Pahíño, el delantero que leía a Dostoievski

Por: | 05 de enero de 2014

Pahíño fue un gran delantero del Celta y del Madrid, a caballo entre los cuarenta y los cincuenta. Para empezar, no se llamaba Pahíño, sino Manuel Fernández Fernández. Lo de Pahíño era por el segundo apellido de su padre, pero ni siquiera eso era Pahíño, sino Paíño. La h se la agregó, porque le pareció que le sentaría muy bien, un célebre periodista vigués de la época, Manuel Castro Hándicap, el hombre que narró a España las hazañas de la selección olímpica en los JJOO de Amberes. Y con Pahíño se quedó y se hizo célebre.

Apareció muy joven en el Celta, donde pronto fue figura. Era un nueve goleador, de ímpetu, jugador concreto, sin florituras, de gran pegada con ambas piernas y buen cabeceador. Muy valiente, fue célebre el día que jugó toda la segunda mitad del desempate de promoción, con el Granada, en el Metropolitano, con el peroné roto. Había marcado dos goles en la primera mitad. En la segunda, aguantó. El Celta ganó 4-1 y él pasó todo el verano recuperándose en la playa. Era un tipo muy estricto, muy contrario a las injusticias. Tan severo con los demás como consigo mismo. Nada fácil de llevar. Como venía de la casa, le pagaban poco, menos que a algunos que eran suplentes. Al principio del quinto año protestó. Ganaba 18.000 pesetas. No le hicieron caso y, ni corto ni perezoso, escribió al Madrid, el Sevilla y el Valencia, tres clubes que sospechaba que tenían que reforzar la posición de delantero centro, ofreciéndose. El Valencia no le contestó, el Sevilla, sí, pidiéndole precio, el Madrid se dirigió al Celta… y se armó la marimorena. Le llamaron traidor y antigallego, le impidieron entrenarse con el equipo en la pretemporada, que se pasó haciendo ejercicios en la playa. Por fin se arregló la cosa, sobre la suposición de un traspaso al Madrid a final de temporada.

Ese año fue máximo goleador, con 23 goles. El Celta fue finalista de Copa. Y nuestro hombre debutó en la selección con Gabriel Alonso y Miguel Muñoz. Fue el 20 de junio de 1948, en Suiza. Marcó un gol en el minuto 7, España empató a tres, pero se produjo un incidente que sería decisivo: en el descanso, ganando España 1-2, bajó el general Gómez Zamalloa, que era vocal de la Delegación Nacional de Deportes, a exhortarles. “¡Muy bien, muchachos! ¡Y ahora, cojones y españolía, que el partido no se les puede escapar!”. Cuentan que Pahíño no escondió una sonrisa irónica y que desde ese momento le pusieron la cruz.

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Pahíño recibe el trofeo al máximo goleador de la Liga en 1952. / EFE

Porque además, leía. Y no cualquier cosa: leía a autores rusos. En plena década de los cuarenta leía a Dostoievski y Tolstoi, leía con fruición. Sus compañeros lo tenían por una extravagancia. Mientras en los largos trayectos de autobús ellos cantaban o se gastaban bromas groseras, él leía. Mientras todos jugaban a las cartas en la concentración, o hacían planes para escaparse, él leía. Y en la habitación, mientras el compañero trataba de dormir (entonces los jugadores iban en habitaciones de dos), él leía a esos condenados escritores rusos, a veces en el baño, para que la luz no desvelara al compañero. ¡A saber qué de bueno podía sacar de eso! En una lejana biografía suya leí que su carácter y sus inquietudes los forjó su maestro, allá en San Pelayo de Nava. Se llamaba Emilio Crespo, uno de esos maestros rurales de antes de la guerra, al que no cuesta imaginarse como el Don Gregorio de La lengua de las mariposas.

Leía, pero metía goles, así que el Madrid, en efecto, le fichó. Pagó al Celta 1.200.000 pesetas por él y por Miguel Muñoz. (Más adelante también se haría con Gabriel Alonso). Bernabéu quería un buen delantero que le ayudara a llenar el nuevo Chamartín, de flamante construcción. Pahíño contrastaba, con su estilo y sus punterazos (reforzaba las puntas de las botas con acero) con el juego exquisito de Molowny. Firmó con el Madrid por cinco temporadas y sus zambombazos se hicieron célebres, como sus duelos con el atlético Aparicio. Siguió aprovechando sus viajes a Barcelona para que Ismael, un librero de la Rambla de las Flores, le proporcionara nuevas obras de sus autores favoritos. De una gira por América volvió con Por quién doblan las campanas, de Hemingway.

Estando en el Madrid sólo fue a la selección una vez, en enero del 49, contra Bélgica, en Montjuïc. No fue al Mundial de 1950, cosa que él achacó siempre a su fama de rojo. A saber. No deja de ser cierto que coincidió con Zarra y César, pero hubo momentos en que quizá estuvo por delante. En el Madrid jugó muy bien. Volvió a ser máximo goleador de la Liga. Y fue célebre una pelea monumental en Caracas con Di Stéfano (entonces en el Millonarios), en la que el árbitro les expulsó a los dos y tuvo que renunciar a que se fueran, porque no les dio la gana.

Al cumplir sus cinco años en el Madrid, ya entraba en los treinta. Bernabéu le ofreció 275.000 pesetas, pero por una sola temporada. Él quería tres. Bernabéu tenía la norma de, a partir de los treinta, renovar año a año. No se pusieron de acuerdo. Renunció a retenerle (le podría haber prolongado un año con subirle el 15 % de la última ficha) con la condición de que no se fuera al Atlético. Firmó por tres años con el Deportivo. En el Madrid dejaba un promedio de 0,87 goles por partido, que ni Puskas (0,86) llegó a igualar. Sólo Cristiano ha podido batirlo. Justo cuando se fue Pahíño llegó Di Stéfano. Se perdió la época gloriosa del Madrid.

En el Depor aún jugaría un tercer y último partido con la selección, en Dublín, en noviembre del 55. Empate a dos, los dos suyos. Pero sobre todo tuvo la ocasión de saborear su revancha en la tercera temporada en el Depor, cuando los gallegos ganaron 1-2 en el Bernabéu, otra vez los dos goles suyos, en tarde de lluvia y polémicas, por dos goles fantasma no concedidos al Madrid y otro anulado. Entre el enfado del público de Chamartín quedó hueco para un fuerte aplauso a Pahíño mientras se retiraba, saludando y caminando entre almohadillas.

Aún pegó un último tirón: el Granada, que quería subir, le pagó 300.000 pesetas por jugar con ellos en Segunda la 56-57. Y allá que fue, y metió goles, pero tuvo una bronca tremenda con el entrenador, Álvaro. José Bailón, presidente del club, los reunió para acercarlos y por poco se pegan. A Álvaro le sustituyó Pasarín. Pahíño, por su parte, no tuvo un final demasiado feliz. En la visita a Heliópolis, se escapó en busca del gol y el defensa Felipe le fue tirando patadas por detrás hasta que le tiró. Se levantó irritado y le pegó. Le pusieron ocho partidos, tantos como quedaban para acabar la Liga, algo a todas luces excesivo. Siempre pensó que fueron cuatro por la agresión y cuatro por rojo.

Con los ahorros compró un barco pesquero. Vivió muchos años en Pasaia Donibane, pero el final de su vida transcurrió en Madrid, con frecuentes visitas al centro de veteranos del club. Muy amigo de Di Stéfano, les he escuchado comentar por separado que les hubiera gustado mucho jugar juntos.

Hay 10 Comentarios

Es decir Zamalloa era un fascista y franquista. Le parece coherente ensalzar su figura? Lo que usted hace es apología del golpismo.

Alfredo, enhorabuena por este blog. En mi opinion aquí está el verdadero periodista que llevas, se ve que disfrutas haciéndolo.
Lástima que en As tengas que regirte por otras normas y no puedas escribir de manera libre y sin forofismos de medio pelo.

Venga, sí, vamos a loar a un militar golpista que ayudó a derrocar a un gobierno legítimamente elegido en las urnas y al mismo tiempo a defenestrar a alguien que leía y se cultivaba.

Si lo que no pase en España...

Pahíño era un patadista con ínfulas de intelectual y Mariano Gómez de Zamalloa era un héroe de la Guerra Civil (le concedieron la Laureada de San Fernando por su heroica defensa en el alto de Pingarrón, loada incluso por el general rojo Líster) y de la II Guerra Mundial (voluntario con la División Azul en el frente ruso). He ahí la "pequeña" diferencia entre uno y otro.

Hay que intentar que los Pahíños del presente y del futuro no se vayan a los clubes grandes. Sería muy bonito que el Málaga tuviese grandes jugadores, que los tuviese también el Celta, el Osasuna, etcétera.

Y no por provincianismo o por un excesivo amor al lugar de origen, sino para que haya más competencia; para que no siempre ganen los clubes ricos. Creo que la competencia es el ideal del deporte.

Desde Bcn. España. Lo que me hace gracia es que, según el Sr. Relaño, aprovechaba los viajes a Bcn. para comprar libros a Ismael, un librero de las Ramblas; como si no hubiera librerías, y muy buenas, en Madrid, sin ir más lejos, en Espasa Calpe, en Gran Vía/Callao. Allí, entre otras librerías, sin contar las librerías de viejo, podría comprar todos los clásicos rusos que le apeteciera. Tal vez Dn. Alfredo lo cuenta así para adornar un poco la historia. De cualquier forma, leer a Alfredo Relaño, le hace a uno sentirse joven. Bueno, casi.

Bernabeu le dejó ir con tal de que no fichara por el Atleti Madrid. Luego los merengues se quejan de que el Atleti no deje ir jugadores al Madrid, el tema viene de lejos. El Madrid siempre rico, fichó agolpe de talonario a muchas figuras del Atleti, pero además impedía a jugadores como, Pahiño fichar por el Atleti, luego se quejan

Ahora que vemos cómo el Bayern ficha cada año un jugador destacado del Borussia, es gracioso comprobar que el Madrid lo hacía (y a pares) en la España de la dictadura. Bernabéu quería llenar Chamartín y se pide a Pahíño y Miguel Muñoz, nada menos. Después a Del Sol y tantos otros. La historia blanca del Realísimo.

Buen artículo, señor Relaño, de un personaje muy interesante en la historia de nuestro fútbol. Una precisión, Pahíño se educó en San Pelayo (o San Paio) de Navia, no Nava, donde, desde el año 2010, un campo de fútbol lleva su nombre.

Es curioso lo diferente que era el fútbol de antes con el de ahora y sin embargo todavía hay quien vive del pasado http://xurl.es/9ik46 Feliz Año a todos ;-)

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Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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