De mamas & de papas

De mamas & de papas

De la comedia más almibarada al thriller más terrorífico, todo es posible en un día con hijos. En este espacio, padres y madres que a la vez son periodistas, y los lectores, comparten información y experiencias para sobrevivir a estos años apasionantes pero agotadores. Participa en los comentarios o a través de nuestro correo

En Tucson, echándole de menos a morir

Por: | 14 de enero de 2011

Los que me conocen saben de mi 'inmortalidad'. Quiero decir: saben de mi total falta de miedo ante la muerte por una razón básica: no lo considero una posibilidad, 'eso' no me va a pasar a mí. Un día supe que mi marido se enamoró de mí el día en que me oyó decir que yo no me moriría nunca. Ya sabéis, en una de esas conversaciones demenciales en las que la gente empieza a preguntar si prefieres que te entierren o te incineren. "No se, yo no me voy a morir", dije. Desde ya advierto: estas líneas son íntimas y resultarán sin duda para algunos cargadas de cursilería. No lo siento.

Captura de pantalla 2011-01-13 a las 11.50.57 AM

Múltiples han sido las ocasiones en mi vida en las que sentada a bordo de un avión -volando hacia unas vacaciones o enviada por el periódico al último conflicto que había estallado en el mundo, entrando en un territorio cuando la gente lo abandonaba, ¡qué loca y maravillosa profesión tenemos!- miraba por la ventanilla y pensaba: "he tenido una buena vida, me he divertido, he tomado mis propias decisiones, he querido y he sido querida. Si este bicho se cae ahora, que me quiten lo 'bailao' -¡que también había sido mucho!-  

Todo eso ha cambiado. Mi 'inmortalidad' murió el mismo día en que expulsé la placenta, órgano efímero -y el más bello, según la enfermera que atendió mi parto, en fin, hay gente para todo- con el que también desapareció parte del sentido común que solía regir mi vida. Resulta que de repente estuve tentada de hacer caso a una amiga y consultar la página web de los abusadores sexuales de niños de mi barrio cuando hacía sólo un año había montado en cólera al saber de la existencia de tal registro por considerarlo un atentado contra los derechos civiles de cualquier ser humano que ya ha cumplido la condena impuesta por la sociedad.

Superé el momento 'register sex offenders'. Supero cada día angustias que no sabía que existían antes del nacimiento de mi hijo hace dos años y medio. Lo que parece que se ha instalado en mi vida y parece que de forma permanente es algo que debe de ser miedo. Me he vuelto miedosa y además ya no quiero morirme. Antes pocas cosas me asustaban. Me atrevía con casi todo. Ahora creo que sería incapaz de viajar a Sudán -Darfur- como lo hice en el año 2004 y ver en dos días cómo morían siete niños menores de tres años. Estoy locamente enamorada de mi 'enano' y sufro de un egoismo necesitado de diván por el que no quiero separarme jamás de él. Ya lo dije: bye bye, common sense.

IMG_2633

El domingo pasado volaba desde Washington rumbo a Tucson para cubrir una de esas tragedias que llevan el inconfundible sello que en ocasiones imprimen las armas de fuego en Estados Unidos. Sobrevolaba las montañas Rocosas cuando la sola idea de pensar en morirme y dejar solo a mi hijo me paralizó de terror. Necesité comerme varios chocolates, de forma compulsiva, para recomponerme. Un nudo se me instaló en el estómago y no se iba. Se me saltaron las lágrimas.

Cuando leáis esto ya será viernes, el día en que yo escribo en este blog. Pero yo ahora me encuentro en Tucson, en el funeral de una niña de nueve años que fue abatida por las balas de un loco armado con una pistola semiautomática capaz de disparar 30 balas en segundos. Me permitís el desahogo. Llevo una semana imbuida en otra masacre norteamericana y echo de menos a morir a mi pequeño Nicolás. Viajar tiene ahora siempre un sabor agridulce. Pero agradezco este espacio para poder 'soltar' lo que por profesionalidad no contamos en el diario de papel de cada día. Gracias a todos. 

PD: mañana tengo que encontrar un hueco para comprar a Nicolás un chupachús. Es con lo que siempre prometo volver a casa. Aunque después del que le trajeron los Reyes Magos en España... a ver quién regresa ahora a Washington con un 'chapús' -así los llama mi hijo- tamaño normal...

 

Hay 34 Comentarios

Tengo tres niños de 4 años (mellizos) y de 2, y me acuesto y me horroriza pensar que pueda ocurrirles algo en mi ausencia, ya sea porque mi mujer les lleva a la parada del autobús y un loco con un coche les atropella, o que en el colegio se caen del columpio y se dan en la cabeza, o que se rajan con algún cristal en alguna parte, o que conduciendo yo con tranquilidad venga un ignorante al volante creyéndose Fernando Alonso y nos lleve por delante por estar bebidos.... Me acuesto cada noche rezando porque en vez de que mis hijos se mueran, yo sufra un accidente y se me amputen piernas, brazos.... Desde que tengo hijos sé lo que es el miedo

exactamente igual que a mi..., el otro dia lo comentaba con el padre de mi hijo "ahora ya no me da igual morirme..."

pues yo confieso que lloro a veces pensando en eso. Tengo mucho miedo! y me averguenza pensar que una vez creí en el aborto...ahora me parece algo horrible. menos mal que nunca aborté, ahora las pagaría todas juntas.
no estoy tratando de defender un no al aborto, que conste. Explico mis sentimientos actuales, simplemente

Yo soy madre adoptiva y te diré que, según mi experiencia, en estos casos ese miedo se multiplica por dos. No solo te da pánico dejar solos a tus hijos, sino que les ocurra eso OTRA VEZ. Continuamente veo las secuelas de la herida que tienen por el abandono que sufrieron y que está cicatrizando muy poco a poco y con mucho esfuerzo... No se recuperarían si esa herida se abriera de nuevo. Y eso es lo que me hace ser la mujer más miedosa que he conocido. Así que te entiendo perfectamente.

A mí, no sé si por masoca o qué, también me da por pensar en que pueda morir y mi hijo crecerá sin los mimos y besos de su mamá. ¿Habeis visto la película GENOVA de Michael Winterbottom? dios mio!!!! lo dicho, seré masoca....

Hoy me acurdo de Amy y Joe, que han perdido a su hija este fin de semana, víctima de un tumor cerebral -DIPG-. Aunque desde el diagnóstico sabían lo que se les venía encima, no puedo imaginar lo que han tenido que sufrir de pensar en perderla.

"miedo crónico de las madres y su instinto de protección hacia los hijos" Hitchcock con eso mismo hizo "Psicosis".

Me decia una alumna un dia que siempre habia sido muy intrepida, carecia de miedos y lo mismo hacia parapente que puenting o paracaidas. Desde que la primera de sus dos hijas nacio, ni se le ocurriria subirse a un globo de esos que quedan bien agarraditos al suelo por cuatro robustas cuerdas. A mi, con algun matiz (ni antes de expulsar la placenta me iban a coger a mi haciendo vuelo sin motor, con el vertigo congenito que sufro), desde que nacio mi hija hace cinco años y medio, me paso como a mi alumna y Yolanda: cambio mi percepcion de los riesgos y de mi relacion con la vida y con la muerte. De hecho, lo que me aterrorizaria de morirme, dado ademas mi progresivo descreimiento religioso, seria perderme el crecimiento, la evolucion y el hacerse persona de mi hija. Y no es cursi. Es amor. E irracional. Y pura emocion

Hablando de maternidad y miedo, Javier Marías apunta en "Tu rostro mañana" al miedo crónico de las madres y su instinto de protección hacia los hijos como uno de los motores del mundo.

Yo tampoco me pienso morir, pero aun así, llevo casi 12 años protegiendo la vida de la madre de mis hijos, no tanto por ella como por ellos, que la necesitan y la quieren. Siento que te hayas tenido que separar de tu peque, y siento aún más el motivo. Yo sólo me alejé de los míos en dos ocasiones (un fin de semana y una semana, respectivamente) por motivos mucho más triviales y fueron los días más largos de mi vida. Feliz reencuentro.

No me gustan los niños pero menos me gustan sus padres...y todavía menos las que tienen pretensiones literarias de un granhermano telecinquero cualquiera.

Gracias por un post que pone en palabras exactamente como me siento desde hace 5 años y medio expulse la placenta por primera vez (tengo dos hijos y estoy embarazada del tercero).

Es obvio que hay un antes y un despues de la maternidad en mil aspectos de tu vida, pero para mi el principal cambio es haber descubierto lo que significa la palabra MIEDO. Ese miedo con mayusculas que te paraliza, la sola idea de que algo o alguien, alguna enfermedad o accidente te quite a tu hijo es totalmente insoportable. Y voy mas alla: la idea de que me pasara algo a mi y los dejara solos tambien me paraliza. Es una dimension que yo no esperaba en mi vida y que espero que con los años se vaya suavizando.

Te entiendo totalmente, antes de nacer mi hija era bastante echada hacia delante y me he puesto en situaciones bastantes "complicadas" simplemente por el subidón de adrenalina, pero ahora sería incapaz. Cuando nace tu hijo hay un sentimiento que ya nunca te abandona, aparte del amor, y se llama miedo e incluso pánico. De repente esos casos horribles que les ocurren a los niños les pueden pasar a tu gran amor, y simplemente imaginarlo te angustia. Una amiga mía está intentando quedarse embarazada y siempre pregunta como es lo de ser madre, cuando le intentas explicar las emociones desconocidas que de repente se despiertan no las entiende.

No importa si quiere Ud. morirse o no, Yolanda, morirá seguro, como yo y como todos los seres vivos. Precisamente tenemos hijos porque somos mortales.

Curioso observar como asuminos nuestras debilidades. Cuando somos "hijos" queremos que nuestros padres confíen en nosotros. Cuando somos "padres" queremos que nuestros hijos, también, confíen en nosotros. Por eso, cuando somos "hijos" no nos preocupa la muerte, y cuando somos "padres, la muerte empieza a rondarnos por la cabeza. Lo mejor de todo es que cunado somos "hijos" raramente pasa por nuestra cabeza la idea de que nuestros "padres" estén pensando en su muerte. Y cuando somos "padres" raramente se va de nuestra cabeza la idea de "... y si me pasa algo a mi... o a mi hijo..."
Me quedo tb con la sabiduría de Tim, y por supuesto, con el collar de melones de mami...
PD: Tengo un Honda CRV del 2000 (el pobrecito es sólo Todo Camino), ¿qué hago? Help.
Besos de un "Carabinero Horneado" y Felicidades tb al padre de la criatura.

Hoy me encanto la entrada de tu blog y me senti totalmente identificada. Mis valores tambien cambiaron con el nacimiento de mis hijos y ademas empece a sentir fuertemente el miedo a que les pase algo a ellos o a mi. Si pienso en que algo podria pasarle a ellos, tengo que echar mano de toda mi capacidad de logica y raciocinio para no dejarme llevar por miedos irracionales. Si pienso en mi siento tanta responsabilidad por el bienestar de mis hijos que intento cuidarme y vivir lo mas sanamente posible por lo menos para estar aqui hasta que ellos sean mayores e independientes. Interesante como los hijos cambian tu vida y tus pensamientos en todos los aspectos.

Yo digo que tengo dos vidas, antes y después de mis 2 enanos :)

etiketa...para mi la peor pesadilla es al contrario....ver morir a mis hijos y quedarme yo sola.....

Precioso post. Yo no he sido una persona de tomar muchos riesgos, pero nunca antes había tenido miedo a morir. Somos animales y como tal nacemos, vivimos (lo mejor que podemos) y morimos para dar paso a nuestros descendientes.
Desde que nació mi peque pido todo los días para que no sea pronto... por una parte por egoismo, porque no quiero perderme nada de lo que le pasa, pero por otro lado porque me da miedo que se quede sin su mamá (sólo no, porque seguro que tendría a su papá y otra gente a su lado que le cuidaría tan bien como yo).

Muy bonita la entrada.Yo soy madre reciente y estoy totalmente deacuerdo. Hasta que nació mi niña no sabía lo que era el miedo.
Las madres estamos historicamente ligadas a la muerte, al duelo, tanto por la alta mortalidad infantil como la mortalidad de las propias mujeres en el parto. Tal vez por eso hemos sido protagonistas, desde tiempos inmemoriales, de las ceremonias funeriarias.

Hemos sido dueñas de la vida y la muerte.

Si os interesa el tema mirad:

http://fentdemama.blogspot.com/

y especialmente la entrada,

http://fentdemama.blogspot.com/2010/11/la-colera-materna.html

Este es una anécdota con mi hija -y con mi choche.
.
papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche?
.
—Papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche? —preguntó la niña, al tiempo que aparcaban delante del colegio.
— ¿Y qué tiene este de malo? —contestó el padre, aún sabiendo claramente a que se refería su hija.
—Aparte de viejo, pasado de moda, feo y con radio-casete, nada —contestó ella con cierto desmayo, al tiempo que miraba, de soslayo, alrededor.
—Anda, bájate ya, que vas a llegar tarde —concluyó el padre.

De vuelta a casa pensó que tan vez debería sustituir el anticuado reproductor de casetes por uno de CD —de hecho, hacía años, décadas ya, que no se usaban casetes de música—, aunque eso, razonó, no iba a mejorar la opinión que su hija tenía del viejo Land Cruiser.

También era consciente de que la niña tenía razón. Al menos en un sentido estético y actual. Había coches mucho más confortables y avanzados, con elevalunas eléctricos, luces y limpia-parabrisas de encendido automático, ordenador de a bordo —algunos, recordó con irónica sonrisa, incluso se dirigían a ti, metálicamente, para recordarte que tocaba cambiar el aceite o que habías olvidado atarte el cinturón— y que se ofrecían acompañados de una serie de indescifrables siglas como ABS, EBD, ESP, MSR, HBA, EPB.

Ciertamente su —no tan— viejo Troopie del 2002 —un Land Cruiser HZJ78—, aun con aire acondicionado y radio casete, carecía de cualquier lujo o refinamiento. Su hija necesitó alcanzar los ocho años, para ser capaz de bajar y subir las ventanillas por si sola; factor este que —tal vez— contribuyó a su animosidad hacia el vehiculo

No obstante…

En otras partes del mundo —donde las rutas discurren por terrenos rocosos, en medio de la jungla o través de los desiertos, bajo climas extremos, árticos o tropicales— a ese vehiculo de durabilidad, fiabilidad y rendimiento excepcional, se le conoce con el “Rey de la Carretera”. Y en verdad lo es.

Él había vivido durante un tercio de su vida en esos heterogéneos y abruptos parajes e, íntimamente, los seguía añorando. En aquellos años, cada vez más alejados, varias generaciones y modelos de Land Cruiser le habían acompañado en su rutina diaria. Y como si de un duradero matrimonio se tratase, ellos —su Land Cruiser y él— habían pasado por todo tipo de penalidades y alegrías, esfuerzos y recompensas, amor y odio, decepciones, falta de comprensión y tacto, frecuente mal trato, ocasional abandono y, consecuentemente, costosas y lentas recuperaciones. De ese modo, el lazo fraguado en el tiempo se había vuelto, de alguna manera, indestructible. No pensaba cambiar a su fiable, previsible y vieja esposa por ninguna de esas frágiles, volubles y artificiosas —aunque sin duda atractivas— jovencitas.

Y este, particularmente, era otro tema que le chocaba bastante: el interés que parecía tener la gente más joven en transformar —tunear, le llamaban ahora— una maquina casi perfecta en su origen, como queriendo transformar a la vieja esposa en una emperifollada buscona. Tan ridículo —según él y “ella”— como ponerle unas aletas de caucho y unas gafas de submarinismo a un tiburón… pretendiendo mejorar su rendimiento.

Ellos, aquel viejo matrimonio, que habían cruzado siete veces el desierto del Sahara Mauritano, de Nouakchott al Big Mogrein, en soledad rara vez rota por los Tuareg ocasionales y distantes; siempre obstinadamente ajenos a cualquier sistema de orientación, a no ser las rodadas, esporádicas e intemporales, sobre la arena de otros que, como ellos, cubrían cotidianamente aquellas rutas. Que cazaban, con pequeños rifles, conejos en las dunas de la noche, atraídos por las solitarias luces de “ella” y que, churrascados en un chispeante fuego de hierbas secas, constituían un divino y nocturno manjar.

Ellos, que se había internado en las impenetrables selvas de Liberia, abandonando, constantemente, las pistas de lodo rojo, intransitables incluso a pié; abriéndose penosamente paso con la pala, el machete o el hacha, la reductora, los bloqueos, el cabrestante manual y, sobre todo, la fuerza de los músculos africanos. Todo como parte necesaria del monótono quehacer diario. Que habían vadeado caudalosos rápidos, no solo en idílicos y fotogénicos parajes, sino también en las anegadas e inmundas calles de la capital. Que, juntos y sudorosos, desplazaban colosales árboles y tronchos del bloqueado, tortuoso e inacabable camino.

Ellos, que había cruzado las inconmensurables sabanas del Congo, campo a través, a menudo, entre las gigantescas “hierbas elefante”, sin poder ver más allá del final del capó de “ella”; con sed y hambre; incertidumbre y cansancio; con noches mágicas al raso universo Africano y eternos días de espera, en medio de la majestuosa inmensidad de la nada, por algún imaginativo y nunca original repuesto. Que durante estas largas esperas de final imprevisible, empezaban regalando tabaco a los curiosos moradores del lugar, para terminar comprándoselo, de vuelta, a especulativas tarifas. Que se cansaron, pronto, de contar las veces que franquearon, juntos, el colosal río que da el nombre a ese enorme país.

Ellos, que rutinariamente hacían la helada ruta de Astaná a Almaty, bajo las cegadoras y constantes nevadas de aquellos frígidos inviernos del Kazakhstan, con sus pedregosas y abismales desviaciones y el lento y paralelo discurrir junto a la turbadora belleza helada del inmenso lago Balkhash. Que necesitaban, ocasionalmente, ser remolcados por algún fortuito camión, al cual, por falta de una cadena más larga, acompañaban —forzadamente ligados— a un escaso par de metros de distancia, sobre el hielo, temerosos; hasta el momento en que el conductor del camión se olvidaba, por completo, del extraño lastre y empezaba a acelerar irracionalmente, sordo a los tañidos histéricos del claxon; convirtiendo el miedo en puro terror.

Ellos dos, en definitiva, sabían que toda esa parafernalia accesoria, servía de bien poco. Eran conscientes de la dificultad de casar estética con efectividad. Sabían que las únicas defensas que realmente necesitaba “ella” eran laterales —en las esquinas traseras del vehiculo— para amortiguar los golpes contra las laderas en los frecuentes deslizamientos laterales —si es que eres lo suficientemente hábil como para no deslizarte hacia el lado del precipicio. Que las bellas defensas de diseño son poco prácticas, se enredan en la maleza y siempre terminan aflojándose. Que una artificiosa y exagerada elevación del vehiculo repercute directamente en la estabilidad del mismo, que no separa del suelo algunas partes vitales —como frenos, rotulas y palieres— y hace imposible la obtención de extraños repuestos en zonas remotas. Y que, por otra parte, algo tan simple como instalar unos neumáticos con un sensiblemente superior diámetro, logra elevar la totalidad del vehiculo, incluidas las partes vitales mencionadas. Que el mejor ancho de neumáticos es el original. Que los focos larga distancia siempre están enfocando al cielo, para acabar siendo sustraídos en algún parking de Luanda. Que todos esos accesorios vistosos, solo sirven para atraer a todo tipo de bandidos e indeseables, como un imán atrae a los clavos.

En resumen, que lo que ellos definen como “tropicalizar”, no es aplicable —y sin embargo limita— a un vehiculo que ya es tropical, ártico y desértico desde el mismo momento de ser parido por su línea de montaje.

Pensó que todo aquello era una exposición que resultaría fútil —incluso ofensiva— a los fanáticos del “tuning”. Lo mismo ocurriría con su hija, si algún día se planteara explicarle sus sentimientos acerca de su Troopie del 2002. Decidió que no merecía la pena enturbiarse con estos razonamientos. Tomó esta decisión mientras ojeaba viejas fotos de sus viajes, los viajes de los dos, él y su “pareja” de siempre: el Land Cruiser de Toyota.
.
Papá ¿cuándo vamos a cambiar de coche? – Dugutigui
http://damantigui.wordpress.com

me encanta el blog, lo leo todos los días, me gusta la frescura y sencillez, la claridad y la forma directa con la que se expresan... y me identifico con su forma de ver la vida y la crianza y la naturalidad... y hoy me identifico con tu miedo a no estar para mi Nacho de 18 meses... me identifico con tus lágrimas ante la sola idea de que me pase algo... y no soy capaz (ni quiero serlo) de imaginar que a mi niño le pueda pasar algo... viendo las tragedias que hay por el mundo. Al principio lo achacaba a las hormonas, no sé si después de un año y medio seguirán siendo ellas, yo creo que las lágrimas fáciles que salen ahora frente a cualquier sufrimiento infantil no tienen calendario, están aquí para quedarse...

para mi morir y dejar a mi hijo solo es la peor pesadilla , mi angustia ..

La mortalidad se alcanza cuando tu hijo crece y se convierte en lo que tu le has enseñado que quieres que sea. Lo que heredan tus hijos es el día a día que pasan contigo. La sociedad les puede corromper, o no, pero tu esencia sigue intacta. Tu eres el motor inmóvil, la chispa que guía el primer estímulo hacia la consecución de una determinada acción. Nada ocurre por azar, todo está predestinado, todo comienza con la primera toma de contacto entre una madre y un hijo. No tengas miedo de morir si eres una buena madre, porque tu hijo ya tiene consigo parte de lo que tu eres.

Lo que has exlicado es exactamente lo que sentimos todos los que somos padres, a mí nunca me importó cuándo ni cómo moriría, ahora la idea de morir y dejar a mi marido y mis hijos es una pesadilla, tu post no es cursi, se trata del amor verdadero e incondicional. Ahora, son pesados los niños como un collar de melones..........

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

¡Participa!

¿Tienes dudas sobre cuestiones pediátricas o de crianza para nuestro consultorio? ¿Quieres compartir alguna experiencia o proyecto interesante? ¿Conoces algún plan interesante para ir con niños? Escríbenos aquí

Eskup

Libros

Cosas que nadie te contó antes de tener hijos

Cosas que nadie te contó antes de tener hijos

por Cecilia Jan

Tener hijos está bien. En eso estamos todos de acuerdo. Es uno de los momentos más felices en la vida de una persona. Pero, como diría el maestro Yoda, tiene también un lado oscuro: falta de sueño, pechos caídos, poco sexo (y rapidito), gritos, llantos y discusiones... ¿Por qué nadie nos avisó antes de todo esto? Este libro no es una guía ni un manual de autoayuda, sino un recuento de todas esas cosas, recogidas con humor —la mejor forma de sobrevivir— por una madre reciente y que, pese a tener ya tres niños, se siente aún una primeriza.

Anécdotas de guardería

Anécdotas de guardería

por Javier Salvatierra

Veinte niños que no llegan al metro de estatura. Una habitación cerrada. Un solo adulto. Los enanos juegan, aprenden, comen (¡ellos solos y sin protestar!), duermen la siesta e incluso obedecen hasta que llega la hora de volver a casa. ¿Cómo es posible? Este libro abre la puerta de estas escuelas para contar todo lo que allí sucede. Por fin descubrirás cómo se las ingenia la profe de tu hijo para sobrevivir cada día cuando tú tienes serias dificultades para controlar a un solo niño en casa.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal