Lluis Bassets

Queremos investigar

Por: | 25 de abril de 2013

Un nuevo y potente tópico se está instalando entre nuestras creencias, una idea que señala la estupidez generalizada de quienes nos dirigen en abierta oposición a la soberana inteligencia de las multitudes. Puede aplicarse en todos los ámbitos, pero es en la acción política donde tiene mayor presencia. Cuenta con asideros argumentales en el estado de nuestras instituciones, las dificultades para gobernar la economía, el deterioro de los liderazgos o la extensión de la corrupción, pero encuentra su epifanía en el éxito de las tecnologías de la información y de la comunicación para dar poder a los individuos y a los grupos en detrimento de quienes les venían organizando, dirigiendo o representando.

No vale para un país o un continente. Es de aplicación global, como la tecnología y la economía que la acompaña. Antoni Gutiérrez Rubí lo desarrollaba ayer en estas mismas páginas a propósito de las ILP (iniciativas legislativas populares) en el artículo 'Queremos legislar', en el que fundamentaba así el deseo expresado en el título: "No solo porque queremos, podemos y debemos, sino porque sabemos. El conocimiento disponible en la sociedad abierta y en red es superior al de sus representantes y expertos. No estamos hablando de masas inertes y amorfas, sino de multitudes activas e inteligentes en la sociedad red, capaces de articular —o al menos iluminar— soluciones públicas para problemas complejos si se dispone de entornos abiertos gracias a la tecnología".

Nos encontramos ante una nueva rebelión de las masas que revierte el esquema propuesto por Ortega hace 80 años, cuando identificaba al hombre masa, fruto de la democratización y base sociológica de los totalitarismos. Aquellas multitudes que Ortega consideraba mostrencas hoy usan teléfonos móviles y tabletas, y muy pronto gafas Google, con las que toman imágenes, comunican e interactúan. La apariencia puede ser de entretenimiento, sobre todo cuando los escenarios turísticos, los estadios deportivos o la romana plaza de San Pedro relampaguean por los millares de flashes de los móviles multitudinarios, pero de pronto surge un acontecimiento inesperado y trágico en el que se manifiesta la profundidad del fenómeno y las novedades, merecedoras de reflexión y de debate, que introduce en nuestra vida pública.

Este es el caso del atentado de Boston del 16 de abril y la posterior caza al hombre en búsqueda de sus autores, un conjunto de hechos que constituyen un buen punto de partida para la comprensión de estos cambios. Nada de lo que allí ha sucedido, desde la acción criminal de los hermanos Tsarnaev hasta la detención de Dzhokhar, puede comprenderse sin la nueva rebelión digital de las masas y específicamente sin el registro de imágenes por parte del público, la transmisión por las redes sociales e incluso la participación directa del público en la interpretación de los millares de datos que iban vomitando sin parar las redes sociales. Hasta el punto de que la ilusión de que una multitud inteligente estaba al cargo de la investigación del crimen llegó casi a imponerse a una sociedad que ya ha experimentado en muchos campos el poder de la tecnología en manos del público. Corroboraban esta impresión los graves errores informativos en que incurrieron medios tradicionales como la cadena de televisión de noticias continuas CNN, la agencia de prensa AP o el diario The Boston Globe, así como la difusión de sospechas sin fundamento sobre ciudadanos inocentes.

"Los medios, tal como los hemos conocido, han cambiado para siempre", escriben los redactores del Daily Barometer, un pequeño diario universitario de Oregon. "Chequeábamos nuestros teléfonos, no mirábamos la CNN. No íbamos a los portales del Boston Globe o el Boston Herald. Y definitivamente no íbamos a esperar a la edición del diario en papel del día siguiente para ver el relato de Associated Press. Todos estábamos en Twitter". "Ha sido el primer gran relato periodístico interactivo", "el primer gran acontecimiento en el que millones de personas se convirtieron en parte del relato ellas mismas", ha señalado Felix Salmon, de la Columbia Journalism Review.

Las filtraciones de Wikileaks ya proporcionaron una ilusión similar, la del acceso directo del público a documentos secretos revelados por organizaciones de hackers. Las multitudes quieren investigar y esto es una novedad, pero al final quien proporciona la inteligencia para comprobar datos y sacar conclusiones es el FBI en su tarea policial y el periodismo profesional en la suya. Los medios tradicionales que se equivocaron fueron los que siguieron las redes sociales, no los que hicieron bien su trabajo. También Obama sacó sus conclusiones: "En la era de la información instantánea hay la tentación de aferrarse a cualquier información, a veces para saltar a las conclusiones. Por eso es importante, ante una tragedia como esta en que la seguridad pública está en riesgo y las apuestas son tan altas, que hagamos las cosas bien. Por eso investigamos. Por eso comprobamos los hechos de forma exhaustiva".

Hay 4 Comentarios

La sensación de "poder" y de "participar en" que provocan las nuevas tecnologías es proporcional a la pérdida de intimidad que entregan los usuarios. No es lo mismo leer una noticia en un medio digital y poder escribir un comentario, e incluso, interacturar con otros lectores que simplemente leer la noticia en la prensa tradicional y no poder comentar nada al respecto: la atracción por los nuevos medios es irresistible.Las redes sociales nos informan - casi al segundo - de lo que ocurre, muchas veces, muchísimas. sin comprobar la veracidad de lo difundido. Una foto, un video - a veces de lo más tonto - se convierten en trending topics y si no lo has visto "no estás en el mundo". Una foto envíada - como en el caso de las bombas de Boston - te hace creer que formas parte de algo o que eres importate. Pues bien - aunque a veces cómo en este caso se ayude a la investigación policial - todo eso sólo proporciona un empobrecimiento individual en favor de la masa que sólo beneficia a los creadores de esas redes o páginas y que en el caso de los más jóvenes puede suponer un enpobrecimiento aún mayor.
Las nuevas tecnologías y medios de difusión nos están desbordando y haciéndonos creer en un mundo que solamente existe en la pantalla de un portatil, una tablet o en un teléfono móvil, la realidad es otra cosa

Indiscutiblemente Internet ha supuesto un enorme adelanto contribuyendo al desarrollo al permitir acceder a información y conocimiento y comunicarse de forma gratuita, global y casi en tiempo. Los foros abiertos, en extinción, la posibilidad de comentar noticias, y posteriormente la aparición de los blogs, me parecieron desde un principio y sigo pensando lo mismo adelantos muy positivos, pero no así el tema de las redes sociales.
El fenómeno de las redes sociales está muy inflado. Los expertos dicen que un mismo usuario se suele dar de alta en distintas cuentas de una o varias plataformas sociales distorsionando así el número real de usuarios que están interactuando. En el mejor de los casos las redes sociales unen a personas entre las que ya existía un vínculo previo, y en el peor a gente cuyo único vínculo es ser fan de un mismo famoso o consumidor de un mismo producto. No me gustan las redes sociales, pues están concebidas para obtener la mayor información sobre sus usuarios con fines comerciales acabando con uno de los principales valores de Internet, que era el de poder mantener el anonimato a la hora de interactuar. Soy de la opinión de que las redes sociales solo son útiles para el marketing comercial.
¿Sin son muchos, quieren, pueden y saben por qué no constituyen un partido político para así poder legislar, que es lo lógico en democracia? Seguramente porque no son tantos como dicen y muchos de ellos ya pertenecen a partidos políticos.
Hay más medios de comunicación pero no estamos mejor informados ni recibimos más información, pues todos los medios suelen informar sobre los mismos temas. Personalmente creo que el periodismo va a evolucionar en dos direcciones. Pasando a ser un departamento más de las grandes empresas, a las cuales les interesa convertirse en productores de información, emisores de noticias periodísticas, como instrumento para atraer seguidores, usuarios de sus redes sociales potenciales consumidores, a los que estudiar sus necesidades y gustos con fines comerciales y bombardear con su publicidad. Y el periodismo de siempre, unos pocos medios cuyos contenidos se caractericen por el rigor, la relevancia, el interés, así como artículos de opinión de personas de reconocido prestigio o que la posibilidad de acceso, por ejemplo a centros de poder, de valor al contenido de sus opiniones.
Que los dos terroristas de Boston hayan actuado por iniciativa propia no es creíble. Por iniciativa propia alguien puede atentar contra el jefe que le ha despedido, contra la policía u otro tipo de combatientes, contra el profesor que lo ha suspendido, contra la novia que lo ha dejado, contra…. , cosas así, pero detrás de un atentado de este tipo indiscriminado siempre hay planificación colectiva, alguien que da la orden y un fin. ¿Ha llegado la hora de Chechenia?. Vivimos en la época de lo que se conoce como fuentes abiertas. A lo mejor el FBI no pero los servicios secretos americanos tienen que saber ya con todo tipo de detalle que paso.

Los representados superan a sus representantes. Lo lógico sería, entonces, que los representantes delegaran en los representados. Lo que no puede ser es que los que nos representan sepan menos que sus clientes, menoscabando sus intereses con sus errores de bulto. Pero para corregir esta situación debe cambiar todo, la forma de representación y los cauces para configurar esa representación. Quizás cuando nuestros representantes lleven un tiempo a este lado de la relación representativa mejoren un poco. Nuestros representantes deben pasar por el taller popular para ser reparados por aquellos a quienes deben defender. Más Colaus y menos Iturgaices.

Por supuesto que hay idiotas, avivatos y descarados al frente de las instituciones. Pero en general los gobernantes atraviesan la vía dolorosa de estar siempre allí, en lo alto, respondiendo. Tanto genio episódico que se asoma a las redes sociales expresa su sabia opinión en 140 caracteres y luego se marcha, a otro tópico y a otra red. El gobernante queda ahí, expuesto a la crítica por largos períodos. Es posible que por un minuto un brillante aficionado lleve con acierto el timón del buque. El problema es que la labor de conducción de la nave es 7/24/365: es constante y permanente.

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es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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