Lluis Bassets

Una luz entre las naciones

Por: | 19 de septiembre de 2011

Nada de lo que exigen para sí lo admiten para el otro. Construyen enfrente a un otro absoluto, irreductible y excluyente, hasta tal punto de que cualquier deseo ajeno es automáticamente una ofensa para ellos mismos. El repertorio de sus exigencias a ese otro radicalmente distinto es infinito. Hasta su rendición. Hasta su extinción.

Cualquier concesión es sentida como una herida al núcleo mismo de la identidad propia, a menos que tuviera como contrapartida la desaparición llana y simple del otro como entidad y como sujeto de derecho, porque entonces sería su victoria. Quieren negociar, claro que sí, pero solo si hay garantía de que la negociación no lleve a ninguna parte excepto a la confirmación de todas sus exigencias. Lo único que les interesa de las negociaciones es mantener al enemigo atado a la silla mientras ellos siguen modificando la realidad disputada, el objeto de su negociación.

La única negociación que admiten de verdad es una que no tenga lugar porque todo esté ya previamente acordado según su exclusiva voluntad. Sentarse para firmar, no para buscar un punto a mitad de camino entre dos posiciones tan distantes. Saben que quienes siempre han vencido por la fuerza sufren el grave riesgo de salir derrotados el día en que se muestren dispuestos a renunciar a la fuerza, a hablar y realizar concesiones auténticas.

Solo podrán negociar y ceder, que es como se llega a los acuerdos, el día en que hayan previamente desistido a quedarse con todo, tal como les dicta la doctrina absoluta que les gobierna. Cada una de sus nuevas condiciones o exigencias es un reflejo del pavor a convertirse en gente normal dentro de un mundo normal.

¿Renunciar a los privilegios concedidos por Dios a cambio de los acuerdos fraguados por los hombres? ¿A quién puede ocurrírsele tan mal negocio? ¿Quién renuncia a un pacto con la divinidad y a ser el elegido por sus preferencias providenciales?

Todo lo que reprochan al otro podrían reprochárselo a ellos mismos, sus divisiones, su capacidad para la violencia, sus excusas teológicas, su machismo, y sin embargo siguen creyéndose distintos, perfectos, con derechos propios por encima de los derechos de los otros. Quienes así piensan y actúan pueden tener la simpatía de los poderosos de este mundo, ser incluso hegemónicos, contar con mayorías democráticas, pero no son los propietarios de la idea que dicen defender, ni siquiera de su patria, su religión o su cultura. Las secuestran en su nombre, eso sí, pero poco tienen que ver con aquellos hombres y mujeres admirables, portadores de una luz entre las naciones, los reivindicadores del otro, los cultivadores de la esperanza y de la cultura más humana de una humanidad errabunda y sin patria.

Hay 5 Comentarios

Apesar de todo, yo sigo convencido de que el amor puede más que el odio, por mucho que este último construya muros a su alrededor, para tratar de defenderse -acto bastante primitivo si se tiene en cuenta que, todo constructor inteligente debería saber que un muro puede servir como defensa, pero al mismo tiempo también encarcela y aisla-.
La verdad es que el mundo se compone de dos tipos de seres humanos: los que se comportan con decencia y honestidad -y están presentes en todos los grupos- y los que no. Entre éstos últimos, encontramos políticos, dirigentes, banqueros, militares y clerigos, que destacan por su abultada representación.
Son estos, los que hacen y deshacen a voluntad, y son dueños de vidas, desdichas y muertes ajenas, ejercitándo su "taréa", sin el menor rubor, escrúpulos, o asomo de vergüenza o humanidad.
No puede ser extraño entonces, que el mundo séa el triste estercolero en el que se ha convertido.
Gracias por el post Lluis, la alegoría es certera. Saludos.

Excelente Lluís. Felicidades y gracias por esta bella figura creativa.

“El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañan, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres, y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno, lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las grandes virtudes, y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el buen camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.” René Descartes.
Parece que los palestinos reaccionaron lento y tarde pero van por el buen camino con su iniciativa de pedir el reconocimiento del estado palestino.

Excelente exposición del conflicto.
El represor jamás será benefactor.
Ha llegado el tiempo para mirar los derecho de un pueblo que ha sufrido en propia carne el despotismo y la tiranía de otro que se cree por encima de las leyes humanas, porque se cree apoyado por un derecho divino que se lo han confeccionado las leyendas, y el derecho de una nación que ha pagado caro la dictadura sostenida por una ajena democracia falsa, creyendo que podrán mantener a su ciudadanía sécula seculurum obcecada por una ilusoria promesa y objetivos nunca cumplidos, pero sólo sirvieron para mantenerlos en el poder.

Negociar en condiciones de igualdad es una humillación para ellos. El puerto de origen y el puerto de destino es el mismo y único: ganar, ganar sobre todas las cosas y todos los hombres. Cualquier escala, cualquier intento desesperado de una parte por abrir nuevas vías, es vista por el otro como un retroceso. Solo cabe zarpar, no para llegar a ningún sitio, sino para regresar al mismo punto, a ver si con la vuelta el pasajero incómodo se ha mareado y se cree que ha desembarcado en la tierra, más que prometida, ilusoria.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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