Lluis Bassets

Federalismo y libertad

Por: | 18 de marzo de 2013

A favor de un referéndum o consulta pero en contra de la independencia. Esta es la posición de Victoria Camps, catedrática de Ética de la Universidad de Barcelona, entrevistada por Carles Capdevila, director del diario Ara este pasado sábado. Como Pere Navarro, Martín Rodríguez Sol o Francisco Rubio Llorente ("el único jurista de prestigio español que dice que es posible, dentro de la Constitución actual, permitir que Cataluña haga un referéndum"), Camps piensa que hay que buscar una salida para que se exprese la voluntad de los catalanes sobre el futuro de sus relaciones con España. No ofrece dudas su posición contra la independencia: es anacrónica y propia de un pensamiento decimonónico, algo que no le impide manifestarse a favor de considerar la opinión de los ciudadanos, la premisa para que una unión federal sea libre.

Felipe González quiere que también se le consulte: la libertad sobre el mantenimiento de la unión deben ejercerla todos los ciudadanos españoles. Aceptemos la idea de Camps de que no se trata del derecho a decidir, un eufemismo sin correspondencia legal. Aceptemos la bien fundada reserva sobre la validez para Cataluña de un derecho de autodeterminación que Naciones Unidas reserva solo para territorios coloniales. Aceptemos que no somos ni queremos ser Kosovo, por más que se empeñen el diario Abc y Soraya Sáenz de Santamaría. ¿Alguien puede impedir a los catalanes que a partir de ahora expresen sus preferencias una y otra vez, con el voto a partidos independentistas en las elecciones y la expresión de sus preferencias por esta opción en las consultas informales del tipo que sea, encuestas incluidas, a las que se les convoque? Incluso en un hipotético referéndum en el que voten todos los españoles, ¿será posible desatender la lectura regionalizada de los resultados, por más que arrojen una voluntad diametralmente contraria respecto al resto de España?

La democracia es, entre otras cosas, un sistema de gobierno que parte del consentimiento de los gobernados. ¿Durante cuánto tiempo puede gobernarse España sin el consentimiento mayoritario de la población catalana? No hace falta hacer consulta alguna para darse cuenta de que más pronto que tarde lo que hay que hacer es sentarse a dialogar en vez de seguir alimentando el divorcio con amenazas y reproches de un lado y de otro. Camps, Navarro, Rubio Llorente y Martínez Sol quieren buscar la más pequeña rendija que pueda ofrecer el sistema constitucional español para ofrecer una salida legal a la necesidad de expresión de la voluntad catalana sobre el futuro. Y no por el derecho a decidir, sino por algo más serio: el principio democrático. Rajoy, Gallardón, Torres Dulce y Sánchez Camacho quieren taponar cualquier rendija legal que permita expresar la voluntad de los catalanes. Se supone que desde la buena fe unionista, pero alimentando directamente el secesionismo, como lo alimentó el recurso del PP contra el Estatuto y luego los magistrados del Consitucional con su voto a favor de la sentencia.

La única forma de defender la federación en el siglo XXI y en Europa es obtener las condiciones para dilucidar la cuestión en libertad. Y solo hay un camino para hacerlo: abrir un diálogo entre los dos gobiernos, tal como han pedido y votado los socialistas catalanes en Madrid y en Barcelona. No es lo mismo que propugnar una declaración unilateral de independencia, o incluso y como paso previo una igualmente unilateral declaración de soberanía, pues no sirven a la libertad ni tampoco impugnan efectivamente la actual forma de unión: nadie va a hacer caso y mucho menos reconocer en España, en Europa y en la comunidad internacional, una soberanía y una independencia proclamadas unilateralmente y fuera de la ley.

Las ventajas del diálogo son obvias, pues permite regresar al punto de partida, antes de que todo empezara a descomponerse, incluyendo la negociación fiscal inicialmente descartada. Solo con sentarse a hablar se abre de nuevo la agenda y se ofrece una nueva oportunidad al federalismo, que podrá ganar posiciones ante la opinión pública. Por eso el independentismo más febril quiere limitar el diálogo a la estricta negociación de la consulta sobre la independencia y lo exige cuanto antes, para recibir así el anhelado portazo en las narices, mientras está todavía abierta la ventana de oportunidad que ofrece la crisis.

Hay 9 Comentarios

Tranquilos, seremos nacionalistas, mientras los mercados consolidan su capacidad para traspasar las fronteras con sus capitales. Divide y vencerás.

Espero que las provincias de Barcelona, Tarragona, Girona y Lérida tambien se declaren independientes. Espero que el Rey de Occitania declare la anexión de esas provincias dado que los lazos linguísticos con el sureste de Francia son evidentes. Ah, y el aeropuerto del Prat será convertido en un principado al estilo de Mónaco. El bla bla bla no tiene fin. Detras de ese teatro está lo económico.

El nuevo paradigma de este tiempo nuevo consiste en reforzar las cooperaciones y no las huidas, mirando atrás con ira. Los nacionalismos son atavismos de grupos o tribus que de vez en vez quieren estar solos, aunque no lo están. Han solido conformar sociedades dada su etnidad y profundo sectarismo, sociedades cerradas, excluyentes, y, en definitiva, pocos democráticas. Y esto debe ser dicho. Saludos.

Y mientras, en la Europa a la que pertenecemos, se empiezan a oír avisos como los que se prodigan en el metro en hora punta: ¡hay carteristas! Algo que preocupa, sobre todo, a quienes poseen cartera. Pobretones y ricachones, son los únicos libres de toda detracción, también llamada quita, pero más conocida con el sobrenombre de corralito. A Chipre le ha tocado el primer corralito piloto de la zona euro, también llamada tómbola. Veremos si sigue el reparto de premios.

Unos quieren que se decida pero dentro de un orden. Decidir, sí, independencia, no. Otros quieren que se decida lo que se quiera decidir, pero que se decida entre todos con vinculación para todos. Y luego están los que quieren que no se decida nada, ni por unos ni por otros. Unos quieren federalismo, otros independencia y otros nada. Hay dificultades para entenderse en el cómo, en el quiénes, en el cuánto, en el cuándo y en el qué. Pueden coincidir en algo pero no en todo. Los negacionistas unionistas son los únicos que saben lo que quieren: no quieren nada y lo quieren todo.

Me decepciona Sr, Bassets, mi comentario de esta mañana era razonablemente inteligente y, en mi modesta opinión, ponía el dedo en la llaga. En fin. Hasta otra.

¡Decidir o no decidir, esa es la cuestión!
¿Qué debe más dignamente optar el alma nacionalista
entre sufrir de la fortuna impía
el porfiador rigor, o rebelarse
contra un mar de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?

La gran duda es si es posible el diálogo y sobre qué. De verdad es posible regresar al punto de partida? No lo creo en absoluto. El resurso contra el Estatut del PP y la tragica sentencia del TC lo impiden: no solo alimentan el independentismo sino que han cerrado las puertas de forma irreversible, de hecho, al federalismo, incluso al más tibio. Y no digamos a la libertad de voto. Antes de establecer cualquier diálogo seria imprescindible volver al punto de partida, en efecto, es decir: anular la sentencia del TC y el resurso del PP, y renovar explicitamente la fe en la democracia y el voto de los catalanes, puesto claramente en entredicho por el TC y el PP.Catalunya hasta ahora ha sido muy legal: no al terrorismo, democracia, votos y referendums, y solo ha servido para que su voluntad democraticamente expresada directa e indirectamente se haya visto pisoteada sistematicamente. Esta es la triste verdad. Ahora me temo que el camino hacia el federalismo sea la independencia, unica garante en este momento de la libertad. Se lo dice un federalista de siempre, no de los nuevos...

La necesidad del diálogo es evidente, y en ambas direcciones. Los catalanes y el resto de los españoles deben ser libres de expresar sus preferencias y todos deben respetarlas. Y a partir de ahí a dialogar.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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