Lluis Bassets

Moisés Naím, en un mundo convulso (1)

Por: | 02 de julio de 2016

¿Quién manda hoy aquí? ¿Hay algo parecido a un nuevo orden mundial en el que alguien ejerza el papel que antaño tuvieron las superpotencias? ¿Qué está sucediendo con el poder en nuestras sociedades y en el conjunto del globo?

Moisés Naím ha dado respuestas a estas preguntas en sus dos últimos libros. En el primero, 'El fin del poder' (2013), desarrolla la teoría de un mundo en el que el poder es más fácil de adquirir, más difícil de mantener y muy fácil de perder. Y el segundo, Repensar el mundo, publicado este año, ofrece “11 sorpresas del siglo XXI”, auténticas fotografías o fogonazos sobre novedades de este mundo globalizado en el que el poder se ha hecho más volátil y fragmentado. Naím –nacido en Venezuela en 1952– no es el único pensador contemporáneo que se ha adentrado
en el análisis de la estructura del poder mundial. Son conocidas las teorías de Ian Bremmer, que parte del formato G de las cumbres con las que se organizan el G-7, G-8 y G-20 para describirnos un mundo G-cero. También las de Charles Kupchan, que definen “un mundo de nadie” o las de Zbigniew Brzezinski, sobre un “mundo poshegemónico”. Ninguna ha tenido tanto éxito como la de Naím, cuyo libro 'El fin del poder' fue elegido por Marck Zuckerberg, el fundador de Facebook, como título más destacado del año para inaugurar el club del libro de su red social.
Revistaf

Esta es la primera parte de la transcripción de la conversación que mantuvimos Moisés y yo en Barcelona, el pasado 22 de abril, y que ha publicado la revista F, del Foment de Treball.


--En pocas cosas se comprueban de forma mejor los cambios del poder en el mundo como en las clases medias. Unas, las europeas, sienten que lo pierden, y a las otras, las de los países emergentes, les sucede lo contrario. ¿Son vasos comunicantes?

--Los cambios en las clases medias afectan a la prosperidad, no al poder. En China no puedes decir a la gente que antes era muy pobre y que ahora forma parte de la clase media, que ahora tiene más poder, porque no es así. Tiene más prosperidad. Y desde el punto de vista de la prosperidad, no hay vasos comunicantes en lo que unos ganan los otros lo pierden, sino una situación de win-win en la que todos salen favorecidos.

--Quien pierde prosperidad, aunque sea relativa, tiene la sensación de que también está perdiendo influencia y poder y sobre todo que tiene expectativas de perder todavía más.

--Recientemente tuve una experiencia reveladora en Washington, donde yo vivo. Vino un grupo de jóvenes políticos europeos, todos muy bien formados y con buena educación universitaria. Parte de la visita era para charlar conmigo. Era un grupo muy pesimista. Por casualidad, con pocos días de diferencia estuve en Pekín y desde allí me fui a una fábrica donde la mayoría de los trabajadores eran mujeres jóvenes cuyas familias estaban a miles de kilómetros de distancia y vivían en barracas en condiciones inaceptables. Trabajan duramente y ahorran dinero. Ese fue
el grupo de personas más optimista
con el que me he reunido recientemente. Están seguras de que el futuro les pertenece y que el de sus hijos será mejor que el suyo y el de sus padres. Los líderes políticos, en cambio, estaban convencidos de que sus hijos iban a tener condiciones más precarias. Hay que matizar que estas muchachas viven en un régimen dictatorial y los europeos salen de la cuna de la democracia y la libertad. Son dos contrastes muy importantes, pero ni siquiera las condiciones precarias de estas muchachas les llevan a ser pesimistas.

--Hasta ahora hemos creído que era
 el pasado el que condicionaba el presente pero ahora aparentemente parece que sea el futuro el que influye en el presente. ¿Es posible que las expectativas negativas deterioren e incluso neutralicen los efectos favo- rables de las políticas correctas que hagamos ahora?

--Este es uno de los temas esenciales 
del libro de Samuel Huntington Orden político en las sociedades en cambio de 1968, en el que nos describe cómo las expectativas de los ciudadanos crecen más rápidamente que las respuestas que da el Estado en prosperidad y servicios públicos. Hay una brecha entre lo que la gente espera del Estado y lo que el Estado es capaz de ofrecer. Y son las expectativas respecto al futuro las que dominan las políticas actuales.

--Vamos de nuevo a la pregunta sobre el poder que hace usted en sus dos libros. ¿No será en realidad una pregunta occidental de un mundo que se encuentra en declive y con expectativas negativas que se traduce por tanto en una sensación de pérdida irremisible de poder y de influencia?

--No. Los determinantes del poder no son solo las expectativas. El poder ya no es lo que era por tres razones: porque es más difícil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder, y eso ocurre porque las barreras que protegían a los poderosos son ahora más fáciles de saltar. Yo agrupé en tres categorías o revoluciones los factores que están debilitando las protecciones que protegían a los poderosos. Una es la revolución del más. Vivimos en un mundo de proliferación donde hay abundancia de todo, gente, ideas, armas, empresas y grupos políticos y terroristas. Además, todo se mueve más que antes. La segunda es la de la revolución de la movilidad: se mueve la gente, las ideas, los productos y los servicios, mientras que el poder necesita una audiencia fija, un perímetro delimitado, mercados cautivos, de modo que cuando todo es más fluido
se encuentra con mayores dificultades para ejercerlo. La tercera categoría
es la revolución de la mentalidad, con profundos cambios en expectativas, aspiraciones, posibilidades, exigencias, tolerancias e intolerancias. Tenemos estadísticas impresionantes desde hace mucho tiempo sobre estos cambios de mentalidad que erosionan las barreras del poder y las hace más vulnerables. Cuando comparamos las series de encuestas con diez años de diferencia, nos damos cuenta de que ya estamos en un planeta diferente. ¿Y cuál es el país donde más se perciben estas tres revoluciones? China. Esta es la respuesta a la pregunta sobre si se trata de un fenómeno occidental.

--Algunos piensan que estamos ante una especie de refeudalización o regreso a un mundo organizado desde la fragmentación.

--Discrepo de la visión neomedievalista. Creo que es una metáfora insuficiente. Quienes la utilizan tienen como ancla empírica lo que pasó en el medievo en Europa, un fenómeno extraordinariamente local, muy acotado y que afectaba únicamente al territorio donde se producía. Ahora no tan solo es global, sino que además es instantáneo y simultáneo, afecta a todos y a todo el mundo, en todas partes por igual, y tiene una dinámica, una velocidad y unos determinantes que hace muy difícil que aparezcan centros de poder fragmentado permanentes.

--Necesitamos, efectivamente, repensar el mundo. ¿Por qué repensar y no pensar?


--Porque hay buenas ideas que hay que utilizar y cuidar, sí. Al igual que hay otras que desechar, ideas zombis que son las que gustan a quienes practican la necrofilia ideológica, tal y como explico en mi último libro.

--Hay muchas formas de abordar el cambio. ¿Es entonces una cuestión de ideas que hay que repensar y seleccionar? ¿O es una cuestión
de instituciones, es decir, de confianza en los partidos, gobiernos, parlamentarios? En ‘El fin del poder’ a rma que “necesitamos recuperar la confianza en el Gobierno y en nuestros dirigentes políticos”. ¿O es un problema de democracia? A fin de cuentas, la democracia es difusión del
poder y la difusión lleva a su vez
a dificultades en el ejercicio de la propia democracia.


--Yo observo el fenómeno de otra manera, concretamente intento comprender el poder en el mundo actual a partir de las variables que ya he mencionado y que están repertoriadas en las tres revoluciones del más, de la movilidad y de la mentalidad, y eso al final es lo determinante.

--Es decir, que al final el poder es más barato, más abundante, más deteriorable, tiene peor calidad, es más volátil.

--Es un cambio en el que el poder se ha desplazado y en su desplazamiento se ha modificado. En muchos ámbitos el poder está pasando de A a B. Lo que recibe B es más degradado que lo que tenía A. Sirve para entender Podemos o Netflix. El PSOE era un partido político muy importante y ahora está Podemos que le quita votos, pero el poder que obtiene nunca será equivalente al que tuvo el PSOE en su mejor momento. Lo mismo sucede con HBO respecto a Netflix, en este caso el poder pasa de una productora de series televisivas a una empresa que en su origen distribuía DVD por las casas.

--¿Ha cambiado entonces la naturaleza del poder?


--No. La definición del poder es la misma. Sigue siendo la capacidad de conseguir que otros hagan algo o dejen de hacerlo según la voluntad de quien lo ejerce. El poder sigue siendo lo que siempre ha sido. Lo que cambia es cómo lo obtienes, cómo lo defiendes y cuáles son las restricciones que tienes para ejercerlo.

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Sobre el autor

es periodista. Director adjunto y columnista de EL PAÍS. Tiene a su cargo la edición de Cataluña.

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