Lluis Bassets

Encadenados

Por: | 25 de junio de 2012

España necesita a Cataluña. Lo ha dicho solemnemente el presidente catalán Artur Mas. Para salir de la crisis, hay que contar con la locomotora catalana, viejo argumento forjado en la historia económica de este país que algunos habían dado por obsoleto. Y no solo contar con ella, sino que hay que cuidarla. Buena parte de las reivindicaciones catalanas, como el pacto fiscal, el eje mediterráneo o la gestión de las grandes infraestructuras portuarias y aeroportuarias, no se justifican únicamente por los intereses de los catalanes sino también por los intereses generales españoles. El ejemplo más plástico que se esgrime desde Cataluña es el del puerto de Barcelona: su conexión ferroviaria con un eje mediterráneo que enlace con la red europea desde Algeciras tendría un enorme impacto sobre la competitividad del conjunto de la economía peninsular.

Las nuevas teorías en boga, plenamente aceptadas por el nacionalismo catalán, nos aseguraban lo contrario, que la España de la globalización ya no necesitaba a Cataluña y que por eso se permitía desentenderse de las dificultades de los catalanes con la identidad, el encaje e incluso con los dineros. La accidentada peripecia del nuevo Estatuto de Cataluña sería, según este cuadro, la engorrosa exhibición de un esfuerzo inútil, un último espasmo de una vieja ambición periclitada. A la tradicional preocupación española le habría sucedido el desprecio y la indiferencia hacia los catalanes. La cuarta potencia económica del euro, quinta de la UE y novena o décima del mundo empezaba, según este relato eufórico, una nueva etapa desacomplejada y tranquila en la que los catalanes se verían obligados a adaptarse, a costa incluso de su desaparición como nación diferenciada. O a irse, añadía airada la voz independentista, nada menos que la del propio Jordi Pujol.

Madrid ocupaba un lugar central en esta nueva teoría de España. Una gran metrópolis europea bien comunicada, sede de multinacionales, turísticamente atractiva, con los mejores museos del mundo, incipiente polo de innovación empresarial y tecnológica incluso, dejaba atrás la vieja idea de la capital tibetana de un imperio desaparecido, aislada en la meseta y desacoplada de la economía real. Madrid se va, escribió Pasqual Maragall. El segundo protagonista urbano de este cambio radical era Valencia, moderna ciudad portuaria, comunicada y coordinada directamente con Madrid en competencia con Barcelona. La España así vertebrada dejaba en el rincón a los catalanes, que habían pugnado secularmente por el liderazgo de España y se veían obligados ahora a competir con los valencianos y con todas y cada una de las autonomías por su ración de rancho igualitario en el reparto peninsular.

Esto era antes de la crisis. Antes del desastre de Bankia y de que Rajoy y el PP iniciaran el descenso a los infiernos de la impopularidad con su mayoría absoluta. En mitad del vendaval, cuando vuela por los aires el sistema financiero sobre el que se había asentado el proyecto popular madrileño y valenciano, cuando el prestigio de la nueva España, ahora rescatada e intervenida, está por los suelos y las instituciones han sido corroídas hasta sus raíces por la polarización partidista, parece tan difícil para España prescindir de Cataluña al menos como para Cataluña prescindir de España. No en el corazón, que quede claro. El federalismo de las vísceras, el que se siente y se vive, nunca ha tenido raigambre alguna en el centro peninsular. Pudo tenerla el federalismo de la razón, de los argumentos; aunque los últimos embates estatutarios han dejado exhaustas las neuronas y no quedan voces que lo defiendan, ni en la España central ni en la periférica.

Queda el federalismo de necesidad, reluctante y amargado, que funciona porque tiene las arcas autonómicas bajo la directa perfusión de las arcas del Estado, allana diferencias a las órdenes de Francfort, Bruselas y Berlín y crea solidaridades obligatorias entre todas las administraciones intervenidas, desde el municipio hasta el estado central pasando por las autonomías. Sin amor, pero encadenados.

Hay 5 Comentarios

Bueno, Madrid no es santo de mi devoción. Pero rompo una lanza por ella. Es una metrópoli dinámica, con sus más y sus menos. Yo he encontrado rincones en Malasaña estupendos , y turbios callejones cerca de la Calle de León.
Es una ciudad, que como en todas las grandes urbes, el tiempo vuela. No es una ciudad "for the faint hearted". Pero al que se anima a unirse a su actividad incesante, y a seguir su ferviente agenda de cultura y actividades, y de comer... Lo que más me gusta es que pese a la retórica del partido a cargo de la ciudad, es realmente una ciudad multicultural. Si estás bien informado, puedes encontrar de todo. También es, una ciudad en la que si trabajas duro, puedes prosperar. De todos modos, mi ciudad favorita es Londres. Su empuje es electrizante, y realmente hay "fair play", ahí nadie te pregunta tu procedencia, sino si vas a trabajar duro por tus ilusiones.
Hablas con el actual town mayor, (persona más accesible de lo que parece) y te das cuenta que abismal diferencia con los políticos locales españoles: Aprecia muchísimo la ciudad, es culto, irreverente y sobre todo, aspira a consolidar la más cimentada internacionalidad de la ciudad. Y es cierto. Londres es "algo" distinto, muy propio y abierto, comparado con el área de Inglaterra. Puede ser la City financiera, puede ser el aluvión aleatorio que recibe de antiguos territorios coloniales britanicos, pero desde luego, tiene una identidad marcada. No es raro que muchos de los que ahí viven , se sientan más compenetrados con los ideales de la ciudad que los del país. Son más londinenses que británicos. El día que dejemos a nuestras grandes metrópolis españolas liberarse de las ataduras identitarias de los nacionalismos centralistas o perifericos, podremos disfrutar de ellas sin complejos forzados ni tensiones estúpidas, y convertirlas plenamente en los motores de intercambio y progreso cultural que necesitamos.

Bueno, al parecer Lluís nos intenta decir que la Cataluña quebrada e independentista es un valiosísimo tesoro a cuidar (porque sinó se defraudan y se enfadan).
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Yo no logro convencerme, que quieres que te diga.
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En lo que a Madrid respecta, ciudad que los catalanes desconocen en la misma medida en que la critican (como Maragall), sabrá reponerse de Bankia y de mucho más, porque tiene vocación de ciudad global.
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No es el caso de la provinciana Barcelona, con su burguesía sombría y pequeña de miras, su etnocracia, y su idioma amurallado y reposado sobre el resentimiento, la mística medieval y lo ruín, hasta el grado de superar toda parodia.
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Qué les habrá dado ahora con la satisfacción de poder denostar un modelo para Madrid, que no es más que la incorporación de una metrópolis a la red de ciudades globales, incorporación masiva, correspondiente, acompasada, coral, y que ya no tiene marcha atrás.
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Barcelona por su parte no ha abrazado algo así, porque eso requiere de una grandeza, un peso, y un gusto por el mundo del que ella carece. Despojarse de sí es algo que les desapetece, los madrileños en cambios estamos hechos de esa incertidumbre de identidad.
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En vez de alegrarse porque Madrid rompe con las dinámicas endógenas de tipo barcelonés, los barcelos se nos alegran del batacazo de Bankia, recordándonos infructuosamente algo así como un "ves, te lo dije, no es lo que se tiene que hacer, enciérrate y no salgas, como yo". ¿Qué tendrá que ver Bankia con el modelo de puerto cerrado que se ha dado Barcelona?
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Madrid es una ciudad extraordinaria, mucho mejor que Barcelona en todos los sentidos, en humor, en inteligencias, en personalidades, en pluralidad, incluso en el sentido arquitectónico por cierto, por ejemplo en cuanto a espacios verdes, de los que Barcelona anda espantosamente escasa.
No hablemos ya de las cañas, el tapeo, los bares, la música en vivo, cada noche, en cada uno de sus múltiples centros.
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Madrid es libertad y es pluralidad. Y también hay social-demócratas, no os preocupéis, que solos no estaríais jaja.

Sencillamente, que los catalanes no son tontos. Con seny, con calma, la hormiga va... al elefante. El área económica española les sale más rentable en un espacio común que divididos por fronteras.... Lo irónico, es que es precisamente el uso partidista de las autonomías , con sus reglamentaciones jurídicas y mercantiles dispares, las que matan las posibilidades del desarrollo comercial de la costa mediterránea (aparte de la pésima conexión de transporte con Portugal). Hace falta desde luego, objetividad, menos enconamiento y perspectiva de Estado. Cierto que dentro de todo Estado hay intereses dispares, pero el punto nuestro es insano, además de mendaz y corto de miras.

Cataluña quiere irse. Madrid se va. Ya verás el día que se vaya Alemania pero de verdad. Y a ella no nos unen ni las visceras ni el corazón ni la razón, tan solo un enganche que se levanta con una mano y se acelera con una patada.

Si la cabeza no me falla, una conexión al ancho europeo por vía ferroviaria hay entre España y Europa. Con cuentas así es difícil equivocarse. ¡Solo una conexión ferroviaria! Buena sería otra por todo el eje levantino, cual cinta transportadora continua, que dice Juliana, que lleve nuestras mercancias hasta el corazón de Alemania.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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