Lluis Bassets

El partido de los cuñados

Por: | 03 de julio de 2013

La sociedad árabe tradicional es fuertemente endogámica. La tasa de casamientos entre primos llega hasta el 35% de los matrimonios. Para el demógrafo francés Emmanuel Todd, esta es una de las claves de las revueltas árabes de 2011. “La democracia es la irrupción del ciudadano, del individuo libre en el espacio público. La endogamia es exactamente lo contrario, la cerrazón en el grupo familiar”, señala en su libro Alá no tiene nada que ver con esto.

Egipto es uno de los países árabes donde más ha disminuido la endogamia, actualmente 20 puntos por debajo del modelo árabe tradicional, y este es uno de los elementos que explican, según Todd, las movilizaciones que condujeron al derrocamiento de Mubarak y, por supuesto, las actuales para echar también a Morsi. Esta explicación tiene un interés adicional porque los Hermanos Musulmanes son especialmente endogámicos, en buena correlación con su proyecto de adaptar la sociedad moderna a los preceptos coránicos, no lo contrario. No conozco estadísticas sobre el grado de endogamia de sus militantes y dirigentes, pero basta repasar sus biografías para observar que la fórmula del matrimonio entre primos es la más habitual, empezando por Morsi.

No es la única forma de endogamia entre los dirigentes, que con frecuencia están casados también con las hijas o las hermanas de sus compañeros de Hermandad. La gran mayoría de quienes se oponen a Morsi, además de combatir sus ideas, resulta que también difieren en el estilo de familia por el que optan, más abierta y moderna que la de los Hermanos Musulmanes. Desde este punto de vista, la sociedad egipcia va hacia una dirección y la Hermandad musulmana va en la contraria.

Estamos hablando de estructuras de familia, no de ideologías y menos todavía de propuestas y decisiones políticas. Sobre el papel cabe perfectamente que una estructura de fuertes raíces tradicionales encabece una renovación de la sociedad que vaya en sentido opuesto. Pero a la vista está que no ha sido el caso.

El núcleo dirigente de la Hermandad está formado por hombres de larga experiencia como cofrades, que han pasado largos procesos de selección, tuvieron la oportunidad de bregarse contra la dictadura militar y actuaron como dirigentes de sindicatos, uniones profesionales y organizaciones de la sociedad civil. Este era el capital que les permitió vencer en las urnas y colocar a uno de los suyos en la presidencia.

A la vista del desastroso balance de la presidencia de Morsi un año después de su toma de posesión, está claro que la Hermandad solo supo leer su victoria como un mero asalto al poder que le permitiría aplicar su programa de islamización y colocar a los cuñados, y no como la oportunidad para transformar y modernizar un país como Egipto que tiene todo lo que hace falta para convertirse en una potencia emergente.

Para encabezar una transición democrática no basta con tener la legitimidad que emana de las urnas, tal como la obtuvo Morsi en 2012, sino que se requiere un esfuerzo especial cuando hay que hacerlo desde organizaciones encerradas en sí mismas, los partidos endogámicos en los que cualquier desviación o pérdida de poder es detectada y evitada por la vigilancia de los cuñados.

No basta con un talento político regular sino que se requieren las dotes de Mandela, De Klerk, Gorbachov o Suárez para poner a las formaciones políticas respectivas en su lugar y despegarse a la búsqueda de una base política más amplia que permita una democratización efectiva y no meramente formal.

Morsi ha hecho una gestión sectaria y, antes del derrocamiento, ya se encontraba totalmente aislado. Ni siquiera el partido salafista Nur le da su apoyo para que siga en la presidencia. Como Erdogan hace unas semanas, no ha dudado en movilizar a sus seguidores en contra de los manifestantes que piden su dimisión. La experiencia demuestra que los líderes que no vacilan en jugar con la división de su país, sin importarles el clima de guerra civil que fomentan, no merecen continuar al frente de las responsabilidades de Gobierno y suelen terminar de la peor forma posible.

Con esta ya son dos oportunidades perdidas. Los militares no supieron dirigir la transición en la primera fase y el primer presidente civil salido de las urnas tampoco ha sabido gestionarla en la segunda fase, devolviéndole la mano al Ejército, otra estructura endogámica, masculina y llena de cuñados, para que ejerza el papel de árbitro de último recurso al que nunca ha renunciado desde el golpe de Estado de 1952.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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