Lluis Bassets

Una historia sin parteras

Por: | 23 de octubre de 2011

La partera todavía anda muy atareada en estos tiempos. Recuerden al viejo Marx: “La violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una sociedad nueva”. En Europa se le acabó la tarea, al menos hasta los glacis de Rusia. Debió acabar mucho antes. Por ejemplo, a partir de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y regresó la libertad para los países atornillados por Moscú al extinguido pacto de Varsovia. No pudo ser: prendió en los Balcanes primero, rebrotó en el Caúcaso y todavía mantiene algunos rescoldos en Ucrania, Bielorusia y Moldavia.

Lo mismo sucedió en España. Pudo y debió ser en 1978, cuando los españoles se dotaron de su regla de juego. Y hubo luego más oportunidades: al terminar la guerra fría, con la paz en el Ulster, ante la polarización de un megaterrorismo demoledor y sin límites... Nada convenció a la vieja matrona ensangrentada, empeñada en permanecer en el que fue el más violento continente de la historia y ahora se ha convertido en todo lo contrario.

Una historia que por nada del mundo quiere transcurrir con partos de dolor y de muerte, eso es Europa. El relato de la libertad que excluye a quienes saben tomar ventaja de la violencia. Por eso el mismo día en que se retira avergonzada de la península ibérica, encapuchada y arrogante en su derrota, muestra en Sirte su ferocidad magistral. A esa vieja sanguinaria e injusta le complace de vez en cuando dar a cada uno su merecido, en proporción a la crueldad de su resistencia al cambio. A Ben Ali, que aguantó poco, el exilio. A Mubarak, que se resistió hasta el último día a tirar la toalla, la cárcel. A Gadafi, que redobló sus instintos asesinos para acallar las protestas, la guerra civil, la derrota y la muerte.

Mucho les costará a los árabes expulsarla de su territorio. Aunque sus servicios sean indeseables, fácilmente se cuela en las casas y se instala con su guadaña entre la gente. Ahora gracias a los móviles y a las redes sociales, nos llegan en tiempo real las imágenes repugnantes de su siega sangrienta. Ya sucedió en 1989, con la filmación del juicio irregular y fusilamiento del matrimonio Ceaucescu en Bucarest; como ahora desde Sirte con esas imágenes captadas por los móviles del apresamiento, vapuleo y tiro en la sien al tirano. La nueva Libia nace con ese tiro descerrajado a Gadafi, prisionero y herido, ante las cámaras. Como muere un perro. O una rata. Los animales que le gustaba evocar al dictador para despreciar a sus enemigos. Este nuevo mundo sigue alumbrándose en la sangre y el dolor. Como siempre. Un punto de partida difícil para que los libios se den libremente una regla de juego que a todos les pacifique e incluya. Y un mal presagio para las transiciones tranquilas. Los árabes, como los europeos, merecen también una historia sin parteras.

Hay 7 Comentarios

Las imágenes de la muerte de Gadafi dice mucho de cómo las leyes internacionales son asaltadas, no es ejemplo de civilización esa muerte .Los juicios bajo un Tribunal hubiese sido lo deseable.Esos rebeldes me temo que no sé por quien aleccionados han ido sembrando el terror por todo el territorio libio, las imágenes de su muerte contrastan con la omisión de las mil violaciones a mujeres y niñas que estos han consumado por toda Libia.Pero ese dolor no interesa mostrarlo porque lo único que interesaba era matar al dictador y que se viese.
Espero que se hable de esas niñas que han sido vejadas,violadas reiteradamente por esos canallas llamados rebeldes.Tan sólo unos tiranos podrían hacer algo como lo que ha pasado en Libia con esas niñas.Deberían ser juzgados que no ajusticiados.Esa es la ley que debe prevalecer en un mundo que se llama civilizado.
Saludos a todos.

Buenas noches,
Bueno, me quedo con una frase " Este nuevo mundo sigue alumbrándose en la sangre y el dolor" y eso tb sigue sucediendo en España ..
Gracias por el art!

Ultimas preguntas: qué molesta más, que el tirano muera en la cama y hasta se permita decidir quién es su, digamos cuasiheredero, con todos mis respetos que se ganó a pulso su Excelencia, o que muera violentamente a manos de su pueblo y sin posibilidad alguna de marcar más destino que el de su tumba. Seguramente, si tuviéramos que decantarnos, a priori, por una de ellas, quizá fuéramos todos muy malos y muy poco razonables. Si tuvieran que elegir las víctimas del terrorismo el cómo del final etarra, dudo que quisieran que estas desaparecieran como héroes, entre algodones, y con apercibimiento a la sociedad maltratada de que vigilará que todo siga el curso que ellos marquen. Cuánto se parecen Franco y ETA, qué barbaro.

Mi opinión es que Libia se repondrá de su largo exilio de la libertad y que, pese a los excesos que ahora tanto suscitan el temor de los cínicos internacionales, digo, los observadores internacionales, se recuperará de su pesadilla, volviendo a la legalidad y a la justicia. Y que si no es así será porque otro partero aparezca como salvador de las esencias patrias.

Nuestro Gadafi particular murió entre tubos, en la cama y con su máscara puesta. Le sucedieron otros dictadores, los etarras, que ahora, por aquello de la herencia, aspiran a expirar también en la cama y con los pasamontañas puestos. Pues qué quieren que les diga, me parece que aquí nuestros tiranos disfrutan de una salud envidiable a la hora de extinguirse, una salud a fuerza de plomo.

Vale, no es de recibo la muerte extrajudicial y atroz que sufrió el tirano, como la que sufrió Bin Laden y nadie piensa por ello que EE.UU. se deslice por la pendiente de la injusticia universal, como parece que tememos le ocurra al pueblo libio.

ETA, 43 años de asesinatos. Gadafi, 42 años de crímenes. Historias paralelas de violencia con final feliz pero tarde, demasiado tarde. Ya podían haber abortado sus madres o haber utilizado condón, y nos habríamos ahorrado a la partera.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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