Lluis Bassets

La lealtad hacia sí mismo

Por: | 07 de enero de 2013

Las promesas políticas están para ser incumplidas. Lo sabemos todos y nadie se siente de verdad engañado ante el incumplimiento, aunque todos lo utilicemos en contra de quien empeñó su palabra y se quedó colgado de la brocha. El francés Charles Pasqua —un legendario ministro del Interior gaullista que se parecía a otra leyenda, esta del cine, como Fernandel— estableció el dictum maquiavélico perfecto sobre el tema: las promesas solo comprometen a quienes se las creen.

Peor que incumplir la palabra dada es cumplirla contra viento y marea aunque todo aconseje lo contrario. Sobre todo si se hace por la única y egoísta razón de no quedar como incumplidor. Cumpla yo mi palabra y perezca el mundo. El político de calidad es aquel que incumple su palabra si es lo más conveniente para la vida pública, algo que debe saber hacer con la mayor discreción y prudencia.

Hay ejemplos para todo. De Gaulle iba a garantizar que Argelia seguiría siendo francesa. Suárez que no se saldría de los Principios Fundamentales del Movimiento ni legalizaría el Partido Comunista. El santoral político está lleno de incumplidores, aunque haya muchos candidatos que pretenden la canonización precisamente por cumplir su palabra por encima de cualquier otra consideración, cuando en realidad merecen las calderas de Pedro Botero. Rajoy ya aspira a entrar en el canon de los santos incumplidores y le queda tiempo para seguir acumulando méritos: antes ya lo hizo Zapatero.

Todas estas reflexiones podrían acomodarse perfectamente a la prospectiva sobre la segunda legislatura de Artur Mas, con su promesa de consulta de autodeterminación, su fecha indicativa de 2014 y su posterior renuncia a presentarse de nuevo, pero la verdad es que viene a cuento por Aznar y su promesa de completar solo dos mandatos, de la que da cumplida y larga explicación en el primer volumen de sus memorias recién publicadas (Memorias, I, editorial Planeta). En realidad es el único tema de su trayectoria sobre el que da clara y suficiente explicación en este libro de por sí bastante inane.

Lo más inquietante del razonamiento de Aznar, que desatiende todos los consejos de amigos y conocidos, españoles y extranjeros, es que al cabo de la calle decide presentarse por “la lealtad a la palabra dada”, que es lo mismo que decir lealtad hacia sí mismo. Tiene como atenuante un segundo y sólido motivo que añade a continuación, “la certeza de que nadie es imprescindible”, sobre el que no se explaya mucho, al contrario: las memorias circulan en dirección opuesta, en la de esparcir el sentimiento de que él es único e imprescindible.

Aznar utiliza una expresión realmente acertada a propósito de todo este caso: “la gestión de mi propia pasión política”. Y a fe que se nota cómo le abrasa la pasión cuando decide ponerse manos a la obra para nombrar a su sucesor. “Nadie me obligó a irme —escribe, más chulo que un ocho— y si lo hice no fue para ejercer el poder. Si hubiera querido seguir ejerciéndolo me habría quedado. Me fui porque creí que era lo mejor para España”.

Es difícil hacer mayor exhibición de poderío, solo dolorosamente amortiguado por la derrota de Rajoy ante Zapatero, que Aznar echa en la cuenta de su combate apocalíptico con el terrorismo. La operación “habría salido perfectamente si no hubiese sido por los atentados del 11 de marzo de 2004”.El inmenso gusto por haberse conocido le impide observar una sola mota de polvo en su reacción ante dichos atentados que pudiera explicar el mal resultado alcanzado en las elecciones.

Bien está lo que bien acaba. Rajoy al fin venció. Al placer que exhibe Aznar ahora en sus memorias como el monarca electivo que fue durante sus ocho años añade la exhibición del placer de haber elegido al monarca para los siguientes: rey y hacedor de reyes. En ningún otro episodio del libro se percibe de forma tan clara el gusto por el poder y el placer de moldear la vida de los otros, utilizados como mercancías en el comercio de los hombres, que es como llamaba Montaigne a la política.

Hay 9 Comentarios

El colmo de Duran Lleida, o el nuestro, sería que en la próxima encuesta del CIS volviera a salir como uno de los políticos más valorados de España. Sería como para ciscarse encima. Pero como no puede eliminarse el país, esperemos que al menos se suprima el instituto demoscópico nacional, si tal humillación se produjera.

En fin, que la dimisión la pintan calva, amigo Duran.

¿Se sabe algo del político más valorado del país o sigue todavía en busca y captura? Recuerda Josep Antoni Duran al del chiste aquel en que un hombre miraba todos los días el periódico en el bar para ver si salía su esquela. Total, que un día salió y el dueño del bar dice: para un día que sale, no viene. Traslademos la inquietud del cliente impaciente a la del político paciente que, como Duran, todos los días anda en el candelero de los índices de popularidad de los políticos, y para un día que Duran puede salir a demostrar su posición en el ranking, sus clientes, como el mesonero con el suyo, podemos decir: para un día que podría demostrar ser el político mejor valorado, va y se nos raja.

Aunque para lealtad hacia sí mismo, la de Duran i Lleida, el político más valorado de España. Otra institución que se nos cae. Y es que algunos son tan bien valorados porque no han tenido ocasión para demostrar su valía, se conoce.

Aznar, el lamebotas de Bush, es un personaje carente de ética. No sé a qué especie animal pertenece, Es probable que sea una mutación genética, una variante zoológica del asnarismo.

Leyendo el estupendo comic Paracuellos sobre el Auxilio Social de infausto recuerdo, viene a mí esta frase: "Menos gritos, Milagritos". Pues eso.

Y por echar un último cuarto a espadas: me gustaría saber cuánto ha contribuido un personaje como Aznar al fomento del terrorismo, junto a sus inseparables Bush, Blair y Barroso, más que a su exterminio. Seguramente su saldo es negativo en lo positivo y positivo en lo negativo. Vamos, que con menos Aznares tendríamos menos terroristas, por mucho que pueda presentar como tarjeta de presentación un atentado contra su vida, como muestra en su álbum de fotos. Lo cierto es que el terrorismo, tras la guerra de Irak, que él promovió con deleite y baboseo, estuvo lejos de extinguirse y si lo está no lo es por su intervención. Quizás sea así porque aquella guerra, en realidad, no la inspiraba tanto la lucha antiterrorista como la lucha por el crudo. Esta fue la guerra sucia de Aznar. Su terrorismo de Estado, su Gal, su oprobio, y por el que será recordado siempre, mal que le pese, y nos pese a todos.

Dice Feijóo que Rajoy no cumple con su promesa pero sí con su deber. Pues bien, que la próxima vez que se presente a unas elecciones que nos diga cuál es su deber y que se olvide de las promesas, que siempre tiran de las segundas y nunca del primero. Siempre dicen lo que harán y nunca que harán en función de qué se encuentren. Aparte de que qué puede esperarse del pobre Feijóo. Pues lo mismo, cumple con su deber de lamer al culo al jefe, aunque en su caso puede que deber y promesa coincidan.

Pero si es que es normal, acercarse tanto a un poder tan grande siendo tan pequeño genera monstruos gigantes. Pero ahí está, dando ejemplo al mundo, cual calabaza, no sé muy bien de qué. Ni él tampoco.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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