Joaquín Prieto

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, periodista moderadamente francófilo y excorresponsal en París, actualmente es editorialista de EL PAÍS.

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En portada, y no para bien

Por: | 30 de mayo de 2012

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El descubrimiento del enorme desfase en las cuentas de Bankia ha sido como el trueno que avisa de una violenta tormenta. Vuelve España a la primera página de los periódicos franceses en plena campaña electoral, donde ya se había hecho un hueco en las semanas que precedieron a la elección de François Hollande como presidente de la República, sobre todo de la mano de su adversario, Nicolas Sarkozy, que no dejó de esgrimir el caso español como ejemplo de mala gestión (socialista). Pese a sus esfuerzos para ilustrar a los electores respecto a los males que les esperaban si se les ocurría elegir a Hollande, lo hicieron. Ahora, con las legislativas a la vuelta de la esquina, la colosal crisis de Bankia lleva metida en los medios de comunicación franceses desde el fin de semana.

Hoy, un despliegue informativo de Le Monde culmina con editorial en portada, en el que se aconseja al presidente español que no se empecine en actuar solo. No se trata de altruismo, por supuesto, sino de intereses: un error español en este asunto podría arrastrar a toda la zona euro.

"Donquijotesco", a juicio de ese diario, Rajoy repite que España no necesita ningún rescate exterior y que saldrá por si misma de la crisis, que se agrava tras el proceso de fusiones entre las antiguas cajas de ahorros. El Gobierno español se esfuerza en separarse de las situaciones de Portugal o de Irlanda, no digamos de Grecia. Pero en plena tormenta sobre los mercados ibéricos, se observa una creciente desconfianza. A pesar de que España aún puede financiarse en los mercados, de las reformas estructurales abordadas y del drástico programa de austeridad presupuestaria, la zona euro se ve fragilizada.

A los socialistas franceses, confortados por un primer sondeo que sitúa a la izquierda en buena posición para ganar las legislativas, pero sin mayoría absoluta, no les viene bien que resurja el fantasma del contagio en plena campaña. Su baza es que Hollande y el nuevo primer ministro, Jean-Marc Ayrault, han iniciado sus mandatos con altos niveles de popularidad: el 61% de los franceses tienen una buena opinión del presidente de la República, y aún mejor (65%) del primer ministro, según un sondeo del instituto BVA. Fue Hollande el que se vio secamente replicado por Rajoy a los pocos días de su elección, cuando aquel sugirió a España que pida ayuda en caso necesario. El jefe del Gobierno español, mucho más partidario de la intervención del Banco Central Europeo (BCE), volvió a rechazar el lunes el rescate de España, que le haría pasar por las condiciones estrictas que se le impongan a cambio de recapitalizar los bancos españoles con dinero europeo.

A todo esto, seguro que saben aquello de los 14 millones de euros que Bankia le debe a un exdirectivo de Bancaja. Pues bien, hay un caso tan interesante como actual en el país vecino. El ex director general de Air France, Pierre-Henri Gourgeon, tiene pendiente de cobro 400.000 euros, de un total de 1,4 millones de euros de indemnización por dejar el cargo (como la del español, pero con una coma de por medio). Pues bien, los nuevos ministros Pierre Moscovici (Economía) y Arnaud Montebourg (Reconstrucción Productiva) han dado instrucciones al representante del Estado de que no se le pague la cantidad pendiente, porque esas indemnizaciones "no van en el sentido de las reglas de moderación salarial y de decencia" anunciadas por Hollande. El Estado es aún accionista de Air France, a la altura del 15%, y la compañía aérea ha preparado un importante plan de despidos. ¿Oponerse a que le paguen al ex director general es un gesto que no durará más allá de la campaña electoral o una rectificación política en toda regla? Pronto lo sabremos.

En todo caso, el gran problema de fondo permanece: enloquecimiento de los mercados, contracción de la economía y una pregunta reiterada entre los expertos y los periódicos en Francia: si el Gobierno español se obstina en no pedir el rescate, y además tiene pendiente la mutualización de las emisiones de deuda de las comunidades autónomas, ¿de dónde van a salir los más de 23.000 millones necesarios para sacar a flote al cuarto grupo bancario español?


Izquierda contra izquierda

Por: | 21 de mayo de 2012

Hollande y Obama, el pasado fin de semana


Comienza la campaña para elegir a 577 diputados, de los cuales el presidente, François Hollande, necesita una mayoría de 289 para asegurarse libertad de acción política: la anunciada retirada de las tropas combatientes de Afganistán, antes de que termine este año, es uno de los muchos objetivos que dificultaría una mayoría de otro signo. Y no está hecho de antemano. Mientras los focos iluminaban las escenas del despacho oval y de Camp David, mostrando a un François Hollande muy sonreído por Barack Obama y sus pares, en la retaguardia francesa quedaba sellada la ruptura entre el Partido Socialista y el Frente de Izquierdas.

     Han fracasado las conversaciones para presentar un candidato único, en los distritos donde la izquierda se encuentra en dificultades. Por lo tanto, en todas partes habrá aspirantes del Frente de Izquierdas, agrupado en torno a Jean-Luc Mélenchon, para  la primera vuelta del 10 de junio. Con lo que eso implica de riesgo de eliminaciones a la primera de cambio, y de interrogantes a la hora de agruparse con otros del campo de la izquierda para la definitiva del 17 de junio.

     Si la jugada le sale bien a Hollande; esto es, si logra una mayoría parlamentaria pactando poco o nada con Mélenchon, el presidente socialista contará con mayor margen de maniobra para gobernar. Las ideas-fuerza defendidas por el tribuno izquierdista -un referéndum sobre Europa, un salto mortal del salario mínimo hasta 1.700 euros, la VI República- casan mal con el pragmatismo socialdemócrata de Hollande. Eso sin contar con lo poco que se aprecian personalmente. Pero el presidente francés tiene que tener mucho cuidado con el intransigente Mélenchon, porque si la cuerda se tensa demasiado, es probable que se juege la tan buscada mayoría en la próxima Asamblea Nacional. 

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     Mélenchon (en la imagen, sobre este párrafo) lo tiene todo pensado para atraer los focos sobre sí, como hizo durante la campaña presidencial. De ahí su decisión de lanzarse en paracaídas sobre la 11ª circunscripción de Pas-de-Calais, al noroeste de Francia, donde se presenta como candidato por un distrito en el que ni siquiera puede votar (está censado en París) frente a la líder de la extrema derecha, Marine Le Pen, que es candidata a diputada por esa circunscripción. Para empezar, el tribuno izquierdista ha iniciado las hostilidades describiendo a la extrema derecha local como una pandilla de alcohólicos y degenerados. La ultraderechista ganará la primera vuelta con el 34%, según un sondeo, pero el izquierdista podría ganar la segunda y definitiva votación... contando con el apoyo de la izquierda moderada. He ahí una buena razón para que tampoco se pase en la pelea previa.

       El Partido Socialista, dividido en el pasado en corrientes y baronías, afronta la campaña con una aparente unidad. Pero Martine Aubry, hija de Jacques Delors y dama de las 35 horas (fue la máxima impulsora de esta jornada laboral), se ha quedado fuera del Gobierno: quería ser “primera ministra o nada”, y ha sido nada. Hollande quizá no se esperaba la negativa de Aubry a aceptar cualquier otro puesto gubernamental, en el que habría quedado neutralizada durante las semanas preelectorales. Martine Aubry es la primera secretaria del Partido Socialista, es decir, la persona al frente de maquinarias y engranajes, lo cual plantea una situación muy rara de cara a la campaña legislativa cuando esa misma jefa del aparato rechaza ostensiblemente pasar al Gobierno.

       A favor de los socialistas puede jugar el desconcierto de la derecha tras la retirada de Nicolas Sarkozy; en contra, la evidencia de que Francia no es un país escorado a la izquierda de modo natural. Los candidatos de este campo político reunieron 15,5 millones de votos el 22 de abril, día de la primera vuelta de las presidenciales, que se transformaron en 18 millones para Hollande el 6 de mayo. Ahora que ese campo se escinde (por un lado, los de Mélenchon: exsocialistas, comunistas, extrema izquierda; por otro, la alianza de los socialistas con el Partido Radical de izquierda y los ecologistas), el panorama no está tan claro.

      Si hay mandatarios a los que se les regatea 100 días de tregua cuando acceden al cargo, el presidente francés no va a tener derecho ni siquiera a diez. Todos los frentes se le vienen encima: Grecia, España, la degradación de los sistemas financieros, los planes que comienzan a anunciarse para despidos colectivos en cadena. Y además se propone ganar unas elecciones por segunda vez en pocas semanas. Las cosas difíciles comienzan ahora.

Buena suerte, Hollande

Por: | 15 de mayo de 2012

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Hoy es el primer día de la vida de François Hollande en su traje de presidente de la República Francesa. Ha sido una larga carrera por el poder. Pocos recordarán que todo comenzó hace un año en Manhattan, aunque él no estaba allí. El 14 de mayo de 2011, Dominique Strauss-Kahn, patrón del Fondo Monetario Internacional (FMI) se encontraba en la zona de primera clase de un avión de Air France, en el aeropuerto de Nueva York, listo para volar a Europa y encontrarse con Angela Merkel. Lo mismo que Hollande ha de hacer esta tarde en Berlín, tras un corto vuelo desde París, porque todo dirigente que se precie no puede dar un paso en esta crítica Europa sin tener muy en cuenta a la canciller de Berlín.

El caso es que en aquella aeronave que iba a conducir a DSK irrumpieron varios policías. Una camarera del Sofitel de Manhattan, Nafissatou Diallo, le había denunciado por agresión sexual. El paseíllo ante las cámaras de televisión, esposado; la cárcel después, y finalmente el arresto domiciliario, destrozaron la imagen pública del socialista al que todas las encuestas señalaban como el mejor situado para derrotar a Nicolas Sarkozy en 2012, una destrucción muy sencilla gracias al irresistible cóctel del sexo, el poder y el dinero. El asunto duró poco más de tres meses, hasta el 23 de agosto, cuando la fiscalía neoyorquina renunció al procedimiento penal contra DSK a causa de las mentiras descubiertas en la versión de la denunciante, si bien quedó abierta una reclamación por la vía civil. Strauss-Kahn pudo volver a Francia, autodesposeído del cargo de jefe del FMI y marginado de la carrera por el palacio de El Elíseo, ese lugar donde hoy se ha entronizado a Hollande.

En las primarias socialistas de octubre de 2011, celebradas sin DSK, Hollande venció limpiamente a otros cinco aspirantes, entre ellos la primera secretaria del Partido Socialista, Martine Aubry, y sobre todo Ségolène Royal, la candidata presidencial de 2007 y madre de los cuatro hijos del actual presidente. Cinco años antes, su mujer había reunido 17 millones de votos en la lucha contra Sarkozy. Insuficientes para ganarle, pero en todo caso no parecía una contrincante menor. Sin embargo, las primarias socialistas de 2011 terminaron con una terrible derrota para Ségolène Royal, que solo pudo obtener el 7% de los sufragios.

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Quedaba Sarkozy. Y de repente, en plena campaña electoral, surgió el enésimo escándalo en torno a DSK, que podía haberse traducido en zancadillas a Hollande. Inopinadamente se activó una causa judicial que se arrastraba silenciosamente y Strauss-Kahn fue detenido por supuesta relación con una red de prostitución. A finales de marzo -faltaba pocas semanas para las presidenciales- DSK fue procesado en Francia por proxenetismo. ¿Fatal concatenación de coincidencias, por la mala cabeza de DSK? ¿Tal vez alguien había movido los hilos para asegurarse un escándalo en plena campaña electoral? Difícil saberlo. Apasionante historia, si algún día llegara a esclarecerse.

A Hollande no le convenía verse salpicado por las andanzas de su correligionario. Y lo consiguió a lo largo de toda la campaña, hasta que Sarkozy se lo restregó al final, en el debate televisado del 2 de mayo: “Yo no aceptaré lecciones de un partido que quiso agruparse con entusiasmo detrás de DSK”, le espetó el presidente-candidato. El aspirante Hollande se defendió como pudo, recordándole que no habría sido director gerente del FMI si Sarkozy no hubiera estado de acuerdo. Y añadió que él ignoraba la vida privada de su compañero de filas: “¿Cómo quiere usted que lo supiera?”

Si Sarkozy intentaba salpicar a Hollande con el caso DSK, lo cierto es que no impresionó a suficientes electores. Desembarazado tanto de Strauss-Kahn como de Sarkozy, dos indiscutibles pesos pesados de la política francesa, el hombre "normal", al que pocos esperaban en la cúpula de la República, ahora es el depositario de las esperanzas de la izquierda europea y esta tarde ha de vérselas con Merkel. Eso sí que son palabras mayores, en una Europa agitada por las tormentas financieras, especialmente violenta la que afecta a España, y jugando con una salida de Grecia del euro si este país no consigue un arreglo político interno. Buena suerte.

 

 

Hollande se la juega

Por: | 09 de mayo de 2012

 

 

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El nuevo presidente francés tiene que verse con toda la élite de mandatarios del mundo en pocas semanas, no solo con Angela Merkel. De cara a las elecciones legislativas de junio, Hollande ha de arreglárselas para mantener unida la coalición de centristas, socialistas, ecologistas e izquierdistas que le aupó a la presidencia; y superar, al mismo tiempo, la gran cantidad de desafíos internacionales previstos durante las próximas semanas, Merkel, Obama, la Unión Europea, el G-20, la OTAN. La decepción sería considerable si de ese maratón de reuniones solo salieran imágenes y saludos de bienvenida al recién llegado al planeta de los dirigentes.

Frente a las expectativas generadas por la victoria de Hollande (y destacadamente en España), la opinión francesa se muestra dubitativa respecto a Europa y la globalización. Hollande es un europeísta pragmático, pero el euroescepticimo y las posiciones antiglobalización forman parte importante de su base electoral. El respaldo actual al socialista comprende seis de cada diez de las personas que votaron "no" a la Constitución europea en 2005, según un sondeo de OpinionWay. Otra encuesta, en este caso de Ipsos, informa de que la economía de mercado evoca sentimientos negativos en casi la mitad de los franceses, que a su vez valoran el proteccionismo.

Aún así, los antieuropeos están lejos de sentar sus reales: el 52% de los consultados piensa que es bueno pertenecer a la UE, el 19% lo cree negativo y el resto no se pronuncia. Las posiciones extremas a favor del abandono del euro, mucho más reducidas (17%), coinciden prácticamente con las dimensiones del voto a la ultraderechista Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales.

Pese a las apariencias, la izquierda era minoritaria en Francia el 22 de abril, día de la primera vuelta de la elección presidencial, en la  que obtuvo el 44% de los votos emitidos. A partir de ahí, el tirón de Hollande le hizo saltar al 51,6% en la definitiva votación del 6 de mayo. Dieciocho millones de votos para el socialista, algo más de un millón por encima de su oponente, Sarkozy: resultado ajustado, por lo tanto, que da la medida de una campaña  enormemente trabajada frente al hiperpresidente.

La cuestión ahora es si ese tirón se confirmará o no en las legislativas de junio. El jefe del Estado francés dispone de importantes poderes, aunque se vería maniatado en su acción política si la  victoria del 6 de mayo no fuera acompañada de una mayoría parlamentaria. La izquierda aborda esas legislativas en posición de fuerza, puesto que el nuevo presidente fue el más votado en 333 de los 577 distritos electorales (comprendidos los de ultramar).

Otro análisis del domingo 6 de mayo: 2,1 millones de electores votaron en blanco o emitieron un voto nulo. No se sabe cuantos de los que escogieron votar en blanco lo hicieron por el llamamiento de Le Pen. En todo caso, las posibilidades de la extrema derecha para lograr diputados en junio dependen en gran parte de lo que ocurra con la derecha de Sarkozy, tras la renuncia de su líder. La cuestión se va a plantear de nuevo en la campaña a las elecciones parlamentarias: apostar al centro o continuar por la senda de las polémicas sobre la inmigración, el islamismo o el restablecimiento de las fronteras interiores, como hizo Sarkozy en las semanas previas a su derrota. Por ese camino no le faltó mucho para ganar, pero al final perdió.

 

 

Otra vez, la excepción francesa

Por: | 06 de mayo de 2012

 

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Francia votó en contra de la Constitución europea en mayo de 2005, y ese proyecto se vino abajo, principalmente por la ausencia de avances sociales en el texto sometido a referéndum. Y siete años más tarde, en otro mes de mayo, la elección presidencial en Francia termina con un contundente giro a la izquierda, una suerte de rebelión contra el mensaje de austeridad a ultranza mantenido por los poderes conservadores a lo largo de la Unión Europea. Ya había una primera ministra socialdemócrata en Dinamarca, y también un jefe de Gobierno socialista en Bélgica, ambos en coalición, pero el triunfo de François Hollande representa una excepción de un calibre mucho mayor, un hecho político de primer orden.

       El mandatario electo lo ha señalado en su primer discurso en la noche de la victoria, al resaltar la idea de que la austeridad "no puede ser una fatalidad en Europa". En todo caso, el futuro de Francia parece ahora más unido al de Europa y muestra el error cometido por Sarkozy que, habiendo sido elegido en 2007 como europeísta, ha finalizado la campaña de 2012 acercándose demasiado al aislacionismo propugnado por la extrema derecha y criticando a sus vecinos y socios, como España. 

       Este resultado electoral es el fruto de una coalición que no lleva ese nombre, pero en realidad representa la convergencia de centristas, socialistas e izquierdistas en contra del presidente saliente, Nicolas Sarkozy. El apoyo inequívoco de los comunistas y de la extrema izquierda, encabezados por Jean-Luc Mélenchon, puede condicionar a Hollande con sus exigencias de impulsar la política del gasto y aumentar los costos salariales. Sin embargo, la maniobra de última hora llevada a cabo por el centrista François Bayrou, que anunció su apoyo a Hollande cuatro días antes de la votación, no solo ha aportado sufragios al presidente electo, sino un juego de contrapesos. Hollande, que ha aprendido a vestir el traje de presidente imitando a su maestro, François Mitterrand, ya había probado sus habilidades precisamente en la forma de desenvolverse entre las figuras de su partido y en los tratos con otros grupos de izquierda. Por ese lado tendrá problemas, pero no insuperables.

      Las complicaciones para el nuevo presidente francés vendrán más bien de la relación con el mundo del dinero. Colocar a las finanzas “en su sitio” es uno de los mensajes más fuertes de Hollande a lo largo de la campaña electoral.

      En lugar de grandilocuencias a lo Sarkozy, que lanzó a los cuatro vientos la retórica de la “refundación del  capitalismo” cuando estalló la crisis financiera internacional (2008), Hollande ha preferido un gesto muy concreto: la promesa de llevar hasta el 75% el tipo marginal del impuesto sobre la renta de las personas que superen el millón de euros al año. El impacto ha sido considerable entre las grandes compañías francesas y las multinacionales instaladas en este país, y en general en el mundo de las empresas, a las que pretende incrementar las cotizaciones sociales. Sin duda, muchas personas de esos sectores comparten la portada del semanario The Economist del 28 de abril, dedicada al “bastante peligroso señor Hollande”. Sin olvidar los 60.000 nuevos puestos prometidos en la Educación Nacional a lo largo de cinco años, que da otra medida de la excepción francesa en una Europa dominada por la idea del adelgazamiento del Estado. Pero el presidente electo no es ningún peligroso izquierdista, insinúe lo que insinúe la prestigiosa revista económica británica. 

     El triunfo de Hollande sanciona el fracaso de la campaña de Sarkozy, que hizo caso a sus consejeros más ultraderechistas para tratar de conservar el palacio de El Elíseo. No ha podido escapar a la ley de hierro de los líderes políticos atrapados por la crisis económica y financiera que se ha abatido sobre Europa, y se despidió pidiendo respeto para la decisión "democrática y republicana" a favor de su adversario. Minutos más tarde, Hollande le correspondió enviando un "saludo republicano a Nicolas Sarkozy, que ha dirigido Francia durante cinco años". Un elegante savoir faire en el momento del cambio político.

     La incógnita es lo que sucederá con la derecha si se deja atraer por el ultraderechismo, cuyo pringue puede pegarse al de otros populismos en Europa. ¿Hasta qué punto se extenderá el Frente Nacional de Marine Le Pen, a costa del campo político derrotado en las urnas del 6 de mayo? Un sondeo previo al día de la votación apuntaba que solo la mitad de los votantes de Le Pen en la primera vuelta respaldarían a Sarkozy en la segunda. Un primer intento de transmitir la imagen de que el socialismo quiere reconquistar a las clases trabajadoras se produjo minutos antes del debate televisado con Sarkozy, cuando Hollande se paró ante los obreros de una fábrica de automóviles que protestaban por el temor a ser despedidos al día siguiente de la elección presidencial: pronto se sabrá si ese gesto significaba algo más que una imagen de campaña para la televisión. La tarea del poder de izquierda encarnado por François Hollande, si se confirma en las elecciones legislativas del mes próximo, tiene que contribuir claramente a que la ultraderecha no continúe seduciendo cada vez a más gente en Francia y, por extensión, en el conjunto de Europa.

 

Encarnizarse con España

Por: | 05 de mayo de 2012

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Concluye una campaña electoral en Francia que ha situado a España en el papel de peor alumno de la escuela europea. El encarnizamiento de Nicolas Sarkozy se ha prolongado hasta el final: “Mire a España. ¿Quiere usted la misma situación? No es cuestión de dar miedo. La cuestión es mirar al otro lado de nuestra frontera. España ha relajado su disciplina, España no ha hecho las reformas que necesitaba, España ha contratado a funcionarios. ¿Quién lo paga en España? 375.000 parados más en los dos últimos meses”, argumentaba el último día de campaña en la emisora de radio Europe1. Y más: “Un país que no paga sus deudas, que no reduce sus déficits (…) es un país en peligro en el mundo de hoy”.

       Hurgar en las heridas ajenas para salvarse, eso es lo que Sarkozy ha intentado, agitando el espantajo de la crisis española ante los electores. No elijan a François Hollande, que lo hará como José Luis Rodríguez Zapatero al sur de los Pirineos, les dice. Pero a los españoles no nos interesaba en absoluto esta publicidad, ni un trato semejante por parte de un primer espada europeo. Ni siquiera al Gobierno de Mariano Rajoy que, aunque comparta el argumento de la “herencia recibida”, no saca beneficio alguno de que se consolide la imagen de España como la oveja más negra del euro. Demonizar a España no ayudará en nada. Hace falta mucha más Europa, no menos.

      El problema que se observa en Francia es la tentación de encerrarse con sus propios problemas, como si el proteccionismo nacional fuera la fórmula para defenderse de un mundo muy complejo. También hay un afán de elevar barreras internas, en una sociedad de múltiples procedencias donde la diversidad molesta cada vez más, como lo evidencia el avance del extremismo. Lo plantea el editorial del diario "Le Monde": "Si el candidato electo no lograr reparar nuestra sociedad, y volver a instaurar las condiciones de este indispensable "vivir juntos", mañana -en 2017 o antes- no será una ola "azul marino" la que amenace nuestra democracia, sino más bien un tsunami del mismo color inquietante". Sería muy deseable tenerlo en cuenta a la hora de restablecer consensos básicos y, por supuesto, convencerse de ello en la relación entre socios y vecinos europeos.

       Si las urnas hacen presidente a Hollande, la jefatura del Estado francés se convertirá en una excepción dentro del panorama de poderes conservadores del continente, pero sería un aliado de los  que intentan desbloquear una salida europea a la crisis. Sarkozy se ha empeñado en luchar contra todos, en identificar adversarios de todo tipo, como si lo viviera desde fuera del sistema y no hubiera formado parte del corazón de ese entramado. Si Sarkozy lograra la reelección, tendría que ocuparse rápidamente de restañar heridas: entre otras las de España, que tan agradecida le estaba por su ayuda contra ETA, y a la que ha maltratado en la campaña electoral.

Un duro choque bajo la sombra de Le Pen

Por: | 03 de mayo de 2012

 

 

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Se lo tomaron como un debate que ninguno podía perder. Dos hombres ambiciosos, de la misma edad (57) pero con puntos de partida muy distintos: Sarkozy, un animal político que bajo ningún concepto se rinde sin tratar de rebatir, desmentir, interrumpir y lanzar tantas zancadillas verbales como hagan falta para que su versión de los hechos sea la que prospere ante la audiencia. Y Hollande, el aspirante que ha preparado a fondo su llegada al poder siguiendo la estela de dos socialistas históricos, François Mitterrand y Lionel Jospin. Fue un choque lleno de enfrentamientos personales, con los papeles cambiados: un presidente a la defensiva, bordeando la crispación, frente a un aspirante de aspecto más sólido y sereno que su adversario.

Muy duro Sarkozy, más irónico o mordaz Hollande. Sarkozy hizo el proceso hasta de Mitterrand (muerto hace dieciséis años) y lanzó contra el candidato socialista acusaciones tan curiosas como la de haber sido recibido por el exjefe del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ignorando las ocasiones en que Sarkozy se encontró con Zapatero y los elogios que le dedicó. El presidente-candidato decidió dar lecciones e imputar a su adversario errores, mentiras y ambigüedades. Sarkozy insistió en la "locura de gastos" en que quiere meterse Hollande, y en que Francia es el país de Europa con mayor carga fiscal, junto con Suecia. Hollande insistió en sus propuestas: más crecimiento, aumento del personal dedicado a la enseñanza, renegociación de las reglas de funcionamiento de la Unión Europea para "integrar la dimensión del crecimiento" en el pacto fiscal.

La dramaturgia electoral exigía un cara a cara de los dos protagonistas en presencia de dos actores secundarios, Laurence Ferrari, presentadora de la cadena privada TF1, y David Pujadas, su homólogo en la pública France 2: lo hubo y duró casi tres horas. Pero sobre el plató flotaba la sombra de la gran ausente, Marine Le Pen, cuyos votos tenían que atrapar los candidatos sentados a la mesa del debate. Sobre todo Sarkozy, cuya esperanza de ser reelegido descansa en atraerse a la mayor parte posible de los 6,5 millones de personas (18% del total de los electores en la primera vuelta) que respaldaron a Le Pen. Y ahí, Sarkozy expuso todo un proyecto: reducir a la mitad la inmigración legal y negarse a conceder el derecho de voto a los extranjeros mientras subsistan las tensiones provocadas por "el Islam en Francia". Todo ello coronado por la acusación a Hollande de no haber votado favorablemente la ley de prohibición del burka en territorio francés (se abstuvo), imputación de la que el socialista se defendió,  prometiendo que si él es presidente, no habrá ningún burka en Francia. ¡Quince minutos de debate sobre islamismo en un país laico! ¿Habrá sido suficiente para convencer a la extrema derecha de que no siga a su capitana, Marine Le Pen, en la solicitud de voto en blanco? Lo más probable es que no.

En los pronunciamientos finales, Hollande colocó la educación como la prioridad de las prioridades. Y esto, en los tiempos que corren, no se escucha con frecuencia en boca de responsables políticos.

 

Cara a cara con Le Pen en el cogote

Por: | 02 de mayo de 2012

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No se lo van a jugar todo a una carta porque la gran mayoría de los electores ya ha tomado su decisión. En cualquier caso, todo está listo para pasar dos horas y media en un estudio de 900 metros cuadrados, con veinte cámaras, un realizador-jefe y dos realizadores asistentes, estos últimos en representación de cada candidatura; dos secundarios, Laurence Ferrari, presentadora de la cadena privada TF1, y David Pujadas, su homólogo en la pública France 2; y naturalmente los dos protagonistas, François Hollande y Nicolas Sarkozy. Pero también una gran ausente, Marine Le Pen, omnipresente en los preparativos de un debate al que no ha sido invitada.

La última vez fue en 2007. Sarkozy empleó toda su calma y sangre fría contra una combativa y mordaz Ségolène Royal, sin que hubiera duda de que representaban a dos grandes espacios políticos, la derecha y la izquierda, luchando por un voto indeciso situado más bien en el centro. Esta noche, en cambio, el espacio más disputado será el de los seguidores de Marine Le Pen. Y esto se debe a que la franja del electorado otrora tildada de fascista, racista o extremista se ha hecho muy grande, 6,5 millones de personas (18% del total de los electores en la primera vuelta), porque ahora evoluciona entre clases populares, obreros, agricultores, pequeños empresarios, que quieren mayor protección por parte del Estado y desconfían de las "élites" con las que identifican a los partidos tradicionales.

El voto en blanco anunciado por Marine Le Pen de cara al domingo se diferencia de la abstención preconizada por su padre en 2007. La hija ensaya una táctica mucho más militante, para prolongar el efecto de la movilización conseguida durante la campaña presidencial. Podría haber hecho más daño a Sarkozy si hubiera pedido expresamente el voto contra él, ayudando así claramente a Hollande; ha preferido comprobar si sus tropas se atreven a un nuevo acto de fe en la capitana.

Le Pen da así un portazo a Sarkozy, que lleva diez días intensos hablando del restablecimiento de las fronteras, del amor a la patria, de la nación, del derecho de voto a los extranjeros en las elecciones locales (prometido por Hollande, al que Sarkozy se opone como un guiño más a la extrema derecha). La líder extremista apuesta a que cinco años de la izquierda en el poder sean un fracaso lo suficientemente grande como para que ella ascienda al 30% o al 40% en futuras elecciones. Parece el cuento de la lechera, pero sin duda la crisis económica e ideológica en curso tiene aún demasiadas páginas por escribir.

El País

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