De mamas & de papas

De mamas & de papas

De la comedia más almibarada al thriller más terrorífico, todo es posible en un día con hijos. En este espacio, padres y madres que a la vez son periodistas, y los lectores, comparten información y experiencias para sobrevivir a estos años apasionantes pero agotadores. Participa en los comentarios o a través de nuestro correo

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Libros

Cosas que nadie te contó antes de tener hijos

Cosas que nadie te contó antes de tener hijos

por Cecilia Jan

Tener hijos está bien. En eso estamos todos de acuerdo. Es uno de los momentos más felices en la vida de una persona. Pero, como diría el maestro Yoda, tiene también un lado oscuro: falta de sueño, pechos caídos, poco sexo (y rapidito), gritos, llantos y discusiones... ¿Por qué nadie nos avisó antes de todo esto? Este libro no es una guía ni un manual de autoayuda, sino un recuento de todas esas cosas, recogidas con humor —la mejor forma de sobrevivir— por una madre reciente y que, pese a tener ya tres niños, se siente aún una primeriza.

Anécdotas de guardería

Anécdotas de guardería

por Javier Salvatierra

Veinte niños que no llegan al metro de estatura. Una habitación cerrada. Un solo adulto. Los enanos juegan, aprenden, comen (¡ellos solos y sin protestar!), duermen la siesta e incluso obedecen hasta que llega la hora de volver a casa. ¿Cómo es posible? Este libro abre la puerta de estas escuelas para contar todo lo que allí sucede. Por fin descubrirás cómo se las ingenia la profe de tu hijo para sobrevivir cada día cuando tú tienes serias dificultades para controlar a un solo niño en casa.

El primero es diferente

Por: | 09 de febrero de 2011

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Será por los padres o será por ellos mismos, pero los primeros hijos, los mayores, los herederos, los primogénitos, son diferentes. ¿Mejores? ¿ Peores? Lo dejamos en diferentes. Ellos son los que pagan el pato de los padres primerizos: para los bueno y para lo malo. Estrenan el cochecito, la bañera y la ropa. Pero se ven obligados a sufrir los nervios y las inquietudes de los padres que se estrenan. Tienen la ventaja de que no cuentan con competencia y se convierten automáticamente en los reyes de la casa. Eso marcará su caracter, como también lo marcará la llegada del hermano y la inevitable nube de celos. Así lo cuenta la teoría del orden del nacimiento, que explica un artículo en EL PAÍS:

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Intentando educar sin reproches

Por: | 08 de febrero de 2011

Tarta

El viernes fue mi cumpleaños. Como regalo, mi pequeña Natalia, en plena semana de apogeo de los terribles dos, me dedicó una tarde inolvidable. La primera rabieta vino por la bolsa de gusanitos. Se los iba comiendo bien, pero cuando quedaban pocos, acudió a mí. Pensé que quería que la ayudara a sacarlos de la bolsa. Gran enfado.

- ¿Los coges tú entonces?

- No, atí no.

- ¿Te los doy yo?

- No, atí no.

- ¿Te los echo en la mano?

- No, atí no.

Llanto terrible. Es muy duro tener 21 meses y que tu madre no te comprenda. Al rato:

- ¿Te quieres columpiar?

- No.

En cuanto se sube otra niña, rabieta atroz porque se quiere montar en el columpio. Cuando al fin se queda libre, se sube. La empujo desde delante:

- No, atí no.

Desde atrás.

- No, atí no.

- ¿Tú sola?

- No, atí no.

- ¿Entonces cómo?

Rabieta atroz.

Total, que cuando el pobre David, que tiene año y medio más, se enfadó por otra cosa, le tocó pagar el pato. Agarré de la mano a los dos y para casa, en medio de llantos y pataleos en estéreo. Y entonces, en el ascensor, me salió del alma: "Hay que ver, que es mi cumpleaños, y os habéis portado fatal, me habéis dado una tarde horrible". Una frase de reproche absurda, más aún con niños tan pequeños, que me hizo vislumbrar un futuro que me había propuesto evitar a toda costa: convertirme en una madre de las que se hacen las víctimas, que reprochan a sus hijos todo lo que han hecho por ellos y los llaman desagradecidos. Aunque no es el mismo concepto, me vino a la cabeza el término "drama mamá", que da nombre a un divertidísimo blog, Cómo no ser una drama mamá, que recoge consejos maternales absurdos y exagerados y sus consecuencias en el comportamiento actual de la autora. 

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Comunion 
 

Cada día, de camino al cole, la de cuatro años se planta ante la tienda de vestidos de novia y elije un traje distinto. Ahora han puesto los de comunión y todavía molan más, porque hay fotos de niñas con guantes blancos, rosario y cara de no haber roto un plato. Ella dice que son “niñas mayores que se casan con niños mayores”. Y yo no se lo discuto. Me da una pereza enorme explicarle que no, que son vestidos de comunión, y tener que responder a la pregunta automática: ¿qué es la comunión?

¿Por dónde empezaría? Ni en la familia ni el entorno hay nadie creyente, o por lo menos no lo verbaliza. Ningún niño va a escuela religiosa, nadie ha hecho la comunión, nadie se ha casado por la Iglesia… Ir a misa tampoco entra en nuestros planes. Yo no estoy ni bautizada, mis padres son progres de los que en los setenta criticaban todo el día a la Iglesia y los curas. Aunque fuera por esa vía, de bien pequeño sabías que había gente que creía en Dios, que es un ser superior, y gente que no. A mi me había tocado que no, aunque me gustara ir a misa con mi abuela y verla cantar como una Castafiore.

El repertorio de muletillas religiosas de la abuela no tenía fin. Si Dios quiere, virgen santa, ¡virgen santísima!, madre de díos, madre mía del amor hermoso… Mi abuelo, cuando se enfadaba soltaba un ¡caguen Judas! y si se enfadaba mucho, un ¡mecaguen los sietepilaresqueaguantanlaletrinadedios! (em cago en elsetpilarsqueaguantenlacagadoradedéu, para ser exactos).

Quieras que no, todo eso te daba un poso y si, como es mi caso, preguntabas más que Mafalda, aprendías un huevo de historia sagrada. Porque mi abuela, la pobre, intentó que tuviéramos fe hasta el último día y tenía mucho desparpajo explicando pasajes de la Biblia. La de cuatro años, en cambio, hace unas semanas, en Córdoba, al ver un Cristo en la cruz preguntó que si no tenía frío ese señor de ahí arriba en calzoncillos.

No estoy haciendo apología de la ignorancia. Lo que intento decir es que la ausencia de referentes a la religión para mi hija es total.  Hacemos Belén, sí. Con nacimiento, pastores, río, patos, ovejas, cocodrilos, los siete enanitos, Kenny de South Park y toda la parentela imaginable “que están muy contentos y le traen regalos al niño Jesús”.

Tiene toda la vida para saber que hay gente que tiene fe, en nuestro Dios y en otros. Para creer, si quiere. Y para aprender historia. La nuestra y la de las demás civilizaciones, así que ya se pondrá al día. A mi, a sus cuatro años, y a las nueve menos cuarto de la mañana, me da pereza.

Una de neumonía -leve- del Pequeño Nicolás

Por: | 04 de febrero de 2011

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Con las nieves llegó el trineo y con el trineo -que encima no 'nos' gusta, osea, no le gusta a Nicolás, mi hijo, "mami, no gusta", a pesar de que el trineo de Bea mola un montón- llegó salir a la nieve y acabar revolcandose por el suelo con unas temperaturas de menos mucho. Aquí, en Washington, hace frío, mucho frío. Pero no se puede estar eternamente encerrado. Sobre todo por la salud mental de 'mami', que esta semana que acaba ha corrido serio peligro.

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Accidentes

Por: | 03 de febrero de 2011



Seguridad 

 

A veces mi mente funciona a gran velocidad -esto no es necesariamente bueno, diría que más bien al contrario-, en la dirección que le apetece -esto definitivamente no es bueno-, dando vueltas a veces inesperadas. Doy este preámbulo para explicar una asociación de ideas un tanto peculiar. Pensaba sobre un tema para el blog que tenía en la cabeza y, al recordarlo, me ha venido a la mente un pequeño accidente que tuve hace unos días y un reportaje sobre cómo proteger a los bebés y niños pequeños de los golpes y accidentes del hogar que leí hace nada en una revista.  

 

El caso es que salíamos de mi cuarto y le pillé los dedos con la puerta. Él caminaba a mi lado, a la izquierda, y yo cerré sin mirar mientras él tenía los dedos en la jamba, en el lado de las bisagras: de no haber sido porque iba cerrando con cuidado para no hacer ruido, por un tacto mayor de lo común y por sus alaridos, pude haberle destrozado los dedos. Lo tuve una hora llorando.

Unos días antes, había ojeado un artículo en <i>Mujer Hoy</i> sobre accidentes infantiles. Primero las estadísticas, y leo: un 9,6% de los niños de 0 a 4 años y un 11,01% de los de 5 a 15 habían sufrido un accidente durante el año. Los datos corresponden a la Encuesta Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad y del Instituto Nacional de Estadística de 2006, último año del que se tienen datos, dice la revista. Tras esta introducción estadística, la autora del texto enumera una serie de recomendaciones para evitar o minimizar los accidentes de los pequeños en casa. Habla de muebles resistentes y fáciles de limpiar, a poder ser con cantos redondeados, de pavimentos mullidos –no alfombras, que tropiezan-, de ventanas seguras e inaccesibles, enchufes tapados, escaleras valladas, armarios y cajones bloqueados –sobre todo los que contengan medicamentos o productos de limpieza-, protectores para puertas de horno, placas de la cocina, chimeneas, radiadores, estufas, guardacantos y cantoneras para las aristas de los muebles, topes para las puertas, alfombrillas contra los resbalones en el baño, puertas sin cerrojos en el baño, bañeras poco llenas y aparatos eléctricos alejados…

La tercera pata de este razonamiento es un dato que leí en verano en The Guardian: hoy en día, se atiende a más niños en hospitales por caídas de la cama que por caídas de árboles. Es una pieza en la que se habla del escaso contacto que actualmente tienen los niños con la naturaleza, de la escasa cantidad de tiempo que juegan siquiera al aire libre. Otro de los datos que incluye es que la distancia a la que se alejan los niños de casa por su cuenta se ha reducido un 90% desde los años 70. Esto es, los niños pasan cada vez más tiempo en casa. El miedo de los padres a que los niños sean secuestrados –la incidencia de estos sucesos es más o menos la misma desde hace decenios, pero ahora se les da mucha cobertura en los medios-, o el tráfico rodado, que ha aumentado exponencialmente, se apuntan como causas de esa reducción del tiempo de juego al aire libre y sin vigilancia. Añadamos un horario laboral excesivo. Estudios citados en esta pieza señalan ventajas del juego al aire libre: menor tasa de “obesidad, mejora en los trastornos de hiperactividad y déficit de atención, en la capacidad de aprendizaje, en la creatividad y en el bienestar mental, psicológico y emocional” y en la autoestima, etc, etc, etc.

Jon Henley, autor de este artículo, dice: “Pregunte a cualquiera con más de 40 años que enumere sus más preciados recuerdos de juego infantil y muy pocos habrán sucedido dentro de casa. En menos aún habrá un adulto implicado. El juego independiente, en el exterior y lejos de los ojos de los adultos es lo que recordamos. Según están las cosas, los niños de hoy probablemente no podrán atesorar recuerdos como esos: el 21% de los niños de hoy juegan regularmente en la calle, comparado con el 71% de sus padres”. Los datos son de Reino Unido.

¿Sobreprotegemos a los niños? ¿Los estamos criando en burbujas? Yo me respondo: Más de lo que quisiera.

¿Pregunto al pediatra o a Internet?

Por: | 01 de febrero de 2011

Foto: Bernardo Pérez 
Natalia (21 meses) lleva una temporada estreñida. Se lo comentamos a su pediatra, José María, en la revisión, y nos prescribe unos polvillos (Eupeptina) y supositorios de glicerina. Pese a fiarnos de él, santo varón, no puedo resistirme en casa a consultar al gran oráculo, Google. "Estreñimiento infantil". Así de entrada, 145.000 resultados. De páginas como www.bebeymas.com, www.estreñimientoinfantil.com o www.zonapediatrica.com, por citar sólo las tres primeras. ¿Cuál miro? ¿De cuál me fío?

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El País

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