Del Mundial militar al bigote de Pirri

Por: | 14 de octubre de 2012

Hubo tiempos en los que había mili y hasta futbolistas que la hacían. Con prebendas generalmente, es verdad. Unos pocos días de instrucción, la jura de la bandera y luego pasarse de cuando en cuando por el cuartel a dar conversación a los oficiales. Alguna guardia, por el qué dirán. Tampoco había que pasarse de estupendo porque en ese caso te arriesgabas a visitar el calabozo, como le pasó una vez a Migueli. O a ser reclamado como prófugo, trance por el que pasaron Asensi o Solsona. Pero, unos con otros, podríamos decir que, a mediados de los años 60 del siglo pasado, los futbolistas tenían un buen pasar en la mili. A cambio, sí, debían batirse el cobre en algo que entonces existía y hoy ya no: el Mundial Militar.

Hasta donde la historia registra, España se apuntó en la 14ª edición con extraordinario éxito. El alma mater de aquello era un teniente coronel de Aviación, de nombre Luis Alfonso Villalaín, al que todavía recuerdan, y no del todo mal, los jugadores que actuaron a sus órdenes. Villalaín se apuntó de voluntario al Ejército franquista el 18 de julio de 1936, fue ascendiendo por méritos de guerra y alcanzó la condición de teniente coronel y, al tiempo, director del aeropuerto de Santander. No sería una ocupación demasiado agobiante porque, a la vez y dados sus conocimientos de fútbol, fue entrenador del Racing (entonces Real Santander) en la temporada 1961-1962. Lo mantuvo en Primera. Así que nada que objetar.

Villalaín fue el alma mater, decía, junto al general Sagardoy, de ese impulso a la selección militar, que, a las primeras de cambio, nos produjo un éxito que resonó. Con la distancia, aquel logro se verá como algo ingenuo y menor, pero entonces sonó como una fuerte campanada. ¡Porque fuimos campeones del mundo!

Tal cosa ocurrió el 7 del julio de 1965, en Gijón. Previamente, nuestra selección había eliminado a Francia y Portugal, que no era poco (¡en aquel Portugal jugaban Graça y Eusebio!). La fase final fue una liguilla entre cuatro. Ganamos a Bélgica (5-1), empatamos (1-1) con Turquía y vencimos el día decisivo (¡San Fermín!), televisión mediante, a Marruecos. Para los de la época recupero la alineación, compuesta por gente toda ella muy respetable: Rodri; Echarri, De Felipe, Rebellón; Martínez Jayo, Gallego; Ufarte, Oliveros, Grosso, Fusté y José María. Todos, jugadores de alto rumbo en la Primera División (Fusté incluso había ganado la Eurocopa un año antes). Oliveros, con una clavícula rota, fue sustituido por Poli en el minuto 16. El partido se televisó en directo y la tele se esforzó en mostrar varias pancartas que exaltaban la amistad hispano-marroquí. La agencia oficial, Alfil (sección deportiva de la agencia Cifra, a su vez departamento nacional de Efe, que englobaba la información al extranjero y la fotografía, siempre la F de Franco como letra intermedia de la palabra), destacaba que, “al finalizar el encuentro, los jugadores españoles y los marroquíes se fundieron en un abrazo, de júbilo los unos, de felicitación los otros, coreado por las ovaciones y los aplausos del público”.

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La selección militar española de fútbol (con Marcial, Mendieta, González y Claramunt, entre otros) en 1967 (EFE)

Pero aquella amistad hispano-marroquí iba a durar poco. A la siguiente edición salimos a palos. Tras eliminar a Estados Unidos y Portugal, jugamos contra Marruecos en las semifinales. El partido de ida se jugó en Zaragoza. El equipo, aunque algo renovado, se parecía al anterior: Comas; Zugazaga, De Felipe, Canós; Lico, Tonono; Ufarte, Vidal, Grosso, Velázquez y Vavá. En el minuto 82, España ganaba con dos goles de Vidal (buen delantero del Barça que no cuajó en lo que se esperaba), pero la cosa degeneró en tal ensalada de palos que, aun con dos expulsados por bando (Vavá y Lamari primero, Ufarte y Sadili después), el árbitro, el portugués Campos, decidió dar por terminado el partido. España, ante lo que había pasado, decidió prudentemente no acudir al de vuelta, dejando el campo libre a Marruecos.
Pero todavía insistimos. Para la edición de 1967, la 16ª, nos volvimos a apuntar. Eliminamos a Francia y Marruecos (¡toma ya!) y fuimos a la fase final, en Bagdad, donde se reunirían seis selecciones y nos esperaba la catástrofe.

Y eso que era un buen equipo. Ahí estaban Reina, Martín II, Barrachina, Pirri, Claramunt, Marcial, Arieta II, Rexach, Rojo… Pero el asunto ya arrancó mal porque el vuelo, un viaje eterno en un DC-6 (una vaca voladora, con asientos desmontables en los costados del fuselaje y un palo que había que colocar en la cola, tras el aterrizaje, para calzarlo), fue accidentado. Sobrevolando Líbano, el avión se vio intimidado por dos cazas que le hacían pasadas, se colocaban a su lado y cuyos pilotos hacían señas con el pulgar de que había que bajar. El DC-6 bajó y aterrizó en un aeropuerto que Pirri, que me contó el asunto, no llegó a saber cuál era. Allí hicieron saber, mal que bien, a los jefes de la expedición (Villalaín al frente) que tenían que pagar un impuesto por sobrevolar el espacio aéreo. Mientras se resolvían las discusiones, apearon a los soldados-futbolistas y alguien pintó a su alrededor una amplia circunferencia con tiza. Por señas les hicieron saber que no podían salir de ese círculo. Y ahí se quedaron, a 42 grados, de pie, los Pirri, Marcial, Rexach y demás.

Pagaron, despegaron en la vaca voladora y aterrizaron en Bagdad. Allá perdieron con Grecia, ganaron a Corea del Sur y perdieron con Holanda, en la que jugaba Hulshoff, aquel que luego haría fama como patilludo en el Ajax. Quedaron mal, quintos de seis. Dieron el cante. El mando pensó que no se habían tomado el desafío en serio, criterio al que contribuyó el hecho de que Marcial había sufrido un tirón jugando a los bolos. La vaca voladora tardó una semana en regresar por ellos, que acabaron por tomar aquel destierro como un arresto. Pirri, de tan aburrido como estaba, decidió no afeitarse. Al quinto día, el ayudante de Villalaín le dijo que aquello era el Ejército y que nadie podía estar sin afeitarse. Y Pirri se afeitó, pero, ya que Villalaín tenía bigote, se dejó esa parte de la cara sin afeitar. Y con bigote jugaría el año siguiente.

De modo que el bigote de Pirri, que conservó un año, fue el último vestigio de aquella selección militar que arrancó con un título mundial y luego fue a menos. Sic transit gloria mundi. 

Hay 4 Comentarios

Vaya fachas. En alemania y otros paises democráticos se hubiesen puesto los adjetivos cualificativos de "golpistas", "dictadura" y "antidemocrático". Así nos va. Con tanto nostálgico del pasado.

Me encantan sus historias, pues aunque lo vivi ( voy a cumplir los 70 ) no sabia todos estos detalles.Al vivir en USA por 44 anos ustedcme hace sentir mas joven...Siga...

____¿Sueñas con PERDER °PESO?? ¡¡Deja de soñar!! Este VIDEO te muestra COMO LOGRARLO de manera FACIL: http://su.pr/1xuU15

Señor Relaño, dice usted que Luis Alfonso Villalaín "fue entrenador del Racing (entonces Real Santander) en la temporada 1961-1962. Lo mantuvo en Primera. Así que nada que objetar".

Fue entrenador del Santander durante 8 partidos (de la jornada 23 a la 30 tras sustituir a Pedro Otto Bumbel) pero no evitó el descenso del club, que terminó el campeonato en 14ª posición y perdiendo la promoción frente al Málaga.

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Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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