Lluis Bassets

Libertad en venta (1)

Por: | 18 de enero de 2011

El poder no se desplaza sólo. Le acompañan y a veces le preceden la población, la riqueza, los ejércitos, la tecnología y, naturalmente, al final de todo, en cola, las ideas y los valores. Podemos observarlo en la actual y precipitada redistribución que se está produciendo en el mundo, tanto en el conjunto del planeta, en dirección a oriente y al sur, como en el interior de las sociedades e incluso en la sociedad global, con la aparición de nuevos poderes no estatales capaces de desafiar y subvertir las jerarquías y el orden establecido.

Aunque el poder suele desplazarse lentamente, desmintiendo incluso la capacidad de cambio de esos ciclos revolucionarios que terminan dando vueltas sobre sí mismos, las recientes modificaciones en su distribución a escala mundial llevan una aceleración fuera de lo habitual que las hace especialmente visibles en los grandes escenarios internacionales. Pero al final, como suele suceder en la vida misma, los últimos en darse cuenta de los cambios son quienes pierden el poder y quienes con él pierden sus propios valores e ideas. La procesión pasa, les deja solos y desposeídos, y ellos todavía siguen creyendo en las viejas jerarquías que pertenecen a su mundo desaparecido. Los combates de la historia proporcionan así amargas experiencias sobre los cambios y desplazamientos de influencia y poder, antiguas como la mitología, pero de las que difícilmente se aprende a tiempo.

Ahí está el caso modélico del país poderosísimo que pretendía culminar y garantizar su hegemonía mediante un despliegue de fuerza y poderío sin parangón en la historia y al final, gracias a la hybris, la arrogancia de los griegos, sólo consigue herirse a sí mismo y acelerar su caída. Y allí está el desposeído y humillado de ayer, que se convierte de pronto en la potencia de hoy gracias a su tamaño poblacional, a su emplazamiento geoestratégico y probablemente también a su capacidad para encajar como pieza imprescindible en el engranaje de la nueva economía globalizada.

Estas lecciones de siempre nos han sido impartidas una vez más en la última década, culminando una etapa de la historia del mundo que muchos interpretaron como la apoteosis de occidente. Eran tres los éxitos indiscutibles recién cosechados por los países occidentales: el hundimiento de la Unión Soviética y del bloque comunista, el asentamiento de la superpotencia única como conductora imprescindible del planeta y la prosperidad inherente a la globalización económica y tecnológica. El nuevo siglo iba a ser entero para Estados Unidos, al decir de los intelectuales neoconservadores, partidarios de utilizar el poder para ampliar y alargar la hegemonía ganada y mantenida durante el siglo XX. Quienes se asociaran a tal esfuerzo, los países europeos por ejemplo, podrían compartir gloria y riqueza, mientras que quienes se opusieran quedarían condenados a la irrelevancia.

Al final de la primera década del siglo XXI todos sabemos que nada de esto ha sucedido y que nos dirigimos a toda velocidad hacia un mundo exactamente inverso al que habían diseñado aquellos osados revolucionarios de derechas a los que conocemos como neocons. El declive de la hegemonía estadounidense es evidente en todos los ámbitos, paralelo al ascenso desafiante de las nuevas potencias emergentes, encabezadas por China. No hay contrapeso alguno, puesto que Europa se halla más desunida que nunca y en situación todavía más declinante que Estados Unidos. Su modelo de cooperación multilateral y de soberanías compartida, exhibido en las últimas décadas como alternativa al mundo desordenado y en tensión de la multipolaridad ha dejado de ejercer su viejo magnetismo, sustituido por el modelo asiático de crecimiento económico sin libertades, del que la dictadura comunista china es el mejor y más perfecto paradigma.

El periodista británico nacido en Singapur, John Kampfner, autor de ‘Libertad en venta’, posee las mejores credenciales profesionales y los mejores instrumentos de observación y análisis para explicar las consecuencias de este desplazamiento de poder hacia Oriente y la progresión de nuevo paradigma de desarrollo que lo acompaña, en el que se combina el crecimiento económico y la prosperidad con la limitación de libertades individuales y el pluralismo político. Kampfner es director de Índice de la Censura, una de las más destacadas ong’s dedicada a combatir a favor de la libertad de expresión, especialmente las leyes antilibelo británicas. Su anterior libro, ‘Las guerras de Blair’, es una acerada crítica a la arrogancia política y militar del primer ministro más belicista que ha tenido Reino Unido desde la Segunda Guerra mundial, Thatcher y Churchill incluidos. Kampfner ha sido corresponsal en el Berlín comunista anterior a la caída del Muro y en Moscú en el momento de la disolución de la Unión Soviética; también corresponsal internacional con el Financial Times y director del semanario de izquierdas británico News Statesman.

Kampfner nos explica la nueva marcha antidemocrática del planeta por el buen funcionamiento de un pacto entre las elites y los ciudadanos, aplicado inicialmente con éxito en Singapur, imitado directamente por China y seguido posteriormente incluso por los países occidentales, que se habrían convertido así, por primera vez en la historia de la humanidad, en importadores en vez de exportadores de ideología. Su libro es una síntesis de análisis y de reportaje, con abundantes entrevistas personales, noticias precisas y observaciones sobre cada uno de los lugares visitados. Participa por tanto del ensayo periodístico y del viaje ideológico. Y tanto nos señala la dirección de marcha del mundo como nos sirve para entender los peculiares sistemas y sociedades de los distintos países que recorre en su periplo.

(Este texto es la primera parte de la introducción que he escrito para la traducción española del libro de John Kampfner, que estará en las librerías en las próximas semanas. Mañana daré la segunda parte de dicha introducción, que en el libro lleva como título ‘Escuela de mandarines’)

Hay 6 Comentarios

A finalmente, nuestro bastardo, verruga se quedó solo. Apunta con Holmes y nada, apunta con Mighty, y nada, apunta con Bonifacio, nada, apunta con Bronca, menos. Ya ves, nadie te quiere, nadie te habla... Te lo mereces!

Una anecdota: hace 10 años, recien llegado a USA, trabaje en una planta de IBM como inspector de microcircuitos - con un microscopio integrado con un scanner, antes de darles el visto bueno para ser integrados en un computador. Trabeje codo con codo con algunos chinos, y me sorprendio que a la hora del receso, mientras los americanos (y yo con ellos) nos tomabamos un descanso, los chinos seguian en su tarea, creo que para destacar en la hoja de produccion.
Por lo demas, eran personas encantadoras - no hay ningun prejuicio aqui. Solo espero que el nuevo mundo que se anuncia no signifique otro bajon en calidad de vida.

A veces solo queda dar las gracias. Me sorprende no ver mas comentarios, pues este es uno de esos articulos que nos hace entrever el futuro. Gracias a Bassets por esta primicia, y tambien gracias a mighty wart por sus interesantes anejos.

La Europa actual sigue siendo, la Europa de la reforma, la de las grandes revoluciones culturales,la gran defensora de loa derechos humanos asi' como la defensora de la libertad,herencia que los USA han utilizado como privilegio durante tantos años.
No importa la potencia comercial asia'tica en cuanto a su influencia a nivel mundial, lo que importa es : "lo que puede haber después" de su implantacion comercial a nivel de dependencia.

Francis Fukuyama on the FT today (on behalf of my subscription)

US democracy has little to teach China

The first decade of the 21-century has seen a dramatic reversal of fortune in the relative prestige of different political and economic models. Ten years ago, on the eve of the puncturing of the dotcom bubble, the US held the high ground. Its democracy was widely emulated, if not always loved; its technology was sweeping the world; and lightly regulated “Anglo-Saxon” capitalism was seen as the wave of the future. The US managed to fritter away that moral capital in remarkably short order: the Iraq war and the close association it created between military invasion and democracy promotion tarnished the latter, while the Wall Street financial crisis put paid to the idea that markets could be trusted to regulate themselves.

China, by contrast, is on a roll. President Hu Jintao’s rare state visit to Washington this week comes at a time when many Chinese see their weathering of the financial crisis as a vindication of their own system, and the beginning of an era in which US-style liberal ideas will no longer be dominant. State-owned enterprises are back in vogue, and were the chosen mechanism through which Beijing administered its massive stimulus. The automatic admiration for all things American that many Chinese once felt has given way to a much more nuanced and critical view of US weaknesses – verging, for some, on contempt. It is thus not surprising that polls suggest far more Chinese think their country is going in the right direction than their American counterparts.

But what is the Chinese model? Many observers casually put it in an “authoritarian capitalist” box, along with Russia, Iran and Singapore. But China’s model is sui generis; its ­specific mode of governance is difficult to describe, much less emulate, which is why it is not up for export.

The most important strength of the Chinese political system is its ability to make large, complex decisions quickly, and to make them relatively well, at least in economic policy. This is most evident in the area of infrastructure, where China has put into place airports, dams, high-speed rail, water and electricity systems to feed its growing industrial base. Contrast this with India, where every new investment is subject to blockage by trade unions, lobby groups, peasant associations and courts. India is a law-governed democracy, in which ordinary people can object to government plans; China’s rulers can move more than a million people out of the Three Gorges Dam flood plain with little recourse on their part.

Nonetheless, the quality of Chinese government is higher than in Russia, Iran, or the other authoritarian regimes with which it is often lumped – precisely because Chinese rulers feel some degree of accountability towards their population. That accountability is not, of course, procedural; the authority of the Chinese Communist party is limited neither by a rule of law nor by democratic elections. But while its leaders limit public criticism, they do try to stay on top of popular discontents, and shift policy in response. They are most attentive to the urban middle class and powerful business interests that generate employment, but they respond to outrage over egregious cases of corruption or incompetence among lower-level party cadres too.

Indeed, the Chinese government often overreacts to what it believes to be public opinion precisely because, as one diplomat resident in Beijing remarked, there are no institutionalised ways of gauging it, such as elections or free media. Instead of calibrating a sensible working relationship with Japan, for example, China escalated a conflict over the detention of a fishing boat captain last year – seemingly in anticipation of popular anti-Japanese sentiment.

Americans have long hoped China might undergo a democratic transition as it got wealthier, and before it became powerful enough to become a strategic and political threat. This seems unlikely, however. The government knows how to cater to the interests of Chinese elites and the emerging middle classes, and builds on their fear of populism. This is why there is little support for genuine multi-party democracy. The elites worry about the example of democracy in Thailand – where the election of a populist premier led to violent conflict between his supporters and the establishment – as a warning of what could happen to them.

Ironically for a country that still claims to be communist, China has grown far more unequal of late. Many peasants and workers share little in the country’s growth, while others are ruthlessly exploited. Corruption is pervasive, which exacerbates existing inequalities. At a local level there are countless instances in which government colludes with developers to take land away from hapless peasants. This has contributed to a pent-up anger that explodes in many thousands of acts of social protest, often violent, each year.

The Communist party seems to think it can deal with the problem of inequality through improved responsiveness on the part of its own hier­archy to popular pressures. China’s great historical achievement during the past two millennia has been to create high-quality centralised government, which it does much better than most of its authoritarian peers. Today, it is shifting social spending to the neglected interior, to boost consumption and to stave off a social explosion. I doubt whether its approach will work: any top-down system of accountability faces unsolvable problems of monitoring and responding to what is happening on the ground. Effective accountability can only come about through a bottom-up process, or what we know as democracy. This is not, in my view, likely to emerge soon. However, down the road, in the face of a major economic downturn, or leaders who are less competent or more corrupt, the system’s fragile legitimacy could be openly challenged. Democracy’s strengths are often most evident in times of adversity.

However, if the democratic, market-oriented model is to prevail, Americans need to own up to their own mistakes and misconceptions. Washington’s foreign policy during the past decade was too militarised and unilateral, succeeding only in generating a self-defeating anti-Americanism. In economic policy, Reaganism long outlived its initial successes, producing only budget deficits, thoughtless tax-cutting and inadequate financial regulation.

These problems are to some extent being acknowledged and addressed. But there is a deeper problem with the American model that is nowhere close to being solved. China adapts quickly, making difficult decisions and implementing them effectively. Americans pride themselves on constitutional checks and balances, based on a political culture that distrusts centralised government. This system has ensured individual liberty and a vibrant private sector, but it has now become polarised and ideologically rigid. At present it shows little appetite for dealing with the long-term fiscal challenges the US faces. Democracy in America may have an inherent legitimacy that the Chinese system lacks, but it will not be much of a model to anyone if the government is divided against itself and cannot govern. During the 1989 Tiananmen protests, student demonstrators erected a model of the Statue of Liberty to symbolise their aspirations. Whether anyone in China would do the same at some future date will depend on how Americans address their problems in the present.

China sube a ritmo exponencial por la escalera tecnológica. En 2010 puso en funcionamiento tanto la supercomputadora más veloz como el tren más rápido del planeta. Desde 2009 es líder mundial en patentes tecnológicas y para 2011 lo será en artículos científicos arbitrados. Tomó ya la delantera internacional en el desarrollo y comercialización de las tecnologías energéticas limpias, mientras que dos ejemplos recientes dan muestra de sus avances tecnológicos en el área militar: el J-20, que compite en aviones de quinta generación con el F-22 Raptor norteamericano y el sistema misilístico DF 21-D, cuyo radio de acción de 1.500 km y su altísima precisión, dejarían sin capacidad de respuesta a los portaaviones que se aproximasen a su aguas (no quiero imaginarme como se le debe haber puesto la “rosca” al Gates ese al haber visto todo esto). En el área espacial, mientras EEUU se repliega China embiste, invirtiendo masivamente para colocar un hombre en la Luna en 2020 y hacer el primer viaje tripulado de 80 millones de kilómetros a Marte, en 2030.

Simultáneamente, China ocupa y seguirá ocupando el primer lugar del planeta en mano de obra intensiva. La conjunción entre huelgas y aumento de salarios en empresas emblemáticas, ha hecho que la prensa occidental hable del "punto de inflexión Lewis": esa etapa particular en una economía emergente en que la mano de obra comienza a escasear, trayendo consigo inflación y disminución del crecimiento económico. Pero lo cierto es que es absurdo traer a colación la tesis de Lewis cuando, según The Economist de 12 junio 2010, China dispone de una población en edad laboral de 977 millones de personas que para 2015 subirá a 993 millones. Cierto que la política de un solo hijo irá haciendo disminuir el número de nuevos entrantes al mercado de trabajo y que éstos serán un 30% menos dentro de diez años. No obstante, la magnitud misma de las cifras involucradas hace risible hablar de escasez de mano de obra. China puntea en los dos extremos de la escala económica: alta tecnología, en donde cada día se acerca más a EEUU, y mano de obra intensiva. Esta China dual, país desarrollado y en desarrollo, se ve sometida a importantes retos políticos internos. ¿Cómo hacer para que los que van adelante no aspiren a reproducir los patrones políticos de Occidente? ¿Cómo hacer para que los que queden atrás no se rebelen contra la brecha social?

A favor de la estabilidad de su modelo, China cuenta con una cultura política ancestral basada en dos premisas. Primero, la legitimidad de un sistema se sustenta en su éxito: lo que desde fecha inmemorial se ha llamado "la bendición de los cielos". Segundo, el confucianismo determina estructuras sociales asentadas en el respeto a la jerarquía y la autoridad. Aunque esto último se subordina a lo primero. Paradójicamente, la fortaleza del modelo viene a transformarse en su mayor debilidad: el contrato social se mantiene en tanto produce resultados, rompiéndose cuando deja de hacerlo. Igualmente paradójico es el hecho de que su dualidad de país desarrollado y en desarrollo puede ser su mayor garantía de proveer esos resultados. Combinar la tecnología que permite "jalar" a los de abajo con la suficiente mano de obra para garantizarse tasas sostenidas de inversión y crecimiento, brinda una extraordinaria flexibilidad económica.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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