‘El expediente’, ‘Goodbye Lenin' y ‘La vida de los otros’).

Hay 3 Comentarios

Como dice nuestro alcalde, Berlín es pobre pero sexy, lo malo de esto es que como continuemos mucho tiempo siendo pobres nos iremos al carajo como ciudad y puede que sin remedio. Tampoco se trata de ser ricos, pero por lo menos sería bastante interesante, dejar de ser pobres. Además, Berlín tiene un gravísimo problema con los turcos, que no están en absoluto integrados y viven agrupados en barrios y zonas muy concretos (Kreuzberg, Wedding) en los que incluso los jóvenes de segunda y tercera generación nacidos aquí siguen sin hablar el alemán ni siquiera aceptablemente y tienen gravísimos problemas para encontrar trabajos mínimamente decentes aquí o en el resto de Alemania. Se supone que Berlín es muy progresista, pero es absolutamente incapaz de conseguir integrar de manera eficaz a los turcos, lo que no habla muy bien en favor de Berlín ni de su "progresismo".

Este verano he ido a Berlín por primera vez, estuve allí tres días, y me gustó mucho, sobre todo porque en sus calles todavía se ve la presencia de esa parte de la historia de la que hablas en este post y en el artículo del domingo.

Como dices, Goodbye Lenin y La vida de los otros reflejan perfectamente ese ambiente y los cambios que se han producido después. Muy aconsejables dentro del reciente cine alemán ;)

Claro que lo entiendo. Entiendo que no es necesario vivir mucho tiempo en Berlín para que la sangre de una historia que es la de todo nuestro continente arda en las propias venas. Incluso quienes no conocieron otro Berlín que el abierto a todos -esa ciudad amigable y sonriente que reconstruye lentamente sus pedazos- reconocen la herida de una guerra que fue de todos, el mordisco feroz de un pasado y la fuerza con la que, aquel 9 de noviembre, algo se suavizaba en nuestros corazones o conciencias. Son pocas las veces que he sentido el eco vivo del devenir de la historia y de cómo se escribe hacia delante. Yo sólo tenía once años en el 89. Pero, plantada estupefacta delante de la tele aquel día, sí supe que aquel era uno de los pocos grandes momentos de la historia que yo estaría destinada a conocer. Y esta es una sensación que he vivido muy pocas veces después; en general en circunstancias trágicas. Cuando el 9 de noviembre se revivan aquellas escenas, aprenderemos a ser mejores personas de nuevo; al menos por un rato, y la necesidad de romper otros muros contemporáneos nos abrirá los ojos sobre lo que debería hacerse en pro de un mundo más justo. ¿Seremos tan capaces como los alemanes de ambos lados, que se abrazaron y perdonaron?

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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