Lluis Bassets

Maniobras soberanas

Por: | 30 de mayo de 2011

En apenas una semana el gobierno catalán han tenido ocasión de experimentar tres actuaciones de su fuerza pública con motivo de distintos problemas en la ciudad de Barcelona, relacionados con la acampada de los indignados y con la celebración de la Champions. La política es pedagogía, según frase del socialista Manuel Serra i Moret, y las decisiones que toma un gobierno pueden entenderse como lecciones públicas que servirán para el aprendizaje de los ciudadanos respecto a los modos y ética de su gobierno.

La primera lección se impartió en los días de reflexión y en la jornada electoral del pasado 22 de mayo. Había órdenes de las juntas electorales de Barcelona y Central, a las que había recurrido el gobierno catalán pidiendo aclaraciones, para que se disolvieran las acampadas. Pero la autoridad gubernativa decidió pasar de los jueces y de sus órdenes. No lo aconsejaba la prudencia, expresada por una frase del ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba: la policía está para resolver problemas no para crearlos. Tampoco lo aconsejaban las elecciones: el recién estrenado gobierno de Convergència i Unió no iba a jugarse un puñado de votos por el capricho de unos jueces con vocación de gobernantes.

El pasado viernes tocó la segunda lección, cuando alguien, no se sabe quién, decidió limpiar la plaza de Catalunya y retirar todos los objetos que pudieran significar un peligro el sábado por la noche, en caso de que los seguidores del Barça se desplazaran allí a celebrar la victoria. Se trataba de una actuación preventiva, que ocupó a un amplio destacamento de las fuerzas antidisturbios de los Mossos d’Esquadra y terminó con un único detenido y más de un centenar de personas atendidas por los servicios médicos.

Lo más destacado fue el funcionamiento de las redes sociales, que difundieron imágenes fotográficas y videográficas de inequívoco valor testimonial acerca de la actitud pacífica y pasiva de los manifestantes y de la arbitraria y gratuita violencia de los Mossos d’Esquadra. Al final del día, la plaza de Cataluña quedó de nuevo ocupada, sin que hubiera servido para nada la actuación policial y, en cambio, el movimiento de las acampadas recibió un poderoso impulso en toda España por obra de la decisión política que había detrás de unas cargas policiales de tal contundencia.

La tercera y última lección es la de la madrugada del domingo, al final de las celebraciones futbolísticas. Esta vez los antidisturbios tuvieron que enfrentarse con los habituales hinchas violentos que suelen estropear todo final de fiesta futbolístico con sus destrozos de mobiliario urbano y sus provocaciones a la fuerza pública. El saldo habla por sí solo: más de cien detenidos y 132 heridos. Los acampados consiguieron separarse de los disturbios mediante cadenas humanas y pusieron a buen recaudo cualquier objeto susceptible de un uso violento. Esta experiencia prueba con posterioridad a los hechos el error de apreciación de quien decidió tratar violentamente a los indignados el día anterior.

El Estado, según la célebre definición de Max Weber, tiene el monopolio de la violencia. En un Estado autoritario no hay explicaciones respecto a la actuación de la fuerza pública. Su violencia no cuenta con controles y las decisiones políticas tampoco. No es el caso de un estado democrático y de una policía que atienda a este nombre, que deben usar la fuerza con prudencia y proporcionalidad, solo cuando hay que evitar un peligro mayor a la violencia que se va a emplear. En caso de que se utilice, sus responsables están obligados a explicar sus acciones, someterse al juicio y corrección de sus conciudadanos e indemnizar a quienes hayan sufrido su violencia injustamente.

No se trata de principios legales únicamente. Se trata también de cuestiones de ética. Desde diciembre, hay por primera vez un gobierno nacionalista catalán con entera responsabilidad sobre el orden público en toda Cataluña, Barcelona incluida. Dado que uno de los atributos de la soberanía es el uso de la fuerza, es fácil caer en la tentación de usar la fuerza para exhibir los atributos de la soberanía. La izquierda suele tener más complejos en este capítulo. Al soberanismo, en cambio, suele sucederle lo contrario. Urgen buenas y detalladas explicaciones.

Hay 3 Comentarios

Entiendo su prudencia al comentar los eventos: necesaria. Afortunadamente yo no visto sus ataduras, no me debo a ninguna institución ni compañía.

Si hemos observado las mismas imágenes, hablar de incompetencia es quedarse corto. Porque con el índice de desempleo en España, la verdad es que las manifestaciones fueron pequeñas. Cualquier político o gobernante con dos centímetros de frente tendría que agradecerlo (¡40% de desempleo entre los jóvenes!... No es para bromas ni desatinos). En consecuencia nunca se debió siquiera insinuar su represión porque servían (como lo han hecho) de válvula de escape. La mayoría, después de expresar su insatisfacción regresaría a sus cotidianeidades. Las propuestas habrían sido expuestas, demostrando una democracia saludable (A lo cual deben colaborar los medios dando cobertura a las voces y las ideas). Y, talvez, un pequeño grupo exhibiría la perseverancia necesaria para concretar algo.

La primera lección, no es lección, es clara muestra de la mediocridad de los gobernante a cargo. Ni siquiera saben gobernar para ellos mismos y con sus decisiones se ponen la soga al cuello.

El segundo evento, con demasiados paralelismos con las acciones de las dictaduras, ya no sólo habla mal de los gobernantes, sino también de los cuerpos encargados de salvaguardar el orden. Una simple planificación por sectores (digamos dos o tres) habría bastado para dar a entender a los manifestantes que la intención oculta no era desalojarlos: se pedía el abandono de un sector para su limpieza mientras se permitía la ocupación de los otros y asunto solucionado. (Todavía me pregunto por qué se afanaron con las computadoras y se justifican hablando de suicidio por no haber actuado en la madrugada, a oscuras, para cogerlos dormidos y desprevenidos.)

El tercer evento, no sólo debe incluir el actuar (ejemplar) de los acampanados. También debe contrastarse con la inacción posterior de las autoridades. Porque hay suficientes imágenes y testimonios para que algunos "representantes del orden" pierdan su empleo y sean -además- juzgados por los actos de violencia cometidos.

Mientras escribo me es difícil contener la rabia. Aún si eran estúpidos y lo que deseaban era reprimir las manifestaciones, existían otros métodos, como los chorros de agua a presión. Pero lo que vi fue unos sádicos con máscaras que se deleitaban descargando sus frustraciones con unos manifestantes que no hacían daño a nadie.

No obstante, el origen de mi rabia no sólo nace de las imágenes. Nací en dictadura, como muchos en Latinoamérica y España. Sé cómo trabajan las dictaduras. Hoy, visto lo sucedido, es necesario que quienes las vivimos, advirtamos sobre el mal uso de la "inteligencia". Bajo ninguna razón o pretexto, ninguna de las autoridades debe obtener o guardar información que permita identificar a los manifestantes en la plaza.

Doy la explicación para no ser acusado de paranoico. Habiendo nacido en dictadura, mi padre, como muchos de sus relativos, fue cómplice de aquella. Nada que sorprenda; las estadísticas afirman lo mismo para España o Chile, donde las dictaduras, una vez terminadas todavía contaban con un amplio apoyo de la población. Este fenómeno se da porque se justifican sus razonamientos en sus doctrinas del bien. Pinochet tenía apoyo porque trajo el "bien" económico y protegió a Chile del "mal" de la insurgencia. Franco era un paladín del "bien" católico y su moral. Además los argumentos son completamente verificables. Es innegable la prosperidad económica de Chile, como lo es la reducidísima existencia de delitos durante el franquismo. En resumen, las dictaduras se sostienen porque sus doctrinas de "bien" satisfacen a un amplio sector de la población. Y el apoyo no proviene de razonamientos desquiciados, sino de evidencia palpable, por personas fundamentalmente sensatas. Es simplemente un defecto de educación (Se da por sentado que lo definido por "bueno" a nivel personal o gregario es "bueno" a nivel universal. No se entiende que el conocimiento en cualquiera de sus expresiones no deja de ser un meta-conjunto de paradigmas. La democracia lo que hace es tomar en cuenta los diferentes paradigmas, sean religiosos, económicos, morales, científicos, políticos..., dentro de un sistema que les de oportunidades igualitarias, con el fin de evitar los conflictos y fomentar el apoyo concertado hacia unos objetivos comunes).

Hablamos de personas que en sus acciones e intenciones no fueron malas. Sus fallos eran principalmente un poco de tolerancia a los modos y un exceso de indiferencia hacia los actos indebidos por quienes compartían sus doctrinas del "bien". Desgraciadamente esos fallos siempre han sido caldo de cultivo para los peores ejemplares de la raza humana. No es que la gran mayoría de aquellos apoyando las dictaduras decidieran torturar comunistas, imperialistas, católicos o no-católicos; es que prefirieron mirar para otro lado y no enterarse (peor aún cuestionar) las acciones y modos de los encargados de preservar el "bien".

En España ya hay grupos xenófobos que salen a cazar inmigrantes para asustarlos, golpearlos, quemarlos o matarlos. Sabemos que por lo menos uno de los mossos (¡Por medio de facebook!) declaró sus odios y ánimos de violencia. También sabemos que con un retorcido espíritu de grupo, las autoridades políticas han preferido mirar hacia otro lado en cuanto a los abusos y actos de violencia. Si a eso sumamos las presiones sociales como el desempleo, la crisis económica y los roces culturales consecuencia del caos migratorio, no estamos lejos del fascismo.

Para ponerlo en perspectiva, basado en experiencias personales, basta (y sobra) un grupo de 30-50 personas "extremas" para poner en zozobra a una ciudad de medio millón de habitantes. Para enmendar lo enseñado en los libros de historia: no es que los alemanes en su mayoría deseaban la muerte de las otras razas (Recordemos que los campos de concentración se mantuvieron en secreto para la mayoría de alemanes); es que la mayoría de los alemanes se creía la mejor de las razas, prefirieron volverse indiferentes hacia esos que no eran ellos y desarrollaron un tergiversado espíritu de grupo en base a la doctrina del "bien" hitleriana .

Si no se salvaguarda la privacidad de los manifestantes (Que al no haber cometido ningún crimen no deberían ser susceptible a ser "anotados"), no estamos lejos de abonar el peor de los fascismos. Porque, si aún no se han dado cuenta, aunque fueron pocos los policías que cometieron los excesos, ninguno de sus colegas hizo nada para impedirlo. No sólo se cumple los requisitos de tolerancia e indiferencia previamente mencionados. Se cuenta con el agravante que los policías, a diferencia de la mayoría de la población, están obligados a proteger a los ciudadanos.
En la última década, en Latinoamérica, actos de represión así de violentos (o más violentos) sólo los he visto en Perú, Bolivia y Venezuela. Pero esos gobiernos por lo menos tenían la excusa (que no justificación) de que los manifestantes iban armados, destruyeron propiedad y atacaron a otra gente. En contraste, los manifestantes españoles han sido un ejemplo en su comportamiento... Hoy en día existen dos Españas: una civilizada y progresista, como la gran parte de los manifestantes, y otra retrograda y autoritaria hasta lo dictatorial, como la mayoría de sus autoridades y gobernantes. ¿Cuál será la España de mañana? ¿Una que admire la diplomacia francesa, el belicismo estadounidense, la armonía del gobierno chino o el éxito económico de Luxemburgo y Suiza? ¿O una que pueda honestamente considerarse desarrollada?

Puig dice que no dimitirá pero recuerda que puede ser cesado. Ni para asumir responsabilidades muestra coraje. Tras lanzar pelotas a los manifestantes, ahora le lanza la pelota a Mas. Tiene pelotas para todo el mundo menos para él.

Quizá la autoridad quiso maltratar a los indignados para así luego justificar, como si hiciera falta, que castigaba a los salvajes del fútbol, no fuera a ser que estos se indignaran y se quejaran de un trato de favor, en lo que a palos se refiere. No lo creo, sería una actitud absurda, además de innecesaria. Los árbitros suelen jugar a ley de la compensación. Cuando el colegiado mete la pata en una primera ocasión, luego trata de igualar en una segunda, que paga justa por pecadora. En este caso empezó por atrás. Y menos mal. Porque anda si metiendo la pata hasta el fondo como hizo desalojando la plaza de gente pacífica, luego hubiera querido compensar su mala acción con otra igual de mal, cual hubiera sido no actuar contra las hordas que celebran el éxito deportivo como salvajes.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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