Lluis Bassets

Motores y frenos del cambio

Por: | 20 de junio de 2011

El verano árabe ya está dando sus frutos. Túnez y Egipto se hallan con sus procesos electorales en marcha. En cualquier momento pueden caer los déspotas de Libia y Siria. El dictador yemení es muy difícil que regrese a su país, aunque la transición allí ni siquiera ha apuntado. Pero quien ya se ha movido y de forma ostensible es el rey de Marruecos, Mohamed VI, que va muy por detrás de Túnez y de Egipto pero muy por delante de todos los otros regímenes árabes y, específicamente, de las otras autocracias hereditarias.

El texto constitucional que ha presentado el monarca alauita y que va a someter a consulta el 1 de julio está redactado con la transición española muy presente en la cabeza de quienes le han aconsejado. Hay una voluntad explicitada verbalmente de acercarse a las monarquías constitucionales europeas, en las que el rey reina pero no gobierna. También hay una voluntad de incorporar la diversidad cultural, lingüística e incluso religiosa de este país tan variado que es Marruecos. Hay incluso la búsqueda de un mimetismo respecto al papel del monarca, que aparece en la presentación de esta reforma, en plena efervescencia revolucionaria en todo el mundo árabe, como el motor del cambio, la persona por encima de partidos y tendencias que garantizará de una parte la estabilidad y de otra la efectividad de este cambio que se propone.

La propuesta de Mohamed VI ha sido en principio recibida de forma muy positiva por toda la clase política y por el entorno europeo y occidental en general. Es un alivio que alguien empiece a moverse en la buena dirección, cuando hay tantos autócratas que se mueven en dirección contraria o se hallan sencillamente paralizados por el pavor que les producen las más pequeñas reformas.

Hasta aquí los aspectos positivos. Veamos ahora los límites y las deficiencias de las propuestas de Mohamed VI. En primer lugar en el método, en segundo lugar en su contenido jurídico, y en tercero y último lugar en la realidad práctica del poder.

El método seguido, a cargo de especialistas designados por la corona, es el de una carta otorgada y no de una constitución democrática. No ha habido debate público ni participación de la sociedad marroquí y de sus partidos e instituciones en la elaboración de la propuesta. Todo ha sido fabricado bajo el más estricto control del Majzen.

En segundo lugar, el rey va a ceder numerosos poderes desde su posición de monarca absoluto, pero queda todavía muy lejos de los poderes simbólicos y meramente representativos que corresponde a un monarca constitucional. Hay algunos retoques semánticos interesantes en el tratamiento de la figura del monarca, como es la pérdida de su carácter sagrado o casi divino como Príncipe de los Creyentes, sustituido por la inviolabilidad. Pero mantiene poderes excesivos, en el terreno militar, judicial y religioso y márgenes muy amplios para retener sus actuales funciones ejecutivas efectivas en relación al Gobierno.

Las dos anteriores observaciones tendrían menos importancia si se produjeran en un contexto de voluntad de renuncia del poder económico, social y político que tiene y ejerce el rey en una sociedad de tan escasa tradición democrática como Marruecos. No es el caso: todo lo que hace en la buena dirección es forzado por las circunstancias y con la expectativa de recuperar el terreno perdido en cuanto le sea posible. Aunque la constitución prevé escuetamente que el rey tenga su lista civil, lo que presupone la aprobación parlamentaria del presupuesto para el funcionamiento de su casa, la realidad es que no hay garantía alguna de que desaparezca el poder omnímodo del monarca, que a semejanza de casi todos los otros estados autocráticos árabes, patrimonializa la economía de su país y es de paso obligado para la realización grandes inversiones y negocios.

Juan Carlos I fue calificado durante la transición española como el motor del cambio, debido a que propulsó desde la jefatura del Estado heredada de Franco el advenimiento de un sistema democrático homologable con el entorno europeo, en abierta hostilidad con lo más genuino del sistema político franquista entonces vigente. Si el Rey no hubiera tomado la iniciativa, como hizo al nombrar a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, el proceso se hubiera estancado en manos de personajes como Arias Navarro. 

En el caso marroquí, en mitad de una oleada de cambios revolucionarios, contrasta que el motor del cambio que es el rey actúa de forma distinta, como los motores en los camiones de gran tonelaje en los descensos: es un motor de freno; no cambia sino que impide que el cambio sea completo.

Hay 4 Comentarios

Los procesos o transiciones históricas son propias de sus protagonistas.

Marruecos duerme. Necesita de un politico liberal de la talla de Mossadeq, o con la voluntad de Suárez.

Las élites marroquies del régimen conocen la modernidad (posmodernidad) pero no la asimilan, no se ven integradas en su discurso.

Temen, pues. De ahí los paños calientes.

NO PODEMOS 'decretar' cómo debe ser cada proceso hacia la democracia entre los árabes. A Europa occidental la democracia le costó 60 millones de muertos, pero Europa del este, y la propia U.R.S.S. tuvieron una transición pacífica, y les fue muchísimo mejor que con la Revolución de Lenín, Stalin y Ceascescu. No siempre es mejor la ruptura violenta. Muchas veces es peor, porque trae bandazos hacia el otro extremo, y una inestabilidad perniciosa para la inversión, el progreso y el desarrollo. Nadie puede garantizar que la ruptura en Egipto, Siria o Libia será mas venturosa que una transición pacífica y controlada en Marruecos. Ambas deben satisfacer las demandas sociales, pues de lo contrario fracasarán. Luego, lo único importante es que el proceso ya empezó, y eso es imparable! Hay familias donde manda uno solo, y todo va bien; y otras donde todos quieren mandar, y a hostias se destruyen!


MARRUECOS. JUNIO DEL 2011
La misma Monarquía con retoques de modernidad

La opción de hacer algunos cambios prueba la toma de conciencia de que el modelo está en riesgo de ser subvertido, bajo la influencia de la contundente ola que sacude la región.
Por supuesto que el Rey y su corte, no tienen la menor disposición para entregar mansamente su poder y transitar hacia un modelo europeo contemporáneo, una Monarquía Constitucional, que sería el único camino razonable. Simplemente es una maniobra para ganar tiempo, para mitigar la presión con la que una contemporaneidad, cada vez más convencida de que la autocracia, culminación del autoritarismo basada en un poder absoluto y despótico, debe emigrar hacia el lugar que le corresponde, un nicho en la necrópolis de la historia.
Esto prolongará la agonía pero no será la solución ni el término. Provocará una respuesta cruenta, concordante con el medio geográfico e histórico en que la nación está inserta y convertirá en realidad onerosa pero inevitable una propensión que cada día se materializa en su entorno.
Para los que observamos estos fenómenos con la objetividad que nos proporciona la condición de espectadores nos impresiona como increíble que algo tan evidente no se incorpore a la mente de los protagonistas. Inevitablemente la práctica del cesarismo liquida la capacidad de análisis y excluye al pensamiento lógico y el razonamiento como herramientas básicas para la compresión y evaluación de la realidad.
Marruecos no escapará al seísmo que convulsiona la región.
Como siempre ocurre se enfrentarán tendencias, tradiciones e intereses. Correrá la sangre y el coste, una vez más lo pagarán los desposeídos y al final menos beneficiados.
Y nuevas clases tomarán las riendas, un poco a favor de una sociedad más justa y desafortunadamente, según nos muestra la implacable historia, para encarnar un autoritarismo modificado y potable, menos cruel pero no menos injusto.

Pericles

Dónde estaremos nosotros, democráticamente hablando, para cuando lleguen ellos donde estamos. No hay forma de ir acompasados.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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