Bahamontes se esconde entre los matorrales

Por: | 21 de julio de 2013

Bahamontes fue un ciclista legendario. Genial, parlanchín, caprichoso, exagerado en todo. Durante 10 años llenó cada mes de julio en España con sus aventuras en el Tour de Francia, provocando entusiasmos gloriosos y decepciones profundas. Compareció por primera vez en 1954 y ganó el gran premio de la Montaña, cosa que conseguiría otras cinco veces en los 10 años siguientes. También ganó un Tour, el primero que ganaba un español, en 1959. Y fue una vez segundo, otra tercero, y otra cuarto. Nunca se había visto nada igual. Pero aquellos éxitos estuvieron salpicados de abandonos estruendosos. De repente le dolía el limaquillo, que nunca se supo bien qué era. Otra vez, una inyección de calcio mal puesta en el codo, que nadie creyó que fuera para tanto. Otra más, un golpe en el ojo con una botella, en una zaragata precipitada en un control de avituallamiento. Las retiradas de Bahamontes en el Tour producían depresiones en la España de la época sólo comparables a las que producían las eliminaciones del Real Madrid en la Copa de Europa.

Todo en él era exagerado, legendario. Siempre pretendía ganar el 7 de julio, se decía, y era verdad, en homenaje a su mujer, la Fermina, a la que trataba así de compensar por la larga abstinencia a que la sometía. Bahamontes consideraba que era malo hacer el amor durante la temporada ciclista y cumplía como un asceta con ese principio. Y durante el invierno, dos veces al mes, nada más. Las fuerzas había que guardarlas, decía, para los Pirineos y los Alpes. Ahí los reventaba a todos, sobre todo si hacía calor. Su leyenda se infló al máximo en el Tour de 1956, cuando tras coronar en cabeza el puerto de La Romeyère se detuvo arriba y se comió un helado, a la espera del coche del equipo. En realidad, un coche que le había adelantado en la subida había pisado una piedra que le salió escupida hacia su rueda trasera y le había roto dos radios. La rueda cabeceaba y así no podía descender bien. Bahamontes, que tardó en ser valiente en los descensos, prefirió esperar arriba a su coche de equipo, para cambiar la rueda. Y para mitigar el calor, decidió pedir un helado en un carrito que había allí arriba: “Deux boules”, pidió, mientras hacía la señal de la uve con dos dedos de la mano derecha. Y se tomó su helado con dos bolas. La multitud que atiborraba la cima no daba crédito. Luego coronaría en cabeza también el puerto siguiente. El asunto fue la gran noticia del Tour en toda la prensa francesa del día siguiente.
En España todo el mundo dijo durante años que iba tan sobrado que se escapaba, llegaba el primero arriba y luego se sentaba a esperar a los demás tomando un helado. Así, un puerto tras otro, por toda Francia, porque sólo le interesaba la montaña. Así lo creía todo el mundo, así nos lo explicaban a los niños de la época, que esperábamos a julio a ver qué hacía Bahamontes en el Tour.

Siempre llegaba a la montaña con hora y media o dos horas perdidas. En ese tiempo los españoles no sabían correr en el llano. Cuando llegaban las etapas de viento, los belgas, los holandeses, los franceses y los italianos formaban sus abanicos. Los españoles se quedaban atrás, desorganizados, y les caían los minutos como ladrillos. Claro que eso no lo sabíamos entonces, no nos explicaban esas sutilezas, y pensábamos que no podía ser tan difícil defenderse mejor en el llano. Había quien aventuraba, científico:

—Si pusiera un plato muy grande y un piñón muy pequeño, le costaría tanto pedalear en el llano que sería como si corriera cuesta arriba, y así iría mejor.

Y los niños escuchábamos eso, pensando lo bueno que sería que Bahamontes escuchara ese consejo. O no. Porque era emocionante que llegara a la montaña con tanto tiempo perdido, mucho más atrás del 100 en la general, porque una vez que se empinaba la carretera daba saltos en la clasificación de 30 y 30, y en un periquete estaba entre los cinco primeros. Ahí ya costaba más, sobre todo cuando le fueron limitando las llegadas en alto, cuando le quitaron la contrarreloj de montaña, cuando alargaron la contrarreloj llana. Los mayores decían que en Francia hacían el Tour para Anquetil, y sospecho que era verdad.

As
Bahamontes, durante el Tour de Francia de 1965./ DIARIO AS

En 1964 aún fue tercero, tras Anquetil y Poulidor, y ganó su sexta corona de la Montaña. Ya tenía 36 años y empezaba a empujar Julio Jiménez, siete años más joven, también escalador soberbio. A Bahamontes le salía competencia.

En 1965 le llegó su día. Fue el 30 de junio, décima etapa, entre Dax y Bagnères-de-Bigorre, en los Pirineos, su escenario favorito. La etapa pasaba por el Aubisque y el Tourmalet. Bahamontes flojeó ya en las primeras rampas del Aubisque y Julio Jiménez, viéndolo, desencadenó un ataque feroz, con esa falta de piedad propia de los grandes deportistas. Fue el día del relevo. Julio Jiménez ganó la etapa, una etapa durísima, con alternancia de lluvia y frío en las cumbres y calor húmedo y sofocante en los valles. La etapa se llevó por delante a Vittori Adorni, ganador del Giro de ese año, y a Lucien Aimar, que ganaría el siguiente Tour. Julio Jiménez distanció en más de tres minutos al segundo clasificado, Foucher, y en más de 50 a Bahamontes, que llegó en el puesto 110, penúltimo. El público de la meta de Bagnères le espera y le tributa la mayor ovación de su vida. Saben que ese viejo héroe ha hecho mucho por el Tour y valoran que no haya abandonado, que haya luchado por llegar dentro del control, cosa que logró por los pelos.

El día siguiente, 1 de julio, más montaña. La etapa va de Bagnères-de-Bigorre a Ax-les-Thermes, pasando el Aspet, el Port y con llegada en el Marmare Chouta, de segunda. Sorpresa: en las primeras rampas del Aspet, Bahamontes salta como un rayo. ¿Está recuperado? ¿Lo de ayer fue un mal pasajero? ¿Está íntegro aún Bahamontes? ¿De qué será todavía capaz? El grupo de gallitos (Jiménez, Poulidor, Gimondi, Janssens…) organiza la persecución. Pero Bahamontes no aparece. Cuando llegan a la parte alta del Aspet, donde faltan los árboles y normalmente se identifica al escapado por el reguerillo de motos y coches que le acompaña, no le ven. ¿A dónde ha ido ese tío? Y aprietan y aprietan.
Subiendo el Port corre la voz de que se ha retirado. Pero no se fían. Julio Jiménez me contó años más tarde: “Era como era, era muy capaz de lanzar el bulo para que nos confiáramos y recuperar un tiempazo. Así que no nos fiamos y seguimos dándole y dándole…”.

Pero sí, se había retirado. Eso sí: a su manera. No quiso que nadie le viera y al poco de escaparse se escondió entre unos matorrales, dejó pasar a todos y luego se subió en el coche escoba. Un fotógrafo tuvo la suerte de estar allí e inmortalizó la escena que Bahamontes quiso íntima: su última y definitiva retirada del Tour de Francia. Murió en su terreno y en su ley: en los Pirineos y escapado.

Aquel Tour tampoco lo ganó Poulidor, y eso que faltó Anquetil. Lo ganó Gimondi. Julio Jiménez ganó el primero de sus tres reinados de la Montaña. Bahamontes aún correría, como despedida, la subida a Montjuïc, en octubre. Dividida en dos sectores, ganó el de línea, Poulidor ganó la contrarreloj y la prueba, por la suma de ambos tiempos. Se televisó en directo, y fue una digna despedida de Federico Martín Bahamontes, que ese día sí se bajó de la bicicleta para siempre, con 37 años bien corridos.
Por cierto, Bahamontes no fue bautizado como Federico, sino como Alejandro. Federico fue un tío suyo que quiso que le llamaran como él. Pero los padres prefirieron ponerle Alejandro, les gustó más. El tío Federico nunca se rindió, le llamó Federico desde pequeño y todos acabaron llamándole Federico. Padres, amigos, todos… Sus papeles siempre pusieron Alejandro, lo que le dio no pocos problemas, hasta que consiguió que al menos le pusieran Alejandro Federico.

Todo en él fue siempre original. 

Hay 3 Comentarios

Aunque en parte ya la conocía, me ha encantao, Alfredo. Entrañable historia.

Buenisima la historia, no la conocia y lo hace mas grande aun, que monstruo, saltar para escaparse y asustar a todos los gallitos y luego meterse en unos matorrales a esperar al coche escoba mientras los otros seguian tirando como posesos pensando que iba como un cohete. Hahahaha, me imagino la escena, buenisima!!! Hoy en dia, claro, impensable. Como digo, hace mas grande la leyenda de Bahamontes y la del Tour. Gran historia Alfredo!!

Él artículo es como Federico, genial. No ha hecho falta referirse a él como "el Águila de Toledo", ni mentar sus orígenes humildes tirando de un carro de fruta por una ciudad que son todo cuestas arriba. Este homenaje es nostálgico y habla de un hombre y una época cuando el ciclismo era épico y exagerado y todo lo que hace grande a este deporte sin que se tuviese siquiera la definición de dopaje.

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Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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