Joaquín Prieto

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, periodista moderadamente francófilo y excorresponsal en París, actualmente es editorialista de EL PAÍS.

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Victoria de un socialismo heterodoxo

Por: | 17 de junio de 2012

Holl

La victoria socialdemócrata en las elecciones legislativas de Francia representa una novedad en un país donde parte de la izquierda mantiene rasgos y gesticulaciones propias de otros tiempos, de aquellos en los que se privilegiaba la lucha contra la acumulación de riquezas, mezclada con una cierta herencia libertaria de Mayo del 68. Es una victoria de un partido -ni siquiera necesita la ayuda de los ecologistas-, de la que emerge un proyecto socialista autónomo en torno a François Hollande, que pretende enfrentarse al caos del presente sin enfeudarse a las soluciones de la derecha y, a la vez, sin pagar precios a la izquierda radicalizada.

     Pero el camino del proyecto socialista autónomo está plagado de heterodoxias. La primera, los  guillotinados. Como Ségolène Royal, que cinco años atrás era la estrella rutilante del socialismo, la adversaria de Nicolas Sarkozy por la presidencia de la República, la dirigente que trazó su campaña sobre la base de mujer moderna y capaz de echarles las redes sociales encima a los "elefantes" del viejo partido; y cuyo secretario general, por cierto, era entonces François Hollande. Ahora, ella se muestra en plena impotencia política. Visto desde esa perspectiva, el famoso tuit de Valérie Trierweiler, la compañera del presidente, apoyando al candidato que ha triunfado sobre Royal, ha sido el golpe de gracia. Una pequeña tragedia en la historia electoral de Francia, pero sin más relevancia política que la de obligar a Hollande a tomar medidas para que las cuestiones familiares no mermen su capacidad de acción política. Porque las crisis de la eurozona y de su propio país no pueden esperar a que el presidente de la República francesa resuelva sus asuntos personales.

       Royal

La derrota de Ségolène Royal, atribuida por ella misma a "una traición política", representa el aplastamiento de la heterodoxia encarnada por ella hace cinco años. Pero no impide los efectos que pretendía François Hollande al instalar al poder socialista en otras heterodoxias. Una de ellas consiste en ensayar una vía de salida de la crisis económica y financiera diferente de la practicada por el gobierno de Nicolas Sarkozy y, más importante aún, por Angela Merkel, obstinadamente aferrada a la austeridad y a la negativa de mutualizar el pago de las deudas de los países europeos en dificultades. 

       Otra heterodoxia: Hollande y el partido socialista francés consolidan una mayoría que no dependerá del Frente de Izquierdas, dirigido por Jean-Luc Mélenchon, candidato fracasado en estas legislativas. Era el líder que proyectaba consolidarse al frente de una serie de sectores (socialistas disidentes, comunistas, extrema izquierda) alimentados en el rechazo al reformismo socialista y en la ruptura económica, todo ello trufado de desconfianzas hacia Europa y mucha agresividad verbal. La relación de fuerzas impuesta por las elecciones impide el combate fratricida de "izquierda contra izquierda". Hollande no verá cuestionado su proyecto de reestructuración del funcionamiento de la eurozona y es pronto para determinar si esto es otra Tercera Vía, aunque a algunos pueda parecérselo.

       Sin esperar a los resultados de las legislativas, Hollande no ha parado de situarse en el escenario  post-electoral durante los últimos días, insistiendo en las palabras "crecimiento" y "estabilidad financiera", hasta culminar en una propuesta de plan Marshall a escala europea, a la altura de 120.000 millones de euros. Todo ello propuesto desde un país con bases económicas más saludables que las de España o Italia, pero en el que pesan la deuda pública y las perspectivas negativas de crecimiento económico.

        Hollande deberá cuidarse también de fracturas sociales y culturales que no se resuelven con la mera invocación de un proyecto socialista autónomo. Parte de las clases populares dudan entre izquierda, extrema derecha o abstención total respecto a la política; temen a los franceses procedentes de la inmigración, muchos de ellos sin opciones de vivir sin asistencia social, y a los extranjeros que sobreviven en situación irregular y dispuestos a tirar los precios de los empleos; tampoco entienden ni comprenden a la izquierda intelectual y "parisiense", un término que generalmente designa a ciudadanos de vida acomodada. Se comprende así el regreso de algunos ultraderechistas al Parlamento, del que el partido extremista estaba ausente desde hacía quince años, aunque su principal dirigente, Marine Le Pen, no haya logrado el escaño ambicionado, según los resultados provisionales.

        En todo caso, lo esencial es que se ha producido una mayoría socialista en la Asamblea Nacional, como quería Hollande. El presidente francés dispone así de todos los medios (convencionales) para llevar a cabo su política. Se consolida la heterodoxia principal: en una eurozona caracterizada por poderes políticos de derechas, el socialista Hollande es ahora mismo el jefe de Estado o de Gobierno con más poderes en Europa. En uno de los países más grandes de la eurozona son socialistas tanto el presidente como el Gobierno, la mayoría parlamentaria de las dos cámaras legislativas, las alcaldías de muchas ciudades importantes y casi la totalidad de las regiones. ¿Quién lo habría dicho un año atrás?

Un plan ultra contra el euro

Por: | 15 de junio de 2012

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No sabemos bien quiénes son esos "mercados" que nos enloquecen con sus brutales especulaciones, pero sí conocemos a un partido político que ha diseñado y explicado un plan contra el euro. Su campo de acción es Francia, en el corazón de la eurozona. Se trata del ultraderechista Frente Nacional: aunque no está en condiciones de alcanzar el poder, la eventual ruptura de la moneda común le llevaría a clamar aquello de "¡ya lo habíamos advertido!", presto a recoger las banderas del desastre.

       Acabar con el euro y regresar al franco fue la propuesta clave de su jefa, Marine Le Pen, en las recientes elecciones presidenciales. Además de restaurar la antigua moneda nacional, el partido ultraderechista proponía que ambas divisas circularan en paralelo durante un corto periodo de tiempo, y a continuación se produciría una devaluación controlada del franco. Nada dijo sobre los efectos recesivos de la medida, ni de otras consecuencias negativas no solo para Europa, que le importa menos,  sino para su país.  

       Según la página web de Marine Le Pen, el euro es "un fracaso total", una "aberración económica denunciada por numerosos economistas", el símbolo de "una política federalista europea de élites financieras dispuestas a sacrificar al pueblo en el altar de sus intereses". Se basa en la sapiencia del economista ultraliberal Milton Friedman, quien "demostró las virtudes inmejorables de la libertad monetaria". Pronostica la desaparición del euro "porque el coste de su mantenimiento es cada día más insoportable (...) una trampa mortal para Francia, que comienza a su vez a entrar en el ciclo de austeridad-recesión". Lo que hace falta, en suma, es iniciar la "deconstrucción ordenada del euro".

        Es evidente que el Frente Nacional no está en condiciones de ejecutar ese programa, porque carece de votos suficientes. Pero la crisis de la eurozona le resulta un campo abonado. Marine Le Pen quedó la tercera en la elección presidencial, con el 17,9% de los votos. El domingo 17 de junio intentará ser elegida diputada por uno de los distritos del Pas-de-Calais, al norte del país, y para ello se encuentra en posición favorable: rebasó el 42% en la primera vuelta y mandó a casa a un adversario izquierdista tan caracterizado como Jean-Luc Mélenchon, que solo llegó a la mitad. Otra persona de su misma familia, la estudiante de 22 años Marion Maréchal-Le Pen (a la derecha en la foto) se encuentra también en posición favorable para entrar en el Parlamento, como aspirante al escaño de Vaucluse, al sur del país.

       La ultraderecha está a punto de volver a una cámara donde no tenía presencia desde 1997. Unos cuantos diputados no cambiarán la relación de fuerzas en la Asamblea Nacional, pero es un hecho simbólico en un país cuyas fuerzas mayoritarias, de derecha y de izquierda, se habían atenido a un pacto no escrito llamado "frente republicano". En virtud de ese acuerdo, los grandes partidos se apoyaban mutuamente para bloquear la elección del ultraderechista con posibilidades de ser elegido. Esta vez no será así. La UMP, el partido dirigido por Nicolas Sarkozy hasta su derrota, no va apoyar a ningún otro partido para la segunda vuelta, lo cual facilita la elección de ultras allí donde el candidato de derecha ha sido eliminado a las primeras de cambio o, si queda en liza, cuenta con pocas posibilidades. 

       Y el partido socialista, que teóricamente apuesta al "frente republicano", ni siquiera ha conseguido que su candidata local en Vaucluse se retire en favor del aspirante de la UMP, mejor situado que ella. Lo cual provocaría la victoria de Marion Maréchal-Le Pen. 

       El nerviosismo es patente en la clase política francesa, pendiente tanto de sus legislativas como de lo que ocurra en Grecia. Las votaciones se llevan a cabo sin acuerdo entre François Hollande y Angela Merkel sobre el modo de enderezar la economía de la eurozona. Hollande pide nuevos instrumentos financieros para calmar a los mercados, pero la jefa del Gobierno alemán se niega a mutualizar la deuda, alegando dificultades constitucionales en su país y el riesgo de tomar medidas contraproducentes. Y la propuesta de los eurobones le parece una idea mediocre. La tensión es tan grande que el primer ministro francés, Jean-Marc Ayrault, tenido por germanófilo, ha sugerido a la canciller que se deje de "simplezas".

       Más les vale a los dirigentes de la política europea que encuentren pronto alguna solución a la crisis del euro, si no quieren que los ultras, con su inmensa capacidad de demagogia, les salten a la yugular.

La 'pipolización' de la política

Por: | 13 de junio de 2012

 

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"¿Qué es la pipolización?", se preguntaba Carlos Fuentes en un artículo publicado hace cuatro años en EL PAÍS. Y se contestaba a sí mismo con un encadenamiento de cuestiones: "¿Una moda? ¿Una plaga? ¿Un hecho pasajero? ¿Un nuevo determinante de la vida política y social?" El artículo estaba centrado en Francia, en el distanciamiento que este país aplica tradicionalmente a sus gobernantes respecto a la frivolidad, "privilegiando la formalidad". Una situación que cambió a partir de la presidencia de Nicolas Sarkozy y el protagonismo público de sus mujeres, en ruptura con "la dignidad cuasi-imperial de la presidencia francesa", cultivada y protegida por los sucesores del general De Gaulle.

      La separación entre vida pública y privada ha sido tan grande que solo en Francia se puede entender que un presidente, a la sazón François Mitterrand, ocultara a la opinión pública tanto a su amante como a la hija fruto de esa relación, sin que nadie de su entorno, ni siquiera la esposa oficial, dijera una palabra durante años. Es lo que explica también la indecible sorpresa provocada por el conocimiento a posteriori de las aventuras de Dominique Strauss-Kahn. Con la presidencia de Sarkozy se acabó con la rígida separación entre vida pública y privada: Cecilia Sarkozy despreció públicamente a su marido, porque ni siquiera acudió a votarle, mientras Carla Bruni, sin disponer del estatuto de primera dama -que no existe- ha sido mucho más protagonista que cualquiera de sus antecesoras en El Elíseo.

       Esa pipolización que tanto molestaba a Carlos Fuentes, referida a la etapa de Sarkozy, da un paso más con la presidencia recién estrenada de Hollande. Es un hecho nuevo, porque tiene consecuencias políticas. Valérie Trierweiler, la pareja del jefe del Estado, ha provocado la primera crisis en la recta final de las elecciones legislativas y un revuelo considerable en la prensa europea, principalmente la francesa. Profesional del periodismo que aspira a seguir siéndolo, ni es militante socialista, ni le gusta que le llamen "primera dama". Pero, tras un protagonismo público constante junto al presidente electo, ahora se mezcla en política, al apoyar al candidato que puede provocar el fracaso de Ségolène Royal, la anterior compañera de Hollande y madre de sus cuatro hijos. Una derrota probable, según el último sondeo del instituto Ifop, que pondría un seco punto final a la carrera de quien compitió por la presidencia de la República solo cinco años atrás.

       Esto es el hecho político relevante, la consecuencia de un asunto que, si no tuviera efectos públicos, debería permanecer estrictamente en la esfera privada. Hacerlo a través de Twitter nos muestra los efectos del trabajo constante de las redes sociales, que tanto contribuyen a reducir la privacidad y provocar la conversión en públicos de los asuntos íntimos. El primer ministro, Jean-Marc Ayrault, tiene razón cuando dice que se está exagerando mucho la importancia de un solo mensaje, pero también acierta al pedir "un papel discreto" para la mujer que acompaña a Hollande en El Elíseo.

     El episodio ilustra la dificultad de pasar desde una vida y una profesión "normal" a ser la compañera de un presidente que ha hecho toda su campaña reividicándose como un hombre "normal". ¿Cada uno debería tener su vida propia, su esfera de actuación pública? Danielle Mitterrand, más de izquierdas que su marido, apoyó activas campañas en África y en Latinoamérica por el acceso al agua, la educación, los derechos humanos, pero no se mezcló en la política francesa: lo más que hizo fue negarse a acompañar al presidente en una visita a Marruecos, porque ella defendía al Frente Polisario. ¿La sociedad debería respetar que el jefe del Estado y su pareja vayan cada uno por su lado? Por mucho que haya evolucionado la mentalidad social, ni Francia ni ningún otro país están preparados para integrar esa situación como normal. Valérie Trierweiler ha cometido una imprudencia grave y, entre el regocijo de los adversarios políticos de Hollande, fuerza a todos a enfangarse un poco más en la mezcolanza de vidas públicas y privadas.

 

Europa aguarda a Hollande

Por: | 11 de junio de 2012

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La ventaja de la izquierda en las legislativas francesas y la posibilidad de que el Partido Socialista alcance la mayoría absoluta, anticipada por los resultados de la primera vuelta, confirma que François Hollande tendrá pocas dificultades para ejecutar la política que desee en los próximos años. Ahora bien, falta concretar cuál es esa política. Si tendrá margen para intentar una línea autónoma, o si "los mercados" han tomado demasiado protagonismo en la eurozona como para pensar en que la política puede embridarles.

    Los comienzos han sido muy prudentes. Durante la campaña electoral se han producido algunos gestos amables hacia grupos de electores, como el adelanto de la edad de jubilación a los 60 años para los que trabajan desde muy jóvenes, o el anuncio de un incremento del salario mínimo. Pero continúan en la indefinición los puntos más complicados del programa presidencial, sobre todo el alza de la presión fiscal, con el que la izquierda pretende recaudar más ingresos entre los más acomodados, y romper definitivamente con la época de Nicolas Sarkozy.

     Ni el presidente ni su partido se han visto obligados a explicarse apenas durante la campaña. La derecha sufre la desaparición de un líder tan activo como Sarkozy, que llenaba todos los espacios y tomaba las decisiones clave. Y sus generales se han encargado de hacerle unos funerales confusos, en los que no ha quedado nada claro quién tomará el bastón de mando. La derecha bastante tiene con organizar su derrota para que no acabe en hecatombe, y de momento lo está consiguiendo: la UMP y aliados cercanos han logrado el 34% de los votos en la primera vuelta. A distancia del Partido Socialista y sus partidos más próximos, situados en el 40%.

       Pero los problemas europeos llaman insistentemente a la puerta, y esto es una novedad en un país que votó "no" a la Constitución europea en 2005. La batalla más urgente del euro se libra en España y el Gobierno de París se ha volcado a favor del colosal plan de rescate pedido por el Gobierno de Mariano Rajoy para el sistema financiero. Es una apuesta "por la solidaridad europea", ha confirmado el ministro de Economía, Pierre Moscovici. El funcionamiento de la zona euro debe ser reestructurado por entero, y eso es un objetivo que se anuncia complejo no solo por las diferencias con la canciller alemana, sino ante un Rajoy que parece creerse que 100.000 millones de euros le van a llover como una simple "línea de crédito", sin mayores contrapartidas.

       El presidente francés tendrá que definir su política europea a medio plazo. Pero antes habrá de cerrar filas en el interior. ¿Gobernar en solitario o contar con aliados? En la primera vuelta se ha debilitado el Frente de Izquierdas, lastrado por la derrota de su líder, Jean-Luc Mélenchon, frente a la ultraderechista Marine Le Pen. Desafiada por aquel en su feudo, y tras una campaña muy sucia, Le Pen ha obtenido el 42% de los votos en el distrito del Pas-de-Calais que se disputaban, situándose en posición favorable para hacer su entrada triunfal en el Parlamento. Por el contrario, Mélenchon, el tribuno que aspiraba a reunir desde los socialistas disidentes a los comunistas y la extrema izquierda, fracasa en la apuesta de convertirse en el valladar frente a los ultras y ni siquiera podrá sentarse en la Asamblea Nacional. El partido de Le Pen  obtiene en Francia cerca del 14% de los sufragios, diez puntos más que cinco años atrás. De modo que los socialistas van a encontrarse en una posición de fuerza, muy confortable y a la vez relativamente en solitario para aguantar una legislatura frente a una derecha más o menos entera y una ultraderecha crecida.

     Con estos mimbres tiene que bregar en Europa. Angela Merkel ha dicho que la moneda común implica una política prespuestaria común: un Banco Central, sí, pero también una Hacienda compartida. El diario Le Monde cree saber que Hollande dirá sí al pequeño paso federal solicitado por la canciller, pese a que no tiene garantizada la unidad de su partido en este asunto. Si se acentúa la crisis de la eurozona, el presidente de la República se verá enfrentado a sus conciudadanos, mayoritariamente contrarios a la austeridad, y a los vientos que soplan a favor de ella en todo el  vecindario.

     Por eso Hollande y su equipo están intentando poner cortafuegos a la crisis del euro y se aferran a la idea del crecimiento económico como forma de obtener rendimientos socialdemócratas, sin decir cómo y sin entrar en el peligroso debate de las cesiones de soberanía. Rodeado de Gobiernos que se han hartado de dar hachazos a los gastos, el de París aparece ahora como una gran isla en el conjunto de Europa, requerida por unos para meter en cintura a "los mercados" y por los otros para borrar diferencias ideológicas en la definición del programa de salida de la crisis.

 

 

Un pequeño gesto de rebeldía

Por: | 06 de junio de 2012

 

 

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De Bruselas llega un mensaje a los diferentes países europeos: por favor, retrasen cuanto antes la edad de jubilación a los 67 años. Los argumentos que apuntan en esa dirección vienen de lejos y pueden resumirse en pocas palabras: los presupuestos nacionales no aguantan y la moneda única es incapaz de soportar el coste de sistemas sociales divergentes. Por eso, la decisión tomada ayer por el nuevo Gobierno socialista francés, al adelantar a los 60 años la edad de jubilación para los trabajadores que hayan comenzado a trabajar muy jóvenes (a los 18 o 19) y tengan cotizados más de 41, representa un primer paso en la dirección contraria a la deseada por la Comisión Europea. Y al criterio de la OCDE, que el próximo lunes insistirá en la reforma de los sistemas de pensiones para que sean viables.

Este pequeño gesto de rebeldía se produce justo a tiempo de que cause efectos en las inminentes elecciones legislativas, cuya primera cita es el domingo 10 de junio. Francia, que ya sufrió protestas sociales cuando el Gobierno de Nicolas Sarkozy subió la edad de jubilación de los 60 a los 62 años, goza de uno de los regímenes públicos de jubilación más interesantes de Europa (para el afectado), y por lo tanto, más caros de mantener.

Según el think thank "Economía y generaciones", lanzado recientemente por una veintena de investigadores, la población contará con un 30% de seniors en 2030. Y aunque Francia es uno de los países más jóvenes de Europa, dada su apreciable tasa de natalidad, el peso de los gastos para financiar la vejez alcanzará casi un tercio del PIB en veinte años. Para costearlo proponen una política dirigida simultáneamente a la juventud y a la vejez: favorecer las transferencias de patrimonio hacia los jóvenes, con impuestos más altos para las herencias que para las donaciones; impulsar el empleo de los seniors, establecer un sistema de jubilación por puntos (que permita elegir entre trabajar más o dejar de ser activo), favorecer la inmigración y ampliar las fuentes de financiación de la Seguridad Social.

Es posible que alguna de esas propuestas interesen a Hollande, pero eso será después de las legislativas. Por el momento se ha limitado al pequeño gesto social de anticipar la jubilación de los que empezaron a trabajar muy jóvenes, juzgado duramente por políticos de derecha como la confirmación de que la izquierda “solo sabe gastar”. Vamos, la catástrofe en perspectiva es tan grande que los trabajadores con veinte o treinta años en la actualidad quizá no pueden jubilarse, porque no habrá dinero para pagárselo cuando les toque, según Laurence Parisot, presidenta de la organización patronal.

En España, la jubilación está fijada oficialmente en los 65 años, con la previsión de retrasarla progresivamente hasta los 67 desde 2013, con la finalidad de implantar los 67 de forma generalizada en 2027. Largo me lo fiáis, habrá dicho (no explícitamente) la Comisión Europea. Pero sin pensar en plazos tan lejanos, aparecen otras inquietudes mucho más perentorias. Probablemente no habrá "liquidez" para pagar las pensiones este mismo año y el Gobierno de Rajoy no descarta recurrir a "la hucha" del Fondo de Reserva para salvar las "tensiones" de liquidez que provocan la crisis y la destrucción de empleo. Un escenario francamente distinto al que se dibuja en el vecino del norte, con su retorno parcial a la jubilación a los 60. La cuestión no es solo que Francia pueda pagárselo o no. El verdadero problema es si ya no hay modo de evitar la batalla, abierta y a las claras, por la armonización "a la baja" de los sistemas sociales en Europa.

El País

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