Andrés Ortega

Sobre el autor

, europeo por nacimiento (padre español, madre francesa), convicción y profesión, ha sido corresponsal en Londres y Bruselas y columnista y editorialista de El País, director de Foreign Policy Edición Española y dos veces Director del Departamento de Estudios en La Moncloa. Le interesa casi todo. Ha publicado (con A. Pascual-Ramsay) ¿Qué nos ha pasado? El fallo de un país. Su primera novela se titula Sin alma.

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Reformar a los reformadores

Por: | 19 de diciembre de 2012

Monti-rajoy

Los mandatarios europeos quieren que, acaben como acaben las próximas elecciones en Italia, Mario Monti siga siendo presidente del Gobierno, aunque solo sea porque están curados de Berlusconi. Pero Monti no acaba de ser popular en Italia, porque no ha logrado hacer aprobar las reformas que necesita el país. Recortar gasto público y subir impuestos, en Italia, España o Francia, no es reformar. Y el reformismo, el que ha de abordar los graves problemas de estos países, está estancado en todos ellos.  Los supuestos grandes reformadores reforman poco, como atrapados ante montañas insuperables de intereses creados y resistencias burocráticas.

En España, pese a sus promesas e ímpetus iniciales, y tras el también impulso reformista de un tiempo del Gobierno de Zapatero, el de Rajoy no logra empujar una agenda de auténticas reformas estructurales, es decir, que cambien la estructura económica, algo absolutamente necesario. Las famosas reformas de los viernes se han quedado en recortes, impuestos, tasas y privatizaciones. Se impulsan reformas menos importantes, otras ideológicas (en educación, justicia, sanidad, etc.), pero así no se logrará desatascar las fuerzas creativas en este país. Sí ha hecho el Gobierno dos grandes reformas estructurales: la laboral (con una ley que está resultando un desastre con el paro añadido que está provocando), y una transformación del sistema financiero que aún debe continuar. Pero el gran ímpetu reformista de los viernes pasó pronto a ser un ímpetu de recortes. Y recortar no implica reformar.

Lo hemos apuntado de forma repetida: este país, donde domina el “mercantilismo plutocrático”, por usar la expresión del brasileño Umberto Unger al referirse a España, necesita un shock de liberalización que abra el mercado a la competencia y empodere a la sociedad. Pero la derecha en este país (y en Italia) nunca ha sido liberalizadora pues se suele resistir a compatir posiciones de ventaja. Y la izquierda es refractaria, pues suele confundir liberalización y privatización. Muchos jóvenes emprendedores se quejan de que el mercado está dominando por unas pocas grandes empresas que, en cada sector, se lo reparten, no quieren renunciar a sus oligopolios, y dificultan en grado extremo la entrada de nuevos competidores. “Poco a poco”, contestan algunos de los representantes de las grandes empresas cuando se les pregunta. No es algo sólo español.

Liberalización, decimos, no es lo mismo que privatización. El PP, tanto en tiempos de Aznar como ahora, se dedica a privatizar sin liberalizar, lo que nos lleva al peor de los mundos. Liberalizar no implica menos Estado, sino todo lo contrario: reforzar los reguladores para garantizar la libre competencia. Y este Gobierno está debilitando a los reguladores –con menos independencia y menos capacidades- al tiempo que intenta privatizar sectores de actividad pública (como en la sanidad, aunque no privatice la prestación básica, o ahora hasta el Registro Civil).

En cuanto a la liberalización de la administración, de los servicios y de las profesiones liberales, la resistencia es mayúscula dados los intereses creados. Y cabe preguntarse si es realmente posible reformar la administración con esta clase política y tantos intereses creados. Hoy, d los 14 ministros en el Gobierno actual (incluido el presidente) , 10 son funcionarios. Y en el Congreso, también lo son casi la mitad de los diputados. Esto no pasa en Londres o Berlín.

También la resistencia es grande en los propios partidos políticos a abrirse a la sociedad con primarias a todos los niveles, lista abiertas y otros cambios que llevarían a buena parte de los que actuales tienen en su seno o en instituciones cargos remunerados. Y, sin embargo, esas reformas son también imprescindibles.

Pues o reformamos de manera radical en España (y Francia e Italia, entre otros) o se llegará a una situación en la que la única salida sea la ruptura. Pero ¿quién va a reformar a los reformadores?

No es que el origen de las resistencias sea reciente. En el caso de España viene de muy atrás. Porque, como decía aquel, los españoles no somos hijos de la Ilustración sino del despotismo ilustrado. Es algo muy diferente.

El año de los milagros (2014)

Por: | 14 de diciembre de 2012

Always hope

2014 se está anticipando como año de milagros, el de la ansiada llegada a la Tierra Prometida. En él volverá, se dice, España al crecimiento económico, la Eurozona echará a andar su unión bancaria, y el euro se consolidará definitivamente. Y es verdad que si el euro se consolidara en esas dimensiones bancaria, fiscal y económica, además de la monetaria, España podría ver rebajada la partida que dedica al pago de la deuda y dedicar ese dinero a inversión pública productiva. Aun así, el crecimiento no está garantizado. La afirmación de que saldremos de esta no tiene fundamento. Nadie lo sabe. Véase Japón que lleva estancado o en recesión desde hace más de 10 años (aunque dentro de la estabilidad y sin perder nivel de vida). Hay una esperanza excesiva en que la economía de EE UU tirará de nuevo de todos. Incluso de China. Demasiado automatismo en este pensamiento.

De todas formas, ¿se iba a atrever el Gobierno español, la Comisión Europea, el BCE o el FMI a vaticinar que tras cinco años de crisis, y un 2013 aún de contracción, 2014 iba a ser también malo? Política y socialmente sería un suicidio. De ahí que se presente 2014 como el año de la recuperación. Ójala, Pero hasta que no estemos más cerca, no se podrá saber.Y la historia (Rogoff y Reinhart, Esta vez es diferente) señala que las crisis de deuda tienden a durar 10 años.

2014, pues. Porque 2013 va a ser un mal año. A lo sumo, de transición. ¿Y qué ha pasado en 2012? Pues que sin mediar una sola mejora institucional hasta el acuerdo in extremis sobre el supervisor para la Unión Bancaria (para 2014), el euro ha aguantado pese a los vaticinios en su contra. El Financial Times preguntó hace un año a 83 destacados economistas si el euro acabaría 2012 más o menos intacto. Solo la mitad contestó afirmativamente.

Si el euro ha aguantado estos meses ha sido, esencialmente, por las declaraciones en julio del presidente del BCE, Mario Draghi, de que haría todo lo necesario para asegurar su supervivencia, seguido, tras el verano, de un cambio de postura de Angela Merkel a favor de la permanencia de Grecia en la moneda europea, a pesar de la opinión pública en contra en Alemania, y de una mayor integración. También se ha abierto una hoja de ruta para la unión económica y monetaria que no existía hace 13 meses atrás, pero con ambiciones a la baja respecto a las que llevó Van Rompuy al Consejo Europeo.

¿Y por qué no se van a tomar las decisiones adecuadas en 2013? Básicamente porque Merkel no quiere complicaciones excesivas antes de sus elecciones, previstas para septiembre próximo. Las decisiones adecuadas implican la constitución de la unión fiscal, de la unión bancaria y de la unión política. Respecto a la primera, mucho se ha avanzado en algo más de dos años. Era impensable que los Estados aceptaran someter sus grandes líneas presupuestarias a la Comisión y a los otros miembros, y sin embargo, este procedimiento, a través del llamado Semestre Europeo  y de los acuerdos Six-Pact y Two-Pact, es ya una realidad, junto con unos principios contenidos en el Pacto Fiscal. Pero esto no constituye por sí una Unión Fiscal, mientras no haya una mutualización de la deuda (los famosos eurobonos) y no digamos ya una "capacidad fiscal", al final, un presupuesto, que permita afrontar los shocks asimétricos (como el que vive España) en algunos países miembros. Es lo que había propuesto Van Rompuy al Consejo Europeo. Pero se lo han aguado. A lo sumo, según las conclusiones, se verá en junio si se acepta que para lograr estímulos fiscales, los Estados lleguen a acuerdos bilaterales con las instituciones de la Eurozona a cambio de reformas estructurales. 2013 debería ser el año de las grandes reformas pendientes en cada estado, sobre todo en Italia, Francia y España. Claro que para ello hay que luchar contra poderosos intereses creados. ¿Podrán?

En cuanto a la Unión Bancaria, se ha acordado un paso importante … para 2014. Es verdad que se requiere tiempo para poner en pie una supervisión central, a través del BCE, de las entidades financieras. Pero no será universal.  Alemania ha conseguido resguardar a sus bancos regionales. En todo caso, y a pesar de las tensiones, era la parte menos difícil de conseguir. Para una verdadera Unión Bancaria falta, entre otras cosas, una garantía mutua de depósitos y la posibilidad de recapitalizar directamente los bancos con problemas a través del fondo de rescate. Pero ni Alemania ni otros pueden aceptarlo hasta, como poco, saber realmente cómo está cada banco. Una cuestión de confianza. De desconfianza, más bien.

Aunque con muletas, y atenazados por el miedo, los 27 y el Eurogrupo han corrido aunque ahora se paren a esperar las elecciones alemanas  y la Europa alemana.  Había muchas dudas sobre la permanencia del euro. Estas se ha disipado en buena parte. Es condición necesaria pero no suficiente para que se disipen las que pesan sobre la capacidad de crecimiento económico, desde luego de España. No esperemos milagros. Pero hay que seguir corriendo para intentar llegar a la Tierra Prometida en 2014, aunque nada esté garantizado y quede mucho por hacer.

"Lo peor ha pasado", se dice en Bruselas. 2012 "ha sido un buen año", ha afirmado Rajoy en Bruselas, como fuera de la realidad. De momento, en 2013, seguiremos bajando, es decir a peor. Y cuidado con alimentar esperanzas excesivas para 2014. Como ha dicho el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schaüble, “una y otra vez hemos creado expectativas que no podemos cumplir. Y eso es muy peligroso”. Al menos Merkel ha hablado claro: quedan aún años "muy duros y dolorosos", y el efecto de las medidas que se están tomando a nivel europeo y nacional se notarán solo años después de haber salido de la crisis. Merkel no cree en milagros.

Discretamente hacia la Unión Política

Por: | 07 de diciembre de 2012

Edemocracy

De cara al próximo Consejo Europeo, los días 13 y 14 de diciembre, el Gobierno de Mariano Rajoy va a presentar en breve una contribución española al desarrollo de la Unión Política en la UE que no implique cambios en los tratados, sino modificaciones en sus modos de funcionamiento, sobre todo para paliar el problema del déficit democrático de algunas instituciones. Nadie se la ha pedido. Pero es positivo que España demuestre capacidad de propuesta, y que el Gobierno lo haya hecho consultando a la oposición socialista, a expertos y a think tanks.

Así la contribución recogerá, entre otros elementos, que de cara a las próximas elecciones al Parlamento Europeo en junio de 2014, los partidos políticos europeos presenten sus candidatos a la Presidencia de la Comisión Europea. Y el que tuviera más apoyos, sería nombrado por los Gobiernos.  Incluso se propone dar un paso más, y que esos aspirantes vayan también en las listas al Parlamento Europeo en sus respectivos países, pero hagan campaña en los diversos Estados miembros. Aunque no tanto como una elección directa –que sí le daría plena legitimidad democrática al presidente de la Comisión- tal avance empezaría a llenar un vacío y daría significado a unas elecciones que se suelen despreciar. No crearía un demos europeo, pero permitiría avanzar a la espera de que se reformen los tratados.

Respecto a la Unión Política, y temeroso que un esfuerzo necesario en este terreno dificulte un acuerdo perentorio sobre la Unión Bancaria, las medidas que está proponiendo el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, junto a los de la Comisión, el Eurogrupo y el BCE, son demasiado vagas. Él mismo se ha declarado contrario a la elección del presidente de la Comisión Europea por sufragio directo.

Hay una cierta reticencia en algunos gobiernos (de Francia y Holanda, entre otros) a entrar en el complejo proceso de reformas de los tratados, dado que pueden acabar en refrendos de incierto resultado, sobre todo en tiempos de crisis económica. Y sin embargo otros muchos expertos, e incluso según ha dejado traslucir, la propia Merkel, creen inevitable que se tendrá que llegar a ello (y a una reforma de la Constitución alemana, sancionada por referéndum como ha sugerido el Tribunal de Karlsruhe). Lo primero que habría que reformar es el sistema de reforma para que, como ocurrió con el Pacto Fiscal, pudiera entrar en vigor cuando lo hubiera ratificado un número dado de Estados miembros, lo que pondría presión sobre los refrendos que va no podría resultar paralizadores (salvo en el caso de Alemania y Francia, por una cuestión de hecho, pues, parafraseando a Orwell, en la UE aunque todos los Estados son iguales, hay unos más iguales que otros).

Pasa un poco como con la Constitución española. Algunos de los actuales responsables políticos, temerosos de perder en el proceso, prefieren no tocarla, pese a su obsolescencia y pérdida de legitimidad parciales (el último Barómetro del CIS arroja que un 52,5% de los españoles se considera poco o nada satisfecho con la Constitución). Se trataría de lograr los mismo objetivos por medios de interpretaciones y leyes, sin tener que modificar la Carta Magna. Pero, al final, esta Constitución  -sobre la que no se han pronunciado los que en España tienen menos de 52 años-, habrá que modificarla, como habrá que tocar los tratados europeos. Tanto en Europa como en España estamos entrando en un periodo constituyente, aunque no queramos llamarlo aún así.

Occidente frente a los islamismos

Por: | 01 de diciembre de 2012

Cairo-Egypt-Muslims

Frente al crecimiento de los islamismos, Occidente está perdiendo pie e influencia en Oriente Próximo y el mundo árabe en general, y entre los occidentales, los europeos mucho más que Estados Unidos.

La Asamblea General de Naciones Unidas ha aprobado acoger a la Autoridad Palestina como “Estado no miembro observador” a pesar de la oposición de EE UU (y no digamos de Israel). Ha sido un paso importante para Palestina, no sólo por sus efectos simbólicos y prácticos, sino también porque en el camino se ha cobrado una pieza importante: la Unión Europea. No es que hubiera que esperar una unanimidad imposible entre los 27 dadas sus diferentes historias e intereses. Alemania, que en razón del Holocausto, nunca hubiera votado en contra de Israel, esta vez se ha abstenido. Y solo han votado en contra los checos. En general, esta vez ha habido más unidad europea, pero sin consecuencias. Y con todo esto, ¿dónde ha quedado el Cuarteto (EE UU, Rusia, la UE y la ONU)?

Occidente no está sabiendo situarse bien ante un convulso mundo musulmán, y más específicamente árabe. Nunca ha sabido como tratar el islamismo, o los islamismos, pues son varios. Aunque España sí tuvo entonces una actitud dialogante, los europeos no supieron hacerlo en la Argelia de finales de los 80 ante el experimento del Frente Islámico de Salvación que acabó con el golpe de Estado de 1991 apoyado por Francia, que llevó a una guerra civil. Ni ante la victoria de Hamás en Gaza en 2006. Y ahora tampoco frente a la ola islamista en Túnez, Egipto y otros países encuentra una posición, quizás porque su capacidad de influencia es baja, a pesar del dinero que recibe Egipto de EE UU. A los europeos les incomoda la Turquía musulmana –a la que la UE cierra su puerta- y el islamismo democrático de Erdogan. El triunfo islamista en tantos países del norte de África no llegó, sin embargo, como una sorpresa para muchos gobiernos. Era lo esperable. Y aunque hacen movimientos más que preocupantes, como en el caso del presidente egipcio, Mohamed Morsi, frente al salafismo los Hermanos Musulmanes se presentan como los moderados. Morsi lucha por el islamismo contra el laicismo (que tuvo una fuerza considerable en las urnas aunque no se tradujera en escaños ni en posibilidades presidenciales). Pero también lucha contra el antiguo régimen de Mubarak que aún conserva muchos resortes de poder. En todo caso hay que recordar que la unión de dos vocablos como “democracia” y “cristiana” tardó siglos en fraguarse en nuestra  Europa.

El auge de los Hermanos Musulmanes también trastoca los cálculos de Occidente que ve con satisfacción como la influencia chií del islamismo iraní está retrocediendo en la zona con la crisis de Siria y los problemas de Hezbolá, pero para dar paso a un islamismo suní (siempre presente en el Golfo y especialmente en Arabia Saudí), que no solo Occidente no controla, sino que se puede volver antioccidental. Cuando caiga, el régimen de El Asad puede verse remplazado por uno islamista suní. Ya, ni amigos ni enemigos, con un Catar que defiende un régimen cerrado a base de inversiones en el exterior –ahí está, en las camisetas del Barça- y Al Jazira. No obstante, como ha demostrado el decisivo impulso de Morsi , y la secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton, para un alto el fuego entre Israel y Hamás, la cooperación es posible.

No hay que tenerle miedo al islamismo político, sino aprender tratar con él a la vez que se apoya a los movimientos laicos. Que no se repita el error que se cometió con Argelia dos décadas atrás.

El País

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