Joaquín Prieto

El diablo en las urnas

Por: | 19 de abril de 2012

Un mitin de Marine Le Pen


El 21 de abril se cumplirán diez años de la noche más triste de los socialistas y del jolgorio sin precedentes entre los extremistas de derecha en Francia. Un primer ministro honrado y con un buen balance como gobernante, el socialista Lionel Jospin, -al que muchos han echado en cara la implantación de la jornada laboral de 35 horas- fue superado por el ultraderechista Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta de la elección presidencial de 2002. Eso implicó el descarte de la izquierda para la segunda vuelta. Jospin se retiró de la política y le dejó el muerto a François Hollande, quien entonces era simplemente el encargado del partido en la calle de Solférino (donde se encuentra la sede principal) mientras los demás notables, como su compañera, Ségolène Royal, se ocupaban de gobernar.

Solo Hollande sabe lo que ha tenido que aguantar entre barones y elefantes, una travesía del desierto llena de espejismos. Tras el 21 de abril parecía que la izquierda había entrado en la noche de los tiempos, cuando la tercera vía de Tony Blair se encontraba en su apogeo, José María Aznar mandaba en España y Silvio Berlusconi se enseñoreaba de Italia con todo desparpajo. Por unos días dio la impresión de que el extremismo de Le Pen se encontraba en condiciones de conquistar importantes espacios institucionales. No llegó a suceder, entre otras razones porque las vapuleadas izquierdas y los abstencionistas se movilizaron en la segunda vuelta de 2002 por el derechista Jacques Chirac, que, sin merecerlo, se encontró con una aplastante peana de votos, 82%, cuando no había alcanzado ni el 20% en la primera. Todo para bloquear a la ultraderecha.

Desde entonces, los estados mayores de los partidos de gobierno se pasan las campañas tratando de escudriñar si el diablo anda por las urnas. En esta ocasión, Marine Le Pen, hija del jefe extremista finalmente derrotado, se cree capaz de dar una sorpresa similar a la de su padre en 2002, calificándose para la segunda vuelta en perjuicio de Sarkozy. Con tan fausto motivo, papá Le Pen ha considerado oportuno reforzar la campaña de su hija con una sarta de barbaridades, al estilo de los buenos viejos tiempos. La última ha consistido en comparar el mitin de Sarkozy del domingo pasado, en París, con las concentraciones de nazis en Nuremberg durante la época hitleriana, o afirmar que las iniciales de Nicolas Sarkozy riman con "nacional-socialismo". El consumado ultraderechista prosigue así su carrera de histrión mientras que, según el diario Le Monde, hay tensión entre la vieja guardia del Frente Nacional (el partido de la saga Le Pen) y el equipo que rodea a la hija-candidata, interesada en retirar del partido la envoltura diabólica que le caracteriza y conectar con los electores añorantes del franco, de someter a los inmigrantes y del poder del Estado-nación liberado de ataduras europeas.   

Sarkozy les advierte que votar por Marine Le Pen equivale a dar "una patada al hormiguero" y facilitar el camino a Hollande, ese "inútil" que les va a freír a impuestos. El presidente-candidato no puede creer que le falten los votos, después del esfuerzo desplegado en la campaña, incluidas sus constantes alusiones corrosivas a España. Los sondeos muestran que pocas veces ha habido tanta indecisión entre los electores, a muy pocos días de la votación, y de ahí que Sarkozy también siga convencido de que "los franceses nos reservan sorpresas", en este caso desfavorables para sus adversarios.

Es cierto que ninguna encuesta prevé que las urnas alumbren otra alternativa que la pareja Sarkozy-Hollande para la segunda y definitiva vuelta del 6 de mayo. Pero la clase política sigue atemorizada por la sombra del 21 de abril de 2002 y de ahí la expectación con la que aguarda los resultados del domingo.

Hay 3 Comentarios

Tinejo: soy francés y, en realidad, este artículo muestra perfectamente la mentira republicana. Siempre me han parecido extrañas y muy ingenuas las reivindicaciones republicanas en las monarquías, sea en España o en otra parte, si estas monarquías son parlamentarias. En ellas, no hay tiranía (aunque a los republicanos de hojalata siempre les gusta exagerar) y, por lo menos, el primer representante del Estado no es el hombre de un partido. En Francia, te guste o no, se trata de un monarca absoluto republicano, con todos los defectos de una monarquía absoluta (nadie, ni siquiera el parlamento, puede contradecirlo) y todos los defectos de la república (el que gobierna es el hombre de un partido, no el hombre de todo un Estado, y sólo representa a su partido y, cuando más, a aquellos que le votaron). Así que, muy por el contrario, este artículo empieza muy, muy bien.

Es posible que cuando habla de sorpresas Sarkozy intente también apelar de forma indirecta a ese trauma de hace diez años, y recordar a sus electores de centroderecha y derechaderecha que si por enfado o decepción se quedan en casa o votan a otro puede repetirse la situación de 2002, esta vez con él en la cuneta.

Empezamos mal. A sabiendas de la discusión pública que ya emerge en España a cuenta de tener como Jefe del Estado a un frívolo que inserta en su herencia la asunción vitalicia de la máxima institución nacional, es de muy mal gusto decir que Francia elige a su monarca republicano. Elige a su Presidente como ciudadanos, no impone a un monarca a sus súbditos.

http://casaquerida.com/2012/04/19/si-volvera-a-ocurrir/

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Sobre el autor

, periodista moderadamente francófilo y excorresponsal en París, actualmente es editorialista de EL PAÍS.

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