Cuatro goles de Aguirre a Carmelo

Por: | 22 de septiembre de 2013

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Carmelo recibe el cuarto gol de Aguirre en el Español-Athletic del 10 de octubre de 1965. / mundo deportivo

Dejó dicho Andy Warhol que todo hombre merece su cuarto de hora de gloria en la vida. Pero hay que decir que Koldo Aguirre (entonces Luis Aguirre) se excedió con sus cuatro goles en 11 minutos en Sarriá, ante el Espanyol (entonces, Español). Primero, porque no le hacía tanta falta ese cuarto de hora de gloria: era un gran jugador (aunque discutido, hay que admitirlo), titular en el Athletic (entonces Atlético) de Bilbao e internacional con España. Y segundo, porque la víctima de aquel ametrallamiento súbito fue su buen amigo Carmelo, el legendario meta del Athletic en los cincuenta, al que Iribar había sacado de la titularidad del club de San Mamés tres años antes, empujándole a una feliz segunda época con los periquitos.

Fue un acontecimiento en su día, un sobresalto en aquella España que los domingos por la tarde escuchaba la quiniela por la radio, con la esperanza de un pleno redentor de la escasez. En Sarriá jugaban el Español y el Bilbao, como llamábamos entonces al club de la Villa de Don Diego, sin saber que aquello allí molestaba. Mandaba el Español, que al descanso ya ganaba por 2-0, goles de José María y Rodilla. Era un Español emergente, en el que Di Stéfano, que faltó ese día, daba sus últimas patadas al balón. Se estaba gestando el equipo de Los Delfines. El Athletic estaba en renovación, con un ala izquierda recentísima, Rojo-Lavín, y en el eje del ataque Arieta II, Antón, que había sustituido a su poderoso hermano mayor, Ignacio, en el puesto.

Aguirre podía jugar de muchas cosas. De lo que más, de medio organizador. También de interior. A veces de extremo. Y corrió por más puestos. Jugador técnico, fino, había debutado en 1958 y su noveno partido fue una final de Copa, en el Bernabéu, y ante el mismísimo Madrid de Di Stéfano. Ese día ya había mostrado su carácter, antes del partido. El presidente y los directivos le buscaban en el hotel, todos con el mismo mensaje:

—Tú tranquilo, chaval…

Hasta que ya harto, le dijo a Albéniz, el entrenador:

—Dígales a todos estos que me dejen en paz, que estoy tranquilo. Los que están nerviosos son ellos—.

Ya en el partido, marcó a Di Stéfano cuando se echaba para atrás (al subir al área le cogía Etura) y le secó. Di Stéfano le quería comer el coco. “Chico, no te limites a marcarme, juega tú, tú juegas muy bien…”. Él no picó y el Athletic se llevó la Copa. La Copa de los once aldeanos, quizá la más querida en el recuerdo de la afición bilbaína. Los once eran vizcaínos, y al Madrid por entonces le motejaban de legión extranjera por la abundancia de foráneos en sus filas.

Pero estábamos en Sarriá, el 10 de octubre de 1965, siete años largos después. Piru Gaínza, capitán en la final de los aldeanos, es ahora el entrenador, ha puesto a Aguirre de extremo derecha, para abrir el campo, y él no la ha tocado. En el descanso se queja:

—No la estoy tocando, mejor me voy al medio campo, míster…—

—No, no, tú sigues jugando por donde te he dicho—.

—Pues como siga esto así, jugaré donde me dé la gana—.

El Español siguió dominando y en el minuto 58 hubo una falta en la frontal del área de Iribar. El jovencísimo Chechu Rojo, que admiraba a José María (un zurdo excelso, como él) pensó: ‘Este la mete’. Y la clavó. 3-0. Aguirre se comía los puños en el extremo derecho, por donde no le llegaba juego. Al rato hay un remate de Miralles al palo de Iribar. Y ya se hartó. Se fue al medio campo a buscar juego, rabioso y hambriento de balón. Gaínza le hacía gestos desde la banda, pero él, ni caso… Entonces se desencadena la tormenta:

En el minuto 71, centro-chut de Rojo desde la izquierda que Carmelo toca y cae justo donde había previsto Aguirre (“conocía mucho a Carmelo, sabía hacia dónde la iba a rebotar”), y 3-1.

En el minuto 73, falta de Idígoras a Lavín: Rojo templa al área, Aguirre entra con todo, cabecea y el balón entra junto al palo, pese al esfuerzo final de Idígoras, que llega a tocar. 3-2.

En el minuto 81, Orúe corta en defensa, avanza y cede a Aguirre, que ya es el amo del partido; regatea a dos contrarios, avanza y cuando llega al área descarga la pared hacia Arieta II, que le devuelve justo para que toque a un lado, a media altura, sobre la salida de Carmelo.

En el minuto 84, el Español ya se ha acobardado y metido en su área, hay un pelotazo a la olla de un Athletic hambriento que quiere más, el central Mingorance despeja de cabeza y el balón le cae a Aguirre, pocos metros fuera del área, y él empalma con toda el alma a la escuadra izquierda de Carmelo. 3-4. En 13 minutos ha marcado cuatro goles, que aún recuerda perfectamente (su relato coincide con las crónicas de la época).

También los recuerda Carmelo: “Nos confiamos con el 3-0, se vinieron arriba, nos cocieron. Fueron un torbellino, todos los rebotes fueron para ellos y Aguirre estuvo acertadísimo. Y Rojo, también”.

Para Aguirre, que después de siete años empezaba a estar muy visto y escuchaba pitos en San Mamés por parte de los que le veían muy técnico y poco luchador, aquello fue un balón de oxígeno ante ese sector exigente. ¡Pena que tuviera que ser a costa de Carmelo! Carmelo había sido el portero de los aldeanos, buen consejero de Aguirre en sus inicios. Eran muy amigos, Aguirre solía visitarle en Durango, era apreciado por toda la familia. El hijo (Cedrún, portero de fuste que no triunfó en Bilbao, pero sí en Zaragoza), le quería mucho, hasta le llamaba tío. En aquellas fechas era un niño de cuatro años y había estado en el partido, tenía un disgusto tremendo y cuando Aguirre fue a consolarle con un beso le apartó:

—No quiero nada contigo, que le has metido cuatro goles a aita—.

Aguirre jugó en total 12 temporadas en el Athletic, en las que marcó 46 goles en Liga, 14 en Copa y cuatro en UEFA. Ya en los setenta fue entrenador de un Athletic brillante, finalista de la Copa de la UEFA ante la Juve, a la que tuvo en las cuerdas. Finalista de Copa también, ante el Betis, aquel día que Esnaola le paró un penalti a Iribar y a su vez marcó el suyo. El propio Piru Gaínza (al que desobedeció para bien ese día, y con el que tuvo alguna bronca más) fue decisivo para que le elevaran a ese cargo. Hoy se le recuerda más por su etapa de entrenador que por su carrera de jugador, pero fue un futbolista estupendo, al que aquel partido pilló en su perfecta madurez. Reventó las quinielas y le dio una mala tarde a su amigo Carmelo, cuyo amor propio era legendario.

Pero Cedrún ya le ha perdonado. Le vuelve a llamar tío.

Hay 3 Comentarios

Sr. Relaño, una entrevista al Sr Carmelo Cedrun es un exito garantizado.

Este partido casi le gusta una agresión física al humorista José Luis Coll. Había estado en Sarría, pero hubo de salir veinte minutos antes porque tenía función y debía llegar a tiempo al teatro. Cogió un taxi, se dirigió al escenario y cuando llegó le recibió el portero, que era hincha españolista. Coll, que lo conocía desde hacía años, le dio unas palmadas en la espalda y le dijo: "Fulanito, qué gran victoria la vuestra". Pero Fulanito se creyó que le estaba tomando el pelo y se fue a engancharlo del cuello. Por suerte para Coll, los separaron antes de que la sangre llegara al río.

No conocía esta historia. Interesante. Hay un tema que pocas veces se ha contado y que casi nadie sabe y que tiene como protagonista la camiseta blanca: http://xurl.es/v3cl4

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Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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