De las manoletinas a las ‘montalvinas’

Por: | 16 de marzo de 2014

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Ahora que el Madrid ha multado a Illarramendi por recortar vaquillas
me saltan a la memoria imágenes de un tiempo en que el fútbol no tomaba tantas cautelas, ni en el Madrid ni en general, y los jugadores se exponían con gloriosa irresponsabilidad en fiestas camperas, sin el menor disimulo. En realidad era algo casi clásico. Con frecuencia, cuando visitaba España algún equipo extranjero, selección o club, se le invitaba a una tienta, y siempre había algún jugador de los nuestros que se lanzaba. Y no hacía falta que fuera andaluz o salmantino, tierras ganaderas por excelencia. Gento, cántabro, era de los más atrevidos, y toreó muchas vaquillas en festivales benéficos. Un veterano periodista me contó que Segarra y Gensana despuntaron con el capote y la muleta en la finca de Sancho Dávila, expresidente de la Federación, en las vísperas de aquel célebre Betis-Barça del “ganaremos sin bajarnos del autobús”.

El tiempo hizo que los reglamentos internos de los clubes fueran proscribiendo esa práctica, por peligrosa, del mismo modo que los jugadores tienen prohibido montar en moto o practicar deportes de riesgo. Se entiende. En el Madrid posterior vulneró la prohibición Juanito, de sangre muy torera, que presumió de ello mostrando fotos y vídeos y se llevó una multa sonada. Más recientemente los ha habido que han toreado con discreción en la finca de algún amigo torero, pero la intención de este artículo no es delatarles.

La intención es contar cómo de diferentes eran las cosas tiempo atrás. En primavera de 1952 y dentro de los festejos de las Bodas de Oro del Madrid, que ese año cumplía los 50, se introdujo un evento taurino: un festival en homenaje a Vicente Pastor, El Chico de La Blusa, entonces ya muy mayor y en dificultades económicas. Vicente Pastor, madrileño él mismo, había tomado la alternativa de manos de Luis Mazzantini (gran espada y cantante de ópera) el mismo año en que naciera el Madrid, de ahí que se estableciera el vínculo. El Madrid no sólo auspició el homenaje y lo introdujo en la programación de sus Bodas de Oro, sino que le dotó de mayor atractivo al permitir que algunos de sus jugadores (entre ellos Molowny y Pahiño, las dos figuras del club en ese tiempo previo a la llegada de Di Stéfano) participaran activamente.

El cartel del festival (los toreros vestían de corto, no de luces) está encabezado por un letrero que reza: “Gran corrida homenaje a beneficio a Vicente Pastor… del Real Madrid C. de F. en sus Bodas de Oro”. Estuvo anunciada para el 29 de marzo, sábado (el domingo 30 no había Liga, por la selección), pero el mal tiempo aconsejó retrasarla hasta el jueves siguiente, 3 de abril. El Duque de Pinohermoso abriría plaza rejoneando un novillo de su propia ganadería. Luego actuarían tres figuras del momento, Domingo Ortega, Antonio Bienvenida y Luis Gómez, El Estudiante, más un jovencísimo Antoñete (17 años) que aparecía en el panorama como un trueno. Novillos de la viuda de Montalvo.

Y finalmente se anunciaba, como cierre del cartel, que Montalvo (nada que ver con la ganadería), finísimo medio o interior del Madrid, torearía y mataría un becerro, ayudado por una cuadrilla formada por cuatro compañeros de equipo: Molowny, Pahiño, Gabriel Alonso y González. La curiosidad por verles tiró tanto de la taquilla como la presencia de las figuras del toreo, y aunque la tarde fue gélida (hasta granizó), la plaza se llenó y a Vicente Pastor (al que Santiago Bernabéu impuso sobre el ruedo, nada más acabar el paseíllo, la insignia de oro y brillantes del club) le quedó un dinero. La gente le quería. Fue el primer torero al que se concedió una oreja en la plaza de Madrid.

Quedaban dos jornadas para acabar la Liga y el Madrid aún tenía posibilidades. El domingo recibía al Real Santander (estaba proscrito lo de Racing), pero a nadie extrañó que sus jugadores se expusieran. Otro tiempo. De Molowny y Pahiño ya he dicho que eran las máximas estrellas. Gabriel Alonso era el lateral derecho titular, había estado en el Mundial de 1950, en sus botas arrancó la jugada del célebre gol de Zarra a los ingleses. González, defensa, jugaba menos, estuvo sólo un año en el club. (Su hijo fue muchos años jugador del Zaragoza y es tío de Lucas Alcaraz). En cuanto a Montalvo, llevaba varias temporadas en el Madrid. Para ese tiempo alternaba en la media con Muñoz y Zárraga.

 

Y Montalvo armó el lío. Cuando acabaron los toreros, tocó el becerro de los futbolistas. El becerro que salió resultó ser un pregonao que la presidencia tuvo a bien devolver. El sustituto, un eral crecidito y cómodo de cara, funcionó, y aunque Molowny demostró más atrevimiento que desenvoltura (canario al fin y al cabo, con infancia tan lejana a las pasiones taurinas) los demás se apañaron. En El Ruedo (revista que era la biblia taurina de la época) siguiente hay una doble gráfica del festival que incluye la foto de un impecable par de banderillas de Gabriel Alonso al bicho, que no es un cuatreño, pero tampoco una mona. Lo suficiente para quitar a un futbolista de unos cuantos partidos.

Pero, decía, el que la lio fue Montalvo. Muleteó bien, pero sobre todo creó un gran revuelo con una tanda interminable de manoletinas que tendría consecuencias muy duraderas. La manoletina, pase lanzado por Manolete (fallecido cinco años antes) era considerada por aficionados y críticos como un pase de ventaja, efectista y sin mérito. Un truco para engañar a turistas y a isidros. Ángel Luis Bienvenida las daba por entonces mirando al tendido, a fin de dotarles de más mérito, pero ni así. De modo que cuando Montalvo soltó aquel chaparrón de manoletinas los tendidos se encendieron en revuelo. Muchos lo tomaron incluso como una denuncia, un algo así como “esto lo hace cualquiera, no hay que ser torero”, y así quedó. Montalvo cortó la oreja y dio la vuelta al ruedo, pero al tiempo las manoletinas quedaron proscritas.

El Ruedo las llamó desde entonces y por un tiempo montalvinas y los matadores dejaron de practicarlas. Mondeño (un torero atormentado que se metió a monje) intentó resucitarlas a mediados de los sesenta, pero no pudo. Ahora, con José Tomás, han vuelto a ser aceptadas. Claro, que José Tomás todo lo hace de una forma…

Montalvo, por cierto, acabó mal con Bernabéu. Montalvo tenía en sus papeles que había nacido en 1924 en Sevilla. Alguien le demostró a Bernabéu que en realidad había nacido en 1921 y en La Granja de Torrehermosa, pueblo de la provincia de Badajoz cerca del límite con la de Córdoba. Seguro que a Bernabéu le pareció peor la falsificación del lugar que la de la edad. Bernabéu era de pueblo (Almansa) y aborrecía de forma automática a los que habiendo nacido en un pueblo trataban de presentarse como de ciudad. No había nada que desacreditara más a alguien ante sus ojos.

Así que Montalvo se tuvo que ir. Terminó su carrera en el Jaén. La media pasó a ser en firme Muñoz-Zárraga. Pero en Madrid quedó el recuerdo de su nombre en el ámbito taurino, donde cada vez que alguien pretendía echarse la muleta a la espalda para dar una tanda de manoletinas, los tendidos se encendían:

“¡Para dar montalvinas vete a tu pueblo, que esto es Madrid!”.

Hay 2 Comentarios

Un tostón, impropio de la sección. Localismo madridista

Me ha parecido el artículo menos interesante de esta sección hasta el momento. Espero que sólo sea un bache y que la semana se recupere el nivel habitual. :)

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Memorias en Blanco y Negro

Sobre el blog

Este blog pretende rescatar la memoria vivida en el deporte.

Sobre el autor

Alfredo Relaño

es director de AS y antes de ello fue sucesivamente responsable de los deportes en El País, la SER y Canal +. No vio nacer el cine, como Alberti, pero sí llegó al mundo a tiempo de ver jugar a Di Stéfano y Kubala, escalar montañas a Bahamontes y ganar sus primeras carreras a Nieto. ¡Y ya no se morirá sin ver a España campeona del mundo de fútbol!

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