Lluis Bassets

La glaciación islámica. Mapa de Oriente Medio (1)

Por: | 06 de mayo de 2016


El invierno democrático árabe, que siguió a la primavera democrática, está desembocando en un caos geopolítico que repercute en Europa.

Maleta

(Este texto, que voy a dar en este blog en varias entregas, ha sido publicado anteriormente en la revista La Maleta de Portbou, correspondiente a los meses de marzo-abril de 2016).

Cinco años después de las revueltas democráticas de 2011 que derribaron cuatro dictadores –Túnez, Egipto, Libia y Yemen-- y sembraron el desconcierto y la inseguridad entre los autócratas, el mundo árabe está evolucionando hacia un mapa geopolítico caótico e irreconocible, en el que se disputan la hegemonía varias potencias regionales en busca de una nuevo equilibrio, proliferan los estados fallidos y cuarteados en guerras sectarias e intervienen militarmente las viejas potencias coloniales –Francia y Reino Unido-- y las antiguas potencias de la guerra fría, una de forma reticente –los Estados Unidos de Barack Obama— y la otra de forma agresiva, en busca de la recuperación de su perdida influencia –la Federación Rusa de Vladimir Putin.

Aquella primavera, con la excepción del pequeño Túnez, terminó apenas después de empezar. Enseguida llegó el invierno, primero islamista y luego golpista, tal como ejemplifica la evolución del país árabe central que es Egipto, donde los militares se hallan de nuevo en el poder después de un breve interregno de gobierno democrático. Faltaba todavía por llegar al punto de congelación de las esperanzas con la aparición del califato terrorista, el autodenominado Estado Islámico (EI), última consecuencia de este movimiento tectónico, que se ha instalado entre Siria e Irak con tentáculos de acción violenta en todo el mundo, desde Estados Unidos y Europa hasta África central e Indonesia.

Una nueva generación de jóvenes, muchos de ellos occidentalizados y tecnológicos, fue la que protagonizó las revueltas de 2011 con la pretensión de instalar la democracia en países que jamás la habían conocido hasta ahora. Pero en los casos singulares en que se abrieron transiciones democráticas –Túnez y Egipto, fundamentalmente— los partidos islamistas tradicionales no tardaron en hacerse con la dirección del movimiento primero y luego en alcanzar el poder en las urnas y gobernar. Con ellos regresaron dos componentes esenciales de la tradición revolucionaria árabe, el antisionismo y el antiamericanismo, que se habían ausentado momentáneamente en la primera fase de las revueltas.

De fracaso en fracaso, quedaba solo un paso por dar: del laicismo al islamismo y luego del islamismo al yihadismo. Los peores prejuicios sobre la compatibilidad del islam con la democracia y las libertades políticas quedaban de nuevo confirmados. No era otro el reproche de los militares egipcios y de los príncipes saudíes a sus aliados de Washington: si no quieres que el islamismo político llegue al poder no hagas elecciones, si no quieres doblegarte a las amenazas del terrorismo yihadista no abras la mano a las libertades políticas.

La glaciación islámica va más allá del mundo árabe y musulmán y afecta directamente a la estabilidad de Europa e incluso al proyecto europeo en su conjunto. La llegada en 2015 de más de un millón de refugiados, al menos la mitad originarios de Siria, ha cuarteado los pilares del sistema de asilo europeo y las políticas de inmigración. Sumada a los ataques terroristas del EI en Francia, han enervado el miedo al extranjero y específicamente a los musulmanes y propulsado movimientos xenófobos como Pegida (Patriotas contra la islamización de Europa) y partidos de extrema derecha, que están entrando en los gobiernos, obteniendo mayorías en ayuntamientos y parlamentos o acercándose peligrosamente a la presidencia de los países como ya ha sucedido en Polonia y puede suceder en Francia con Marine Le Pen.

Afecta directamente a las políticas europeas. Los acuerdos de Schengen de libre circulación dentro de las fronteras se hallan en cuestión y en muchos casos suspendidos. Las vallas fronterizas y los controles de pasaportes vuelven a estar al orden del día. Alemania está intentando distribuir los refugiados por un sistema de cuotas entre cada uno de los países, pero se encuentra con una enorme hostilidad, sobre todo por parte de los países ex comunistas. Hace también gestos de amistad hacia Turquía, con ayudas financieras incluidas, para que este país retenga los flujos de refugiados que llegan a su territorio desde Siria. Más que nunca queda en evidencia la imposibilidad de tratar crisis globales desde los Estados nacionales o, alternativamente, desde una UE sin unión política ni política exterior y de seguridad.

La crisis siria también afecta a las políticas nacionales, súbitamente endurecidas hasta extremos que no se habían visto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El parlamento danés discute la expropiación de los bienes de los refugiados que lleguen a su país, bajo la explicación de que deben pagarse sus gastos, pero a fin de disuadirles de escojan Dinamarca como punto de llegada. Y la Francia socialista de François Hollande pretende crear dos clases de ciudadanos a la hora de castigar el terrorismo: los franceses de segunda generación, con padres inmigrantes, que pueden ser desposeídos de la ciudadanía y los de pura cepa, a los que no se les puede quitar. Y no tan solo en Europa: el debate sobre la inmigración entre los candidatos republicanos a la presidencia de Estados Unidos marca el nivel de aceptabilidad al que han llegado las ideas extremistas en occidente, como demuestra la popularidad del magnate neoyorquino Donald Trump y de sus ideas de expulsiones masivas de hispanos o de prohibición de entrada a los musulmanes.

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Sí, la verdad es que todo lo que ha pasado y está pasando es un poema, pero de los tristes.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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